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02/01/2018 :: Medio Oriente

Ahed Tamimi: Latido de la resistencia palestina

x Carolina Bracco
Como ocupante, el régimen de Israel desarrolla y depende de estrategias de dominación estructuradas en relaciones de poder basadas en el género

Las mujeres palestinas fueron desde el comienzo un problema para Israel. Primero y principalmente porque desde su misma constitución, este Estado se erigió como el fecundador de una tierra ajena, como un violador orgulloso que intentó despojar de su honor y su identidad a la población nativa a través de ese acto tan propio de los estados homonacionales modernos en un espacio colonial racializado.

La continuidad y la inmanencia de este relato la encontramos en estos días de la pluma del famoso periodista israelí Ben Caspit, quien manifestó en relación a la reciente detención de AhedTamimi, la adolescente palestina de 16 años que abofeteó a un soldado israelí por irrumpir en su casa: “En el caso de las chicas, deberíamos hacerles pagar un precio en la oscuridad, sin testigos ni cámaras”. Esta apología del rito de la violación como la expresión intrínseca de la dominación colonial lleva inscripto un mensaje de odio racista a todo un pueblo.

En el disputado territorio sobre el que Israel extiende su soberanía -entendida en este caso como quien detenta la decisión de quién puede vivir y quién debe morir-, los cuerpos de las mujeres, su capacidad de dar vida y su identificación con la tierra representan no sólo una amenaza demográfica sino también al corazón del régimen. Ello porque como ocupante, Israel desarrolla y depende de estrategias de dominación que están estructuradas profundamente en relaciones de poder basadas en el género, típicas de las sociedades coloniales.

Mujer, vida, tierra y resistencia están íntimamente imbricados en Palestina. Al ser una población en su origen eminentemente campesina, la relación de sus habitantes con la tierra es más que una forma de vida; es lo que le da sentido a la propia existencia. Por ello, cuando en la pequeña aldea de Nabi Saleh las usurpaciones y la prepotencia de la ocupación israelí se hicieron insoportables, sus escasos 600 habitantes comenzaron a manifestarse pacíficamente todos los viernes. Uno de esos viernes, el ejército israelí asesinó al hermano de Nariman, MustafaTamimi; un poco después a su otro hermano Rushdy, pero Nariman nunca dejó de ir a las manifestaciones de los viernes junto a sus hijas e hijos. Hizo lo que hacen las madres palestinas: les enseñó a no tener miedo de los soldados, a defenderse de sus atropellos, a “poner el cuerpo”, como decimos por acá.

Al comienzo del artículo decía que estos cuerpos femeninos racializados son un problema para Israel. Un problema que hace setenta años no sabe cómo resolver; porque las palestinas siguen pariendo, manteniendo viva su cultura y criando a sus hijos en la resistencia, la mayoría de las veces solas porque sus maridos, padres y hermanos están en las cárceles de la ocupación o muertos. Son un problema porque desafían la esencia del nacionalismo construido sobre la noción de masculinidad judía y porque no se han doblegado ante la intentona constante de conquistar sus cuerpos. Porque cuando el proyecto colonial sionista se quiso aprovechar de la concepción de “el honor antes que la tierra” ellas inventaron “la tierra antes que el honor”, porque cuando encarcelan arbitrariamente a sus maridos ellas trafican semen para fecundarse y seguir creando vida, porque cuando las arrojaron al exilio ellas siguieron construyendo comunidad.

Hace ya un tiempo que la académica palestina Nadera Shalhoub-Kervokian comenzó a hablar de la “ocupación de los sentidos” (1) para expresar la forma en la que la ocupación impregna todos los aspectos de la vida de los palestinos; se mete en sus cuerpos por los ojos, por la nariz, por la boca, por los oídos, penetra en las mentes y los cuerpos, como el frío del diciembre boreal en la intencionada helada celda de Ahed. Pero antes la ocupación se hizo carne en los cuerpos de los ciudadanos israelíes que sirven, ejecutan, torturan a la población palestina. “Creo que si los habitantes de Halamish (el asentamiento ilegal judío construido en la tierra robada a su familia) liberaran sus mentes de la ocupación no habría problemas entre nosotros” dice Nariman Tamimi, la madre de Ahed en el documental Gracias a Dios es viernes.

La película está centrada en la experiencia de la familia Tamimi, y la figura central es sin dudas Nariman. Realizada en 2013, es un excelente documento de cómo se vive y se muere en Palestina ocupada desde la perspectiva de los colonos y de los palestinos. “Mientras ellos están allá con el ejército, nosotros estamos acá en la pileta”, resume una niña del asentamiento que hoy debe tener la misma edad de Ahed y quizás esté preparándose para ingresar en el ejército de la ocupación.  Las chicas como ella, según la ONG israelí “Breaking the silence”, al ingresar en la fuerza desarrollan métodos violentos de control contra palestinos y palestinas para ganar el respeto de sus compañeros hombres y superiores.

En los últimos 45 años, unas diez mil palestinas fueron arrestadas o detenidas por órdenes militares israelíes. Las presas se encuentran en dos cárceles en territorio israelí, contra la Cuarta Convención de Ginebra según la cual deben estar en cárceles dentro del territorio ocupado; ello dificulta las visitas de familiares y abogados. Sufren tortura física, psicológica y abusos sexuales además de estar encerradas junto a criminales israelíes que las amenazan y agreden. En el caso de las menores de edad, las condiciones y las consecuencias son aún peores.

Sin embargo, nada parece doblegar a estas mujeres, que como Ahed sonríen en vez de llorar. Hoy su generación toma la posta de sus madres y ella ya se ha convertido en un ícono, como lo fueron Shadia Abu Gazela, Aminah Soleiman o Leila Khaled que, con diferentes estrategias, lucharon por la liberación de su tierra y de sus cuerpos que entienden como una y la misma cosa.

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Notas:

* Dra. en Culturas Árabe y Hebrea.

(1) NaderaShalhoub-Kervokian. (2016) “The occupation of the senses: The prosthetic and aesthetic of State terror”. The British Journal of Criminology, Volumen 57, N°6, pp. 1279-1300.

El Furgón

 

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