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Etiopía-Eritrea: Guerra de pobres, guerra olvidada
Por Alejandra Araya y Carolina Piazzi
Observatorio de Conflictos, Argentina

I El presente informe aborda un conflicto bélico que tiene lugar en el nordeste de África, entre los estados de Etiopía y Eritrea; guerra fronteriza que podría desestabilizar aún más el frágil equilibrio del Cuerno de África. De la quincena de conflictos que ensangrientan actualmente el continente africano, la guerra etio-eritrea es, con mucho, la más convencional. Enfrenta a dos ejércitos regulares en las líneas de los frentes.

Con el objetivo de ubicar históricamente a los estados en conflicto haremos una presentación de ambos países que explique sus puntos de contacto y de distanciamiento.

En segundo lugar, explicaremos el desarrollo de la guerra desde su estallido en 1998 hasta la actualidad; las intervenciones de los países y organismos internacionales en el conflicto; el equilibrio de fuerzas entre los estados beligerantes; y en particular, el grave problema de los refugiados. Finalmente, se verá la profundización de la precaria situación económica y social en la que se encuentran ambos países en la actualidad.

II En el nordeste del continente africano, integrando el Cuerno de África, se halla uno de los países más antiguos del mundo (con China y Egipto), Etiopía, llamada a veces Abisinia, porque el principal grupo étnico es el abisinio -30% del total- que vive en el norte y centro oeste, seguido por los gallas en el centro, somalíes en el sudeste y danakiles en la llanura homónima. Su capital es Addis Abeba, que significa “Nueva Flor”; y el principal idioma es el amhárico.

Es un país principalmente agrícola, con sólo un 11% de población urbana, que porta algunos rasgos que lo distinguen de los demás países africanos:

— Es un estado independiente desde hace mucho más tiempo que cualquier país de África, excepto Egipto; permaneció inconquistado durante casi 3000 años, aún en el período culminante del forcejeo de Europa por apoderarse de África, y lo fue porque era demasiado inaccesible, montañoso e inexpugnable al ataque. Sólo permaneció bajo dominación extranjera durante la ocupación italiana desde 1936 hasta 1941.

— Es un país cristiano desde tiempos remotos, no cristianizado por modernos misioneros. En el siglo IV d.C., la Roma cristiana conquista Egipto y Siria, cuya influencia llega al reino de Axum (Etiopía) a través de los monjes de Alejandría que erigen los primeros conventos, así la herejía monofisista se convierte en religión de estado. A pesar de ser oficialmente cristiana, la mayoría de su población es musulmana (60%).

Las actuales fronteras son el resultado de las últimas conquistas, a finales del s.XIX, realizadas por el emperador Menelik II, las cuales conformaron un estado cuya estructura interna explica su permanencia y fuerza: las dinastías que se suceden a lo largo de los siglos han surgido de las altiplanicies, de la etnia amhara o tigriña esencialmente. Algunos reyes periféricos continuaban ejerciendo sus poderes regionales y locales, el emperador amhara o tigriño llevaba el titulo “rey de reyes” (negusa nagast). El mismo dirigía un estado centralizado, practicaba frente a los pueblos sometidos y a sus propios campesinos una política de explotación (mediante el pago de tributos). Halle Selassie coronado negus en 1930, incorpora Eritrea a Etiopía como provincia federada en 1952. Este estado, originalmente, fue una colonia italiana, y después de la II Guerra Mundial los británicos se apoderaron de ella.

Su nombre proviene de Marem Erythraeum, que es como los romanos llamaban al Mar Rojo. Actualmente, su capital es la ciudad de Asmara; y sus principales idiomas son el tigriño y el tigré, que difieren mucho del amharico.

La historia contemporánea de Eritrea se inicia en 1889 con la ocupación italiana. Aunque presentando todas las características del colonialismo, en este caso se acompañó de un desarrollo económico y político sin comparación con los países del entorno. Cuando pasó a depender de la administración inglesa, después de la II guerra mundial, la casi totalidad de las infraestructuras industriales, portuarias y ferroviarias fueron vendidas o desmanteladas. Se convirtió en un país considerablemente debilitado, cuando en 1952 las Naciones Unidas deciden federarla a Etiopía. Según los acuerdos aprobados con el emperador Haile Selassie, Eritrea debía gozar de cierta autonomía, pero muy rápidamente, el negus le impuso una dominación brutal y la anexionó unilateralmente. La represión se llevó a cabo brutalmente (pueblos quemados, poblaciones masacradas) y se organizó la resistencia. En 1961 nace el Frente de Liberación de Eritrea (FLE), y en 1970 el Frente Popular de Liberación de Eritrea (FPLE), escisión marxista del FLE, que toma la dirección de la lucha. Aislado internacionalmente, combatirá con sus propias fuerzas a las dos superpotencias: Estados Unidos primero, que sostiene a Halle Selassie hasta su caída en 1974; la URSS a continuación, que aporta un apoyo incondicional a Mengistu, nuevo hombre fuerte de Etiopía, cuya sangrienta dictadura se acaba en 1991. Si se añade la sequía y hambre catastróficas en los años 80, la resistencia victoriosa del FPLE no puede explicarse más que por su capacidad de organización y su implantación en la población.

