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Madrid :: 29/08/2025

La 'Movida madrileña': rebeldía estética despojada de cualquier cuestionamiento del sistema

Jota M.G
La Movida nació en bares y radios y mezclaba irreverencia estética con un discurso hedonista y despolitizado: sexo, drogas y diversión

La ‘Movida madrileña’, recordada como un símbolo de la nueva España democrática y como un escaparate de libertades, fue en realidad una explosión cultural domesticada y controlada por el poder para maquillar una Transición sin ruptura. El atrezo de la Transición.

La llamada ‘Movida madrileña’ suele recordarse como una explosión de libertad cultural en la Transición. Pero en realidad no fue un movimiento musical rupturista con el franquismo. Fue una contracultura domesticada y luego promocionada como imagen oficial de la nueva España. Para entenderlo hay que situarse en 1975: muere Franco y el régimen inicia una apertura controlada. Había que dar sensación de cambio, pero sin ruptura real con las estructuras de poder heredadas de la dictadura.

La juventud urbana de Madrid venía de la represión cultural y política. Había hambre de expresarse, pero el poder necesitaba canalizar esa energía hacia el ocio, la fiesta y la música, y no hacia la lucha social y política. La Movida nació en bares y locales como Rock-Ola y en emisoras como Radio 3, con influencias del punk, el glam y la new wave, y mezclaba irreverencia estética con un discurso hedonista y despolitizado: sexo, drogas y diversión.

Si bien al principio hubo una conexión con la contracultura antifranquista (cómic underground, feminismo, colectivos homosexuales…), pronto la consigna fue clara: romper tabúes sí, pero sin cuestionar el poder. Esto se ve reflejado en las declaraciones de muchos de los protagonistas de la Movida en las que mostraron su desapego por romper políticamente con el franquismo.

Alaska (Olvido Gara) declaró en varias entrevistas en los años 80 que la política le aburría y que la Movida ‘no tenía nada que ver con ideologías’. En 1984 dijo en el periódico El País: ‘No queremos saber nada de política, queremos divertirnos’. Posteriormente se vinculó a discursos más liberales y en los 2000 llegó a simpatizar con sectores conservadores.

Alaska en los años 80.

Por su lado, Nacho Cano (Mecano), en entrevistas a mediados de los años 80, afirmó que lo suyo era ‘hacer canciones para la gente, no política’. Ya en su etapa posterior (años 90 y 2000) se ha mostrado cercano al Partido Popular (PP) y a Isabel Díaz Ayuso, reforzando la lectura de una Movida poco rupturista.

Carlos Berlanga (Alaska y Dinarama, Pegamoides), en entrevistas en los 80 insistía en que ‘la política no nos interesa’. En una conversación con la revista cultural La Luna de Madrid dijo que la Movida era ‘para huir del rollo político, porque eso era lo que habíamos mamado durante años’.

Joaquín Sabina (junto al catalán Joan Manuel Serrat) participó en actos públicos y abrazó a la derechista Esperanza Aguirre, en ese momento presidenta de la Comunidad de Madrid.

Santiago Auserón (Radio Futura), quizá fue el más reflexivo. Aunque tampoco fue militante, sí reconoció que la Movida estaba siendo absorbida por las instituciones. En 1985 declaró que la Movida ‘se estaba convirtiendo en espectáculo oficial’.

La mayoría de voces se esforzaron en huir de la política explícita. Esa despolitización fue clave para que el poder la impulsara como escaparate cultural: rebeldía estética despojada de cualquier cuestionamiento del sistema. El PSOE entendió rápido el potencial. El alcalde de Madrid Enrique Tierno Galván convirtió a la Movida en una marca institucional: conciertos, exposiciones y festivales financiados desde el Ayuntamiento y la Comunidad.

El alcalde Tierno Galván a su llegada a una sala de conciertos.

La Movida sirvió como escaparate de una España ‘moderna, democrática y europea’, la imagen perfecta para blanquear la Transición pactada y enterrar la memoria de la dictadura sin abrir un debate sobre responsabilidades. Mientras tanto, los movimientos sociales más combativos —antifascistas, vecinales, sindicales, feministas, antimilitaristas— quedaban fuera del foco. Se promocionaba la estética pop y se invisibilizaba la lucha social real.

Por eso la Movida no fue una ruptura, sino una válvula de escape. Canalizó la energía juvenil hacia la fiesta y la cultura pop, dejando al margen la contestación política profunda. La ‘Movida madrileña’ no fue una revolución cultural contra el franquismo. Fue una operación cultural y política: nació espontáneamente en el underground, pero fue institucionalizada para legitimar la Transición sin ruptura democrática.

Sin memoria crítica de la Transición, creemos que todo fue un ‘despertar festivo’. En realidad, fue un cambio controlado, donde incluso la cultura se puso al servicio del relato oficial. ‘Libertad sí, pero sin molestar’, fue el lema que bien podría atribuirse al movimiento cultural por excelencia de la Transición.

nuevarevolucion.es

 

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