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31/07/2021 :: Cuba

Conflicto, consenso, crisis

x Rafael Hernández
Tres notas mínimas sobre las protestas del pueblo cubano

Las protestas ofrecen lecciones a todos los que quieran leerlas.

La mayoría de las opiniones circulantes sobre las protestas del 11 de julio en Cuba, en particular las que rechazan el desorden y la violencia, así como las que interpretan y proponen soluciones al conflicto, deben tener su cuota de razón. Muchas reflejan preocupación y compromiso cívico ante problemas que van más allá del interés personal. Vistas así, serían una señal de “pegamento social”, de participación ciudadana y de consenso. Al mismo tiempo, son el espejo de una conflictividad nada despreciable.

En este breve espacio, evitaré discutir interpretaciones bien o mal intencionadas, experiencias vividas, leídas o escuchadas, recomendaciones al gobierno, etc. Me propongo apenas dar un paso atrás, para examinar en frío algunos problemas básicos, entre los muchos que tenemos por delante. 

¿Qué significan las protestas?

Si le preguntáramos a Émile Durkheim, uno de los fundadores de la Sociología, cuál es la naturaleza de estas protestas, podría responder que se trata de un caso clásico de anomia. La anomia define una situación donde se desintegran normas y valores previamente establecidos; una reacción típica de períodos de cambios drásticos y rápidos en las estructuras sociales, económicas o políticas de la sociedad. Los grupos sociales que experimentan reacciones anómicas pueden sentirse desconectados, como si no pertenecieran a su sociedad, y como si esta no valorara su identidad. La anomia puede provocar falta de propósito, desesperanza, y alentar la desviación y el delito. He subrayado intencionalmente algunas palabras clave en esta definición clásica, que es el ABC de la sociología.

En Cuba, hemos estado atravesando un proceso de transición durante más de dos décadas, caracterizado por cambios profundos en las estructuras sociales y en la vida económica de las personas, pero también en las relaciones entre la sociedad civil y el poder político. Entre otros cambios, digamos, está la propia idea del socialismo, que ahora incorpora concepciones diferentes a las defendidas durante medio siglo, así como políticas inéditas. Esta transición ha hecho visible una crisis de normas y valores, ampliamente debatida en diversos espacios y medios públicos. Asimismo, se ha apuntado el debilitamiento del sentido de pertenencia; y la reproducción de la marginalidad y sus conductas típicas, dentro de barrios y grupos sociales subalternos, pero también la proliferación del delito en otros espacios sociales e institucionales, donde crece la corrupción. En cuanto a la desesperanza, el arte y la literatura difundidos en la Isla son un buen espejo.

En otras palabras, lo que ocurre en Cuba es una anomia que no nos debería coger de sorpresa, porque sus factores y manifestaciones no han permanecido ocultos ni amordazados, como cualquiera puede comprobar sin tener para eso que leer las redes sociales o los periódicos antigobierno. Ha estado ahí, delante de todos, analizada y comentada durante demasiado tiempo, para preguntarnos ahora de dónde salen las protestas, como si fueran un trueno en un cielo despejado. Habría que preguntarse más bien por qué no han ocurrido antes.

¿Cómo es que la oposición cubana, en la Isla y en Miami, apertrechada con los manuales de guerra no convencional de moda, y la misma CIA, no hayan logrado desencadenar algo así hasta ahora? ¿Y por qué precisamente ahora? ¿Y porqué duró lo que un suspiro?. Durkheim recurriría a otro concepto que comparten las Ciencias Sociales y la ingeniería civil: la fatiga. Después de año y medio de COVID-19 y de seis meses de colas para comprar productos básicos —como diría el Dr. Durán— todos somos más vulnerables.

¿Qué le pasa al nuevo gobierno?

Antes he apuntado que el consenso se ha hecho más heterogéneo y contradictorio en Cuba, que ha incorporado el disentimiento, y que el gobierno cubano lo sabe. Antes de tomar posesión como presidente, Raúl reconoció que el liderazgo del fundador de la Revolución, Fidel, no se heredaba. Díaz-Canel, que ya estaba en el Buró Político en tiempos de Fidel, también lo pudo saber; y en todo caso, lo ha experimentado en carne propia desde que tomó posesión en 2018. De hecho, la continuidad ha conllevado maneras diferentes a como lo hicieron antes los históricos. Las circunstancias, que son el referente de la política, ya se los había impuesto a ellos antes de que se retiraran.

