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¿Hasta cuándo debemos tolerar más sufrimiento social?

La caída del Muro de Berlin produjo el desplome de la ideología que sustentaba el contrapeso al sistema capitalista. Alemania procedió a su unificación política, la Unión Soviética se resquebrajaba y el planeta se rendía ante los nuevos dirigentes que habían salido triunfadores de una lucha diseminada en todos los sectores sociales durante 45 años. Por fin, Ronald Reagan y Margaret Thatcher habían cumplido sus sueños, aunque no estarían en el púlpito de los condecorados.


El neoliberalismo dominará las estructuras sociales, económicas y políticas de cualquier país del Sur, Norte, Oeste o Este planetario. El pensamiento único, con matizaciones insignificantes, promovido en Estados Unidos por "The Wall Street Journal" y en Gran Bretaña por "The Economist" y el "Financial Times" se había extendido por doquier, aniquilando cualquier disidencia o resistencia ideológica. El fin de la Historia había llegado, tal y como lo expresó Fukuyama.


Remontándonos a un análisis histórico, antes de la segunda guerra mundial Estados Unidos aplicó, bajo la presidencia de Franklin Delano Roosvelt, un programa socioeconómico conocido como new deal, el cual se basaba en las teorías económicas de Keynes: intervención del Estado en la regulación del mercado y la creación también por parte del Estado de las prestaciones sociales. El new deal produjo una transformación social masiva entre los años cuarenta y cincuenta. Los impuestos eran bastante altos para los ricos, pero prevalecía la idea de que los grandes costos de la educación y la sanidad que el ciudadano no podía pagar debían ser financiados por el estado del bienestar.


Pero a partir de los años sesenta y especialmente los setenta, la tendencia neoliberal va ganando adeptos entre cierto grupo de economistas liderado por el profesor de economía de la Universidad de Chicago, Milton Friedman. El, ya en 1950, criticó el tratado de Bretton Woods, donde se perfiló la fijación de los cursos de cambio, reclamando una flexibilidad del sistema monetario. Friedman, años más tarde se convertiría en paladín de las políticas económicas, tanto de Reagan como de Thatcher. Su concepción para garantizar el estado del bienestar se puede reducir a tres principios:


Libertad (individualismo). Los seres humanos saben muy bien lo que deben hacer. Por eso se ha de permitir a los sujetos económicos que persigan libremente sus intereses (ya lo hagan de manera interesada o generosa, insensata o prudente).


Libre mercado (capitalismo). El bienestar crece, no mediante intervenciones estatales, sino a través de la división del trabajo y la magnitud de los mercados, por lo que es preciso fomentar a escala mundial un intercambio liberalizado de bienes y factores de producción.


Inhibición del Estado (anti-presupuestarismo). El mercado se regula por sí mismo, las intervenciones estatales conducen necesariamente a la acumulación del poder del Estado y tarde o temprano a su fracaso.


El resultado de esta tesis, no ha sido otro que el aumento de las desigualdades sociales.


Los datos que deseo mostrar son de Estados Unidos y Gran Bretaña, ya que la desigualdad social parece ser un tema exclusivo del mal llamado «tercer mundo» y no de los países llamados punteros del desarrollo económico, tal y como nos presentan la mayoría de los medios de comunicación. Por ende, los demás países deben adaptar sus propias políticas económicas a los criterios expuestos anteriormente si desean participar en el club de los «desarrollados». El caso del Estado español es bien patente: recorte de las prestaciones sociales, privatizaciones desmesuradas y aumento de las contrataciones eventuales, perjudicando sobre todo a los jóvenes que buscan su primer empleo, las mujeres, los desempleados y los pensionistas.


Así, en Estados Unidos, el 22% de los niños menores de seis años (46% de los niños negros y el 40% de los niños hispanos) viven en familias pobres. En 1995 el 20% de la población norteamericana recibió el 55% de todo el ingreso nacional, calculándose el número de desamparados en unos 36 millones de personas. En Gran Bretaña la prestación media de desempleo descendió de un 63,3% en 1980 a un 22,6% en 1991 y en 1989, el 37% de los trabajadores ocupados a pleno empleo tenían una renta por debajo del nivel de vida que se consideraba nivel de suficiencia (decency thereshold) por el Consejo de Europa.


La denuncia del aumento de las desigualdades sociales se materializó en las protestas de Seattle y de Praga. En ellas se reclamaba que la maximización del beneficio no debía situarse por encima de los valores sociales y que el interés personal no es el único principio moral.


Horst Koehler, director del FMI, cuyos miembros no han sido elegidos por los ciudadanos, ni su actuación se halla sometida a un control mínimo por parte de las instituciones democráticas, citó al teólogo alemán Hans Küng, al señalar que una economía global necesitaba una ética global. Pero, lo que no mencionó, es cuáles deberían ser las reflexiones a las que deberían someterse las ciencias económicas. En primer lugar la primacía de la política frente a la economía, donde la economía no debe funcionar únicamente al servicio de la autoafirmación estratégica, presuntamente racional, sino más bien al servicio de objetivos ético-políticos superiores. Al mismo tiempo la primacía de la ética frente a la economía y la política. Por fundamentales que sean la economía y la política, no dejan de ser dimensiones particulares del contexto vital de hombres y mujeres que han de subordinarse a la intangible dignidad del ser humano, garantizando sus derechos y deberes fundamentales.

Pedro Pablo Arrinda Gorrotxategi, 20 octubre 2000

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