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05/07/2017 :: Pensamiento, Mundo

Pobreza, revolución y el capital: la 'startupización' y el cuentapropismo digital

x Edgardo Logiudice
La nueva pobreza parece ser pobreza comunicada. Y aparece como más libre. Pero están los algoritmos que controlan y conducen hacia un consentimiento de sumisión

I.

Hace ya unos años Naomi Klein expuso los experimentos de la doctrina del shock de Milton Friedman para domar o desestabilizar gobiernos e imponer las políticas de ajuste, eufemismo de la creación de pobreza (http://lahaine.org/cX3C). Implementadas de distinta forma según los países, las circunstancias y los tiempos. El shock que anuncia, produce o amenaza un desastre. Se funda en el olvido y el miedo. El terror paraliza, elimina la memoria y genera nuevos sujetos obedientes. También induce a consentir la pobreza con otro nombre o con la ilusión de escapar de ella.

Algo de esto parece ocurrir con las nuevas clases medias (en realidad, cuasi-medias), que por su misma denominación ocultan el papel de dominados o de sujetos de una nueva pobreza. Paradójicamente una pobreza consumista. En su mayoría en el borde, según los parámetros de medición. Ya que es una obviedad repetir que la pobreza es un estado relativo. Para un pobre que realiza servicios, un teléfono móvil es parte de sus medios de sobrevivencia. O, una motocicleta. Más aun, un automóvil.

Por eso mismo las estrategias de dominación y las promesas cambian, y el cambio mismo es una promesa. Convincente, porque satisface un anhelo. Quizá individualmente, en cada individuo singular, el más común.

Una manera oculta de escapar a la pobreza. Que opera siempre como una amenaza, velada por una promesa. Cambiar la situación de “desventajado”, diría Rawls. Obtener “logros”, diría Amartya Sen.

Ahora aparece la amenaza nueva, y no descabellada, del desplazamiento por medio de la robótica y las nuevas tecnologías, que pueden dejar millones de desempleados. No solamente en el ámbito de lo que usualmente llamamos industria. También en el agro que, como ya lo anunciara Marx es una industria, y ahora llamamos agro-industria. Donde, además de la incorporación de la robótica en la maquinaria, la biotecnología (con todas sus contradicciones ecológicas) ha desplazado al clásico campesino agricultor o ganadero.

Así lo afirman algunos estudios y algunos propios tecno-pesimistas que lo consideran un mal necesario (acá habría que agregar la financierización y la integración de los procesos agrícolas y ganaderos y, más aun, los energéticos).

Los tecno-optimistas sostienen que la destrucción de empleo en algunos sectores, los genera en otros. Con la condición de adaptabilidad. Para lo cual, dicen, hay que implementar políticas público-privadas de educación. Donde lo privado se come el asado y lo público se queda con el humo. Lo que denominan educación dual. Preparar para las nuevas tecnologías: El Estado pone los fondos, las empresas las “residencias”, eufemismo de trabajadores baratos y sin legislación laboral.

Y esto debería funcionar como esperanza de empleo para las nuevas camadas. A través, sobre todo, de los innovadores y emprendedores, con el paradigma del Silicon Valley, donde cualquiera puede ser Bill Gates. Que ahora se replica en Shenzem, China, y en otros lugares.

Para eso está la Ley de emprendedores. Y el que no es emprendedor se embroma.

Los capitales “ángeles” ponen un dinerito, cuando son empresas (las grandes cadenas de valor global) se llaman “incubadoras”. Los inversores se reservan un porcentaje de la participación en el emprendimiento y hasta el derecho de compra total si el emprendimiento prospera. Lo hace –según dicen- uno de cada diez. Telefónica invirtió en 50 de 6000 proyectos evaluados. El resto fue trabajo inútil, desechable.

Las incubadoras de talento son un gran negocio de uso de los innovadores cubiertos por la promesa del éxito, a veces de prosumidores baratos, o gratuitos. Las grandes empresas que han adoptado este método, son las que mejor cotizan sus acciones. Es una nueva forma de apropiación del trabajo ajeno consentida.

Los P.E.I. (Pequeños Emprendedores Insolventes) o cuentapropistas digitales, reemplazan a las Pymes. Su talento se cotiza en la Bolsa en los balances de los grandes grupos o cadenas, capitalizados como bienes intangibles. La promesa de una plusvalía futura.

