4/11/2010 Espacios okupados, espacios con cuidado x La Haine - Barcelona    ::    Más articulos de esta autora/or: Más artículos Séptimo articulo del dosier "Tijeras para todas". A propósito de una paliza sexual en el Centro Social Okupado El Laboratorio (Madrid)

Todas vivimos con rabia y dolor la violencia que los hombres imponen sobre las mujeres por esa división que hace y jerarquiza el mundo de los sexos. Las agresiones contra las mujeres, recurso primero y último, atraviesa el dominio más allá de lo particular de las relaciones y de las restricciones que cada sociedad o cada grupo ponga al orden del macho. Ya se trate de agresiones corporales o psicológicas, ya se produzca en forma de paliza, violación o acoso, ya acabe en asesinato, humillación o autodefensa, la violencia afianza el mando y lo localiza en los núcleos más sensibles de la experiencia: la integridad del propio cuerpo, la libertad sexual y la autonomía en la circulación y el pensamiento. Rara es la mujer que no la ha sufrido o bien en carne propia o por intervenir en contra de una agresión dirigida hacia otra.

El sentido de la vulnerabilidad y del dominio es una experiencia del cotidiano femenino que se compone, antes que nada, como experiencia de los límites y de la protección del propio cuerpo y su capacidad expresiva. Aunque tenga que ver con la edad, el espacio, la identidad, la situación e incluso con el sentimiento de seguridad que una expresa o deja de expresar, en realidad, la posibilidad de ser sometida a la violencia machista excede las circunstancias concretas y se extiende a la existencia-mujer en general. Está tan enraizada en nuestro ser que aunque pudiéramos instalarnos en otras coordenadas seguiríamos alimentándonos de esos secretos temores que nos habitan. Ninguna ha dejado de asumir esta condición de peligrosidad y mal que bien hemos aprendido a movernos con ella, a soportar de la manera menos traumática posible sus leyes y a disfrutar de las miserables victorias personales y colectivas que nos podemos permitir sin ponernos en situaciones de alto riesgo.

No podemos dejar de considerarla como imposición generalizada y, sin embargo, para luchar en su contra tenemos que cortarla a la medida de lo concreto y hablar de sus ocurrencias en los espacios y tiempos en los que participamos. La intervención de una mujer, feminista o no, en un Centro Social Okupado busca, entre otras cosas, la creación de un espacio seguro, un espacio de cuidado del propio cuerpo que anule la violencia y la interiorización del peligro sexual. Y lo busca no por vía de reglas, restricciones o dispositivos de vigilancia sino que lo busca como sentido, como sensibilidad, como actitud de toda la gente que lo habita. Por eso, lo más terrible de que ocurran agresiones sexuales, aparte de la vivencia de la que las sufre, es el sentimiento de todas no ya de constatar que estas cosas pueden suceder –esto ya lo sabemos– sino de que no se ha dado la actitud, el pensamiento y la acción que las hace difíciles. Que no hemos sido capaces de poner por delante esa disposición, la tensión colectiva y cotidiana que hace, por un lado, que los agresores perciban de inmediato que ahí no van a poder, que no es seguro y que pueden salir muy mal parados y que las mujeres, por otro, lleguen a sentir todo lo contrario, que ahí sí van a poder, que van a sentirse seguras y respaldadas en todo momento.

De nada sirve repetir una y otra vez lo de que los espacios liberados no son tales o que en las okupas se reproducen los mismos modelos y bla, bla, bla. Seguir hablando en estos términos estimula una paradoja bien estéril que se alimenta de la ilusión de lo liberado, para chocarse con la triste y de sobra conocida realidad, ejercer la denuncia pasado ya el momento de la autodefensa y vuelta al principio. Aparte de reincidir en la moraleja de que nada es lo que parece y afianzarnos en lo secundario de nuestros problemas dentro de lo colectivo, este desplazamiento en el lenguaje vale una mierda. Al despotenciar la diferencia del espacio e igualarlo a cualquier otro nos negamos la oportunidad de construir esa diferencia de un modo más dinámico saliendo de la oposición liberados, espacio utópico inexistente para toda aquella persona que esté en las nubes, y el resto del mundo, una totalidad uniformizada hecha de casas, calles, ciudades y países donde se actualiza lo mismo de lo mismo.

