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26/09/2012 :: James Petras, Medio Oriente

El verano del descontento musulmán. ¡No es "la película de unos aficionados, estúpido"!

x James Petras - La Haine
Occidente revirtió el movimiento popular a través de alianzas con islamistas maleables (Egipto, Túnez y Yemen) y la agresión armada con extremistas islamistas en Libia y Siria

Introducción

La llamada “Primavera Árabe” es un recuerdo lejano y amargo para quienes combatieron y lucharon por un mundo mejor, por no hablar de los miles que perdieron la vida o su integridad física.

En su lugar, en todo el mundo musulmán, una nueva oleada de políticos reaccionarios, corruptos y serviles han tomado las riendas del poder apoyados por los mismos militares, la misma policía secreta y el mismo poder judicial que sostuvieron a los gobernantes anteriores [2]. La muerte y la destrucción es rampante; la pobreza y la miseria se han multiplicado, han quebrado la ley y el orden, matones reaccionarios han tomado el poder político cuando antes eran una fuerza marginal. Los niveles de vida han caído, las ciudades están devastadas y el comercio está paralizado. Y presidiendo este “Invierno árabe” se encuentran las potencias occidentales, Estados Unidos y la Unión Europea —con la ayuda de las monarquías absolutistas despóticas del Golfo, su aliado turco y un ejército variopinto de mercenarios terroristas islamistas y sus posibles portavoces del exilio.

El legado de la intervención imperial en el mundo musulmán durante la primera década del siglo XXI supera en términos de vidas perdidas, en personas desplazadas, en economías destruidas, en guerras perpetuas, cualquier década anterior, incluyendo las conquistas coloniales del siglo XIX y XX. Buena parte del reciente caos y de la violencia occidental ha quedado concentrada en el período conocido como la “Primavera Árabe” entre 2011 y 2012. Además, lo peor está por venir. Los supervisores occidentales han ganado posiciones estratégicas de poder en algunos países (Egipto), se dedican a prolongadas guerras ruinosas en otros (Siria) y se prepara para una intervención militar aún mayor y más destructiva en otros (Irán).

El “Invierno del descontento musulmán” cubre un arco completo desde Pakistán y Afganistán, en el sur de Asia, a través de la región del Golfo y Oriente Próximo hasta el Norte de África. En medio de la peor crisis económica que azota Occidente desde la década de 1930, los regímenes imperialistas occidentales han exprimido a sus pueblos, han movilizado personal, armas y dinero para participar en guerras simultáneas en cinco regiones y dos continentes para derrocar a sus adversarios políticos e instalar clientes, incluso aunque ello suponga la destrucción de la economía y el desarraigo de millones de personas.

Comencemos con Egipto, donde la Primavera Árabe se ha convertido en un caso de estudio para la elaboración del Nuevo Orden Imperial en el mundo musulmán. Atribuir las violentas rebeliones populares en dos continentes y en dos docenas de países musulmanes a una película de Estados Unidos que profana al profeta Mahoma es el colmo de la superficialidad. Como mucho, la película ha sido el detonante que ha desencadenado una hostilidad arraigada como resultado de dos décadas de devastación y destrucción que Estados Unidos ha causado al mundo musulmán y, más concretamente, el flujo de rabia que circula debido a la cruda intervención de Washington contra la promesa de la Primavera Árabe.

Egipto: la construcción de un Estado del cliente

Desde el primer día, en febrero de 2011, Washington buscó por todos los medios apuntalar la dictadura de Mubarak cuando miles de manifestantes que luchaban por la libertad fueron asesinados, heridos o encarcelados en las plazas y calles más importantes de Egipto. Cuando Mubarak fue obligado a dejar el poder, Washington intentó conservar su influencia recurriendo a sus generales y apoyó la junta militar que tomó el poder. A medida que la dictadura militar se convirtió en el blanco de grandes manifestaciones a favor de la democratización, Washington respaldó un acuerdo de reparto del poder político entre el dominante sector pro-occidental neo-liberal de los Hermanos Musulmanes y los militares excluyendo las reformas democráticas y socioeconómicas más elementales exigidas por los pobres y las clases trabajadoras y medias.

