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Rosendo, estrella de barrio

Sin demasiado arte, Rosendo Mercado se ajusta el nudo de la corbata. "Cuarenta y siete años va a hacer que no me pongo un traje de estos", bromea, visiblemente incómodo, embutido en un esmoquin de Antonio Miró. Suenan los Beatles en la suite del lujoso hotel Palace de Madrid. La sesión de fotos está a punto de comenzar. Sólo falta que las tres modelos abandonen el cuarto de baño, convertido desde hace casi una hora en un improvisado salón de maquillaje. Rosendo, con aire preocupado, apura un cigarrillo. "A mí lo que me está entrando es ganas de giñar", dice. "Lo peor que te puede pasar en un momento como éste".

El momento es especial, de eso no cabe duda. Rosendo, el hombre que disolvió Leño, uno de los músicos más coherentes y respetados de España, en plena promoción de su décimo tercer disco en solitario, accede a posar como una estrella del rock en pleno desfase orgiástico. Nada de vaqueros, pitillos y cañas. Esmoquin, habano y Möet Chandon. Eso sí, con dos condiciones: las greñas no se las toca nadie, y los calcetines blancos, ahí se quedan.

"Pareces Brian Ferry, tío", le dice su representante, Joaquín, al verle tan elegante. "Ya quisiera el Ferry tener estas narices", responde Rosendo. Se lo toma con humor, pero este músico, que cuenta hasta con una calle con su nombre en Leganés, Madrid, no parece estar cómodo en el papel de estrella. No parece estarlo posando para el fotógrafo, ni vistiendo ropas caras. "Diréis lo que queráis", comenta, "pero a mí me parece que voy de luto".

Mariposas de langostinos

Tampoco parece estar en su salsa dos días después, durante la cena en el elegante restaurante del hotel. Es jueves, víspera del 23 F, aniversario del golpe de Estado y 47º cumpleaños de Rosendo. Ante una carta con decenas de platos con nombres como Mariposa de langostinos al azafrán con pipas, opta por el menú gourmet: pastel de boquerones en aceite de oliva extra virgen, crema de ostras, solomillo de cerdo ibérico al jerez con foie-gras y pasas. De postre, parfait de marrón glacé. Menú sofisticado para un hombre sencillo.

"No me considero una estrella", comenta tras dar un trago a la cerveza que ha pedido de aperitivo. "Al revés. Los que me conocen saben que ésa no es mi película. Nadie se imagina lo mal que lo he pasado. Hace tan sólo cuatro años tenía que pedir anticipos para pagar el piso. Ahora vivo con una tranquilidad relativa. Porque sé que si este año no trabajo en condiciones y tengo un mal rollo, se acabó. Esa sensación es delicada. Con este disco, veo que la gente habla, que se comenta, que la compañía está volcada… Bueno, pues no me creo nada. Porque ya he vivido esto. Yo me he hecho famoso a base de pirateo. Me alegro porque llego a la gente. Pero, ¿cómo pago la letra del piso? Si estás en esto por lo que tienes que estar, si tu planteamiento es sincero, aguantas lo que sea. En mi historia hay un empeño por hacer lo que hago de por vida. Si no, no habría llegado".

Rosendo está satisfecho con su nuevo álbum, Canciones para normales y mero dementes. Dice que el trío que forma desde hace siete años con Rafa Vega, al bajo, y Mariano Montero, a la batería, "cada vez suena más contundente". Por lo demás, no hay mucha diferencia. "La línea musical está clara desde hace mucho tiempo", explica, "y no sé hasta qué punto aporto nada nuevo a ese nivel. Sí es cierto que me he comido más el tarro a la hora de componer, le he dado más vueltas que otras veces".

-¿Tomarán vino los señores?

El orondo sumiller interrumpe educadamente la conversación. Un tinto de la Ribera del Duero, cosecha de 1996. Rosendo cata el vino sin mucha atención, antes de asentir con la cabeza para indicar que está bueno. El sumiller lo sirve con profesionalidad y coloca la botella en una cesta. Mucha parafernalia para Rosendo, que sigue viviendo en Carabanchel, su madrileño barrio popular de siempre, con su mujer de siempre. Y con su hijo Rodrigo, que nació hace 23 años, justo cuando los Leño grababan por primera vez en un estudio, y que ahora canta una canción escrita por él, El alma se calma, en el disco de su padre.

