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07/09/2012 :: Pensamiento, Europa

Texto de Lewis Pogson, ex preso por los derechos de los animales

x La Cizalla Acrata
Lewis habla en este extenso texto no solo sobre el periodo en la cárcel, si no también de las dificultades y la hipocresía de la libertad condicional.

En Julio del 2008 fui detenido por la liberación de 120 animales y por causar daños por valor de 75.000 libras en Highgate Farm, un criadero para laboratorios de vivisección de Lincolnshire. Mientras que muchos pueden pensar en las condenas y el encarcelamiento como el resultado de las capturas en dichas acciones, cada vez más, el estado está usando la privación, tanto antes del juicio como después de la cárcel, como un arma contra los activistas políticos. Aunque finalmente salí de prisión en Noviembre del 2010, no fue hasta Abril del 2012 cuando terminé mi condena. Tras mi salida de la cárcel me obligaron a cumplir lo que me quedaba de condena “en licencia, bajo supervisión en la comunidad”. En otras palabras, estaba en libertad condicional.

Oficialmente, la libertad condicional se supone que sirve para gestionar la vida de quienes han estado en la cárcel y ayudarles a reintegrarse en la sociedad, con la excusa de “proteger al público”. Sin embargo, mi experiencia, tanto en la cárcel como con la condicional, me ha enseñado que la rehabilitación es minúscula, y la que existe es negada por el sistema que la promueve. La libertad condicional continúa con el rol de la cárcel, está creada para aislar y deshumanizar al individuo, marginándolo de la sociedad y perpetuando el ciclo de encarcelamiento y “reincidencia” que existe hoy en día en Inglaterra. El aspecto principal de la libertad condicional son las citas regulares con un proclamado “oficial”. Es difícil resumir todo el periodo de la condicional, ya que a diferencia de los interrogatorios policiales, aquí no queda constancia de la rendición de cuentas que se hace, pero creo que es importante explicar mis experiencias, para que así la gente esté informada de lo que se está haciendo en su nombre, y para que aquellos que puedan verse involucrados en una situación simular se hagan una idea de lo que pueden esperar.

Durante mi tiempo en prisión prácticamente no tuve ningún contacto con los agentes de la condicional. Cuando llegaba a cada cárcel se me preguntaba cual era la naturaleza de mi delito y ya está, ningún oficial me preguntó jamás por qué había hecho aquello. La interacción más memorable que recuerdo fue al llegar a una cárcel, donde me preguntaron de qué tipo de robo se me acusaba. Les expliqué que había sido una liberación de cientos de conejos, a lo que la señorita que me estaba atendiendo respondió con carcajadas histéricas por las que segundos más tardes se disculpó conmigo. No obstante, debido a la particularidad de mi caso, mi historia despertaba gran interés entre los demás reclusos. Casi a diario, aquellos que estaban más intrigados me hacían preguntas, la mayoría de veces con bastante educación pero otras veces los debates comenzaban con preguntas del tipo “Tu eres el activista ese de los animales ¿no?” Pero había un montón de intercambio informativo, y en ocasiones situaciones muy cómicas, como aquella vez que un hombre asumió que los conejos que habíamos robado eran “Conejos Rampantes” (el nombre de un tipo de consolador), o aquella otra en que otro tipo me dijo que cuando él saliese de la cárcel también iría a liberar animales, “pero algo guay, un gorila por ejemplo”. Como el resto de presos, el sistema me definía por los sucesos que me habían llevado a la cárcel, así que, naturalmente, tras casi cuatro años en los que solo se te trata de esta manera, el hecho de que en el pasado me hubiese posicionado por un trato decente hacia los no-humanos, se convirtió en un objetivo profundamente arraigado en mi vida. Ahora que puedo hacerlo, para mí es una obligación volver a lo único que conozco: una de las más nobles causas que el mundo ha visto: la lucha por los derechos de aquellos individuos que viven, piensan, sienten y sufren las injusticias y el mayor de los abusos solo porque no andan a dos patas o no pueden hablar un lenguaje que los humanos entiendan.

