28/10/2010 ¿Quién teme a los procesos colectivos? Apuntes críticos sobre la gestión de la violencia de género x La Haine    ::    Más articulos de esta autora/or: Más artículos Sexto artículo del dosier "Tijeras para Todas". Nos preocupa el nivel de tolerancia que hay en los espacios políticos ante las agresiones.

"El título de este artículo ha quedado sesgado en la cabecera por problemas de espacio. Título original:¿Quién teme a los procesos colectivos?: Apuntes críticos sobre la gestión de la violencia de género en los movimientos sociales"

El discurso contra la violencia hacia las mujeres forma parte implícita y también explícitamente del discurso político general. La violencia machista es rechazada por el conjunto de la sociedad y todo el mundo parece reconocer que es un problema político de primer orden. Por supuesto, también los movimientos sociales recogen estos planteamientos y muestran abiertamente su propio discurso antisexista. Hasta aquí perfecto.

Os preguntaréis por qué estamos escribiendo este texto… Nosotras nos preguntamos por qué hay tantas agresiones dentro de los movimientos sociales y por qué tanta incapacidad para gestionarlas colectivamente. Nos preocupa el nivel de tolerancia que hay en los espacios políticos ante las agresiones y la naturalización/normalización de ciertas formas de violencia. Nos inquieta la incongruencia entre discurso y práctica y la falta absoluta de sensibilidad al respecto; lo que demuestra que es un tema de cuarta, si es que llega a considerarse como tema. Nos enfurece que dentro de los movimientos sociales actuemos como si nos hubiésemos creído lo de que las cuestiones que plantea el feminismo ya fueron asumidas por tod*s y por tanto, ya están superadas y son repetitivas e innecesarias. Y ello a pesar de que reivindicaciones básicas de hace más de un cuarto de siglo siguen aún en el tintero, y cuando las mujeres de todo el mundo sufrimos distintos tipos de discriminación que coartan la libertad de expresión, de pensamiento, la libertad sexual y de movimiento. No solo eso, hay un retroceso en las prácticas colectivas y en el discurso respecto a un pasado no tan lejano en Barcelona, hecho sintomático de que apenas quedan grupos feministas, lo que demuestra que, una vez más, eran solo las mujeres las que se ocupaban de la violencia. Este retroceso en las prácticas colectiva no es un problema de los 4 babosos de turno, hablamos de un problema estructural y de una cuestión de responsabilidad colectiva.

Sin embargo, existe una gran dificultad para identificar las múltiples caras de la violencia contra las mujeres, así como para detectar los casos que pueden ser incluidos bajo ese nombre; este es un magnífico mecanismo para nadar y guardar la ropa, del tipo “la violencia está muy mal, pero esto
justamente no es violencia”. La violencia estructural contra las mujeres no es un concepto abstracto propio de los libros, ni una cosa de la vida de los otros, ajeno a nuestro micromundo en los movimientos sociales. La violencia estructural no son los cuatro abusos concretos en boca de todo el mundo, ni la suma infinita de agresiones que cada una puede constatar haber sufrido. Tampoco son aquellas acciones perpetradas por monstruos que vejan y apuñalan. El iceberg no sólo es punta.

Estamos hablando de pautas generalizadas de dominación que atraviesan la experiencia de ser mujer y todas las esferas de la cotidianidad: las relaciones personales, la percepción y el uso del espacio público, el trabajo, la autoridad reconocida, la percepción de los propios derechos o la ausencia de ellos, la relación con el propio cuerpo y la sexualidad, y así un largo etcétera. La violencia estructural es un mecanismo de control sobre las mujeres, pero no solo como forma extrema, amenaza de castigo omnipresente que necesita ser provocada o desencadenada, sino que es una forma de relación normalizada y naturalizada y que por lo tanto puede ser ejercida sin necesidad de justificación.