Desde 1991 Etiopía está gobernada por el Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (EPRDF). Desde la misma fecha gobierna Eritrea el Frente de Liberación del Pueblo Eritreo (EPLF). Ambos siguen viviendo del prestigio que adquirieron por ser los grupos rebeldes que lideraron el movimiento revolucionario contra el régimen de Mengistu, que finalmente llevó al derrocamiento del régimen Deurg y a la proclamación de la independencia eritrea (prontamente reconocida por Etiopía, ya que sus gobiernos se consideraban compañeros de armas).

En Mayo de 1991, la toma de Asmara por las fuerzas del Frente Popular para la Liberación de Eritrea puso fin a una guerra de 30 años. Dos años después, el 25 de Abril de 1993, el país ratifica por referéndum una independencia conquistada por las armas.

A partir de aquí, Addis Abeba y Asmara eligieron caminos muy diferentes. Eritrea se lanzó a la construcción de un Estado unitario que tolera sólo un partido, se ha transformado en un jacobinismo acentuado por una mentalidad militar heredada de la guerrilla. Las grandes decisiones en el ámbito interno están inspiradas por el objetivo de hacer irreversible la unidad interna forjada en la guerra de un país-mosaico diverso étnica, religiosa y lingüísticamente; estas decisiones refieren a la laicidad, la introducción de un servicio nacional, la inexistencia de lenguas oficiales, la reestructuración administrativa, etc. La única ideología verdadera del régimen eritreo es un nacionalismo altivo. Contrariamente, en Etiopía, Meles Zenawi estableció, con la Constitución de 1995, un “federalismo étnico” que daba lugar a la conformación de pequeños estados dentro del estado etíope. Esta construcción entró en colisión con la negativa del FPLT a compartir el poder, y también con otros movimientos de base étnica marginados del poder.

Con respecto a la economía, Eritrea es partidario del liberalismo económico y la producción para la exportación, y desconfía de la ayuda extranjera no controlada. Por su parte, Etiopia opta por el control de los cambios, las inversiones en todos los sectores y la máxima ayuda extranjera. Cuando en 1997 Eritrea decidió la introducción de su propia moneda (el nacfa) para asentar la libertad de sus transacciones económicas con el extranjero, creó una “frontera” ya que ambos países habían establecido (en 1991), un mutuo librecambio y el libre acceso de Etiopía a los puertos eritreos.

III Etiopía y Eritrea comparten una frontera de más de 1000 km, que no está claramente delimitada por los tratados internacionales, así el estallido de la guerra en 1998 va acompañado por la redacción de un informe (14 y 29 de Mayo) por parte de Eritrea, donde reclama la “frontera colonial”, es decir, la línea trazada a principios de siglo entre el reino de Italia y el imperio de Etiopía.

Esta línea se fue precisando por sucesivos tratados, de los cuales el más importante fue el del 15 de Mayo de 1902 (tratado anglo-ítalo-etíope) que delimita la parte occidental y central de la frontera, justo donde se desató la guerra.

Etiopía no objeta este tratado, pero Eritrea acusa a las autoridades locales de Tigré de utilizar otro mapa que incorpora a Etiopía zonas fronterizas (en las que después estalla el conflicto).

En 1952, cuando la ONU federa Eritrea a Etiopía, la línea pierde parte de su fuerza, y el rais (señor) de Tigré realizó instalaciones agrícolas en la zona fronteriza, cuya administración dependía de un distrito tigriño. A partir de entonces, la zona ha estado sometida a periódicas disputas, por ejemplo: el 1976 y en 1981 las guerrillas del FLE y del FPLT (Frente Popular de Liberación del Tigré) tuvieron varios enfrentamientos en esta región.

Es por ello, que esta guerra que estalla en 1998 ha sido calificada por los organismos internacionales como una “guerra absurda”, pues no es ni étnica, ni religiosa ni tribal y no está determinada tampoco por una lucha por el poder; se trata de este antiguo conflicto entre dos estados, de un conflicto “a la antigua”.