Para empezar habrá que idear formas concretas de comunicar este sentido de cooperación para la libertad sexual sin aconsejar a las mujeres mantenerse juntas o evitar lugares oscuros. Habrá entonces que forzar lo existente e interrogar el hábito. La visibilidad femenina y gay es un comienzo pero hace falta más. Y es que, además, para hacerse presente es necesaria cierta complicidad, no vamos a estar todo el día con los guantes puestos o frecuentando los lugares liberados-que-no-lo-son. La creación de este sentido pasa necesariamente por el cuidado de las situaciones que producimos.
Todo esto surge al calor de la tremenda paliza-violación que sufrió una chica hace no mucho en una fiesta en El Laboratorio que, por cierto, a poco pasa sin pena ni gloria a la historia de los incontrolables horrores a los que nos hemos acostumbrado. Para que un Centro Social difiera de la calle (lo suyo sería que transformara la calle) habrá que ir pensando que en él no cabe todo el mundo. Y es que no queremos ser compatibles con ciertos sujetos que desafortunadamente a veces están demasiado cerca. Claro que los buenos modales, en lo que a centros sociales y anti-sexismo se refiere, pueden aprenderse y practicarse de manera airosa sin levantar demasiadas sospechas pero incluso en estos casos quien así actúa ha de sentirse incómodo, fuera de sitio o terriblemente inclinado hacia la mutación.

Y ya que esta agresión ocurrió en una fiesta me voy a referir a ellas y además con particular furia porque siendo un acto colectivo para disfrutar las veo como el ejemplo más claro de un montón de cosas que me revientan y que nada tienen que ver con el tipo de lugar-momento en el que me apetece estar. Y no es que todas las fiestas, conciertos y demás sean iguales (estaría bien preguntar, sobretodo a mujeres, qué sucede en las fiestas en las que nos sentimos a gusto) pero ocurre que sí hemos estabilizado ciertos hábitos de la pasti-party en los que impera la falta de atención por la ocasión. En la fiesta en cuestión, a cargo del afortunadamente extinto Proyecto Ruido, a excepción del pasti-negocio y la decoración alucinante nada mereció especial preparación o seguimiento. Como la fiesta era gratix no había nadie en la puerta encargado no ya de controlar quien entra, que también, sino de expresar esa atención de la que hablaba: que hay gente concreta detrás y delante del tinglado y que va a responder o a organizar una respuesta ante posibles agresiones u otras cosas menos terribles. Comunicar, en definitiva, que lo que hay tiene una presencia hecha de gente interesada en lo que sucede y que no se limita a generar algo y luego a ver que pasa. Si no hay responsabilidad sobre lo que organizamos o lo que dejamos organizar a colectivos de fuera, ¿de qué nos asustamos? o si pensamos que no es posible ¿a qué hostias organizamos nada? Y es que es muy duro estar todo el rato pendiente de las miles de formas en que alguien puede faltar el respeto y no vamos a estar acercándonos a toda persona susceptible de ser víctima de abuso... no cuando el abuso ya se ha consolidado como una cuestión individual(cada cual que se las apañe como pueda y con quien pueda) por no decir normal.

Las consecuencias de dejar que las cosas sucedan sin más ya las conocemos, por lo menos en El Laboratorio. Hay gente que se ha aburrido o sentido sola al enfrentarse a movidas de todos los colores pero esto tampoco ha sido suficiente para dar el salto y poner esta cuestión en el punto de mira y recuperar así un espacio que se ha ido perdiendo en lo anecdótico.
Nos hemos acostumbrado a las fiestas sin fin, sin hora vamos. Perfectamente en sintonía con la agonía que nos empuja a agotar los momentos sin reconocer principios ni finales. A nadie apetece estar al loro o encargarse de hacer acabar lo que sí se ha sabido empezar. Antes que cortar la historia es mejor ver a la peña ir desapareciendo poco a poco por agotamiento o acoplándose en algún rincón. Así las cosas, la fiesta se convierte en la actividad más sagrada del centro social. Pocas son las cosas que pueden llegar a interrumpirla. Ni que lancen cocos, ni que le abran la cabeza a alguien, ni que una mujer salga danzando al hospital. Bastante paradójico es ya que mucha de la gente que asiste a las fiestas no se entera de lo que en ellas sucede por muy llamativo que sea, por ejemplo, alguien sangrando en mitad del patio y con un ataque de nervios.
En este sentido, hemos llegado al punto de que la fiesta resulta incompatible con la posibilidad de comunicar, decidir colectivamente y actuar. Para ello, acaso habría que cortar la música e interrumpir el evento, hecho que produciría una alarma innecesaria y todo eso.