Con la elección del presidente Muhammad Morsi, Washington se aseguró el más ferviente defensor del capitalismo salvaje de “libre mercado” y el segundo mejor defensor (después de Mubarak) de mantener la posición de Egipto como Estado cliente de Estados Unidos en Oriente Próximo. Morsi, siguiendo los pasos de Mubarak y de acuerdo con Washington y Tel Aviv, cerró las rutas comerciales entre Gaza y el Sinaí, viajó al Movimiento de Países No Alineados en Teherán para trasladar el mensaje de Arabia Saudí y del Golfo reclamando el apoyo a los mercenarios armados que asolan Siria con el respaldo occidental. Después ha anunciado planes para privatizar empresas públicas, reducir el déficit a través de la eliminación de los subsidios básicos a los pobres, desregular la economía para aumentar el flujo de capital extranjero y acabar con las huelgas obreras [3]. Como recompensa por su servilismo y para facilitar el proceso de reconstruir Egipto como Estado maleable y cliente de Occidente, Washington, Arabia Saudí, el FMI, Qatar y la Unión Europea han ofrecido a Morsi más de 20 mil millones en préstamos, el alivio de la deuda y subvenciones [4]. Para conservar el apoyo de las masas musulmanas empobrecidas, el gobierno de Morsi depende de jugar la “carta espiritual” mientras lleva adelante una sólida estrategia económica neoliberal y una política exterior neo-colonial.

Dado el reciente fervor revolucionario nacionalista y pro democratizador, Morsi busca la manera de desviar el creciente descontento socioeconómico con sus políticas económicas neoliberales adoptando una posición musulmana aparentemente piadosa —condenando “la película” que ridiculiza al Profeta y tolerando los ataques a la Embajada estadounidense en el Cairo... algo que ha enfurecido a Clinton y a Obama, que esperan sumisión total, especialmente hacia los símbolos y la esencia de todo lo de Estados Unidos [5].

Desde la perspectiva de Morsi, un día de desahogo contra la Embajada de Estados Unidos ha sido el precio a pagar por su extenso programa para poner fin a las aspiraciones revolucionarias democráticas y nacionalistas de las masas que derrocaron a Mubarak, sobre todo cuando Morsi tiene toda la intención de “continuar con su agenda económica (de Mubarak) con una política establecida para luchar contra la corrupción” [6]. El pueblo egipcio, tanto el musulmán como el laico, está profundamente desencantado con la traición de los Hermanos a sus promesas de bienestar, empleo, prosperidad y de una política exterior nacionalista. La “película” ha servido como “pretexto legítimo” para unificar sus fuerzas: la protesta contra “la película” tiene que ver en realidad con las profundas divisiones socio-económicas y políticas emergentes y con el tremendo impulso de la influencia de Estados Unidos en el Egipto de Morsi.

Libia

El régimen de Obama condujo la guerra aérea y marítima que devastó la economía de Libia, destruyó su integridad nacional y permitió que una gran cantidad de grupos fundamentalistas terroristas extranjeros y nacionales se hicieran con el control de vastas regiones del país [7]. Washington y la UE lanzaron en paracaídas al gobierno a un variopinto grupo de clientes expatriados sin apoyar a ninguna de las instituciones del Estado. Los fundamentalistas islámicos, los clanes, las bandas, los tribalistas, monárquicos y docenas de otros señores de la guerra locales que la UE y Washington financiaron, armaron e importaron para derrocar a Gadafi hicieron mucho más: destruyeron todo el tejido de la sociedad civil organizada, el Estado y la autoridad pública. Frente a un mundo hobbesiano y caótico de feudos en guerra, muchas gentes han retornado a sus grupos primarios —familia, clan, autoridades religiosas, que pudieran ofrecer cierta protección mínima en el hogar, en la calle y en el lugar de trabajo. El asalto al consulado de Estados Unidos ha sido sólo uno de los miles de ataques violentos contra la propiedad y las autoridades nacionales, regionales y locales [8]. La propia policía, el ejército y los ministerios están infiltrados por facciones armadas religiosas y laicas que pretenden asegurarse los escasos ingresos del petróleo para su grupo particular.