Subrayo lo del nuevo gobierno, porque si se postula que esta es “la misma Cuba de Fidel y Raúl” se pueden construir metáforas literarias ocurrentes, pero difícilmente entender el proceso político y social del país. Este gobierno ha procurado construir su propio consenso desde el principio, en vez de descansar sobre lo que algunos llaman “el capital político” de la Revolución. Sin embargo, la vara de medir los cambios ya es otra.

En efecto, el nuevo gobierno ha propuesto reformas sin precedentes desde 1960, empezando por una nueva Constitución, que admite una economía mixta, con mercados y sector privado, y que les otorga una autonomía inédita a los poderes locales. Su nuevo estilo, aprendido dirigiendo provincias, enfatiza la interacción entre el nivel central y local; y pone a ministros menores de 60 años a explicar problemas y responder preguntas en la televisión. A diferencia de períodos precedentes, los ciudadanos pueden identificarlos por sus nombres, juzgarlos, elogiarlos o burlarse abiertamente de ellos.

No ha habido antes un momento como este en términos de libertad para criticar al gobierno, en las redes sociales, pero tampoco en los medios públicos, ni para acceder a información de fuentes muy diversas, incluidas las de la oposición; tampoco una mayor libertad para entrar y salir del país. El Artículo 56 de la Constitución aprobada en 2019 establece el derecho de asociación y manifestación pública. De hecho, una ley de manifestaciones estaba prevista en el calendario legislativo para octubre de 2020 —pospuesta, junto a otra docena de proyectos de ley a causa del coronavirus. A pesar de todo, la vara de medir predominante, sobre todo la que viene de Miami, dictamina que este gobierno ha hecho muchísimo menos de lo que debería. Según esa vara, su vaso estaría casi vacío.

Por si fuera poco, después de año y medio concentrado en una formidable crisis de seguridad humana a nivel global llamada pandemia, sin recursos ni alianzas protectoras como las de antaño, a este gobierno le ha tocado lidiar con las mayores manifestaciones de descontento ocurridas desde 1994. Bajando por las calles de San Antonio de los Baños, el Presidente Díaz-Canel debe haber recordado, como todos los que vivimos el verano de 1994, a Fidel seguido por un mar de gente, San Lázaro abajo, para controlar aquel brote de anomia en el Malecón, sin armas ni fuerzas especializadas en enfrentar disturbios. De cierta manera, él hizo exactamente lo mismo que Fidel: personarse en el lugar de los hechos, y convocar a los revolucionarios a tomar las calles y enfrentar la violencia, por la fuerza, en caso de ser necesario. Y también tuvo su mar de revolucionarios en el Malecón.

Los mismos medios, sin embargo, pueden producir resultados diferentes en otras circunstancias. Darse cuenta le tomó algunas horas. Pero su primera consigna se cumplió al pie de la letra, no solo por la policía, sino por las organizaciones convocadas. En la acera de enfrente, la derecha, como el 27 de noviembre de 2020, capitalizó, al menos en los medios extranjeros, el descontento, y arrimó la brasa a su sardina. La clásica escalada de violencia que estudian los expertos en resolución de conflictos [1] no se hizo esperar, aunque en este caso ya estaba preparada y pagada desde Miami.

No podría imaginarse un escenario más complicado para mantener la ruta trazada en el VIII Congreso del Partido, hace apenas 90 días.

 ¿Qué violencia y cómo?

En un país modelo para muchos en materia de estabilidad, respeto ciudadano y orden interior, como Japón, no son raras las protestas ante la brutalidad policial contra los nacionales o extranjeros, o el racismo. Un grupo de protestantes “extranjeros” (o sea, coreanos) puede reunir a su alrededor una nube de policías ataviados como personajes de la Guerra de las galaxias, con cascos y armaduras de policarbonato, escudos blindados y tonfas.

Estamos habituados a ver imágenes de manifestaciones violentas en otros países. Los que tiran piedras son parte del pueblo, que se rebela contra la injusticia; los que le tiran chorros de agua a presión desde vehículos antidisturbios, gases lacrimógenos, balas de goma, o de verdad, son las fuerzas represivas. Estas imágenes globales no discriminan entre países como Chile, Colombia, Sudáfrica, Kirguistán o los EEUU, sin ahorrarse los cientos de heridos y docenas de muertos que son su saldo.

Las fotos y videos que circulan en medios —como BBC Mundo— por encima de toda sospecha de colusión con el “régimen cubano”, revelan que ni la Policía Nacional Revolucionaria (PNR), que aquí en Cuba es la única institución policial, ni las tropas especiales del Ministerio del Interior (MININT) o las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), despliegan esos recursos. Seguramente en el Instituto de Ciencias Policiales del MININT se aprende cómo enfrentar escenarios de violencia. Pero ninguna clase o ejercicio equivale a lidiar con 700 personas enardecidas (una gota en el mar) marchando por la calle, bajo el sol del verano —ni de hacerlo por la fuerza si es necesario— aunque sus instrucciones indiquen evitar producirles lesiones o usar medios letales.