Pero no estamos haciendo una disertación teórica, hablemos de casos concretos. En el último año han habido numerosas agresiones físicas y sexuales hacia mujeres dentro de los movimientos sociales, y una reciente la ha sufrido una mujer de nuestro colectivo: una violación en su propia casa dentro del contexto político de Barcelona, por un habitante de la misma, que es uno entre tantos. Dicho sujeto se pasea tranquilo durante semanas, ajeno a cualquier movimiento que se pudiera estar cociendo por parte de ella, pues –angelito- ni siquiera era consciente de haber hecho nada malo… Pero se equivocaba. Ella quiso hacerlo público y plantearlo en un gran colectivo, con él presente, proponiendo su marcha inmediata. No solo porque lo ocurrido es una agresión hacia ella, sino porque es una cuestión política y colectiva de primer orden. Y este colectivo toma la decisión de que dicho sujeto ha de irse de la casa por una cuestión colectiva y política. Nosotras valoramos positivamente una cosa, y es que hace mucho, mucho tiempo que no veíamos reaccionar así a una mujer, ni a un colectivo, teniendo en cuenta las dificultades que encontramos para gestionar grupalmente estas situaciones. En un inicio, nos sentimos muy satisfechas de que esta agresión no hubiera sido silenciada como tantas otras y obtuviera una respuesta. En este sentido, este caso es una excepción. Sin embargo, a partir de aquí sucedieron muchas cosas, cambios de discurso, de posiciones y decisiones. Con el paso del tiempo, lo que en un inicio fue considerado político terminó relegado al terreno de los conflictos personales. Siete meses después, se tomó la decisión de que el sujeto regresara a los espacios públicos de la casa. Más allá de esta cuestionable decisión, lo que nos parece grave es el proceso por el cual se llega a este resultado, en definitiva semejante a tantos otros.

Que los grupos (aunque una minoría) traten de buscar una respuesta ante los casos de violencia que se producen en su seno supone un paso hacia delante en la reflexión, la gestión colectiva y la erradicación de la violencia. Pero notamos que en líneas generales, y a causa de la falta de profundidad y sensibilidad a la que nos referíamos, las respuestas que suelen darse desde
colectivos mixtos a nuestro entender son de mínimos, y a menudos sufren de algunos problemas de base que desvirtúan el proceso. Hablaremos aquí de tres de ellos que nos parecen particularmente graves:

· El primero, más recurrente y más influenciado por el trato mainstream de la materia, es el darle a los casos de violencia contra las mujeres un trato de problema privado y personal, a ser resuelto entre dos. Cuando lo que es denunciado como agresión se afronta como una cuestión personal donde intervienen emociones, o se lee como un asunto turbio donde no hay una verdad, sino dos experiencias muy distintas de una misma situación confusa, etc., entonces, perdemos la posibilidad de hacer política, que es al fin de lo que se trata cuando hablamos de violencia machista.

Hay incluso formas de trasladar el asunto a un plano personal dentro de una gestión colectiva. Por ejemplo, cuando se plantea cualquier trabajo del colectivo como hecho por y para la “víctima”, en vez de una tarea que el colectivo necesita para sí; cuando la intervención del grupo se plantea
como una forma de mediación entre las “partes afectadas”; o cuando se define el problema como un asunto particular del colectivo a ser resuelto de puertas adentro, o lo que es lo mismo, la versión numerosa de los trapos sucios se lavan en casa. Es decir, colectivizar no es condición suficiente para hacer política.

Cuando tomamos decisiones o posicionamientos políticos, siempre está la posibilidad de recibir críticas y entrar en discusiones. De hecho son muchos los debates que siguen abiertos dentro de los movimientos sociales en Barcelona. Pero resulta que ante las situaciones de gestión colectiva de violencia contra mujeres, se levantan murallas contra las opiniones, críticas y planteamientos externos; se intenta mantener a toda costa fuera del debate colectivo. ¿Qué es lo que sucede? ¿Por qué tanto miedo al debate? ¿No será fobia enfermiza a las feministas? ¿O es que ni siquiera le estamos dando la categoría de asunto político?

· El segundo problema de la gestión de los colectivos no feministas de casos de violencia contra las mujeres consiste en trabajar a partir del engañoso esquema víctima-agresor, propio de la crónica de sucesos. De acuerdo con éste, hay un agresor, que es el hombre malo, el monstruo, la excepción; y una víctima, la que necesita auxilio. Cuando el que tiene que ocupar el primer papel es un colega o compañero, tenemos muchos problemas para “colgarle la etiqueta”, y miedo a “demonizarlo”, porque además este esquema se plantea como un juicio integral sobre la persona. Pero, llamemos a las cosas por su nombre: agresión es lo que describe el hecho, agresor es el que la comete. Hacer esto no debería ser un obstáculo insalvable ni tampoco una opción reduccionista que niegue otras facetas que pueda tener una persona. Por eso, es mucho peor andarnos con eufemismos y relativismos.

