Principal Imprimir | Volver al artículo
18/07/2021 :: Mundo

Buscando un punto de vista sobre el choque cultural

x Francisco Fernández Buey
El libro 'La gran perturbación' da cuenta de la evolución de Bartolomé de las Casas, la polémica que desató en su época su defensa de la humanidad del indio

1

Recalé en el siglo XVI buscando un punto de vista sobre el choque entre culturas. Explicaré cómo.

En 1990 nacía un mundo nuevo. La disolución de la Unión Soviética y la caída del muro de Berlín señalan el final de una época. De esto nadie dudaba. Por un momento se pensó, mucha gente pensó, que aquel final iba a coincidir con el principio de la universalización del liberalismo y de la democracia representativa. La euforia política crecía en lo que un día se llamó “Occidente”. La aldea global empezó a parecerse a la ciudad alegre y confiada de don Jacinto Benavente.

Pronto quedó claro que no había motivos para la euforia. No es la ampliación de la democracia precisamente lo que caracteriza al mundo actual. Y lo que navega con el nombre de liberalismo es más bien un maniqueo autoritario disfrazado de “mercado libre”.

En los cinco años ya transcurridos de la nueva época se ha hecho evidente que las cosas van por otro lado. Y eso es sumamente llamativo. Muchas personas bondadosas están perplejas. La aceleración del tempo histórico desconcierta una vez más. Debemos reconocer que hay motivos para ello. Mediada la década de los sesenta los más escuchados dirigentes políticos e intelectuales de nuestro mundo pensaron y dijeron en voz alta que la vieja lucha de clases dejaba el ámbito de los estados para trasladarse al ámbito mundial. Luego, en cambio, se dijo y repitió hasta la saciedad que había acabado la época de la lucha entre las clases. Pero hubo más. Hoy en día los científicos sociales suelen considerar que la conflictividad social en el plano internacional ha quedado casi por completo subordinada a los choques entre culturas.

A cualquier parte adonde uno dirija la mirada allí está la guerra entre etnias, la xenofobia, el racismo, el ataque cultural. La impresión que el mundo da es que las gentes tienden a subordinar los intereses económicos y sociales, que un día aproximaban a los individuos en el seno de las clases sociales, para volver a fijarse, una vez más, en los colores de sus pieles, en las diferencias entre sus costumbres, en los hábitos del otro, en la diversidad de las lenguas.

Y esto ocurre en un Imperio único. En un mercado único. Mientras el pensamiento hegemónico tiende también a la uniformidad.

2

Choque entre culturas, se ha dicho. Pero puesto que “cultura” es una de esas palabras ante las cuales unos sacan la pistola y otros vuelven la espalda conviene pararse un momento en ella. “Cultura” es un término que ha llegado a tener significaciones distintas en nuestra lengua.

Decimos de alguien que “no tiene cultura”, que es un inculto, cuando ignora los conocimientos básicos, elementales, que se adquieren hoy en día a través de la enseñanza general obligatoria y reglada; “culto” es, en cambio, para el lenguaje cotidiano en nuestras sociedades, el individuo informado, ilustrado, con luces.

Pero también usamos habitualmente el término “cultura” (o su plural) para referirnos a pueblos, etnias, sociedades estructuradas o grupos sociales muy determinados, vinculados, por ejemplo, a ciertos gremios antiguos, o de origen campesino, cuyos miembros se han formado de modo cuasi autodidacta, o en el seno de tradiciones artesanales, o que no han pasado por la enseñanza general básica obligatoria; a pesar de lo cual se afirma de ellos, a veces con razón, que son más “cultos” que muchos de nuestros letratenientes.

Se suele hablar así, no sin nostalgia, de la notable “cultura” técnica y literaria de los viejos linotipistas, de la particular “cultura” del campesino gallego, que, al decir de Cela, es “bachiller por antonomasia”, o de la incomparable “cultura” del estar-en-el-mundo-con-gracia propia del campesinado andaluz, o, más en general, de la vieja, persistente y muy respetable cultura de la supervivencia del campesinado europeo cuya voz se puede escuchar, ya entrecortada, en la emotiva y sugerente trilogía de John Berger titulada De sus fatigas.

