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05/10/2004 :: Argentina

Postales de un escuadrón de la muerte bonaerense

x Sebastián Hacher
El escuadrón de la muerte que funcionó en el Talar de Pacheco, seleccionaba a sus víctimas y las seguía torturándolas, esperándolas, fotografiándolas. Lo que no sabían que del lado de las víctimas, muchos se atrevían a romper el silencio y tejían otras redes. Ahora, esas redes se enfrentarán en la justicia.

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Dicen que estaba muy drogado. Que la bolsita de pegamento era el vicio que compartía con los pibes de su edad y a escondidas de su familia. Y que tampoco era tanto lo que aspiraba: apenas un rato a la tarde, ni bien se iba, para estar listo a la hora de volver sano y salvo a la casa, sin marcas en el rostro o en la mente. Recuerdan que aquella tarde Nuni salió en bicicleta. Que había trabajado la semana anterior para comprarse un equipo de gimnasia y ahora lo estrenaba enfilando para la villa San Pablo, cruzando la Panamericana como quién atraviesa el océano para conquistar otros continentes. A los 16 años, entrar a ese territorio era lanzarse a la aventura, a un universo desconocido que quedaba a pocas cuadras de su casa.

Dicen también que él era un pibito, aceptado por los viejos pero pibito al fin, y que los otros lo cuidaban de las pastillas, del faso y de las armas. Sobre todo de las armas; otros podían tener una 9mm, una 45 o una 38 medio oxidada, pero él era un pibito apenas, y entonces no tenía autoridad suficiente para andar con un fierro a la cintura. Ni siquiera una 22 corta, un matagatos de esos que hacen ruido pero no sirven para un tiroteo de verdad. Y dicen también que por eso jugaban con el pistolón que no andaba, ese que tenían de pura pinta escondido bajo la corteza de un arbol, en esa misma esquina donde mataban el tiempo dándole a la bolsita de pegamento.

Conseguir los cinco pesos necesarios para otra lata de algo con tolueno es más o menos fácil. Dos arriba la bicicleta, unas vueltas por la zona asfaltada y esperar a que algún auto caro se parase para cruzar el lomo de burro. Son apenas unos segundos; la bicicleta se cae frente al coche, los pibes simulan caer con ella y enseguida están encañonando al conductor para que entregue un billete. Sorpresa, rapidez y susto: ese es el valor de esa droga que se va pegando en los pulmones para apagar, aunque sea por un rato, esa realidad que a veces queda tan grande.

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Siempre hablan mucho las miradas. Aquel, por ejemplo, iba a comprar porro al barrio porque era sábado y no había que trabajar. Este otro viene de robar, y le acaban de sacar el arma y el botín. Este de acá, trató de salir corriendo y lo molieron a golpes con la nueve en la mano, como para que no se atreva a resistir. Y a este otro lo sentenciaron a muerte. Sí, a muerte: la foto es uno de los últimos momentos del ritual, la milésima de segundo donde el alma es capturada por la cámara, perpetuando el rictus de terror del que sabe que la suerte ya no está de su lado.

Parece sencillo robarse un alma cuando uno está armado por balas y una fama sin fronteras. Se necesita un flash que golpee en los ojos, seco y rápido, casi rudimentario. Y una orden apenas; ponerse firme, mirar al frente, cumpliendo un trámite naturalizado por el sistema penal, pero en plena calle y sin posibilidad de apelación alguna. Cada mirada atrapada, cuyo brillo aumenta por el golpe de esa luz que dura una fracción de segundo, tiene su gesto particular, señas inconfundibles que hablan desde el papel fotográfico.

Son más de 60 los negativos de retratos de jóvenes los que encontró la justicia cuando allanaron la casa de Hugo Alberto Cáceres. Pocos día antes, el periodista Ricardo Ragendorfer había prestado declaración testimonial en una fiscalía de San Isidro, señalando que en un momento de su entrevista con Hugo Cáceres, este había sacado un cuaderno "tipo gloria" donde había varias fotografías de adolecentes detenidos, algunos con marcas en el rostro y otros directamente muertos. "Este ya es boleta", le dijo el policía al periodista, señalando una la foto de uno esposado y arrodillado en un descampado, que abajo tenía la leyenda "abatido". Se trataba de Jose Guillermo Rios, alias Nuni y de 16 años de edad, fusilado del 11 de Mayo del 2000.


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El Sargento Hugo Alberto Cáceres anda por los 35 años, pero hasta que no se lo tiene en frente, lo usual es pensar que tiene muchos más. Debe ser por la fama, o quizás porque la historia de ser un niño abandonado, o aquel balazo en el cuello cuando tenía veintitantos años, actuaron como las agujas invisibles con las que tejió su propia leyenda.