Otra cuestión es el modo en que se afronta lo de ponerse. Ahora se ha generalizado el argumento de que hay gente que va toa puesta y no se entera y más que puesta lo que va es idiotizada. Me resisto a creer que cuando una está puesta no percibe lo que hay, más bien todo lo contrario, lo percibe y con una nitidez que asusta porque la visión se anticipa, se hace muy fina, tanto que se es capaz de leer movimientos imperceptibles, gestos, actitudes que expresan formas de encontrarse en el mundo: el miedo, la impotencia... Para muchas mujeres esto resulta bien claro y es por ello que a veces cuando tomas algo proyectas y experimentas las agresiones sexuales de lo micro. A veces hemos preferido no mirar en cierta dirección, la verdad es que no por ello hemos dejado de ver. Y ya que en cualquier caso vemos, acaso sea mejor mirar de frente. Ya se sabe lo que duelen las trampas que nos gastamos... Cuando no se puede o no se quiere o una no se ve capaz de discernir lo que sucede a su alrededor habrá que apostar por el contacto a no ser que se prefiera apostar por la estupidez, en cuyo caso ya no hay más que hablar.

Si esto es hábito habrá que entrar a saco por ahí porque la denuncia a posteriori es insuficiente, nos puede dejar mejor sabor de boca pero no vale para lo que viene después. Otro salto que hay que hacer posible es la atención a la mujer que ha sufrido la agresión. También ahí hemos andado bien
flojas. Primero, para entender y aprender sobre cómo se experimenta la agresión. Para eso hay que dejarse del una agresión es una agresión y punto y no tener miedo al intercambio y al fantasma del morbo. Cuando se producen agresiones hay que crear grupos de apoyo, de intermediación y seguimiento porque una vez ocurrida la agresión, quien la sufre sigue circulando por ahí y tiene mucho que digerir. Nada de invisibilizar sino saber, conocer cómo se siente la agredida, cómo define la violencia y actúa en su contra, contra la violencia del momento y contra la de los momentos posteriores. Enganchar con el ritmo y las exigencias de quien la vive. La mediación con la colectividad que es el Centro Social es importante como ejercicio contra el olvido y por la actuación en positivo, por la recuperación de un espacio maldito que ya no se desea pisar.
Repensar las definiciones desde esa actitud de escucha e intercambio puede revelar algunos estereotipos interesantes sobre las agresiones sexuales. Por ejemplo, qué ocurre cuando para la agredida lo que se pone en primer plano no es la violación sino el peligro de muerte o cuando actuar pasa por estrategias de autodefensa tan inteligentes y espontáneas como fingir sometimiento y complacencia ante una violencia desmesurada. ¿Vamos nosotras ahí a hablar con nuestro lenguaje o a trazar un puente real con la vivencia y los términos de quien tiene mucho más que decir? Estaría bien poner en común las subjetividades que se moviliza con todo esto.

Y más cosas. ¿Porqué se pregunta si realmente se trata de violación y se insiste desde las mujeres que sí, que lo que pasó es lo peor que podía haber pasado? Probablemente porque con la fuerza de las palabras se ha asumido una escala en los niveles de agresión que encuentra en la penetración su máximo exponente y que habría que redefinir, también para nosotras mismas. Y es que prevenimos así la disminución inevitable de lo ocurrido sin darnos cuenta de que presuponemos también las clasificaciones y definiciones al uso. ¿Gritamos que el sentimiento de vejación más terrible no siempre es la penetración o seguimos dando alas a los mitos? Para avanzar en esta dirección hace falta involucrar e involucrarse con la mujer agredida.

Y luego, ¿cómo romper ya de una vez lo de que es a nosotras a quien toca pelear esta cuestión dejando, de paso, bien claro cual es nuestra área de intervención en un Centro Social mixto? Pues claro que nos toca de cerca, también nos toca la colectivización de una actitud distinta. La que hace que las agresiones sexuales se conviertan en un asunto del Centro Social en su conjunto, algo que merece muchísima reflexión y actuación en común. Nuestra decisión, la de las mujeres, de separación y acumulación de iniciativas en este terreno tiene muchos aciertos pero también tiene sus desaciertos, sobretodo a la hora de crear una práctica general en contra del sexismo y las
agresiones sexuales. Al menos si no se anticipa y tiene en cuenta la parcialidad a la que terminamos reduciendo, nosotras a la cabeza, la violencia contra las mujeres. La mejor autodefensa, aparte de la que permite transformar la autoestima en golpes certeros, es la que genera una disposición colectiva en contra de las agresiones sexuales. La del golpe te defiende, la otra te sitúa a ti, a tus compañeras y a la comunidad en un espacio diferente.