Por el miedo a llamar a las cosas por su nombre pretendemos encontrar “otras explicaciones” o incluso justificaciones, del tipo “estaba borracho/drogado”, “ella se estaba insinuando, o se lo estaba buscando”, y también a cuestionar el grado de responsabilidad del agresor sobre sus actos, y así un largo etcétera. Como consecuencia de la inoperancia del esquema, solemos perdernos en juicios pormenorizados de los sucesos, como si ahí residiera la solución. Se traslada la discusión a factores externos o a detalles morbosos de los hechos en vez de abordarlo desde la comprensión de lo estructural de la violencia contra las mujeres y la necesidad de conservar una tensión y
atención constantes para no reproducirla. Si no, ¿por qué cuando el caso concreto nos toca de cerca, los principios que en otras circunstancias serían incuestionables se desvanecen?

El segundo papel dentro de este esquema se le atribuye a la mujer agredida, con lo que se la sitúa en una posición de incapacidad: todo lo que diga o haga la “víctima” será leído en clave de reacción emocional, nerviosismo, impulsividad e indefensión. Las actitudes paternalistas y proteccionistas hacia la que ocupa el rol de víctima obstaculizan su participación en plano de igualdad en el proceso colectivo.

Entonces, reconocer la estructuralidad de la violencia machista es crear las condiciones necesarias para evitarla, y en último lugar responsabilizarnos cuando sucede en nuestro entorno. Pero a menudo esto no se da porque asumir esa responsabilidad es abrirle la puerta a la posibilidad de reconocernos en los zapatos del agresor, lo que da pie a lamentables estrategias de corporativismo masculino, en el que los compañeros guardan silencio por miedo a que sus cabezas rueden junto a la del que está siendo señalado abiertamente en ese momento.

· Por último, en la práctica de la gestión colectiva de agresiones contra mujeres encontramos una jerarquización de intereses tácita, y en consecuencia una subordinación de todo lo referente a nosotras. Cuando lo que se prioriza por encima de todo es el consenso, en un grupo donde más de la mitad no tienen siquiera una reflexión propia previa y cuyo discurso pasa por simplificaciones precocinadas propias de cualquier telediario, y además estas opiniones se ponen a la misma altura que discursos fundamentados y sensibilidades desarrolladas a partir de un trabajo previo, entonces, nos dejamos arrastrar por la tiranía de lo mediocre, que conseguirá desvirtuar los argumentos y rebajar el discurso a un nivel de mínimos. Encadenar palabras grandilocuentes no significa articular un pensamiento elaborado.

El consenso aquí expuesto cumple dos funciones: mantener cierta cohesión en el grupo y dar una ilusión de legitimidad a las decisiones. Ante el riesgo de conflicto se agudizan los roles de género preestablecidos, que para las mujeres significa cumplir el papel de mediar, pacificar, comprender.
Paradójicamente nos encontramos con que otras mujeres actúan priorizando la unidad del colectivo y el consenso mediocre, como si la agresión a una de nosotras no fuera en realidad problema de todas. Esto es a su vez pone de manifiesto lo arraigadas que están las formas heteronormativas en nuestro hacer: la definición de lo que es público y político se hace de acuerdo con los cánones del universal masculino, y así las mujeres asumimos discursos construidos en esa clave y puestos en el centro bajo esa lógica y dejamos de politizar cuestiones que nos afectan por no aburrir o dar la nota, perpetuando la necesidad de aprobación de la mirada masculina y las formas de relación entre sexos. Otra vez nos vendieron la moto y nos dedicamos a cooperar para que nada cambie.

Como vienen diciendo las feministas desde hace décadas, es necesario hacer políticas las cuestiones que nos afectan a las mujeres, y no solo de palabra ni como coletilla. Si apostamos por los colectivos mixtos, coloquemos dichas cuestiones en el centro dándoles la importancia que tienen.
Siguiendo con lo anterior, los colectivos que asumen gestionar una situación de violencia de género han de hacer público su posicionamiento y permitir el debate para que sirva de precedente y que así se produzca una acumulación de experiencias (no partir siempre de cero). De lo contrario, estamos privatizando, restando trascendencia y practicando seudo política de auto consumo.

En definitiva, ¿qué vamos a hacer al respecto de todo lo expuesto? Lo peor del sexismo se reproduce en los movimientos sociales, pero no estamos asumiendo las responsabilidades colectivas para hacer una gestión adecuada de la violencia de género. Es evidente, pues, la necesidad de colectivos feministas así como de recoger el trabajo y las aportaciones que estos grupos vienen haciendo.