La protesta del Consulado y el asesinato del embajador estadounidense y de los miembros de las Fuerzas Especiales no ha sido sino el acto más publicitado de la violencia criminal generada por Estados Unidos y por la intervención militar de la UE. Creyeron, bien por ignorancia total, por arrogancia o por ingenuidad, que podían armar a los fundamentalistas para que hicieran el trabajo sucio de matar a Gadafi y una vez que ello fuera “misión cumplida”, podrían desecharlos como un condón usado (o enviados a Siria como tropas de choque) y que podrían reemplazarlos por tecnócratas neo-liberales que gobernarían el país como un Estado cliente occidental: retornando los campos de petróleo a las compañías petroleras de la UE y estadounidenses. En vez de eso, Washington y la Unión Europea han alienado a todos los sectores de la sociedad libia: a los millones de beneficiarios de la Libia estable, segura, laica y próspera que gobernó Gadafi; a la masa de fanáticos musulmanes armados que exigen un Estado fundamentalista y sienten que sus sacrificios han sido dejados de lado, y a los señores de la guerra y a los contrabandistas de armas que exigen el respeto de sus adquisiciones territoriales [9]. Y, sobre todo, a la gran mayoría de todos los libios que han resultado empobrecidos por la guerra y que vieron con indiferencia o satisfacción cómo las bandas armadas bombardeaban el Consulado estadounidense. La protesta violenta por la película de unos aficionados que denigra al Profeta ha sido claramente el pretexto de una dilatada acumulación de reclamaciones populares y de la elite resultado de la intervención occidental armada.

Yemen

La toma de la embajada de Estados Unidos en Yemen secunda a los 33 años de respaldo financiero y armamentístico estadounidense a la brutal dictadura de Ali Abdulá Saleh, meses de guerra de drones y a la represión de las protestas populares pacíficas. El actual movimiento pro-democracia en Yemen, que alcanzó proporciones masivas, ha quedado bloqueado por la intervención de Estados Unidos y Arabia Saudí y ha dejado en su estela miles de ciudadanos yemeníes muertos, heridos y encarcelados. La toma de la embajada de Estados Unidos, aparentemente por “la película”, se ha debido a causas mucho más profundas y más amplias: el descontento popular por largas décadas de alianza entre Estados Unidos y Yemen y por una farsa de “transición democrática” promovida por Estados Unidos. Al igual que en Egipto y en Túnez, en Yemen los cambios de personas se han planificado para sacrificar al dictador titular con el fin de salvar el aparato del Estado cliente (policía, ejército, y judicatura), que son la base del poder de Estados Unidos y de Arabia Saudí en la región del Golfo. En todas las “transiciones”, Estados Unidos y la UE confían en políticos musulmanes dóciles y serviles para que pongan los arreos de las creencias religiosas a sus políticas neo-liberales y pro-imperiales.

Túnez

En el caso de Túnez, Washington y la UE hicieron uso del partido islamista en el poder Ennahda con el fin de abortar la transformación a favor de la democratización. Posteriormente, han subsidiado fuertemente al régimen de “libre mercado” de Moncef Marzuki que ha ignorado totalmente las reivindicaciones básicas que llevaron al levantamiento: el desempleo masivo, la concentración de la riqueza y la subordinación a la política exterior de la Unión Europea y de Estados Unidos, especialmente en lo que respecta a Palestina, Libia y Siria. El régimen y el partido islamista han jugado el habitual doble juego de condenar “la película” y aplastar la protesta, sabiendo muy bien que la protesta callejera podría encender una manifestación mucho más importante contra el abandono total del régimen del programa socio-económico democrático original.