Tal vez se me objete que “culturas” como la del “bachiller por antonomasia”, o la del “estar-en-el-mundo-con-gracia”, o la de la supervivencia campesina son en realidad restos en liquidación de una época pasada, y que, por tanto, no tiene interés traerlas a colación aquí, en un discurso que se pretende reflexivo sobre el choque cultural. No entraré ahora al toro de la polémica, porque lo que me interesa en este punto es solo precisar el uso de las palabras. Pero sí quisiera avanzar ya un par de sugerencias al hilo de esta objeción.

Una: que algunos de los rasgos culturales a los que se había dado hace mucho tiempo la despedida definitiva (como si fueran mero folclore campesino pasado de moda) retornan por donde menos nos lo esperábamos.

Dos: que la mayoría de la humanidad, en África, Asia, América Latina y parte de Europa, vive todavía en el marco de culturas de la supervivencia, o, por lo menos, inmersa en un complicadísimo proceso de transculturación en el que el peso de las viejas costumbres campesinas sigue siendo muy importante, cuando no decisivo. El siglo de las revoluciones acostumbró a los intelectuales a confundir los picos del cambio histórico con la Historia misma.

Pero la historia real está hecha tanto de discontinuidades como de continuidades, y al lado mismo de aquellos lugares, pocos, en que los revolucionarios tocaban el cielo con sus manos, en 1789, en 1848, en 1871, en 1917, en 1921, en 1937, la vieja cultura campesina de la supervivencia aún seguía con el antiguo ritmo. Todavía hoy, después de la gran discontinuidad de 1990, sorprende la persistencia de tradiciones así en la Europa del Este. Esto puede explicar las meteduras de pata de tantos economistas y politólogos de nuestro tiempo obnubilados por las moderneces.

Así, pues, para evitar complicaciones y equívocos, que en este tema del choque cultural suelen tener consecuencias prácticas peligrosísimas, conviene que nos pongamos previamente de acuerdo sobre el uso que se va a hacer de las palabras.

Utilizaré aquí el término “cultura” en la acepción que se dio originalmente a esta palabra en la etnología y la antropología de lengua inglesa, desde Tylor; una acepción que luego se ha hecho habitual en la literatura antropológica contemporánea. Entenderé, pues, por “cultura” un conjunto o complejo de conocimientos y prácticas, creencias, costumbres, aptitudes y hábitos (incluyendo arte, moral y derecho) que el hombre adquiere como animal social, como miembro de la sociedad.

Culturas son, por tanto, formas de comportamiento adquiridas y transmitidas, en nuestro caso, mediante símbolos, las cuales cristalizan en organizaciones e instituciones sociales; todos los sistemas o complejos culturales pueden ser considerados a la vez como productos de la acción humana en marcos históricos concretos y como elementos condicionantes de la acción futura. Desde Kroeber y Kluckhohn suele aceptarse, además, que el núcleo central o duro de las culturas así entendidas son las ideas tradicionales (sobre arte, moral, derecho, etc.) y los valores vinculados a ellas. Es esta acepción del término “cultura” lo que por lo general permite a los antropólogos ser más comprensivos de la diversidad cultural que la mayoría de los intelectuales, los cuales acostumbran a identificar la cultura con los resultados de la enseñanza superior.

Para no complicar ahora este intento de precisar el uso de las palabras voy a dejar todavía entre paréntesis un par de matices.

Primero: la existencia, en el seno de las culturas antropológicamente descritas, de subculturas diferenciadas, a veces tan importantes (por la cantidad o por la cualidad de sus agentes) como para requerir un discurso específico cuando hablamos de choque cultural: no hay más que pensar en la recurrente dialéctica que enfrenta a las subculturas propias de los sexos conformadas históricamente.

Segundo: la persistencia, sobre todo en la literatura de lengua alemana de origen romántico y organicista, de una distinción fuerte entre cultura y civilización, según la cual la civilización sería algo así como el ocaso de las culturas en la necesaria decadencia otoñal; una distinción, esta, que, desde la primera guerra mundial sobre todo, ha servido para desplazar la preocupación por el choque entre culturas hacia otro tema igualmente inquietante: el de la crisis crítica de esta gran abstracción que es la cultura europea.