LasAfines
Aportaciones y comentarios a: lasafines@hotmail.com
Texto publicado en el blog mambo.pimienta.org, 2007


[Català]

Qui tem els processos col•lectius? Apunts crítics sobre la gestió de la violència de gènere als moviments socials

Sisè article del dossier Tijeras para todas publicat a La Haine. Ens preocupa el nivell de tolerància que hi ha als espais polítics davant les agressions.

El discurs contra la violència cap a les dones forma part implícita i explícita del discurs polític general. La violència masclista és rebutjada pel conjunt de la societat i tothom sembla reconèixer-lo com a un problema polític de primer ordre. Per suposat, també els moviments socials recullen aquests plantejaments i mostren obertament el seu propi discurs antixesista. Fins aquí, perfecte.

Us preguntareu per què estem escribint aquest text... Nosaltres ens preguntem, per què hi ha tantes agressions dins els moviments socials i per què tanta incapacitat per a gestionar-les col•lectivament. Ens preocupa el nivell de tolerància que hi ha als espais polítics davant les agressions i la naturalització/normalització de certes formes de violència. Ens inquieta la incongruència entre discurs i pràctica i la falta absoluta de sensibilitat al respecte; fet que demostra que és un tema de quarta, si és que arriba a considerar-se coma tema. Ens cabreja que dins els moviments socials actuem com si ens haguéssim cregut que allò de les qüestions que planteja el feminisme fossin ja assumides per tot*s i, per tant, ja estan superades i són repetitives i innecessàries. Tot i que les reivindicacions bàsiques de fa més d’un quart de segle segueixen encara en el tinter, i quan les dones de tot el món patim diversos tipus de discriminació que coarten la llibertat d’expressió, de pensament, la llibertat sexual i de moviment. No només això, hi ha un retrocés en les pràctiques col•lectives i en el discurs respecte a un passat no tan llunyà a Barcelona, fet simptomàtic que gairebé no queden grups feministes, cosa que demostra que, un cop més, eren només les dones les que s’ocupaven de la violència. Aquest retrocés en les pràctiques col•lectives no és un problema dels quatre babosos de torn, parlem d’un problema estructural i d’una qüestió de responsabilitat col•lectiva.

A pesar d’això, existeix una gran dificultat per a identificar les múltiples cares de la violència contra les dones, així com per a detectar els casos que poden ser inclosos sota aquest nom; aquest és un mecanisme magnífic per a nedar y guardar la roba, del tipus “la violència està molt malament, però això justament no és violència”. La violència estructural cap a les dones no és un concepte abstracte propi de llibres, ni una cosa de la vida dels altres, aliè al nostre micro-món dels moviments socials. La violència estructural no són els quatre abusos concrets en boca de tothom, ni l a suma infinita d’agressions que cada una pot constatar haver patit. Tampoc són aquelles accions perpetrades per monstres que vexen i apunyalen. L’iceberg no només és punta.

Estem parlant de pautes generalitzades de dominació que travessen la experiència de ser dona i totes les esferes de la quotidianitat: les relacions personals, la percepció i l’ús de l’espai públic, la feina, l’autoritat reconeguda, la percepció dels propis fets o l’absència d’aquests, la relació amb el propi cos i la sexualitat, i així un llarg etcètera. La violència estructural és un mecanisme de control sobre les dones, però no només com a forma extrema, amenaça de càstig omnipresent que necessita ser provocada o desencadenada, sinó que és una forma de relació normalitzada i naturalitzada i que per tant pot ser exercida sense necessitat de justificació.