La primera vez que se me comunicó oficialmente que después de la cárcel continuaría estando bajo supervisión fue la mañana de mi liberación. Me obligaron a volver a South London y encontrarme allí con un “agente de la condicional” cada cierto tiempo si no quería volver a entrar. Como no tenía ningún tipo de experiencia previa con la condicional traté de asumir aquello con la mente abierta y con voluntad participativa. No solo es importante tratar a los desconocidos con respeto, si no que además, un gran reto puede ser tratar de aprender mediante el diálogo. Sin embargo, muchos presos me habían hablado de la hostilidad de la libertad condicional, por lo que traté de ser precavido. Por poner un ejemplo, durante un periodo de inducción dentro de la cárcel (cuando un recién llegado se le presenta la institución) una mujer de un grupo externo a la prisión que trabaja para tratar de resolver quejas de los presos mencionó que podía hablar con los de la condicional en beneficio de los presos. La respuesta de otros treinta o cuarenta presos fueron básicamente burlas y abucheos. A pesar de aquello, yo, como no tenía experiencia en ese terreno, me reservé mi opinión.

La persona que conocí se convertiría finalmente en el oficial al que estuve viendo durante mi periodo “en licencia”, pero él no era la única persona involucrada en mi caso. Aunque a primera vista era un hombre muy majo, sin malicia, entusiasta y amigable, carecía tanto de conocimiento sobre mi caso y el contexto más extenso que existía en él, así como de la inteligencia para ser capaz de conversar conmigo. Si he de ser honesto, en realidad le consideraba una persona vaga e incompetente. Recuerdo que en nuestro primer encuentro mencioné que me gustaría trabajar en un refugio para galgos. Su respuesta fue preguntarme qué era un galgo. ¿Cómo iba a ser capaz de tener conversaciones interesantes sobre temas importantes como el especismo y el carnivorismo con una persona que ni siquiera tenía el conocimiento que puede tener un niño de cinco años sobre animales? Muy pronto me dí cuenta que había dos cosas claras sobre los agentes de la condicional: les preocupaba muchísimo las cosas malas que la prensa pudiese decir de ellos, y también les preocupaba mucho que los presos recién salidos de la cárcel “reincidieran”. Esta actitud no solo reafirmaba la idea de que la cárcel no funciona como elemento disuasorio, si no que además ayudaba a disminuir su impacto. Esa última preocupación era realmente confusa, ya que cualquiera que me conozca sabrá que mis prioridades tras mi liberación eran beber cervezar y escuchar punk rock, no romper la ley!

Las obligaciones adicionales de la libertad condicional no eran solo los encuentros, como a la mayoría del resto de presos “liberados” a mi se me puso una “licencia”, es decir, una serie de condiciones que afectaban mi capacidad para viajar, trabajar y vivir mi vida en general. Si no cumples esa serie de normas te amenazan con volver a entrar en la cárcel. La primera condición es “tener buen comportamiento”. Ese tipo de comportamiento no está definido en ningún lado y se reduce a la opinión de los propios oficiales. Me dijeron que solo “necesitaban la sospecha” de que estaba rompiendo estas condiciones para que ordenasen mi vuelta a prisión. Con esta amenaza presente, construir una relación basada en la confianza y el respeto es francamente difícil. Mi licencia, inicialmente era “standard”, lo que significa que es la más básica de todas, pero aproximadamente dos semanas más tarde, el comportamiento del oficial que llevaba mi caso cambió, y por lo tanto, también mi licencia. Según él, el sistema penitenciario no había preparado correctamente mi puesta en libertad y había olvidado unas cuantas cosas: ahora era un caso denominado MAPPA, y se consideraba que “tenía un alto riesgo de reincidencia” y un “riesgo medio de dañar al público”. Nunca se me dió una explicación de por qué el sistema había decidido, repentinamente, considerarme de aquella manera, pero la impresión que me dio (y que después fue confirmada por el oficial de mi caso, cuando me dijo que había “gente importante” siguiendo mi caso) es que hasta ese momento se me había considerado, digamos, un preso normal. Parecía que la policía y quizá los burócratas del Ministerio de Interior lo habían olvidado todo sobre mí y ahora estaban recuperando el tiempo perdido. Este nuevo y drástico cambio significaba que fuesen cuales fuesen los trabajos y planes que había hecho mientras estaba dentro para reintegrarme en la sociedad, deberían ser, en el mejor de los casos, pospuestos hasta mi liberación total, o si no… desechados. Mi licencia cambiaría hasta cuatro veces en los siguientes meses. Parecía como si no estuviesen seguros de lo que estaban haciendo y como si no supiesen realmente qué hacer conmigo.