A fuerza de balas disparadas y atajadas -catorce en todo el cuerpo, suele alardear- conoció todos los secretos de la calle, cada código necesario para sobrevivir en esos barrios sinuosos donde se mueve como un tigre al acecho. Los pibes saben que es un duro. Lo creen capaz de reventarte a tiros porque sí, de pasarte por arriba con el coche mientras estás esposado en el piso, o de negociar sin mucha vuelta dónde se puede laburar y dónde no. Un verdugo: esa es la definición que todos repiten.

Y después, claro, los ojos verdes y profundos sirven para ganarse a las vecinas, para vender esa tranquilidad de hombre correcto y preciso en su accionar. Una seguridad para el barrio, dicen. Un buen policía al que todos aprendieron a respetar.

Esa dualidad lo hace ideal para moverse en ese pequeño mundo partido al medio. Su nombre se escucha en las villas rodeadas de casas quintas y barrios cerrados, en las fábricas que sobrevivieron a los 90 y en los caseríos de clase media dispersos como naufragios del conurbano. Allí él acumula poder, fama y algo de dinero. Y, aunque no lo sabe, se convierte producto y síntesis de ese omelette de clases sociales. Navegando sobre las ambivalencias propias y ajenas, Hugo "Beto" Cáceres se siente amo y señor del lugar.

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Les dijeron que no fueran, que estaban muy drogados para salir a robar así. Se lo dijeron porque eran apenas unos pibitos, rememoran ahora, mientras en el recuerdo las miradas se esconden en los recovecos sinuosos de los pasillos de la villa.

Dicen también que estaban parados en una esquina, preparados para treparse a la bicicleta cuando apareciera el candidato ideal. Que tenían los ojos chiquitos por la bolsita, y que de a ratos se reían de cualquier cosa o peleaban jugando entre ellos. Y que Nuni llevaba el pistolón inservible en la cintura, cuidándose de que no se le zafara del elástico del pantalón.

Cuentan que avanzaron cuando lo vieron venir. Que no hizo falta hacer una seña, porque ambos conocían bien como era el juego. Uno a cada lado del coche ni bien frenaran en el lomo de burro, el fierro inútil apuntando a la cara del conductor y hablar con fuerza, sin dar tiempo a especular si el arma funciona o no.

Todo fue muy rápido; el pánico en los ojos que se dilataron de repente, el aliento cortado por el susto y las piernas que no alcanzan para escapar. Nuni y su compañero corrían sin mirar atrás, mientras las balas silbaban en el descampado, y una bicicleta quedaba abandonada en el camino que aquel adolecente de 16 años recorría por última vez.

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Para reinar de uno y otro lado de la pared, a cada uno le mostró la cara del miedo que esperaba ver. A unos, les presentó el pánico de ver todo perdido: las zapatillas, el coche, los ahorros, los electrodomésticos. A los otros les enseñó otro tipo de terror: el que causa un tipo que te conoce, sabe tu nombre y te espera pacientemente con una bala ahuecada para partirte en dos.

La mayoría fueron demostraciones prácticas y bien sencillas. En la comisaría 3era de Tigre tenía bastante poder y los del comando de patrullas trabajaban para él. Liberar una zona, entonces, era cuestión de un par de llamados, de elegir a los candidatos ideales, repartir las armas y dejarlos hacer. Y como nada se pierde, también se cobraba un buen peaje para dejarlos robar.

El segundo paso es mas simple. Se tocan timbres, se explica que la comisaría no puede garantizar la seguridad y que entonces para que no tarden media hora en llegar les conviene juntarse con los vecinos y contratar el servicio que ofrece la agencia Tres Ases, cuya sede central es la casa del mismísimo Sargento Hugo Alberto Cáceres. Claro que son los mismos policías que patrullan la zona, pero eso es sólo un detalle más. Usted ya sabe como es la cosa.

Los ojos celestes ayudan a convencer, pero el mejor marketing la sensación de que en un día nada más terminan los robos. Desmovilizado, los obreros del delito y sus capataces van a otro lado; alguna zona de countries de una agencia rival, donde los coches blancos de la agencia de Cáceres, Puyó y compañía todavía no patrullan.

Allí, en el nuevo territorio conquistado, se quedan ellos, cobrando puntualmente las cuotas y alimentando de vez en cuando el miedo social que los favorece. Aunque claro, tienen tanta ayuda que a veces no hay mucho para hacer.