Somalia y Sudán

En Somalia y en Sudán han tenido lugar protestas populares violentas y ataques contra la embajada de Estados Unidos. Washington ha estado profunda y directamente involucrada militarmente en Somalia durante más de dos décadas, pasando de una fracasada ocupación de los marines a financiar a militares africanos como sustitutos, entre ellos de Etiopía, Kenia y Uganda. Asimismo ha participado en ataques con drones. Como resultado de la intervención militar de Estados Unidos, Somalia es un país dividido, destruido y en la miseria en el que florece la piratería y donde tres cuartas partes de sus habitantes son refugiados. Las “protestas por la película” no son más que la punta de una guerra de liberación nacional en curso que enfrenta a islamistas radicales contra los sustitutos respaldados por Occidente y el régimen títere musulmán “moderado” de Sharif Sheik Ahmed.

Sudán es el lugar de una protesta masiva y un violento ataque contra las embajadas de Estados Unidos y de Europa. La elite gobernante en Sudán, sujeta a las sanciones de estadounidenses y europeas así como al movimiento separatista financiado y armado por Washington y Tel Aviv en Sudán de Sur, rico en petróleo, ha firmado un acuerdo por el que se han reducido sus ingresos petroleros en un 80%. Como resultado del apaciguamiento de Sudán respecto al separatista sustituto de Occidente, los niveles de vida en Jartum se han desplomado, la inflación hace estragos, el desempleo aumenta y el régimen ha dejado de apuntar sus armas a los separatistas para apuntar a su propio pueblo. Los ataques a la Embajada de Estados Unidos tienen más que ver con la división y el empobrecimiento del país que con “la película”. Como mucho, ésta ha sido un “disparador” que ha incendiado la profunda frustración en contra de un régimen que, una vez confirmada la integridad nacional del país, ha sacrificado sus riquezas naturales para ganarse el favor de Washington.

Pakistán

Pakistán ha sido escenario de masivas protestas populares en los centros urbanos así como en la periferia noreste. Los ataques a la embajada y la quema de la bandera reflejan un resentimiento constante y profundo contra más de una década de intrusiones estadounidenses terrestres y aéreas en violación de la soberanía pakistaní. El bombardeo con drones de decenas de “pueblos tribales” ha despertado la ira de millones de personas. La guerra librada por Estados Unidos contra bastiones islamistas, su intrusión armada para capturar a Bin Laden y las múltiples redadas del ejército pakistaní financiadas con fondos de miles de millones de dólares han causado miles de muertos y millones de refugiados. Pakistán es un país que hierve en ira con una profunda hostilidad a todo lo relacionado con Estados Unidos. La película únicamente ha venido a alimentar la caldera de un creciente descontento militante, religioso y nacionalista. El criminal convicto, el presidente pro-estadounidense Zarda, y sus gestos de protesta por la película no tienen credibilidad: está haciendo tiempo antes de que lo derroquen.

En Malasia, Indonesia, Nigeria y otros lugares donde Estados Unidos no ha sido tan ubicuo a la hora de intervenir en el orden militar y político han tenido lugar protestas menores por la “película”.

El tamaño, alcance y violencia de las protestas en contra de “la película” tienen una alta correlación con la intensidad de la destrucción y la miseria directamente ligada a la intervención militar y política estadounidense.

Conclusión

Haciendo frente a una fuerte reacción militante contra su actual ofensiva contrarrevolucionaria en el mundo musulmán, Washington exige a sus “nuevos” clientes musulmanes que aumenten la “seguridad” —que refuercen el estado policial y repriman los movimientos de protesta populares [10]. Washington está, una vez más, a la defensiva.

Las cambiantes relaciones de poder entre los movimientos populares y Estados Unidos y la UE han vuelto a agudizarse.

En la primera fase, Washington y sus aliados de la UE fueron tomados por sorpresa y seriamente desafiados por los movimientos populares pro democratización que derrocaron o amenazaron a sus gobernantes clientes en Túnez, Egipto, Somalia, Yemen, Bahréin y otros lugares; lo que se denominó como “Primavera Árabe”.

La segunda fase fue la reacción occidental para contraordenar, detener y revertir el movimiento popular pro-democratizador a través de alianzas con dirigentes islamistas maleables (Egipto, Túnez y Yemen) y el lanzamiento y la intensificación de la lucha armada con extremistas islamistas en Libia y Siria. También reforzó a los despóticos regímenes monárquicos del Golfo.