MAPPA son las siglas de Multi Agency Public Protection Arrangements, y es un sistema que se aplica a aquellos considerados como los más peligrosos dentro del sistema de justicia. Hay tres niveles: uno para individuos altamente violentos, otro para agresores sexuales y la categoría más ambigua de todas, la de “otros”. Como yo, literalmente, no soy capaz de hacerle daño ni a una mosca, me pasaron al último grupo, el mismo en el que han metido a muchos otros grandes activistas políticos y en el que meterán a muchos más. El término Multi Agencia se refiere a una auténtica sopa de letras de organizaciones secretistas, incluyendo agencias penitenciarias, agentes del gobierno y de la condicional, y varios cuerpos de la policía. Una vez al mes se reúnen para conspirar y trazar la vida de un individuo al que ni siquiera se le permite asistir a estas reuniones. La reintegración de los ex presos en la sociedad no está dirigida por el equipo de la prisión o por agentes de la condicional con los que han tenido algún tipo de trato, si no por burócratas sin rostro que entienden más bien poco de la situación, con una agenda política para erradicar cualquier tipo de disidencia independientemente de la legalidad, y una evidente falta de habilidad para entender en conjunto el impacto de sus acciones. Junto con esta nueva condición de MAPPA, vinieron más condiciones a las que atenerme: debía mantenerme alejado de Highgate Farm, y también me prohibieron tener móvil y usar internet. No soy capaz de entender como pretenden que hoy en día, alguien que se supone que ha de reintegrarse en la sociedad, lo tenga que hacer sin este tipo de cosas. Se justificaban diciendo que así no podría consultar páginas web “extremistas”. Como no sé lo que es el “extremismo”, les pregunté si podrían darme algún tipo de ejemplo de ese tipo de páginas, pero no pudieron o no quisieron dármelo. Todo aquello me hacía preguntarme qué otros aspectos de la cultura iban a tratar de suprimir. ¿La música? ¿la literatura?

El aspecto más notable de mi licencia era el hecho de que tenía que “notificarle a mi agente de la condicional si iba a tener algún tipo de contacto con gente u organizaciones que tuviesen relación con manifestaciones o algún otro tipo de actividad que tuviese que ver con bienestar animal o derechos de los animales” Era una condición realmente pasada de vueltas y con un alto grado de fanatismo, la cual ni mi agente de la condicional pudo entender ni explicar. Fue incapaz, incluso, de definir lo que constituían los términos bienestar animal y “derechos de los animales”, aunque él mantenía que estaba perfectamente claro. Generalmente, cuando se le preguntaba por ese tipo de cosas él tenía dos respuesta tipo: la primera era encogerse de hombros y sonreír , la otra era decir que “él entendía que todo esto era muy duro y que la causa por la que yo luchaba era buena”, y que yo “solo necesitaba agachar la cabeza durante el tiempo que esto durase y después volver a lo que había estado haciendo”. Esta condición me pondría las cosas difíciles para contactar con potencialmente cientos de miles, si no millones de personas debido a esa reputación tan inglesa de que somos una “nación de amantes de los animales”. Efectivamente, estaba diseñada para impedir que yo realizase cualquier actividad que tuviese que ver con los no-humanos, pero la manera en que estaba escrita trataba de disfrazar esa verdad. A ojos de la ley, dice que todo lo que se necesita es la aprobación de los agentes de la condicional, lo que se dice es que estos agentes solo tienen dos respuestas en su vocabulario: “no”, y “pregunta de nuevo en un par de meses”.

La justificación para este estatus de MAPPA era la gravedad de la naturaleza de los cargos por los que se me acusó, de hecho, todo el resto de presos por los derechos de los animales que han salido en los últimos años de la cárcel están sufriendo experiencias similares a la mía. Tiene muy poco que ver con lo que has hecho realmente, y sin embargo, mucho que ver con las razones que te llevaron a hacerlo. Todo tiene que ver con la política. Me describieron como “manipulador” y como una persona con “déficit en la capacidad para tomar decisiones correctas y poco asertivo”. Esto no solo era insultante y acomplejante para alguien al que se supone que estás ayudando a reestablecer su vida dentro de la sociedad, si no que además carecía de cualquier prueba o explicación. Por supuesto, ahora con ese historial, la próxima vez que las autoridades necesiten usarme como ejemplo del movimiento por los derechos de los animales, no me cabe la menor duda de que me describirán como una especie de “líder”, y encontrar a alguien que esté en libertad condicional preparado para ir a juicio y esté dispuesto a testificar en contra de esas acusaciones será imposible.