Por “choque” entiendo aquí la colisión o encontronazo, más o menos violento, entre culturas diferenciadas que se encuentran y entran en contacto inesperadamente, por lo general como consecuencia de grandes movimientos de población más allá de los límites fronterizos convencionalmente establecidos por los Estados. La dimensión de los encuentros entre culturas derivados de las emigraciones de los pueblos es muy variable. No todo encuentro entre culturas supone o implica por necesidad un choque y menos un ataque; pero, a pesar de esto, lo cierto es que la mayoría de ellos suelen ser percibidos por una parte también mayoritaria de las poblaciones implicadas como una invasión indeseada.

Describo. Todavía no valoro.

3

Parece natural que en un Imperio único caracterizado por un mercado único, y en el que las facilidades de transporte y comunicación son muy grandes, las variantes del encuentro entre culturas se multipliquen. Y así es realmente. Lo es hasta el punto de que el emigrante y el refugiado se han convertido en dos de las figuras más representativas de nuestra época. Babelia es la metrópolis del hombre del final del siglo XX. Una Babelia en la que se impone la espontaneidad ubérrima del mercado y la más irresponsable opinión respecto de las personas que quedan fuera o al margen del mercado establecido.

Parece inconcebible pero es así: el número de los eufóricos detractores de la planificación aumenta tanto más cuanto más evidente resulta que la falta de planificación racional y democrática en el presente obligará a la planificación forzada y autoritaria mañana. No hay más que pensar en los océanos. O en la escasez de agua potable y para riego. O en el hecho de que se empiece a poner precio al aire que respiramos cuando ha de ser sano, o sea, sencillamente, respirable. (Todas esas cosas eran no hace mucho nullius, que decían los antiguos, cosas que no son de nadie y, por tanto, cosas de todos sin propietario declarado). El liberalismo salvaje europeo no ha encontrado todavía su bozal y sigue especulando al borde del abismo con la posibilidad perversa de que se lo pongan otros.

El aumento en flecha de las migraciones está dando lugar a un nuevo tipo de racismo, aunque en la Europa occidental y central el encontronazo entre culturas aún se halla contenido por las leyes; por unas leyes que se promulgaron para impedir otro racismo, no el de hoy (que es un racismo diferencialista y culturalista). Pero las leyes vigentes en la comunidad internacional han quedado por completo desbordadas en otros casos de choque entre culturas en los que la identidad étnica, religiosa, nacional o tribal pasaban a primer plano, ya fuera porque comunidades próximas empujaban hacia la autoafirmación étnica, ya porque la escasez era mucha y creció el temor por la forma de distribución, o porque la actividad casi exclusiva de las poblaciones habían pasado a ser la reproducción mera y simple.

Pueblos en los que hace no muchos años convivían y se mezclaban gentes de diferentes culturas (con problemas, sí; con diferencias latentes, claro; y a través de no pocos sufrimientos por aquello del “estar vosotros en nosotros y nosotros en vosotros”, desde luego) se han convertido de pronto en un infierno en el que, por ejemplo, sentirse dos o tres cosas sustanciales a la vez, o creer tener tres identidades al mismo tiempo, equivale a estar muerto; y muerto por aquellos mismos, un día prójimos, que niegan ahora, de repente, que se pueda ser más de una cosa en este mundo de culturas exclusivistas autoafirmadas. Etnias, religiones y naciones que por lo general observan con indiferencia o con discreto desprecio el crecimiento del Imperio único no pueden, en cambio, soportar la diversidad del vecino de al lado y sus implicaciones políticas.

No es este el lugar para la enumeración y el análisis de los encontronazos entre culturas que se han producido desde 1990. Pero sí se puede decir aquí que los horrores de la guerra y la barbarie del neorracismo planean de nuevo sobre Europa. Y que el horror y la barbarie de este final de siglo XX tienen su origen, una vez más, en la intolerancia que acompaña al choque entre culturas.[1]

----

Nota

[1] Me he referido a esto en los capítulos XIV a XIX de La barbarie: de ellos y de los nuestros. Barcelona, Paidós, 1995.

Fuente: Primeros apartados del primer capítulo del libro de F. Fernández Buey La gran perturbación. Discurso del indio metropolitano (1995). www.elviejotopo.com

 

https://www.lahaine.org/mundo.php/buscando-un-punto-de-vista