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Corrieron hasta un taller que estaba a oscuras. Entraron al galpón buscando refugio, sintiendo como las balas todavía picaban en el piso que dejaban atrás. El otro pibe encontró un agujero en el alambrado, y se zambulló en él para volver a salir otra vez a campo abierto. Nuni no encontró la salida, y prefirió entonces esconder su cuerpo flaco debajo de un coche, como un niño que se refugia en la oscuridad.

Tres balas fueron suficientes. La primera rozó la espalda, la segunda entró por el brazo y perforó la caja toráxica, destruyendo varios órganos vitales. La última, para estar seguros, derecho a la cabeza, en línea recta y desde una distancia menor.

El tiroteo se acabó a las 21:35. Eso lo recuerda la tía del Nuni, porque cuando la llamaron por teléfono todavía no habían terminado de dar Los Buscas de Siempre en la televisión. A esa hora, el cuerpo yacía muerto debajo del coche, y apenas lo movieron un poco para plantarle el arma con la que supuestamente había empezado a disparar.

Diez minutos después llegó el dueño del galpón, que vivía al lado. Todo estaba oscuro y con una linterna ayudó a revisar el lugar. Fue él quién supuestamente encontró el cuerpo. "Si no lo veía yo -declaró después en la justicia- se iban a ir dejándome el muerto ahí tirado".

A las 22 horas comenzó a llegar el operativo policial. Hugo Beto Caceres había modulado por radio que tenían una persecución, que los cacos se habían escondido y que necesitaban refuerzos. Alrededor de las 22: 15 ya se habían juntado más de 100 policías, y un helicóptero sobrevolaba la zona precintada donde se hacían las pericias.

Uno de los peritos recuerda que comenzó a llover, y que estaba un poco nervioso porque alrededor del lugar precintado se habían congregado muchos vecinos que gritaban y tiraban piedras contra el operativo policial. A esa hora ya estaban seguros de que el muerto era Nuni, y la infantería intentaba controlar una situación que sólo se aplacó a las 4 de la mañana.

Mientras todo sucedía, en un costado del lugar, observando todos los movimientos, Oscar Ríos esperaba que le dejen reconocer el cuerpo de su hijo recién acribillado.

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Tenían que estar seguros, incluír todos los detalles. Hugo Beto no lo dudó; sacrificó la 9 mm que se había ganado en la calle hacía tiempo atrás. La había conseguido meses antes y a pocas cuadras de ahí, robándosela a un pibe de la zona que la llevaba en la cintura como recuerdo y herencia de su hermano.

Preparar la escena no era nada complicado. Cáceres había disparado casi un cargador entero con esa arma, y las vainas estaban servidas por todo el lugar. Hacía falta, claro, magnificar la escena, y entonces unas cuantos cartuchos de escopeta, esparcidos como semillas en todo el trayecto, bastarían para decir que el joven que logró escapar cubría su retirada haciendo fuego a mansalva.

El relato que dio el dúo policial fue en todo coincidente. Volviendo de trabajar en su auto particular, fueron interceptados por dos jóvenes que quisieron robarles. Al advertir que eran policías, comenzaron a escapar cubriendo su retirada con abundante fuego. Los policías se tiraron del coche primero, y respondiendo al fuego iniciaron una persecución. Llegaron a un descampado. Hugo Cáceres se retrasó modulando en la radio para pedir refuerzos, mientras que Anselmo Puyó entró al galpón oscuro siguiendo a los cacos. Desde esa oscuridad, el cabo Puyó vió el fogonazo desde donde le estaban disparando, y hacía allí disparó varios tiros, hasta que escuchó un quejido seguido de un largo silencio.

Después, llegó el refuerzo policial con los patrullleros, la lluvia finita y los peritos que trabajaban a destajo, con la amable colaboración del personal de la comisaría de la zona que recogía las vainas servidas y le indicaban al escribiende donde las acababan de encontrar.

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Seguridad es la bendita palabra que le permitió acumular poder. Por eso quizás está tranquilo; su historia camina de la mano del flujo de la cosas, y además en el allanamiento no van a encontrar más que lo que él quiere que vean. Algunas pistolas quizás, más de una escopeta y sí, es verdad, muchísimas balas de punta hueca, pero nada que lo pueda incriminar con este caso. Se lo ve tranquilo y hasta divertido; cuando le preguntan su profesión, sonríe respondiendo que su oficio es ser técnico de televisión, y eso queda escrito en el acta que luego no firmará.