Apenas unos meses más tarde, los clientes neo-coloniales impuestos por estadounidenses y europeos, han dejado ver sus frágiles cimientos: las fraudulentas “transiciones” han producido gobernantes serviles, incapaces y sin voluntad para hacer frente a las reivindicaciones socio-económicas de los movimientos pro-democratizadores.

En la actualidad, la tercera fase de la lucha enfrenta un escenario más complejo que el anterior “conflicto binario” de dictadura versus democracia. Hoy en día somos testigos de conflictos entre islamistas neo-liberales en el poder contra sindicalistas laicos y musulmanes; musulmanes fundamentalistas empobrecidos combatiendo por Estados Unidos (en Siria) y en su contra (en Libia), mientras regímenes laicos (Siria) e islamistas (Irán) unen sus fuerzas para hacer frente a mercenarios islamistas respaldados por Occidente y a las amenazas israelíes con armas nucleares. Ya se trate de Pakistán, Somalia o Sudán, donde quiera que Estados Unidos haya conseguido Estados clientes ha impuesto políticas de guerra que empobrecen a las masas.

El terreno de la lucha islamista tanto para los poderes imperiales como para las masas populares refleja el descrédito y la destrucción de los gobernantes laicos y de las organizaciones populares de la sociedad civil. Las instituciones religiosas se han convertido en el refugio, el manto y el grito de guerra de las clases desposeídas y de las acaudaladas.

Un estudio minucioso de las dos [últimas] décadas de guerras de Estados Unidos y de la Unión Europea en el mundo musulmán revela escasas pruebas de la influencia “empresarial” del petróleo en el origen de las guerras imperiales. Al contrario, son esencialmente guerras militares imperiales. Lo que apreciamos en todas partes es la destrucción a gran escala de los medios de producción, la enorme des-acumulación de capital, el desplazamiento masivo de millones de trabajadores, científicos e ingenieros productivos que generan riqueza. ¿En qué van a invertir los inversores a gran escala y a largo plazo en Afganistán, Yemen, Somalia, Siria y Libia si sus propiedades y sus vidas corren peligro por las bandas de señores de las guerras etno-religiosos armadas y entrenadas por las Fuerzas Especiales de Estados Unidos?

Los grandes inversores no confían en la estabilidad de regímenes clientelistas corruptos, serviles e impopulares reforzados por Estados Unidos y la UE. Los inversionistas cuentan los diez años perdidos en Iraq a un costo de miles de millones de beneficios en petróleo. Estados Unidos no fue a la guerra por el petróleo como algunos ignorantes comentaristas de izquierda afirman.

El imperialismo militar ha llevado al arruina y gobierna seguido del arruina y corre. El único beneficiario evidente de las guerras de Occidente en los países musulmanes es el Estado judío de Israel, cuyas multimillonarias influencias políticas y sus acólitos políticos del Pentágono, del Tesoro, del Consejo de Seguridad Nacional, del Congreso y de los medios de comunicación estadounidenses diseñaron y promovieron esas desastrosas guerras contra el mundo musulmán. Más recientemente han promovido el contraataque estadounidense convirtiendo la “Primavera Árabe” en el “Verano del descontento musulmán”.

Las guerras no acaban ni acabarán mientras Israel reclame la supremacía en el mundo árabe. Estados Unidos está y estará en guerra permanente con el mundo musulmán mientras su política exterior y las estructuras políticas estén influenciadas por la configuración del poder sionista-israelí.