A los dos meses de haber sido puesto en libertad, fui detenido por la policía y me llevaron de nuevo a la cárcel, sin dar ninguna explicación. Dos semanas después me enteré de que era porque había asistido a un piquete pequeño y pacífico que se había realizado frente a la peletería de Harrods. Aparentemente, esto significaba que estaba “reestableciendo lazos con los extremistas por los derechos de los animales”, y el hecho de que en ese piquete estuviese portando un cartel significaba que “era un participante activo… no un mero asistente”. Los dos meses de vuelta a la cárcel merecen un artículo aparte, pero me enseñaron algunas importantes lecciones. La primera, que los agentes de la libertad condicional son muy rápidos para condenar y muy lentos para razonar. Esto rompió con todas esas chorradas de las autoridades sobre que ellos “protegen el derecho a manifestarse pacíficamente” y finalmente, era una ilustración clarísima de que no se me iba a permitir vivir una vida normal, ni aunque fuese una vida respetuosa con la ley. Fuese como fuese como actuase, seguiría siendo perseguido por mis creencias.

Una vez fui puesto en libertad de nuevo, lo peor aun estaba por llegar: un agente de la condicional “senior” de la “Unidad Central contra el extremismo” fue el que se ocupó de hacer lo que el otro agente no había sido capaz. Desde el principio fue agresivo y hostil, y estaba claro que quería dominar todos los procedimientos. Me dijeron que yo era un “extremista violento” y que las condiciones de mi licencia eran ambiguas a propósito, “para pararme los pies” , lo que, directamente, contradecía todo lo que me habían dicho sus colegas. Cuando pedí que se me diese algún tipo de explicación por escrito sobre todo esto, él se puso a la defensiva y dijo, “no me voy a sentar aquí a escribir cada cosa que te diga”. La libertad condicional conlleva una remarcable falta de información grabada o escrita sobre lo que está ocurriendo, pero las pruebas llevan a la rendición de cuentas. La conversación cambió entonces a una serie de preguntas sobre mí en un esfuerzo por “llegar a conocerme”. ¿Qué tipo de persona juzga a alguien antes si quiera de haber hablado con él? Trató de provocarme, de tocar mis puntos débiles, pero una introducción como la que habíamos tenido había acabado, por mi parte, con toda posibilidad de diálogo. Hice referencia a lo absurdo de las condiciones que se me habían impuesto, diciendo que incluso me prohibirían que dejase una lata de comida en el contenedor de donaciones de un refugio de animales. Con una sonrisa en la cara me dijo que sí, que efectivamente así sería, como si hubiese conseguido algún tipo de victoria. La naturaleza patética de su carácter continuó saliendo a relucir en los siguientes dos o tres encuentros que mantuve con él. Tras darse cuenta de que no era capaz de torearme con su chulería, intentó darle otro enfoque a la cosa, y se ponía en plan paternal conmigo, explicándome las realidades de la vida. Las típicas gilipolleces de “yo conozco bien el mundo en el que te mueves. El hermano de la ex novia del primo del señor que le vende la leche a mi tía es vegetariano, y yo una vez acaricié a un perro”. Mi negativa a participar en su juego llevó a que me avisase de que yo “debía decidir qué quería hacer”, pero le expliqué que yo no veía que el periodo de la condicional tuviese nada que ver con lo que yo quería, algo con lo que finalmente estuvo de acuerdo. Este tipo de retórica vacía se mantuvo durante todo el periodo de la condicional y con todos los diferentes agentes de la misma con los que tuve contacto. Rápidamente se hizo palpable que ellos solo tenían que decir cualquier cosa que sonase bien en cada momento y rutinariamente contradecirse y cambiar sus puntos de vista. Me hizo todo tipo de promesas que nunca se cumplieron: me ofreció un teléfono móvil, un manual de asesoramiento jurídico para activistas… pero tan pronto como lo decía sabía que eran mentiras. Es extraño sentarse en una habitación con alguien para que te mienta, en la vida diaria no suele ocurrir. Universalmente, es casi imposible encontrar una cultura que respete ese tipo de comportamiento deshonesto. Aunque lo que me preocupaba era no ser capaz de diferenciar si ellos mentían a propósito o solo se había convertido en un comportamiento compulsivo. Esto significaba que cuando me aseguraban que si “colaboraba” y “me comportaba bien” las condiciones disminuirían, ya no podía tomarlo en serio, no tenían intención de hacerlo, las condiciones que se me habían impuesto estaban diseñadas para evitar que realizase cualquier tipo de actividad que ayudase a los animales no-humanos. Las estaban usando como un castigo adicional después de que les saliese mal la jugada de convencer a un juez para que me implementase un ASBO (Orden de comportamiento anti social). Uno de los agentes de alto rango de la condicional se tomó muy en serio y de manera personal que yo me negase a estrecharle la mano, y más tarde se puso a hablar de su vida pasada, como si le importase a alguien más que a sí mismo. Una vez, incluso, me preguntó si tenía pensado escribir un libro, y si era así, si iba a mencionar su nombre. Si encontrarte con alguien unas cuantas veces es lo suficientemente influyente en tu vida como para ponerlo en tu biografía, entonces imagínate lo que es vivir con cientos de otros reclusos día sí y día también. De todos modos, si escribiese un libro probablemente me condenasen por incitación.