La posesión de alguna impresora 3D, da al poseedor la efímera sensación de ser mucho más que un artesano: es dueño de un medio de producción. Hasta que lo que produce pasa de moda.

Dejemos por ahora el asunto acá.

II.

Para Carlos Marx la pobreza es una condición histórica, masas empobrecidas de los modos de producción pre capitalistas, y lógica, estar obligado a trabajar para sobrevivir. Situación que se repite después del cobro del salario, destinado al consumo de sobrevivencia. Es decir reproducción de la clase de los pobres-productores, con mayores o menores habilidades y conocimientos que, junto con la energía conforman la capacidad laboral creadora de riqueza, que la distingue de los otros medios de producción.

Pero la pobreza, también era condición de la revolución, porque los productores no tienen nada que perder sino sus cadenas.

Lo que oculta todo esto es el salario que da a la apropiación del trabajo ajeno la forma de una compraventa. Una ideología jurídica que sostiene la forma de alienación una vez, según Marx, vencida la de la teología y la religión. De allí su propósito, ya juvenil, de desbrozar la ideología jurídica de la economía, enunciado ya en 1844.

Pero no ha sido sólo el salario lo que oculta que, en realidad, el capital alimenta a sus obreros en la medida que los necesita, a cambio de su capacidad laboral. Simplemente porque el capital es quién dispone no sólo de los medios de producción sino de los de sobrevivencia.

Cosa que Marx escribió pero no llegó a exponer en el primer tomo por razones de método didáctico. El mundo que se veía, y aun se ve, es el de las mercancías (es decir, el de las compra-ventas) y, por ello, por ahí comenzó. Por la superficie. Lo otro quedó olvidado durante mucho tiempo, no sólo para su amigo Engels sino para sus seguidores.

Por lo que, entre otras cosas, las luchas obreras pasaron fundamentalmente por allí. Por la superficie del salario. Pero algunas veces también la resistencia y la rebelión lograron entidad de revolución política. Una de ellas signó el siglo XX bajo el nombre de socialista, es decir social. Pero el asalariado y la pobreza quedaron allí. Y acá.

Lo que no se supuso, o no se insistió en ello, fue que el consumo también podía ser una forma de trabajo ajeno, a través del crédito para el consumo que, como toda deuda hipoteca el futuro y obliga a trabajar, esto es, a producir riqueza con la que se paga lo que el crédito adelantó. Y que nunca es mucho más de los necesario para sobrevivir, como vimos, aunque se trate de un automóvil.

III.

Pobrezas hay muchas. Cada modo de producción genera su pobreza y, como ninguno se extingue del todo, sino que es absorbido y subordinado al dominante, cada uno deja la suya. Así se forman estratos de distintas formas de pobreza.

Algunos hablan de jerarquías de pobres o, lo que es lo mismo, de dominados. Explotados o no. No me refiero a los parámetros de medición según el acceso a determinados bienes, sino a roles específicos, llegando a la necesidad de la exclusión por una especie de selectividad natural. Tras la idea del mérito, esa selección se naturaliza. Y, con ella, la desigualdad más extrema.

La nueva pobreza parece ser pobreza comunicada. Y aparece como más libre. Pero están los algoritmos que controlan y conducen hacia un consentimiento de sumisión. Un sometimiento consentido. Los usuarios, los prosumidores, los innovadores y los emprendedores (PEI). Y hasta aquellos cuyo consumo es simbólico.

Y parece que esa puede ser la nueva pobreza dominante. Conviviendo con la pobreza de la vieja industria asalariada no digital que, según muchos expertos, será excluida de la producción. Y que ya convive con otras pobrezas. Algunos serán parte de los servicios (en el sentido literal) y otros directamente excluidos. Estas son las jerarquías que se prevén.

Pese al consentimiento de sumisión y el control algorítmico, el problema que se le plantea al capitalismo es la gobernabilidad. Para eso está la coacción, ya ni siquiera regulada por el Estado. La coacción privada del absolutismo capitalista, los ejércitos y fuerzas de seguridad mercenarios.

La cuestión es qué sucederá con tantos pobres (viejos y nuevos) si el sistema llagara a colapsar.

¿Qué pasará con los portadores de proyectos que no son evaluados o que no prosperan?

