23/9/2010 El feminismo no es un "tema de mujeres" x La Haine - Barcelona    ::    Más articulos de esta autora/or: Más artículos Primer artículo del dossier "Tijeras para Todas". No basta
con cierta ?aceptación? creciente respecto a otras prácticas no heterosexuales.

Ninguna opción es neutra, inocua; el silencio es cómplice de los privilegios de unas pocas. No basta con cierta “aceptación” creciente respecto a otras prácticas no heterosexuales, sino que debemos desmontar toda la cultura y simbología reinante patriarcal (y heterosexista).

Una de las premisas básicas de la lucha feminista, al igual que otras luchas que se organizan a partir de las necesidades de un grupo oprimido a causa de alguna de sus características (color de piel, sexo, etnia, edad, opción sexual, clase social, situación legal-vital respecto a los papeles que regulan la inmigración, el trabajo, la libertad física...) es el hecho de que la concreción de sus intereses, la determinación de sus estrategias políticas, vienen decididas por las personas que están sujetas a esas relaciones de opresión-dominación-explotación, en el caso del feminismo, las mujeres.

Se trata de la fijación de los roles en la relación clásica de dominación que se establece entre “amo-esclavo”, donde la masculinidad (encarnada por hombres de carne y hueso a lo largo de toda la historia, pero tratándose principalmentre de un modelo, de un arquetipo viril de dominación que puede adoptar cualquier persona eligiendo algún rasgo de este modelo) es la construcción dominante y la feminidad es “lo otro”, lo negado y excluido de toda una economía no sólo material, sino (y más profundamente) significante, cultural y simbólica (Lévi-Strauss define el momento inaugural de la cultura con la aparición y gestación del lenguaje simbólico basado en el intercambio de mujeres como objetos entre los hombres de distintas tribus-familias (parentesco), formalizando así la “objetualización” de las mujeres en el nacimiento de la cultura occidental. Las estructuras elementales del parentesco, Lévi-Strauss, 1949).

Todavía hoy esta explicación básica de la necesidad de la auto-organización por parte de las personas sometidas en esta relación dialéctica de poder cuesta comprender y respetar por parte de muchos hombres y mujeres compañeras en otras luchas. Esta incomprensión y, peor aún, esta total falta de respeto es la que venimos soportando muchas mujeres que apostamos por espacios-grupos-momentos de mujeres no mixtos. ¿Quién no respetaría el hecho de que las personas negras quisieran auto-organizarse para combatir el racismo tras lo ocurrido en Nueva Orleans? Y esto ya no sólo resulta asombroso, sino que es de lo más molesto. En vez de crear redes donde la comunicación fluya de manera transparente y sin obstáculos y se produzcan trasvases de conocimientos horizontalmente, nos dedicamos a hacer política de “mercadillo”, donde la que más grita triunfa o donde mejor nos fluye el diálogo es en los bares para criticar a las espaldas de la gente sin importarnos una mierda el generar debates productivos y enriquecedores para todas desde las diferencias y las divergencias.

Por otro lado, otra obviedad a la que fácilmente puede llegar una persona clara y avispada (esto es directamente proporcional al interés que cada una le ponga), es que el sistema encargado principalmente de producir y mantener la jerarquía desigual entre los géneros (relación de dominación que está extensamente explicada y documentada en múltiples documentos y enteramente disponible a toda persona que demuestre algo de interés), esto es, el PATRIARCADO, es un problema que nos repercute a todas (todas nos hemos socializado como hombres o como mujeres) y que, por lo tanto, seremos capaces de transformar (o destruir) este sistema si cada una va tomando conciencia de los mecanismos que han operado para conformar nuestra feminidadmasculinidad que, a su vez, perpetúan la dominación patriarcal.

Por lo tanto, el análisis de la especificidad del rol masculino también tiene que ser analizado y desmontado por sus protagonistas que “inconscientemente” lo re-producen día tras día, véase los hombres, y dejar de trivializar sobre la magnitud de esta tarea con el gesto fácil de “yo ya me lo he currado”. Las posibles alianzas vendrán de este empeño y trabajo colectivo, tanto por separado como revueltas, y será lo que nos permita ir creando redes de comunicación y de apoyo para luchar contra el sucio patriarcado.