Però no estem fent una dissertació teòrica, parlem de casos concrets. L’últim any hi ha hagut nombroses agressions físiques i sexuals cap a dones dels moviments socials, i una recent l’ha patida una dona del nostre col•lectiu: una violació a casa seva mateix, dins el context polític de Barcelona, per un habitant de la mateixa, que és un entre tants. Aquest subjecte passeja tranquil durant setmanes, aliè a qualsevol moviment que pogués estar-se coent per part d’ella, doncs – angelet – no era conscient d’haver fet res dolent... Però s’equivocava. Ella va voler fer-ho públic i plantejar-ho en un gran col•lectiu, amb ell present, proposant-ne la seva marxa immediata. No només perquè el que va passar va ser una agressió cap a ella, sinó també perquè és una qüestió política i col•lectiva de primer ordre. I aquest col•lectiu pren la decisió que aquest subjecte ha d’anar-se’n de la casa per motius col•lectius i polítics. Nosaltres valorem positivament una cosa, i és que feia molt, molt de temps que no veiem reaccionar així ni una dona, ni un col•lectiu, valorant les dificultats que trobem a l’hora de gestionar en grup aquestes situacions. D’entrada ens vam sentir molt satisfetes que aquesta agressió no fos silenciada com moltes d’altres i que obtingués una resposta. En aquest sentit, aquest cas és una excepció. Tot i això, a partir d’aquí van succeir-se moltes coses, canvis de discurs, de posicions i decisions. Amb el pas del temps, allò que en un inici es considerà polític va acabar relegat al terreny dels conflictes personals. Set mesos després, es va prendre la decisió que el subjecte retornés als espais públics de la casa. Més enllà d’aquesta decisió qüestionable, el que ens sembla greu és el procés pel qual s’arriba a aquest resultat, en definitiva, semblant a tants d’altres.

Que els grups (tot i que la minoria) tractin de buscar una resposta davant de casos de violència que es produeixen en el seu sí, suposa un pas endavant en la reflexió, la gestió col•lectiva i la erradicació de la violència. Però notem que, en línies generals, i a causa de la falta de profunditat i sensibilitat a la qual ens referíem, les respostes que solen donar-se des de col•lectius mixtes, tal com ho veiem nosaltres, són de mínims, i sovint, pateixen algun dels problemes de base que desvirtuen el procés. Parlarem aquí de tres d’aquests que ens semblen especialment greus.:

• El primer, més freqüent i més influenciat pel tracte mainstream de la matèria és el de donar al escassos de violència contra les dones, un tracte de problema privat i personal que ha des de resolt entre dos. Quan allò que és denunciat com a agressió s’afronta com una qüestió personal on intervenen emocions, o es llegeix com un assumpte tèrbol on no hi ha una veritat sinó dues experiències molt diferents d’una mateixa situació confusa, etc., llavors, perdem la possibilitat de fer política que, és al final d’allò que es tracta quan parlem de violència masclista.

Fins i tot hi ha maneres de traslladar l’assumpte a un pla personal dins d’una agressió col•lectiva. Per exemple, quan es planteja qualsevol feina del col•lectiu com a feta per a la ‘víctima’, en lloc d’una tasca que el col•lectiu necessita per a sí mateix; quan la intervenció del grup es planteja com una forma de mediació entre les ‘parts afectades’; o quan es defensa el problema com a assumpte propi del col•lectiu per a ser resolt de portes endins, o el que és el mateix, la versió nombrosa de “els draps bruts es renten a casa”. És a dir, col•lectivitzar no és condició suficient per a fer política.

Quan prenem decisions o posicionaments polítics, sempre hi ha la possibilitat de rebre crítiques i entrar en discussions. De fet, són molts els debats que segueixen oberts dins els moviments socials a Barcelona. Però resulta que davant les situacions d’agressió col•lectiva de violència contra dones, s’aixequen muralles contra les opinions, crítiques i plantejaments externs; s’intenta mantenir a tota costa fora del debat col•lectiu. Què passa? perquè hi ha tanta por al debat? No serà fòbia malaltissa cap a les feministes? O potser ni tan sols li donem categoria de tema polític?

• El segon problema de la gestió dels col•lectius no feministes de casos de violència contra les dones consisteix en treballar a partir de l’enganyós esquema de víctima - agressor, propi de la crònica de successos. Segons el qual tenim un agressor, que és l’home dolent, el monstre, l’excepció; i una víctima, la que necessita auxili. Quan qui ha d’ocupar el primer paper és un col•lega o company, tenim molts problemes per a ‘penjar-li la etiqueta’, i por a ‘demonitzar-lo’, perquè a més, aquest esquema es planteja com un judici integral sobre la persona. Però diguem les coses pel seu nom: “agressió” és el que descriu els fets, “agressor” qui la comet. Fer això no hauria de ser un obstacle insalvable ni tampoc una opció reduccionista que negui altres facetes que pugui tenir una persona. Per això, és molt pitjor manejar-nos amb eufemismes i relativismes.