Son obreros de la inteligencia artificial. Desplazados por no ser rentables. Sumados a los expulsados por la robótica. Y a los estratos de formas de producción no digital. Y, en algunas regiones, hasta la pobreza colonial.

IV.

“La revolución es un sueño eterno”, escribió Andrés Rivera. Pero hay revoluciones y revoluciones. Por ejemplo, científicas, tecnológicas (Marx llegó a hablar de una “verdad tecnológica”), económicas, políticas culturales.

La revolución política que se pensó desde los sectores dominados tuvo como paradigma la Revolución Francesa, desde abajo y con el poder de un nuevo Estado. Así eran para Marx las Comunas y para Lenin los soviets. Con una base territorial y productiva.

Hubo una revolución en la cultura (en el arte, la educación), pese a todo. Y hubo revoluciones productivas (el fordismo) y revoluciones reformistas en lo social (todo el constitucionalismo social), las hubo también en lo económico (altos salarios, el consumo).Y una revolución geopolítica con dos guerras mundiales. Y revoluciones anticoloniales y antiimperialistas.

En la década del setenta comienza a cuajar la revolución de los intangibles.

Bienes intangibles, que existían sobre todo en la cultura (o en el modo de producción cultural, según Giuseppe Prestipino) se autonomizaron de la producción de bienes materiales (o modo de producción material, G.P.). Pero, a la vez, se capitalizaron. Literalmente, se transformaron en capital. Y, a la vez, después de la conversión del dinero en dinero fiduciario (paradójicamente con la no conversión de la moneda de cambio internacional), se financiarizaron. Y esto constituyó una revolución. En todas las relaciones sociales, particularmente las de explotación, pero también las políticas e ideológicas.

Hoy estamos viviendo un mundo revolucionado, con débiles Estados que no configuran siquiera “ilusión de comunidad”. Consecuentemente tampoco se conservan unidas las naciones en las Naciones Unidas, ni ya tampoco las uniones regionales. Lo que significa la ausencia de reglas, ni siquiera la de las guerras, que ya no se declaran en tal estado. Es el hecho consumado de la intervención y el genocidio de poblaciones civiles. El estado de excepción global y permanente, diría Agamben.

La globalización de la producción es casi total. La concentración en las cadenas globales de valor, que muestra la evidencia de que el capital deja vivir sólo a los que le son necesarios según sea su rentabilidad. Cadenas globales que transformaron en gran medida el comercio internacional y que ya está generando su propia moneda sin cuño legal. Las propias monedas nacionales son manejadas sin reglas, a través de la inyección o el retiro de los flujos financieros de los fondos de riesgo.

Los grandes grupos financieros y sus empresas están generando una nueva geografía “política” superpuesta a la existente. La propia migración es su efecto y su evidencia. Una geografía flotante, poblaciones flotantes. Temporarias. Una revolución geográfica en la que, lo que conocemos como nacionalidad muda de territorio, para no adoptar ya otra. Contracara del turismo. Todo esto ha cambiado el propio carácter de las ciudades como lugar habitable.

La revolución pasiva (Gramsci) es, sobre todo, una revolución ideológica. A la que el sardo oponía la reforma intelectual y moral. Y reforma (o revolución) intelectual supone, por un lado un rumbo estratégico, por otro ineludiblemente unido a aquél el conocimiento del funcionamiento económico social de lo existente. De ese modo se podría operar estrategia y tácticamente. Esto es, con alianzas (o como se las quiera llamar) y punto de partida en problemas específicos, conforme a los presuntos agentes (sujetos, decíamos) y, para la acción, creo, son necesarios conceptos que no prejuzguen y re-significar la conceptuación de dominación y explotación. Conocer sus mecanismos y oponer luchas, sobre todo ideológicas, acorde a ellos.

Las nuevas tecnologías no se pueden negar, salvo las que atentan contra el planeta. Pero me parece necesario criticar el “desarrollo” por el desarrollo mismo. Innovar y emprender qué cosa.

Creo que hay que resucitar la idea de la paz. Que parece que se da de patadas con la rentabilidad, pero no necesariamente con todas las nuevas tecnologías.

V.

A 150 años de El Capital quizá se pueda seguir soñando. Con los ojos abiertos, como decía Bloch. Mientras tanto al menos debemos, me parece, como imperativo moral, es decir de la especie, vincular cada lucha con el destino del planeta que habitamos.

Junio 2017
www.dariovive.org

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