¡ATENCION AGRESOR,MUJERES VIOLENTAS!

desde la Escalera Karakola, una ex-compañera del CSO El Laboratorio


[Català]

Espais okupats, espais amb cura

Setè article del dossier Tijeras para todas. A propòsit d’una pallissa sexual al Centre Social Okupat El Laboratorio, Madrid.

Totes vivim amb ràbia i dolor la violència que els homes imposen a les dones per aquella divisió que fa i jerarquitza el món dels sexes. Les agressions contra les dones, primer i últim recurs, travessa el domini més enllà de la particularitat de les relacions i de les restriccions que cada societat o cada grup posi al servei del mascle. Ja siguin agressions corporals o psicològiques, es produeixin en forma de pallissa, violació o assetjament, acabin en assassinat, humiliació o autodefensa, la violència aferma el comandament i el localitza als nuclis més sensibles de l’experiència: la integritat del propi cos, la llibertat sexual i l’autonomia en la circulació i el pensament. Rara és la dona que no l’ha patit, o bé en carn pròpia o bé en la intervenció en contra d’una agressió dirigida cap a una altra.

El sentit de la vulnerabilitat i del domini és una experiència de lo quotidià femení que es composa, en primer lloc, com a experiència dels límits i de la protecció del propi cos i la seva capacitat expressiva. Tot i que tingui a veure amb l’edat, l’espai, la identitat, la situació, fins i tot amb el sentiment de seguretat que una expressa o deixa d’expressar, en realitat, la possibilitat de ser sotmesa a la violència masclista excedeix les circumstàncies concretes i s’estén a l’existència-dona en general. Està tan arrelada a nosaltres que encara que ens instal•léssim en unes altres coordenades seguiríem alimentant-nos d’aquests temors secrets que ens habiten. Cap de nosaltres ha deixat d’assumir aquesta condició de perillositat, per força hem après a moure’ns amb ella, a suportar de la manera menys traumàtica possible les seves lleis i a gaudir les miserables victòries personals i col•lectives que podem permetre’ns sense posar-nos en situacions d’alt risc.

No podem deixar de considerar-la com una imposició generalitzada i, malgrat tot, per lluitar-hi en contra, hem de tallar-la, concretar-la i parlar de les seves ocurrències als diferents espais i temps en què participem. La intervenció d’una dona, feminista o no, en un Centre Social Okupat busca, entre altres coses, la creació d’un espai segur, un espai curós amb el propi cos que anul•li la violència i la interiorització del perill sexual. I ho busca, no per mitja de regles, restriccions o dispositius de vigilància sinó que ho fa buscant el sentit, la sensibilitat, l’actitud de tota la gent que l’habita. Per això, el més terrible que acompanya les agressions sexuals, apart de la vivència de qui les pateix, és el sentiment de totes, no ja de constatar que aquestes coses poden succeir –això ja ho sabem- sinó que no s’ha donat l’actitud , el pensament i l’acció que els hi posa traves. Que no hem sigut capaces de prioritzar aquesta disposició, la tensió col•lectiva i quotidiana que fa, d’una banda, que els agressors percebin d’entrada que allí no podran, que no és segur i que poden sortir-ne molt mal parats i que les dones, d’altra banda, arribin a sentir tot el contrari, que allà sí podran, que se sentiran segures i recolzades en tot moment.

De res serveix repetir una i altra vegada allò de que els espais alliberats no són el que prediquen o que a les okupes s’hi reprodueixen els mateixos models i bla bla bla. Seguir parlant en aquests termes estimula una paradoxa ben estèril que s’alimenta de la il•lusió d’allò alliberat, per a xocar amb la trista i ben coneguda realitat, exercir la denúncia passat el moment i altre cop tornar al principi. Apart de reincidir en la moralitat que res és el que sembla i afermar-nos en la secundarietat dels nostres problemes dins la col•lectivitat, aquest desplaçament en el llenguatge val una merda. Al despotenciar la diferència de l’espai i igualar-lo a qualsevol altre estem negant-nos l’oportunitat de construir aquesta diferència d’una manera més dinàmica, sortint de la oposició alliberats, espai utòpic inexistent per a tota aquella persona que estigui als núvols, i la resta de persones, una totalitat uniformada feta de cases, carrers, ciutats i països on s’actualitza el mateix de sempre.