Las citas de la condicional nunca tuvieron una estructura o un plan. Cada vez que iba a una de ellas entraba a la sala sin saber exactamente qué temas se abordarían. Las razones que me llevaron a la cárcel solo se trataron de puntillas, se mencionaron como mucho una o dos veces. Parecía como si no quisiesen discutir sobre ese tema. Desde las primeras reuniones tenían mucho interés en saber cual era mi opinión sobre las protestas estudiantiles en las torres Millbank. Parecía como si cualquier tipo de manifestación anti-gubernamental tuviese importancia en mi caso. Como nunca he asistido a una manifestación violenta, no tengo interés en asistir a ninguna, no tenía mucha información sobre las cuotas de los estudiantes y ni siquiera era un estudiante, no entendía muy bien qué tenía que ver eso conmigo. La fiscalía, en mi caso, insistía en que la acción en Highgate Farm no fue un acto de protesta, si no un intento serio de interrumpir las labores de un “negocio legal”. Ahora, los de la provisional, actuaban de manera revisionista y trataban de relacionarme con todo tipo de protestas. La mayoría de las veces teníamos conversaciones informales sobre temas de actualidad. Puedo entender que mi reacción ante ciertos eventos y problemas podía darles una idea sobre mi manera de pensar que pudiese ser importantes para ellos, pero el ambiente relajado y distendido de aquellas charlas hacía que pareciese que el agente de la condicional solo estaba intentando matar el tiempo. Una vez se pasó cuarenta minutos contándome una novela policíaca que se había leído cuando estaba de vacaciones, y un mes más tarde me volvió a contar lo mismo, olvidándose de que ya me había dado la chapa con eso mismo. Solía hacer algunas afirmaciones un tanto bizarras cuando hablaba a nivel legal, como cuando me dijo que las licencias para perros eran un requisito legal y que no había una clausula sobre auto defensa en la ley inglesa. Yo sabía que esas dos afirmaciones eran erróneas, y encontraba bastante raro que la persona designada a hacerme respetar la ley la hubiese entendido mal. Y en cuanto a la rehabilitación, creo que consistió en una única reunión con un contratista privado que tenía que ver con la enseñanza, cuyo principal consejo fue que “buscase cursos en google”, y en dos reuniones grupales con otra compañía privada. La primera de estas reuniones fue para redactar un currículum, que la verdad es que no sirve de mucho si no tienes nada que poner en él, y la segunda para hablarnos sobre técnicas de comportamiento en las entrevistas de trabajo. Todos los ex-presos que asistieron a dicha reunión, sabiendo que no reconocer que tienes antecedentes si te lo preguntan es un delito, estaban de acuerdo en que en una entrevista de trabajo no admitirían tener antecedentes. El agente de la condicional también me aconsejó que fuese a las oficinas de asuntos laborales para comentarles las circunstancias en las que me encontraba y poder así pedir ayudas u otro tipo de beneficios. Muchas veces iba a las reuniones de la condicional solo para estar allí unos pocos minutos porque estaban preparando la siguiente cita… Una vez, en invierno fui solo para que me dijesen que había llegado una nota de la oficina central pidiendo a los agentes de la condicional que no se reuniesen con la gente durante demasiado tiempo porque todavía no habían encendido la calefacción! Para cualquier persona que ha experimentado lo que es la cárcel y su sistemático calendario en cuanto a calefacción se refiere, esto no es más que una tomadura de pelo. Sin embargo, cada reunión solía empezar de una manera similar, con el agente de la condicional preguntándome si estaba bien y si tenía “algún problema”. Yo solía aprovechar este momento para comentarles que los únicos problemas que tenía en mi vida estaba causados, básicamente, por la propia condicional.

