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El maestro inadaptado tenía, cada vez más acusadas, manías organizadas. Alteraciones, seguramente, trastornos que a él sólo afectaban. ¡Lógico! En soledad y silencio iba tejiendo los recuerdos de una memoria de escuela, la suya, la de su contexto, para intentar explicarse, comprender algo siquiera, la notable debilidad cognitiva que percibía a su alrededor. Un alrededor teóricamente “culto”, cual era la de un departamento de una Facultad de Educación, el nido actual de su profesión.
En una tarde aciaga de primavera, época en la que los estornudos y los mocos llenaban de realidad y recuerdo su espacio de sueños, el maestro inadaptado descubrió que entre los diálogos de Platón hay algunos verdaderamente curiosos. De esos relatos abiertos carentes de conclusión. Se les llama aporéticos, palabra esta que siempre le dio igual, incluso repudiaba, porque era lo único que tenía que aprenderse para sacar la estúpida nota que le diera el pase para seguir envejeciendo. De hace algún tiempo pudo descubrir, en una tertulia de aquellas del educar para la vida, que estos relatos del filósofo tienen, y escribo tienen y no “tenían” un final abierto y que siempre son una solución narrativa apropiada para la literatura o el cine. Siguió profundizando en ellos. ¡Manías, ya digo! Estos finales así, despiertan suspicacias dentro de la tradición filosófica. ¡La tradición! Esa que marcó el destino de generaciones... ¡Como dios manda! Nada más facilón que dar el final por sabido. Trazar el camino. La hoja de ruta. El molde. ¡Qué tiempos aquellos de la renovación pedagógica, de cuando soñábamos con la escuela de la hoja en blanco. La que crea las condiciones para que un ser humano tome decisiones. Críticas, creativas, responsables. Las suyas. El “menistrerio” de educación. ¡Mentira! Son financieros usurpadores, violadores de la infancia. Un ser humano que crece para ser educado necesita sentir el acompañamiento de un maestro que sabe de sobra que el camino no está trazado, que se hace camino al andar desde una memoria colectiva, que no es aquella que nos han contado los vencedores de la historia. Los fascistas que fusilaron a los maestros sabios, han regresado. Sus recortes suenan como los disparos en las paredes de sus cementerios.
Pero este no es el final de la historia, ni siquiera de este simple relato de urgencia. El siguiente folio lo escribiremos donde hoy nos educamos, en las plazas de nuestros pueblos.

x Gonzalo Romero*


*Gonzalo Romero es miembro de la Asociación Cultural Candela
(Botón de muestra emitido el 26 de mayo de 2012 en El Candelero, RVK, 107.5 FM)
www.nodo50.org/candela

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