Per començar s’hauran d’idear formes concretes de comunicar aquest sentit de cooperació per a la llibertat sexual sense aconsellar les dones mantenir-se juntes o evitar llocs foscos. Aleshores s’haurà de forçar allò existent i interrogar l’hàbit. La visibilitat femenina i gay és un començament però cal anar més enllà. I és que, a més, per a fer-se present és necessària certa complicitat, no estarem tot el dia amb els guants posats o freqüentant llocs alliberats-que-no-ho-són. La creació d’aquest sentit passa necessàriament per tenir cura de les situacions que produïm.

Tot això surt a la llum de la tremenda pallissa-violació que va patir una noia no fa massa a una festa a El Laboratorio que, per cert, poc passa sense pena ni glòria a la història dels incontrolables horrors a que ens hem acostumat. Per a que un Centre Social difereixi del carrer (el seu objectiu seria que el transformés) s’haurà d’anar pensant que no pot acollir tothom. I es que no volem ser compatibles amb certs subjectes que desafortunadament a vegades estan massa a prop. Clar que les bones maneres, pel que fa a centres socials i anti-sexisme, poden aprendre’s i practicar-se de manera airosa sense aixecar massa sospites però fins i tot en aquests casos, qui actua així ha de sentir-se incòmode, fora de lloc, o terriblement inclinat a la mutació.

I ja que aquesta agressió va passar en una festa, ara m’hi referiré i amb peculiar fúria perquè essent un acte col•lectiu per a gaudir les veig com l’exemple més clar d’un munt de coses que em rebenten i que res tenen a veure amb el lloc-moment on em ve de gust estar. I no és que totes les festes, concerts i demés siguin iguals (estaria bé preguntar, sobretot a dones, què passa a les festes on ens sentim a gust) però passa que sí[,] hem establert certs hàbits de la pasti-party en que impera la falta d’atenció per la ocasió. A la festa en qüestió, a càrrec de l’afortunadament extingit Proyecto Ruido, a excepció del pasti-negoci i la decoració al•lucinant res va merèixer especial preparació o seguiment. Com la festa era gratis no hi havia ningú a la porta encarregat no ja de controlar qui entra, que també, sinó d’expressar aquella atenció de la que parlava: que hi ha gent concreta davant i darrere del tinglado, i que respondrà o organitzarà una resposta davant possibles agressions o altres coses menys terribles. Comunicar en definitiva, que el que hi ha té una presència feta de gent interessada en el què passa i que no es limita a generar alguna cosa i veure que acaba passant després. Si no hi ha responsabilitat sobre el que organitzem o el que deixem d’organitzar a col•lectius de fora, de què ens espantem? o si pensem que no és possible, a què hòsties organitzem res? I es que és molt dur estar tota l’estona pendent dels milers de formes amb que algú pot faltar al respecte i no estarem apropant-nos contínuament a tota persona susceptible de ser víctima d’abús... no quan l’abús ja s’ha consolidat com una qüestió individual (cadascú que se les empesqui com i amb qui pugui) per no dir normal.

Les conseqüències de deixar que les coses succeeixin i prou ja les coneixem, com a mínim a El Laboratorio. Hi ha gent que s’ha avorrit o s’ha sentit sola enfrontant-se a mogudes de tots els colors però això no ha bastat per a fer el salt i posar aquesta qüestió al punt de mira i recuperar així un espai que s’ha anat perdent en lo anecdòtic.

Ens hem acostumat a les festes sense fi, vaja, sense hora. Perfectament en sintonia amb l’agonia que ens empeny a esgotar els moments sense principis ni finals. A ningú li agrada estar pendent o encarregar-se de fer acabar allò que sí va saber començar. Abans de tallar la història és preferible veure la penya desapareixent poc a poc per esgotament o quedant-se en algun racó. Així les coses, la festa es converteix en l’activitat més sagrada del centre social. Poques són les coses que poden arribar a interrompre-la, ni que llancin cocos, ni que obrin el cap a algú, ni que una dona surti de pet a l’hospital. Bastant paradoxal és el fet que molta de la gent que assisteix a les festes no s’assabenti del que hi passa per molt gros que sigui, per exemple, algú sagnant al mig del pati i amb un atac de nervis. En aquest sentit hem arribat al punt de que la festa resulta incompatible amb la possibilitat de comunicar, decidir col•lectivament i actuar. Per això, potser caldria aturar la música i interrompre l’acte, fet que produiria una alarma innecessària i tot això.