Me daba la impresión de que estaban haciendo todo lo que podían por hacer mi vida lo más difícil posible. No podía trabajar, no podía estudiar, ni siquiera realizar voluntariados. Me separaron de mi familia, de mis amigos y de mi cultura. Apartándome de las cosas más importantes de mi vida. Se trataba de quitarme todas las posibilidades y además, haciéndome el único responsable de las decisiones que tomase. No tenía teléfono móvil, no podía socializar o expresar públicamente mis puntos de vista, y cualquier cosa que hiciese por los animales tenía que ser de manera clandestina. Esa libertad condicional me estaba convirtiendo en una especie de “célula durmiente”. Y aparte de todo eso, estaba esa sensación de incertidumbre sobre tu vida que reside en la amenaza de volver a prisión. Por ejemplo, un día un quiosquero sospechó de que veinte libras con las que le había pagado eran falsas. Si hubiese llamado a las autoridades, y se me hubiese declarado culpable, me hubiesen podido volver a meter en la cárcel. Son este abuso extra contra la gente que ya ha estado en la cárcel, y la experiencia misma de la prisión, los que crea los altos niveles de reincidencia que tenemos en este país. Sin embargo, una vez que me acostumbré a vivir así, comencé a apreciar la parte irónica de todo esto. Empezó para mí un periodo de politización: teniendo siempre cuidado, vigilando todo lo que haces, centrándote todo el tiempo en los asuntos relacionados con los derechos de los animales, permanentemente preparado para ser detenido… Es la disciplina perfecta, sin duda, para aquellos involucrados en la acción directa.

Solía explicarle al agente de la condicional que tenía una gran responsabilidad, que solo tenía algo de tiempo limitado y que debía usarlo productivamente: para participar, explorar ideas y encontrar algún terreno común en el que nos pudiésemos entender y aprender. Él tenía la impresión de que que tenerme sentado durante diez minutos en aquella sala de vez en cuando y amenazarme con volver a meterme en la cárcel si hacía algo que no les gustase a las autoridades iba a tener un efecto drástico en mis creencias políticas. Había visto ese problema en varias ocasiones: quien crea el castigo para el represaliado es normalmente alguien que no entiende lo que está haciendo. Juzgan a otros bajo sus propias normas, carecen de integridad, y sin embargo contra quienes luchan tienen una fuerza increíble, que se hace más fuerte por lo correcto de la causa por la que luchan. En mi vida, tengo el placer de decir que he conocido a algunas de las personas más decentes, preocupadas por su entorno y consideradas que te puedas imaginar, y he experimentado auténticos actos de generosidad y falta de egoísmo. Gente que ha sacrificado largos periodos de sus vidas para ayudar a otros sin esperar reconocimiento o una recompensa por ello. Comparado con esto, el altruista objetivo de “proteger al público” que defienden esa panda de vagos y desinteresados agentes de la condicional es sencillamente insultante. La naturaleza misma de mi condena, los cargos SOCPA 145, que proporcionan protección legal complementaria para aquellos relacionados con la vivisección, crean una clara distinción entre los explotadores y la gente corriente. De hecho, sería más que difícil encontrar una minoría considerable de la gente corriente que conociese o, yendo incluso más allá, que apoyase, el hecho de que los activistas por la liberación animal cumplen largas y desproporcionadas condenas por sus actos de compasión.