En el caso de las mujeres, la feminidad, tal y como hoy la conocemos, representa la forma en que llegamos a desear la dominación masculina, que no está en absoluto a favor de nuestros intereses (como sujetos autónomos), es el adiestramiento para erotizar ese juego perverso de dominación masculina, de acceso sexual (económico, social) de los hombres a las mujeres. La feminidad y la masculinidad se construyen para ser roles complementarios y necesarios, y el mito del amor romántico y verdadero se apropia y regula los únicos códigos eróticos y sexuales aceptados. La heterosexualidad normativa es el producto óptimo de la obligación de ser “verdaderamente” un hombre o una mujer.

Y no estamos hablando de prácticas sexuales concretas, sino de la heterosexualidad como institución política y social que estructura la sociedad (en uniones de pareja monogámica, familia, propiedad privada...ampliándose ahora esta estructura a uniones de personas del mismo sexo, hecho que responde más a la flexibilidad del sistema para asimilar las nuevas necesidades -o posibles subversiones- que a cambios profundos). Desvelar los mecanismos que operan tanto individual como socialmente para constreñir nuestro potencial erótico en la opción heteronormativa es una tarea de todas, repito, al margen de nuestras opciones sexuales temporales concretas, y en este asunto el trabajo sigue siendo infinito, pues mientras que la (hetero) sexualidad se siga asumiendo acríticamente como “normalidad”, seguirá existiendo el “afuera” para las desheredadas de los privilegios lesbo-homo-transfobos y estaremos condenadas a ser lo “anormal”, lo raro, lo otro... las estructuras profundas del patriarcado no cambiarán, sólo se modificarán para ser más eficaces, pues no se trata de generar tolerancia ante lo diferente, sino en el ejercicio de reventar los lugares “seguros” y “normales”, dinamitar esas construcciones sociales que nos estructuran en normales-anormales, mujer-hombre, femenino-masculino, heterosexuales – lesbianas - homosexuales...

Ninguna opción fue neutra, inocua; el silencio siempre es cómplice de los privilegios, de unas pocas. No basta con cierta “aceptación” creciente respecto a otras prácticas no heterosexuales, sino que debemos desmontar toda la cultura y simbología reinante patriarcal (y heterosexista). Por supuesto, este sistema de opresión específico para las mujeres como grupo oprimido no define nuestra posición de sujetos en lucha desde el victimismo pasivo y llorón (aunque no nos sobran las razones por las que llorar) sino que a partir del ejercicio de conciencia de nuestra realidad psico-social como “mujeres”, nos arrojamos a una actividad creadora, donde articulamos las estrategias de lucha a partir de nuestras subjetividades, donde además de la división entre feminidad-masculinidad, también operan otros ejes de poder como son la clase social, la opción sexual, el color de la piel, los pueblos a los que pertenecemos... pudiendo llamar así a este sistema “hetero-patriarcado-capitalismo”.

Pero a mí lo que realmente me preocupa (y la razón principal de este escrito) es la ausencia “misteriosa” de responsabilidad individual (y por supuesto colectiva) a la hora de enfrentarnos al sano ejercicio de hacer conscientes esos procesos que actúan en la creación de nuestras subjetividades, pues al igual que cuestionamos los procesos de socialización que de peques nos hacen en el egoísmo individualista, en el consumismo compulsivo, en la competitividad y lucha por el poder, también nos educamos en la feminidad y en la masculinidad, pero estas construcciones cargadas de intereses ideológicos las dejamos pasar por “naturales” o “normales” y no las cuestionamos en absoluto (al igual que pasa con la “naturalidad” de la heterosexualidad). De más está decir que este proceso de autocrítica consciente se realiza desde la alegría de sentirnos más dueñas de nosotras mismas, desde el respeto a una misma y a los procesos de los demás, desde la escucha y el apoyo mutuo, y no desde el sacrificio y el qué dirán, no se trata de negar el deseo, la erótica, la sexualidad.