Ningún imperio anterior al de Estados Unidos ha sufrido tal enorme cantidad de pérdidas financieras y obtenido tan poco en recompensas económicas. Ningún imperio anterior ha destruido tantos países sin establecer un solo régimen productivo viable, colonial o neo-colonial. Sin embargo, leer y escuchar a nuestros periodistas más prominentes que las protestas musulmanas populares, generalizadas y violentas contra los símbolos y la esencia del poder imperial de Estados Unidos tienen que ver con una “película de aficionados que difama al profeta” nos deja atónitos. Los expertos ignoran el hecho de que los disturbios populares y los ataques anti-imperiales han precedido y se mantendrán después del incidente de la “película”. Una década devastando a una docena de países y desarraigando a decenas de millones de personas desde Libia a Pakistán pasando por Somalia, Siria, Iraq, Pakistán y Yemen ha dejado una huella indeleble en la conciencia de aquellos que lo sufrieron y de los que combaten y, especialmente, entre las nuevas generaciones de luchadores por la democracia que no aceptarán que su Primavera Árabe retroceda.

La protesta en todo el mundo no es simplemente en oposición a “la película” y a los mediocres reaccionarios anti musulmanes que la produjeron, sino contra la atmósfera de absoluta islamofobia política y cultural que impera en Estados Unidos y que nutre a este tipo de películas. Empezando por la redada masiva de miles de musulmanes inocentes llevada a cabo por el acérrimo sionista Michael Chertoff, jefe de la Seguridad Nacional, continuando por la vigilancia y la infiltración del FBI de cientos de mezquitas y siguiendo por la campaña de unos agitadores contrarios a un Centro cultural en Nueva York patrocinada por los sionistas; por la purga de un respetado educador árabe-estadounidense, por las semanales diatribas cristiano-sionistas cuajadas de virulencia anti musulmana a 40 millones de seguidores en Estados Unidos; por los nombramientos que promueve el AIPAC en el Tesoro de Estados Unidos y por las subsiguientes sanciones contra países musulmanes independientes, los musulmanes tienen argumentos sólidos para creer que la islamofobia está arraigada en la cultura estadounidense. Ningún musulmán reflexivo en todo el mundo considera que la película sea una aberración pues el cine pro-israelí de Hollywood y los magnates de la televisión siempre han demonizado y caricaturizado grotescamente a los musulmanes presentándolos como villanos sedientos de sangre, bárbaros ignorantes y jeques-playboy carentes de todo valor.

El envío de Obama de los marines y de buques de guerra para defender las misiones no hace sino reforzar la imagen y la realidad de que la presencia de Estados Unidos en el mundo musulmán se basa en la fuerza y en ​​ las armas. No existe la reflexión crítica en los círculos políticos de Estados Unidos sobre los grandes temas políticos y culturales que intervienen en el país y en el extranjero y que despiertan la pasión y la ira que se extiende en la actualidad en 20 naciones musulmanas y más allá.

La islamofobia no es simplemente la actitud de una minoría de extremistas marginales; es parte integrante de las políticas destinadas a las actuales guerras a gran escala contra una docena de naciones musulmanas, a la vigilancia de millones de musulmanes estadounidenses, y a armar a un Estado judío decidido a desarraigar a los palestinos y a amenazar con bombardear a 75 millones los musulmanes iraníes.


Notas:

1. - “Rage at Amateur Film Spreads”, Financial Times, 14 de septiembre de 2012, p. 2.- James Petras: The Arab Revolt and the Imperialist Counterattack, Clarity Press, Atlanta, 2012) segunda edición.

3. - Borgou Daragahi: “Investment Drive Aims to Boost US Influence in Morsi’s Egypt”, Financial Times, 10 de septiembre de 2012, p. 4.

4. - Ibid

5.- Financial Times 13 de septiembre de 2012, p. 10.

6.- Financial Times 10 de septiembre de 2012, p. 1

7.- Financial Times 13 de septiembre de 2012, p. 11

8.- Financial Times 13 de septiembre de 2012, p. 4

9. - Mel Frykberg: “Consulate Attack was just the Latest in Rising Violence in Libya” McClatchy Washington Bureau, 12 de septiembre de 2012

10.- FT 9/14/12, p. 2. Roula “Fool ya” Khalef a reliable mouthpiece of the US echoes Clinton’s commands in her diatribe “Islamist Leaders (sic) have power and Responsibility to Defuse Tensions”.

Artículo original: http://petras.lahaine.org/?p=1911 - Traducción para Rebelión de Loles Oliván.

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