Ahora lo llevan detenido. Corre el 10 de Julio del 2002. Quizás lo llevan porque hubo algún que otro error: el fiscal encontró los rollos de fotos escondidos en un buche de la pared, y se llevó con mucho interés la escopeta recortada que tenía arriba del placard. ¿Para qué?, dios sabrá, pero seguro que no encuentran nada. No señor, no van a encontrar nada.

Mientras va esposado en el patrullero, Hugo Beto todavía no sabe que pocos días antes, un joven se presentó en la fiscalía para declarar que él le había robado el arma casi un año atrás. Tampoco sabe que luego de describirla la eligió de entre un montón de armas parecidas, reconociéndola como propia, "aunque está mucho mas deteriorada que cuando la tenía yo".

No, Hubo Alberto Cáceres no sabe que el pibe reconoció el arma que él le plantó a Nuni Rios. Mucho menos sabe que las futuras pericias dirán que las balas de escopeta que aparecieron esparcidas en la escena del crimen habían sido disparadas por esa que él guardaba arriba del placard.

Hay muchas cosas que el Sargento Cáceres no sabe, muchas que se sigue preguntando desde su lugar de detención privilegiada, en ese departamento que comparte con su compañero Puyó atrás de un destacamento policial y muy cerca de su casa. Todas las mañanas, mientras comparte un mate o acaricia al perro que parece encarcelaron con él, hay muchas cosas que se pregunta el Sargento Cáceres. Y que no puede responder.


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No sé en qué piensa Oscar Ríos cuando examina las fotos con tanta atención; quizás tenga miedo de sorprenderse descubriendo la mirada de su hijo en el papel. O tal vez encuentre a esas miradas demasiado parecidas a la del chico, muy iguales a la que tenía Nuni la última vez, cuando cuatro balas cumplieron la sentencia que esa misma noche se dictó en la oscuridad.

Lo que sí sé, es que nos pasamos una mañana entera en tribunales, espiando por esa puerta que dejaba adivinar una pila enorme de expedientes amontonados, esperando nosotros que los ojos verdes de la secretaria nos hagan una seña para decir que era nuestro turno, que ahora nos tocaba encontrarnos con esas pilas de hojas mal acomodadas del expediente judicial. Toda la mañana estuvimos ahí, como cumpliendo una ceremonia, prendiendo cigarrillos para apaciguar el silencio lúgubre que de a ratos envolvía las conversaciones de los pasillos y generaba esa atmósfera tan pesada e hipnótica.

Fue apenas un segundo, tan corto como la luz de un flash. La chica de ojos verdes se dio cuenta enseguida y las volvió a esconder, pero no hubo caso. Allí, en medio del paquete de hojas, estaban las fotografías del cuerpo de Nuni, tirado todavía abajo del coche, acomodado como durmiendo, muerto a balazos y con un arma cerca de un cuerpo.

Oscar Ríos, el chaqueño, el albañíl, el que alguna vez en su vida fue boxeador, el mismo que ahora mira las fotos de esos otros chicos con parsimonia y atención, tembló y saltó hacía atrás. Tembló todo su cuerpo golpeado por una corriente eléctrica, sus ojos se pusieron rojos de furia y llanto, y con la voz ahogada, apretando los puños, me dijo que tenía ganas de romper todo. Lo mismo que aquel primer día, bajo la lluvia, cuando con su mirada triste y tímida esperaba que los policías le dejen identificar el cuerpo todavía caliente de su hijo de 16 años..

Ahora faltan pocos días para el juicio contra Hugo Beto y Anselmo Puyó, que va comenzar el 25 de Octubre. Esta mañana, mientras yo domía, el teléfono me arrancó de una pesadilla. Al otro lado del telefono estaba Oscar, amable como siempre, recordándome que antes del viernes teníamos que volver a tribunales, esta vez para encontrarnos con la documentación secuestrada durante el allanamiento.

El todavía no lo sabe, pero entre esos papeles nos vamos a encontrar con una carpeta de tapa naranja con la inscripción "Nuni Rios" en la tapa. Allí es donde Cáceres guardaba, como un tesoro, la instrucción judicial de la causa que, gracias a la lucha de varios, dio un vuelco y lo terminó metiendo preso.

Sebastian Hacher
sebastian@riseup.net
Buenos Aires, 05 de Octubre del 2004

*Las fotos que acompañan este artículo pertenecen los prontuarios ilegales que confeccionaban los miembros del escuadrón de la muerte que funcionó en el Talar de Pacheco. Ninguna de las fotos pertenece a las personas nombradas en este artículo. Para más información sobre el juicio que comienza el 25 de Octubre y otras víctimas del escuadrón de la muerte visite : www.escuadrón.lahaine.org

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