¿No era la no separación entre vida y política lo que nos caracterizaba a los movimientos autónomos? ¿No son los centros sociales y otros espacios colectivos una apuesta por la experimentación en nuestras vidas de nuevas formas de socializarnos, nuevas maneras de afrontar el consumo, el trabajo asalariado y esclavizante, la industria de la cultura totalizadora y homogeneizante, la generación de pensamiento crítico y de nuevos modos de vida, de nuevas estrategias de lucha y denuncia...? ¿No criticamos sin parar la política del “tiempo libre” después del trabajo y atenciones familiares, la que no tiene en cuenta los procesos concretos y materiales que operan en nuestras existencias?

Es desde el placer por revolucionar los micro-elementos que ordenan la vida existente donde las feministas (ya por los años 70) apuestan por el reto de aquello de “lo personal es político”: recobrar la materialidad de la política para pensarla como un continuo de elementos que juegan un papel importante en la propia vida. De ahí el empeño por pensar cuestiones que generalmente se pasaban por alto y tienen que ver con la educación, con la sexualidad, con la conformación de los cuerpos, tanto el sistema sexo/género/deseo como el imaginario social, con el cuidado, la sostenibilidad de la vida, con el propio ocio. El carácter subversivo de este placer en politizar lo cotidiano en nuestras vidas, sobre todo en la lucha feminista y en el trabajo de algunos grupos de mujeres, en hablar y develar el universo de “lo personal”, se ha visto muchas veces despreciado por ciertas lecturas que las relegaban a la mística de la feminidad. ¿Qué tiene esto de malo? El trabajo es y ha sido, entre otras cosas, el hacer consciente de manera colectiva las estructuras sociales y psicológicas que nos han conformado en la feminidad, desvelar los deseos y temores que desde ella se generan. Con el gesto altivo del “me cago”, de paso se despreciaba el potencial subversivo de cuestionar cuáles son los mecanismos de producción del deseo y cuáles son las posibles transformaciones colectivas del mismo.

Estas incomprensiones, incomunicaciones o “malas sombras” han llevado a desvalorizar el contagio que el feminismo estaba produciendo en la forma de entender la política en otros espacios, el empeño en transformar toda política que no tuviese en cuenta la condición transversal de cuestiones como la sexualidad, la educación, los comportamientos cotidianos, los roles sociales, el lenguaje o las relaciones afectivas y desplazando en muchas ocasiones las propuestas feministas hacia el terrible formato tipo “la cuestión de la mujer” o “el tema de la mujer”. Síntoma claro de haber dejado de tomar en serio el trabajo feminista (si es que alguna vez se llegó a considerar realmente). ¿Quién dijo que el feminismo ya no tiene vigencia, que su lucha está trasnochada?

En estos tiempos de crisis de las antiguas estrategias de los movimientos sociales frente a las incesantes transformaciones de nuestras sociedades postindustriales y globalizantes, y ante la dificultad que nos supone una ruptura con cierta “moralidad antagonista” que parece situarnos siempre fuera y contra todo (el famoso gueto alternativo y autorreferencial y autocomplaciente, con sus normas de lo que está bien y lo que está mal) y la creación de proyectos y modos de vida en lucha que vayan más allá de las dinámicas de acción-reacción o ataque-respuesta, no deben acabar con el empeño subversivo por transformar nuestras vidas desde la alegría, el placer y el deseo colectivo, y ahí es donde pienso que el trabajo feminista sigue siendo una herramienta valiosísima y nada despreciable para entendernos un poco más y entender este mundo-prisión altamente tecnificado y dinámico en el que (sobre) vivimos.

Siendo sinceras, si no queremos implicarnos en proyectos colectivos que cuestionen este sistema en cualquiera de sus producciones, por lo menos dejemos de tirarnos piedras las unas a las otras y aprendamos a respetarnos de verdad de una vez, porque ciertas actitudes de desprecio (ya no sólo de incomprensión) son totalmente reaccionarias porque intentan boicotear cualquier intento de respuesta o actitud transformadora que cuestione este sistema, en cualquiera de sus manifestaciones. Ninguna lucha es más importante que otra, acabemos con el mito de la jerarquía de luchas que sigue reproduciendo la división entre lo público y lo privado, dando muchas veces prioridad a lo urgente antes que a lo importante.