Una altra qüestió és el mode en que s’afronta lo de posar-se. Ara s’ha generalitzat l’argument que hi ha gent que va tota posada/col•locada i no s’entera, i més que posada, que va idiotitzada. Em resisteixo a creure que quan una va posada no percep el que hi ha, més aviat tot el contrari, ho percep i amb una nitidesa que espanta perquè la visió s’anticipa, es fa molt fina, tant que s’és capaç de llegit moviments imperceptibles, gestos, actituds que expressen formes de trobar-se al món: la por, la impotència... Per a moltes dones això queda ben clar i és per això que moltes vegades quan prens alguna cosa projectes i experimentes les agressions sexuals de lo micro. A vegades, hem preferit no mirar en certa direcció, la veritat és que no per això hem deixat de veure. I ja que en qualsevol cas, hi veiem, potser seria millor mirar de cara. Ja se sap el mal que fan les trampes que ens posem... Quan no es pot o no es vol o una no es veu capaç de discernir el que succeeix al seu voltant, s’haurà d’apostar pel contacte a no ser que es prefereixi apostar per l’estupidesa, en aquest cas ja no hi ha res més a dir.

Si això és un hàbit s’haurà d’entrar a sac per aquí perquè la denúncia a posteriori és insuficient, ens pot deixar millor sabor de boca, però no val pel que vindrà després. Un altre salt que cal fer possible és l’atenció a la dona agredida. També aquí hem estat com hauríem. Primer, per entendre i aprendre sobre com s’experimenta l’agressió. Per això cal deixar de pensar que “una agressió és una agressió i punt” i no tenir por a l’intercanvi i al fantasma del morbo. Quan es produeixen agressions s’han de crear grups de suport, d’intermediació i de seguiment perquè un cop ha passat l’agressió, qui la pateix segueix circulant i té molt a digerir. Res d’invisibilitzar, sinó saber, conèixer com se sent l’agredida, com defineix la violència i hi actua en contra, contra la violència del moment i contra la dels moments posteriors. Enganxar amb el ritme i les exigències de qui la viu. La mediació amb la col•lectivitat que és el Centre Social és important com a exercici contra l’oblit i per l’actuació en positiu, per la recuperació d’un espai maleït que ja no es vol trepitjar més. Repensar les definicions des de aquesta actitud d’escolta i intercanvi pot revelar alguns estereotips interessants sobre les agressions sexuals. Per exemple, què passa quan per a l’agredida el que es posa en primer pla no és la violació sinó el perill de mort o quan actuar passa per estratègies d’autodefensa tan intel•ligents i espontànies com fingir sofriment i complaença davant una violència desmesurada. Parlarem nosaltres aquí amb el nostre llenguatge o bé traçarem un pont real amb la vivència i els termes de qui té molt més a dir? Estaria bé posar en comú les subjectivitats, què es mobilitza amb tot això.

I més coses, perquè es pregunta si realment es tracta de violació i s’insisteix des de les dones que sí, que el que va passar és el pitjor que podria haver passat? Provablement, perquè amb la força de les paraules s’ha assumit una escala en els nivells d’agressió que troba en la penetració el seu màxim exponent i que caldria redefinir, també per a nosaltres mateixes. I es que prevenim així la disminució inevitable del que ha passat sense adonar-nos que pressuposem també les classificacions i definicions a l’ús. Cridem que el sentiment de vexació més terrible no sempre és la penetració o seguim donant ales als mites? Per avançar cap aquesta direcció és necessari involucrar i involucrar-se amb la dona agredida.

I després, com trencar definitivament allò de que “és a nosaltres qui toca lluitar aquesta qüestió” deixant, de passada, ben clar quina és la nostra àrea d’intervenció en un Centre Social mixte? Dons clar que ens toca de prop, també ens toca la col•lectivització d’una actitud diferent. La que fa que les agressions sexuals es converteixin en un assumpte del Centre Social en el seu conjunt, cosa que mereix moltíssima reflexió i actuació en comú. La nostra decisió, la de les dones, de separació i acumulació d’iniciatives en aquest terreny té moltíssims encerts però també té les seves errades, sobretot a l’hora de crear una pràctica general en contra del sexisme i les agressions sexuals. Al menys si no es participa i té en compte la parcialitat a que acabem reduint, nosaltres les primeres, la violència contra les dones. La millor autodefensa, a banda de la que permet transformar l’autoestima amb cops precisos, és la que genera una disposició col•lectiva en contra de les agressions sexuals. La del cop et defensa, l’altra et situa a tu, a les teves companyes i a la comunitat en un espai diferent.

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