Per la por a dir les coses pel seu nom pretenem trobar “altres explicacions” o fins i tot justificacions del tipus: “estava borratxo/drogat”, “ella s’estava insinuant” o “s’ho estava buscant”, i també a qüestionar el grau de responsabilitat de l’agressor sobre els seus actes, i així un llarg etcètera. Com a conseqüència de la inoperància de l’esquema, acostumem a perdre’ns en judicis detallats dels fets com si allí hi residís la solució. Es trasllada la discussió a factors externs o a detalls morbosos dels fets en lloc d’abordar el tema des de la comprensió de lo estructural de la violència contra les dones i la necessitat de conservar una tensió i atenció constants per a no reproduir-la. Si no, perquè quan el cas concret ens toca de prop, els principis que en altres circumstàncies serien inqüestionables desapareixen.

El segon paper dins d’aquest esquema se li atribueix a la dona agredida, i se la situa en un paper d’incapacitat: tot el que digui o faci la ‘víctima’ serà llegit en clau de reacció emocional, nerviosisme, impulsivitat i indefensió. Les actituds paternalistes i proteccionistes envers la que ocupa el lloc de víctima obstaculitzen la seva participació en un pla d’igualtat en el procés col•lectiu.

Llavors, reconèixer la estructuralitat de la violència masclista és crear condicions necessàries per a evitar-la, i, en darrer lloc, responsabilitzar-nos quan succeeix al nostre entorn. Però sovint això no es dóna perquè assumir aquesta responsabilitat és obrir la porta a reconèixer-nos en el calçat de l’agressor, el que dona peu a lamentables estratègies de corporativisme masculí, en el qual els companys callen per por a que els seus caps rodolin junt amb el que està essent assenyalat obertament en aquest moment.

• Per últim, en la pràctica de la gestió col•lectiva d’agressions contra dones trobem una jerarquització d’interessos tàcita i, en conseqüència, una subordinació de tot allò referent a nosaltres. Quan el que es prioritza per sobre de tot és el consens, en un grup on més de la meitat no tenen tan sols ni una reflexió pròpia i prèvia i el discurs del qual passa per simplificacions precuinades pròpies del telenotícies més ordinari i, a més, aquestes opinions es posen a la mateixa alçada que discursos fonamentats i sensibilitats desenvolupades a partir d’un treball previ, aleshores, ens deixem arrossegar per la tirania de lo mediocre, que aconseguirà desvirtuar els arguments i rebaixar el discurs a un nivell de mínims. Encadenar paraules grandiloqüents no significa articular un pensament elaborat.

El consens aquí exposat compleix dues funcions: mantenir certa cohesió dins el grup i donar una il•lusió de legitimitat a les decisions. Davant el risc de conflicte s’aguditzen els rols de gènere preestablerts, que per a les dones significa complir el paper de mediar, pacificar, comprendre. Paradoxalment, ens trobem amb altres dones que actuen prioritzant la unitat del col•lectiu i el consens mediocre, com si l’agressió a una de nosaltres no fos en realitat problema de totes. Això posa de manifest com d’arrelades i assumides estan les formes heteronormatives en la manera de fer: la definició del que és públic i polític es fa d’acord amb els cànons de l’universal masculí, i així les dones assumim discursos construïts en aquest codi i situats al centre sota aquesta lògica i deixem de polititzar qüestions que ens afecten per no avorrir o donar la nota, perpetuant la necessitat d’aprovació de la mirada masculina i les formes de relació entre sexes. Un altre cop ens han venut la moto i ens dediquem a cooperar perquè res canviï.

Com venen dient les feministes des de fa dècades, és necessari fer polítiques les qüestions que ens afecten a les dones, i no només de paraula o com a tornada. Si apostem pels col•lectius mixtes, posem aquestes qüestions al centre donant-los la importància que tenen. Seguint amb el que dèiem, els col•lectius que assumeixen gestionar una situació violenta de gènere han de fer públic el seu posicionament i permetre el debat per a que serveixi de precedent i que així es produeixi una acumulació d’experiències (no partir sempre de zero). Si no és així, estarem privatitzant, restant transcendència i practicant pseudo-política d’autoconsum.

En definitiva, què farem al respecte de tot el que hem dit? El pitjor del sexisme es reprodueix als moviments socials, però no estem assumint les responsabilitats col•lectives per a fer una gestió adequada de la violència de gènere. És evident doncs, la necessitat de col•lectius feministes així com de recollir la feina i les aportacions que aquests grups van fent.

LasAfines
aportacions i comentaris a: lasafines@hotmail.com
Text publicat al blog mambo.pimienta.org, (2007)

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