El feminismo vive... ¡¡¡La lucha sigue!!!

Contacto: Susana, mantisafu@yahoo.es/ www.alasbarricadas.org</i>

[Català]

El feminisme no és un “tema de dones”

Primer article del dossier Tijeras para todas. No n’hi ha prou amb una acceptació creixent cap a d’altres pràctiques no heterosexuals.

Cap opció és neutra, innòcua; el silenci és còmplice dels privilegis d’unes poques. No n’hi ha prou amb una acceptació creixent cap a d’altres pràctiques no heterosexuals. Sinó que hem de desmuntar tota la cultura i simbologia heterosexista imperant.

Una de les premisses bàsiques de la lluita feminista, tal com succeeix en d’altres lluites què s’organitzen a partir de les necessitats d’un grup oprimit per causa d’alguna de les seves característiques (color de pell, sexe, ètnia, edat, opció sexual, classe social, situació legal-vital respecte els papers que regulen la immigració, la feina, la llibertat física...) és el fet que la concreció dels seus interessos, la determinació de les seves estratègies polítiques, es decideixen per les persones que són sotmeses a aquestes relacions de d’ opressió-dominació-explotació, en el cas del feminisme, són les dones.

És en la fixació dels rols en la relació clàssica de dominació establerta entre “amo-esclau” on la masculinitat (encarnada per homes de carn i ossos, al llarg de tota la història, però tractant-se d’un model, d’un arquetip viril de dominació que pot adoptar qualsevol persona escollint algun tret d’aquest model) és la construcció dominant i la feminitat és “la resta”, allò negat i exclòs de tota una economia ja no només material sinó també (i de manera més profunda), significant, cultural i simbòlica. Lévi-Strauss defineix el moment inaugural de la cultura amb l’aparició i la gestació del llenguatge simbòlic basat en l’intercanvi de dones com a objectes entre els homes de diferents tribus-famílies (parentela), així doncs, es formalitza la ‘objectualització’ de les dones a la cultura occidental. 1

Encara avui, aquesta explicació bàsica de la necessitat d’auto- organitzar-se les persones sotmeses a aquesta reacció dialèctica de poder costa que sigui acceptada i respectada entre els homes i algunes dones, companyes en altres lluites. La incomprensió i, encara pitjor; aquesta falta de respecte, la patim moltes dones que apostem per espais-grups-moments de dones, no mixtes. Algú no respectaria el dret dels negres a auto-organitzar-se per combatre el racisme després dels fets de Nova-Orleans? I això ja no sorprendria sinó que resultaria totalment molest.

En lloc de crear xarxes on la comunicació pugui fluir de manera transparent, sense obstacles i on es produeixin transvasaments de coneixement de forma horitzontal, ens dediquem a fer política de ‘mercadillo’, en la qual la que crida més triomfa o a tenir diàlegs fluids als bars per a criticar la gent que no hi és sense importar- nos una merda estar generant debats improductius [enlloc d’altres] enriquidors per a totes, des de les diferències i les divergències.

D’altra banda, l’obvietat que pot arribar una persona clara i audaç (i això és directament proporcional a l’interès que cadascuna hi posi), és que el sistema encarregat principalment de produir i mantenir la jerarquia desigual entre els gèneres (relació de dominació explicada i documentada a mansalva a tants documents, disponibles a tota persona que mostri un xic d’interès) això és, el PATRIARCAT, és un problema què ens afecta a totes (totes hem sigut socialitzades com homes o dones) i que, per tant, serem capaces de transformar (o destruir) aquest sistema si anem prenent consciència dels mecanismes que han operat per a conformar la nostra feminitatmasculinitat tothora que perpetuen la dominació patriarcal.

Per tant, l’anàlisi de l’especificitat del rol masculí també ha de ser analitzat i desmuntat pels seus protagonistes que “inconscientment” el reprodueixen a diari, els homes haurien de deixar de trivialitzar sobre la magnitud d’aquest tema amb el clàssic “jo ja m’ho he currat”. Les possibles aliances vindran donades per aquesta empenta i treball col·lectiu, tant per separat com barrejades, i serà el què permetrà anar creant per nosaltres mateixes xarxes de comunicació i de suport per lluitar contra el patriarcat repugnant.