El conflicto se inicia en mayo de 1998 cuando Eritrea invade el triángulo de Shirga y ocupa Badme y Zelambesa, como respuesta a un incidente que pocos días antes había causado un muerto eritreo. Asmara no se esperaba que Addis Abeba reaccionara públicamente. Como en el pasado eso debía seguir siendo “una pelea de familia”. En Addis Abeba esta demostración de fuerzas se sintió como una manifestación insoportable de la arrogancia eritrea, ya que desde hacia varios meses ambos países mantenían un sordo pulso económico después de la desaparición de su unión monetaria. En este contexto, la OUA elabora un acuerdo de paz que implicaba un “alto al fuego”; el mismo no pudo ser aplicado porque existieron diferencias de interpretación: los eritreos querían el cese del fuego antes de firmar el tratado, y los etíopes lo aceptarían después de la retirada de tropas eritreas. La cuestión se plantea actualmente en Etiopía que rechaza todavía la tercera parte del acuerdo. Vista desde Asmara, la respuesta es clara: Addis Abeba no quiere la paz, su objetivo no es el arreglo de un litigio fronterizo, sino acabar con el régimen del presidente Isaías Aferwoki. Eritrea pone como prueba las hojas de rutas encontradas a los oficiales muertos en marzo de 1999, que incluyen instrucciones para la ocupación militar de la capital.

Ante la imposibilidad de negociar, el 12 de mayo del 2000 se produce un nuevo estallido de la guerra, sucede dos días antes de las elecciones en Etiopía cuando ésta ataca a Eritrea para recuperar los territorios perdidos en 1998, para castigar a Eritrea y realizar el mayor número de bajas materiales y humanas, y para dañar su ejército y su orgullo.

El 17 de mayo el Consejo de Seguridad impone un embargo de armas a los dos países, pero ambos estaban aprovisionados como para continuar con la guerra, porque ambos países disponen de arsenal de origen soviético, que data de los años 70 y 80, heredado de las entregas masivas de armas al régimen militar del coronel Mengistu. Sobre el papel, Etiopía es la más poderosa, con 250.000 hombres, más de 150 carros T-54 y T-55, una treintena de cazas Mig-21 y Mig-23 a los que se añadieron, en diciembre de 1998, aparatos ultramodernos. Esta flota, pilotada en gran parte por mercenarios rusos y ucranianos, garantiza a Addis Abeba la supremacía aérea, porque Asmara no dipone más que de una decena de aviones de entrenamiento, italianos y finlandeses, y de 8 a 10 interceptores Mig-29, comprados en 1999. El ejército eritreo dispone también de menos blindados y cañones, pero sus 150.000 soldados (entre ellos, un tercio son antiguos combatientes de la guerra de independencia, removilizados, y otro tercio, reclutas) compensan esta inferioridad con sofisticados medios de comunicación y observación, un mejor mantenimiento de los materiales y, finalmente, una movilidad y cohesión netamente superiores a las de los etíopes, gracias a un aguerrido encuadramiento militar. Los etíopes conquistaron rápidamente numerosos pueblos y aldeas, y estaban en condiciones de avanzar sobre Asmara para derrocar a su gobierno, pero esto hubiera sido rechazado por la comunidad internacional y no lo hicieron. El 18 de junio tras la derrota militar de Eritrea se firmó un acuerdo de alto al fuego en Argel que contemplaba el cese de las hostilidades y el posterior despliegue de una fuerza de interposición de la ONU que debía controlar la franja fronteriza y delimitar geográficamente esta frontera.

IV Esta guerra produjo numerosas pérdidas humanas y más de 750.000 desplazados y refugiados etíopes y eritreos. Normalmente, al margen de los combates propiamente dichos, las poblaciones están sufriendo sin embargo las consecuencias de la guerra. A todo lo largo de la frontera occidental y central, más de 600.000 civiles han tenido que salir de sus pueblos. En Eritrea la situación es más preocupante porque deben hacer frente a un éxodo interior (7% de la población). Además, Asmara debe hacer frente a otra emigración forzada: la de los eritreos y etíopes de origen eritreo expulsados por Addis Abeba. Desde junio de 1998 han sido expulsados más de 65.000 en nombre de la seguridad del país. Asmara denuncia una verdadera depuración étnica.

