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Contra el terrorismo único

Un día de estas recientes vacaciones, al pasar por la carretera, casi de refilón, en un instante en que la sorpresa y la atención dan un brinco incontenido y la mente se agiliza, pude leer en una pared árida, machacada por el viento y por la modernidad de las autovías actuales, una pintada, escrita con la irregularidad y torpeza que da esa espontaneidad rebelde y acuciante que a veces encierra el grafitti. En ella, se decía claramente: El único y verdadero terrorista es el estado capitalista. Al mismo tiempo en la radio, en el programa de Iñaki Gabilondo, se informaba sobre un barco perdido por las costas de Africa contra el que Unicef había lanzado una terrible denuncia: albergar en sus bodegas más de doscientos niños destinados a ser vendidos como esclavos a empresas de otros países africanos como mano de obra barata.

Las dos ideas se mezclaron en mi mente y la conclusión fue rápida y rotunda. Aquella pintada anónima, realizada quizás desde la impotencia de una lucha perdida, decía una verdad que se pierde entre todas las mentiras, vestidas de democracia y bienestar, que, día a día, se defienden y se imponen como sentencias irrevocables por ese gendarme del sistema, poderoso e impecable, que constituyen los medios de comunicación leales al poder y a sus aledaños.

Porque, ¿cómo se puede definir el hecho de que casi cuatro millones de niños en el mundo sufran esclavitud laboral en toda regla? Yo, desde luego lo llamo terrorismo y además del más cruel. Y ¿qué se puede decir de los cientos de inmigrantes africanos que cuando conviene (porque esa temporada ha entrado demasiada gente o hay que evitar la denuncia de algún tonto humanitario), son abandonados en pleno océano, en pateras a la deriva, por las mafias que trafican con ellos, bajo la complicidad y el visto bueno de policías y empresarios? Yo lo sigo llamando terrorismo y además indiscriminado. ¿Y la actitud de los periodistas, políticos, sindicalistas, gobiernos, ciudadanos, multinacionales, bancos, tribunales y demás organismos que lo consienten, lo admiten y, a escondidas, lo fomentan? Continúa siendo terrorismo puro y duro, sólo que las armas utilizadas, amparadas en la palabra, la oratoria y las buenas formas de una urbanidad democrática muy creíble, no meten ruido y el horror de las muertes que provocan, apenas se oye, es algo lejano, desconocido en los hemiciclos donde tanto brilla la gomina y los mofletes de una buena comida. Y curiosamente, si esos millones de seres explotados, cuya vida no vale nada, cogieran un fusil para defender su dignidad y sus derechos, es probable que ocuparían cientos de hora de televisión, acusados de terroristas que atentan contra la paz, la convivencia, el orden...y la libertad, gracias a la cual, ellos, los que apoyan y defienden el sistema actual, viven como reyes, mientras los demás se mueren.

Amparo Lasheras - Periodista

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