En el cas de les dones, la feminitat, tal i com avui la coneixem, representa la manera com arribem a desitjar la dominació masculina, que no està en cap cas a favor dels nostres interessos (com a subjectes autònoms), [la feminitat és] l’ensinistrament per erotitzar aqueix joc de dominació masculina, d’accés sexual (econòmic, social) dels homes envers les dones. La feminitat i la masculinitat es construeixen per a ser rols complementaris i necessaris, i el mite de l’amor romàntic i autèntic s’apropia i regula els únics codis eròtics i sexuals acceptats. La heterosexualitat normativa és el producte òptim de la obligació de ser ‘vertaderament’ un home o una dona.

I no parlem de pràctiques sexuals concretes, sinó de la ‘heterosexualitat’ com institució política i social que estructura la societat (amb unions de parella monogàmica, família, propietat privada... fins i tot s’ha ampliat aquesta estructura amb les unions de parelles del mateix sexe, fet que respon més aviat a la pròpia flexibilitat del sistema per assimilar les noves necessitats –o possibles subversions- que a canvis profunds. Desvetllar els mecanismes que operen a un nivell individual i social per constrènyer el nostre potencial eròtic dins la opció heteronormativa és una tasca de totes, repeteixo, al marge de les nostres opcions sexuals temporals concretes, i en aquest sentit la feina que manca per fer és infinita, doncs mentre la (hetero)sexualitat segueixi essent assumida acríticament com ‘normalitat’, seguirà existint “la resta” per a les desheretades dels privilegis lesbo-homo-transfobs i serem condemnades a ser “anormals”, rares, les altres... Les estructures profundes del patriarcat no canviaran, només es veuran modificades per a ser més eficaces ja que no busquen generar tolerància cap a la diferència, només podran fer-ho en l’exercici dinamitador d’aquestes construccions socials que ens estructuren en normals-anormals, dona- home, femení-masculí, heterosexuals-lesbianes-homosexuals...

Cap opció fou neutra, innòcua; el silenci sempre és còmplice dels privilegis, d’unes poques. No n’hi ha prou amb certa ‘acceptació’ creixent envers altres pràctiques no heterosexuals, sinó que cal desmuntar tota la cultura i simbologia imperant patriarcal (i heterosexista). Per suposat, aquest sistema d’opressió específic cap a les dones com a grup oprimit no defineix la nostra posició de subjectes en lluita des del victimisme passiu i ploraner (tot i que sobren els motius per plorar), sinó que a partir de l’exercici de consciència de la nostra realitat psico-social com a ‘dones’, ens bolquem a una activitat creadora, on articulem les estratègies de lluita a partir de les nostres subjectivitats, on a més de la divisió entre feminitat-masculinitat, també hi operen altres eixos de poder com són; la classe social, la opció sexual, el color de la pell, els pobles que pertanyem... Es pot anomenar aquest sistema com ‘hetero-patriarcat-capitalisme’.

Però a mi, el que realment em preocupa (el motiu principal d’aquest text) és l’absència ‘misteriosa’ de responsabilitat individual (i per suposat col·lectiva) a l’hora de plantar cara i assumir l’exercici de fer conscients aquests processos que actuen en la creació de les nostres subjectivitats, doncs tal com qüestionem els processos de socialització que de petites ens situen en l’egoisme individualista, en el consum compulsiu, en la competitivitat i la lluita per el poder, també ens eduquem en la feminitat i en la masculinitat, però aquestes construccions carregades d’interessos ideològics les deixem passar per ‘naturals’ o ‘normals’ i no les qüestionem en absolut (com passa també amb la ‘naturalitat’ de la heterosexualitat). Podríem afegir que aquest procés d’autocrítica conscient es realitza des de l’alegria de sentir-nos mestresses de nosaltres mateixes, des del respecte a una mateixa i als processos de les altres, des d’escoltar i el recolzament mutu, i no des del sacrifici i el què diran, no es tracta de negar el desig, la eròtica, la sexualitat.