La lógica de la libertad condicional argumenta que las condiciones de la licencia junto con el trabajo que ellos realizan son necesarios para evitar que la gente reincida. Si los ex presos completan su periodo de licencia sin incidentes, se supone que es solo gracias al trabajo y la influencia de sus agentes de la condicional. Pero si los ex presos reinciden, entonces ese trabajo y esa influencia de los agentes se dejan a un lado y toda la responsabilidad recae sobre el ex preso. Por lo tanto, la única decisión independiente que un ex preso puede tomar es la de reincidir. En mi mente, siempre existió la idea de, conscientemente, romper la ley de manera provocativa solo como protesta a su trabajo, pero en situaciones como esta, necesitas examinarlo todo de manera más global. Para mí, la libertad condicional fue parcial desde el inicio, su papel era servir a la policía y a otras viles organizaciones e implementar lo que les diese la gana, bajo el pretexto de la “rehabilitación” y la “protección pública” que la libertad condicional se supone que representa. A los agentes de la condicional y a todas las personas involucradas en ese proceso les importan bastante poco las vidas de las personas con las que están trabajando. Tienen sus etiquetas y clasificaciones predefinidas, y la gente es descrita (se habla incluso de su carácter) por personas que ni siquiera les han conocido nunca. No tienen ningún interés en escuchar o en conocer las necesidades y las preocupaciones de la gente que está bajo su supervisión, solo quieren que agaches la cabeza y que mantengas esa actitud de “he aprendido mi lección y no lo volveré a hacer”, y con eso estarán contentos, sin tener en cuenta que el Reino Unido tiene una de las tasas más altas en cuanto a ingresos en prisión y reincidencia de Europa. Rebaten cualquier tipo de crítica o cuestionamiento al sistema diciendo: “bueno, claro que están causando problemas, después de todo son extremistas”. El uso de dicho término es diseñado para correr una cortina de humo sobre el tema y distorsionar cualquier tipo de debate. Esta etiqueta no llega con la condena y desaparece cuando sales de la cárcel, si no que existe, independientemente, y está relacionada con tu ideología política. Después de todo, hoy en día te consideran un “terrorista” incluso por acampar frente a la catedral de St.Paul. Como siempre seré descrito y considerado como un extremista, tengo muy pocos incentivos que me hagan replantearme mi manera de hacer las cosas. No obstante, el único sitio donde existe el “extremismo” es en las mentes de estas tristes personitas que viven atemorizados ante cualquier cultura diferente o ante la gente que se opone a ellos. Saben que si tuviesen que intentar responder a la pregunta de por qué hay gente razonable, decente e inteligente que está dispuesta a romper la ley, saben que se encontrarían a sí mismos mirando al espejo, y a la injusticia y la falta de igualdad que ellos mismos perpetúan.

Sus intentos de diezmar los ánimos de los presos por la liberación animal han fallado, y por tanto, habrá una escalada represiva. Tristemente, parece que quieren que su represión contra los presos políticos sea ejemplarizante, así que debemos estar preparados para convertirnos en un ejemplo como presos. No es una perspectiva que me agrade, pero la historia nos muestra que las luchas dentro del entorno de la prisión han tenido un amplio efecto en el resto del mundo. Me gustaría alentar a la gente a que no cooperase con el servicio de la condicional. Nadie debería desear ser un mártir y actuar de una manera que pueda traerle aun más castigo, pero creo que se puede encontrar un equilibrio. Atente a tus condiciones, pero niégate a participar durante sus encuentros. Sin ninguna duda, en los últimos años, nuestro movimiento por un mundo mejor y más justo, basado en el respeto por toda forma de vida, ha sufrido algunos golpes de aquellos que solo se preocupan por sucio dinero, pero nunca debemos dejar que la fuerza de sus golpes distorsione la entereza de nuestro movimiento. Es importante que en momentos como estos no dejemos que nos sometan, y que pensemos de manera crítica, que redoblemos nuestros esfuerzos para detener la tiranía atroz y la violencia que se ejerce contra toda forma de vida. Es parte de todas las luchas el sufrir bajas. En un país como el nuestro, donde se asesina o se encarcela a manifestantes pacíficos, la prisión es algo para lo que los activistas deberían estar preparados. No es algo a lo que tener miedo, y un buen conocimiento previo sobre la vida entre rejas puede ayudar a la gente a que esa experiencia sea útil y productiva. No hay nada de lo que me enorgullezca más que de saber que trabajo hombro con hombro con la gente más valiente de la sociedad y que lucho con ellos por un mundo más compasivo, en el que toda forma de vida, sin distinción de especie, raza, sexo o persuasión tenga el potencial de vivir la vida libre que desea.

Libertad para los animales,

libertad para los presos

Lewis Pogson,
Ex preso político
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