Este no es un detalle técnico ni circunstancial. Entre las imágenes de las protestas que se hicieron virales en las redes sociales, una docena de manifestantes pone ruedas arriba un auto de la policía, e incluso otros vehículos, les salta encima y los destroza. En contraste con cualquier capital de América Latina, no se ven fuerzas que impidan estas agresiones a la autoridad, y que los repriman en ese momento. Al mismo tiempo, algunos policías y civiles, convocados a movilizarse en el teatro del enfrentamiento, incurrieron en algunos excesos.

Entre los pocos datos disponibles para medir la violencia física está el saqueo de tiendas, en Moneda Libremente Convertible (MLC) y en pesos cubanos (CUP). No hubo ninguno en San Antonio de los Baños; ni tampoco en La Habana hasta después de la comparecencia televisiva del presidente Díaz-Canel (4:30pm). De los 28 asaltos registrados hasta esa hora, realizados por la mismas hordas pagadas, el 68% (19) ocurrió en Matanzas, la provincia más afectada por la pandemia; casi todos en Cárdenas (13), donde la combinación entre la caída del turismo de Varadero más la cuarentena ha golpeado un nivel de vida relativamente más alto que el de otros lugares de la provincia. En ese lapso, solo hubo saqueos significativos (4) en Colón (Matanzas), y Güines (Mayabeque); y otros dispersos en Holguín, Bayamo, Güira (1).

La polarización social que evidencia esta violencia es inversamente proporcional a la unidad, o sea, a la construcción de consenso. Además, repercute negativamente en la imagen del país, lo que opera a favor de la piedra angular de la política de EEUU: el aislamiento. Evitar que la batalla ganada en la ONU se pierda en las calles de Cárdenas o el Paseo del Prado es también un interés nacional.

Después de haberlo probado todo con Fidel y Raúl, y 25 años después del fin de la Guerra Fría, Barack Obama y su gobierno consideraron que esa política era ineficaz, según su interés nacional. Sin embargo, aunque Joseph Biden, vicepresidente de aquel gobierno, apoyó la normalización, las cosas han cambiado para ellos. ¿Y si Díaz-Canel, sin la sabiduría y experiencia de “los Castro”, no fuera capaz de lidiar, en este momento de vulnerabilidad, con la crisis cubana? Podrían razonar que es mejor no bajarle ahora mismo la candela al bloqueo, sino dejar que siga cocinando la Isla a fuego lento. Como se diría en cubano: ¿cuál es el apuro?

Las protesta, aunque pequeñas en comparación con las de cualquier país capitalista, ofrecen lecciones a todos los que quieran leerlas. Podrían enseñar a algunos economistas que el éxito de las reformas no depende solo de resolver técnicamente la planificación, el mercado, la empresa estatal socialista o el sector privado, sino de abordar problemas como la redistribución del ingreso, la estratificación del consumo, los espacios económicamente “luminosos” u “oscuros” colindantes, las desigualdades y retrancas territoriales y locales, el estado de las fuerzas productivas llamadas los trabajadores.

Han demostrado además a los políticos que el problema de la unidad nacional es el del consenso, y que no se resuelve únicamente con convocatorias y movilizaciones de millones de revolucionarios, sino mediante el diálogo sostenido con todos los ciudadanos. Han evidenciado a los aparatos del Partido, una vez más, que la eficacia de un sistema de medios públicos no es ideológica, sino política, y que se mide por su credibilidad y capacidad de convencimiento (a los no convencidos, naturalmente). Han confirmado que las fuerzas del orden pueden proveer primeros auxilios a los brotes de violencia, pero a costa de otros daños, y que no son ellas las que deberían lidiar con los problemas sociales y políticos donde se arraiga el disentimiento. Finalmente, les ha demostrado a los políticos estadounidenses que sus alianzas con esta oposición belicosa y derechista refuerza la línea dura de los dos lados.

El denominador común de estas lecciones es la sociedad cubana, con sus luces y sus sombras, pero que sigue siendo socialista. Saber descifrar su presente, sin hojas de ruta bipolares, decidirá lo que vendrá.

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Nota: 1. “Violencia y solución de conflictos”, en Revista Temas # 53, enero-marzo, 2008.

http://calpu.nuevaradio.org/?p=209

 

https://www.lahaine.org/mundo.php/conflicto-consenso-crisis