No era la separació entre vida i política el que ens caracteritzava als moviments autònoms? No són els centres socials i altres espais col·lectius una aposta per l’experimentació a les nostres vides en quant a noves maneres de socialitzar-nos, noves maneres d’encarar el consum, el treball assalariat i esclavitzant, la indústria de la cultura totalitzadora i homogeneïtzant, la generació de pensament crític i nous models de vida, de noves estratègies de lluita i denúncia...? No critiquem tant la política del ‘temps d’oci’ després de la feina i les atencions familiars, la que no té en compte els processos concrets i materials que operen en les nostres experiències?

És des del plaer per a revolucionar els micro-elements que ordenen la vida existent on les feministes (ja als anys 70) apostaren per allò de “lo personal és polític”: recobrar la materialitat de la política per pensar- la com un continu d’elements que juguen un paper important dins la pròpia vida. D’aquí ve plantejar-se qüestions que tradicionalment es passaven per alt i que tenen a veure amb la educació, amb la sexualitat, amb la conformació dels cossos, tant el sistema sexe/gènere/desig com l’imaginari social, com la cura, la sostenibilitat de la vida, amb el mateix oci. El caràcter subversiu d’aquest plaer en polititzar allò quotidià integrat a les nostres vides, sobretot en la lluita feminista i la feina d’alguns grups de dones en parlar i desvetllar l’univers d’allò personal’, s’ha vist depreciat moltes vegades per certes lectures que les relegaven a la mística de la feminitat. Què té això de dolent? la feina ha sigut i és, entre altres coses, fer prendre consciència de manera col·lectiva les estructures socials i psicològiques que ens han conformat en la feminitat, desvetllar els desigs i temors que des d’ella es generen. Amb el gest altiu del “em cago”, es despreciava el potencial subversiu de qüestionar quins són els mecanismes de producció del desig i quines són les possibles transformacions col·lectives del mateix.

Aquestes incomprensions, incomunicacions o ‘males ombres’ han dut a menysprear el contagi que el feminisme estava produint en la manera d’entendre la política en altres espais, l’embranzida en transformar tota política que no tingués en compte de manera transversal qüestions com la sexualitat, la educació, les actituds quotidians, els rols socials, el llenguatge o les relacions afectives. Així com també han desplaçat les propostes feministes a epígrafs terribles com “la qüestió de la dona” o “el tema de la dona” deixant ben clar que no interessa la feina feta per les feministes (si és que s’ha tingut en compte en algun realment) Qui dius que el feminisme ja no té vigència, que la seva lluita està passada?

En aquests temps de crisi de les velles estratègies dels moviments socials davant les incessants transformacions de les societats post- industrials i globalitzants, malgrat la dificultat que ens suposa trencar amb una certa ‘moralitat antagonista’ que sembla situar-nos sempre fora i contra tot (el conegut gueto alternatiu, autorreferencial, autocomplaent i les seves normes sobre el que està bé i el que està malament) i la creació de projectes i models de vida en lluita que vagin més enllà de les dinàmiques d’acció-reacció o d’atac-resposta, no han d’acabar amb la voluntat subversiva per transformar les nostres vides des de l’alegria, el plaer i el desig col·lectiu i és aquí on penso que la feina feminista segueix sent una eina molt valuosa i gens menyspreable per a entendre’ns una mica més tothora que s’entén aquest món-presó altament tecnificat i dinàmic on (sobre)vivim.

Sent sinceres, si no volem implicar-nos en projectes col·lectius que qüestionin aquest sistema en qualsevol de les seves produccions, almenys deixem de llençar-nos pedres les unes a les altres i aprenguem a respectar-nos de debò d’una vegada ja que certes actituds de menyspreu (ja no només d’incomprensió) són totalment reaccionàries perquè intenten boicotejar qualsevol intent de resposta o actitud transformadora que qüestioni aquest sistema, en qualsevol de les seves manifestacions. Cap lluita és més important que una altra, acabem amb el mite de la jerarquització de lluites que segueix reproduint la divisió entre allò públic i allò privat, donant prioritat molts cops a l’urgent abans que a allò realment important.

_____ El feminisme viu! La lluita continua!!! _____

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