A los 16 años Rosendo dejó los estudios. Se puso a trabajar en una oficina por el día y a estudiar electrónica por la noche. "Yo he trabajado hasta haciendo botas de vino", recuerda. La primera guitarra se la regaló su abuelo. "Se la compró por 200 pesetas a un peluquero que la tenía de adorno. Era horrible. Tenía una pegatina y, al quitarla en casa, vi que ocultaba una raja". Su primer grupo serio, excluyendo el coro de los salesianos donde empezó a cantar, fue Fresa, una banda verbenera en la que ingresó en 1973. Un año más tarde forman Ñu, que Rosendo abandona en 1977 por problemas con uno de los miembros de la banda, José Carlos Molina. Y en 1978 comienza la historia de Leño, que se disuelve en 1983. "Lo de por qué se separó Leño ha sido la cruz de mi vida", explica Rosendo. "Y, en realidad, la credibilidad que yo pueda tener viene de eso. Nos separamos en el momento en que nadie lo hubiera hecho. Cuando podíamos haber hecho funcionar aquello, tuvimos las santas narices de separarnos. Yo ya no me lo creía, y se acabó. El tiempo pasa y lo único que vale es lo que le saques".

De entre todas sus canciones, a Rosendo le cuesta escoger una. "Quizá la que más me defina sea Y dale. Pero hay otros temas muy especiales. Mi primer disco en solitario [Loco por incordiar, 1985] lo grabé en Alemania con músicos de estudio. Estaba en un momento clave, con mucha inseguridad. Mientras se resolvía el lío que tuvimos con la discográfica tras la separación de Leño, yo estaba parado. Pasaron dos años y no podía grabar. Necesitaba un disco, y ese disco fue Loco. El álbum refleja esa mala leche. Es especial".

Escribir no le resulta agradable a Rosendo. "Me cuesta mucho", reconoce. "Una canción puede marcar tu vida o no afectarte. Cada una es una sensación que intento adaptar a lo que la música me inspira. Me gusta utilizar el vocabulario, tirar de frases hechas, lo que habla la gente en la calle. Busco en las frases la doble intención, las deformo. Juego con eso y doy cuerpo a una idea. Con una canción te das a conocer. Te buscas, y al final te hieres. Lo paso fatal, pero es un reto. Hay una especie de juego con los que me escuchan".

-Exquisito el vulevú éste de anchoas.

Rosendo ve pasar los imaginativos platos que vienen y se van de la mesa mientras repasa su larga carrera. Casi 30 años, de momento. "Uno de los retos que me he planteado es demostrar que se puede llegar a viejo haciendo rock and roll. Voy a tener los cojones de seguir con algo en lo que no hay garantías por ningún lado. Somos la generación del coletazo. Éramos cuatro jipiosos pringaos. Cuando la cosa se empezó a orientar y a tranquilizar, ya éramos mayores, tío. Se nos ha pasado la vida en la pelea. Cuando teníamos el espíritu de luchar, no había manera. Íbamos contra los elementos. Y cuando ya teníamos soltura, éramos viejos. Nos habíamos pasado de moda. Pero tengo una serie de vivencias que hacen que haya valido la pena. Y no me he tirado grandes aventuras. Ha sido todo muy cotidiano, pero una batalla dura".

Rosendo es un hombre "casero y algo dejado". "He reventado un par de veces en mi vida", dice, "y no me reconozco. Salgo poco, porque la gente me reconoce. He hecho mucho el borrico. Me he tirado años de pedo diario. Pedo sano, pero vaya… Ahora ya no es como antes. Si salgo, al día siguiente no valgo para nada". En cuestión de gustos, no ha cambiado. Dice que escucha de todo, pero lo que le pone es "el rock and roll guitarrero". De tecno, nada: "Pienso que la música, sobre todo, es sangre. Y una batería es un tío que está pegando palos. Otra cosa es una maquinita. Puede sonar igual, pero no es igual".

¿Y si le quitaran la música? ¿Qué profesión elegiría? "Creo que sería camionero. Me gusta la carretera. Veo los camiones y me imagino metido en mi cabina, de día, de noche. Con mis cintas de refritos. La carretera me da vidilla. Me gusta viajar, el propio viaje".

El postre, dos cafés solos, y es casi la una y media cuando termina la cena. Afuera se percibe el típico movimiento del centro de Madrid un jueves por la noche. Rosendo, ya con 47 años, sale a la calle. Inmediatamente, un joven se detiene y le aborda con la naturalidad de quien cree conocerle por haber escuchado sus canciones: "Ese Rosen, ¿qué pasa?". Rosendo sonríe con complicidad. Lo dicho, una estrella.

Tentaciones, suplemento de El País. España 2 de marzo.

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