También Etiopía se queja de expulsiones masivas. Sin embargo, el balance está lejos de ser equilibrado. Menos de 30.000 expatriados han abandonado Eritrea desde el comienzo de la guerra. Al parecer, Eritrea no ha organizado ni caza al hombre, ni saqueos, ni deportaciones masivas. Amnistía Internacional y la Cruz Roja Internacional lo reconocen, así como también las Cancillerías, aunque la comunidad internacional haya dirigido las mismas críticas, en este aspecto, a ambos países. Los representantes de Amnistía Internacional han advertido, a su regreso de una visita de investigación a Etiopía y Eritrea, que la expulsión masiva amenaza ya a todas las personas de origen eritreo de Etiopía y causa muchísimo sufrimiento a millares de familias todas las semanas.

La política de expulsión de personas de origen eritreo aplicada por Etiopía tras el estallido de la guerra entre ambos países en mayo de 1998 se ha convertido en una operación generalizada y sistemática de detención y expulsión de todo individuo de ascendencia parcial o totalmente eritrea. El primer ministro de Etiopía, Meles Zenawi, ha dicho que las personas expulsadas constituían una amenaza para la seguridad nacional y que habían perdido la nacionalidad etíope al participar en 1993 en el referéndum sobre la independencia de Eritrea.

Aunque Amnistía Internacional no adopta ninguna postura sobre el conflicto armado en sí mismo ni sobre las cuestiones que lo han suscitado, ha instado en reiteradas ocasiones a ambas partes para que respeten los Convenios de Ginebra. Ambos bandos deben manifestar públicamente que no autorizarán ni permitirán que los ataques deliberados o indiscriminados de sus fuerzas armadas contra los civiles queden impunes. Especialmente importante es que ambos bandos respeten el principio de distinción entre objetivos militares y civiles, y nunca dirijan sus ataques contra estos últimos.

Tras la guerra, los desplazados y refugiados deben enfrentarse a un entorno desolador, ya que gran parte de la infraestructura y las cosechas han sido destruidas y numerosas zonas han sido minadas, lo que imposibilita el retorno de la población y supone una labor urgente para las agencias que se dedican al desminado. Sin bienes, sin posibilidad de volver o de cultivar sus tierras, estos desplazados dependerán de la ayuda humanitaria durante más de un año.

El impacto de la guerra es siniestro para la economía de los beligerantes. En Eritrea los gastos militares superaron en 1999 el 30% del PIB. A Etiopía no le va mucho mejor. Más del 10% de su PIB está dedicado al esfuerzo de la guerra, que cuesta diariamente cerca de un millón de dólares al país. Los presupuestos ministeriales, federales y regionales se han visto recortados y los ingresos de las privatizaciones se han destinado en parte a la guerra.

Mientras que ambas economías padecen una guerra que dura ya 30 años, el Banco Mundial y algunos países donantes han condicionado cualquier nuevo programa de desarrollo al final del conflicto.

Tras la guerra quedan en ambos países varios problemas por resolver, tanto en la Etiopía castigada por la sequía como en la Eritrea destrozada por la guerra, en lo que se podría considerar una crisis humanitaria de elevadas proporciones. Aunque los números son difíciles de estimar, fuentes gubernamentales, de Naciones Unidas o de varias ONG internacionales que trabajan en el terreno, estimaron en un millón y medio las personas desplazadas por la guerra o afectadas por la sequía en Eritrea (casi el 40% de la población) y más de 350.000 desplazados en Etiopía.

La precaria situación económica y social de Etiopía contribuye enormemente a la propagación de hambrunas. Es el país más pobre del mundo, según la clasificación del BM recientemente publicada. Por su parte, la economía de Eritrea estaba totalmente colapsada antes de comenzar la guerra pero, tras ella, ha quedado casi en estado de coma. La cantidad de kilocalorías por habitante y día, en Etiopía y Eritrea, son las más bajas del mundo (1585 y 1845 respectivamente). El mínimo normal exigido por la OMS es de 2650 kilocalorías y el mínimo de subsistencia para no morir de hambre es de 1650.

Con 210 y 110 dólares de renta anual por habitante, ambos países, se sitúan respectivamente, entre las naciones más pobres del mundo, en los puestos 167 y 172 de los 174 países clasificados por el PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo), según su índice de desarrollo humano. Las necesidades ayuda serán muy importantes en los próximos meses, aunque aún lo son más los programas de desarrollo a medio y largo plazo que eviten la dependencia de la ayuda externa.


BIBLIOGRAFÍA

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Amnistía Internacional, Servicio de Noticias por país y fecha: Etiopia y Eritrea, 12 de junio de 1998, 29 de enero de 1999,16 de febrero de 1999. En: www.edai.org/centro/afr/etiopia.

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