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11/08/2021 :: Cuba

Cuba en el corazón y en mi cabeza

x Atilio Boron
El socialismo, como proyecto de creación histórica –no como una construcción libresca para discutir en un seminario de posgrado- requiere de continuas reformas

Días pasados alguien desde Cuba me envió una copia de la entrevista que en febrero del 2009 me hiciera el periódico digital brasileño Correio da Cidadanía. Junto a ese material venía un pedido, casi una orden: ¡publícala otra vez! ¡Lánzala al ruedo como un material de discusión!

Dudé unos cuantos días, pero finalmente, hoy me decidí a hacerle caso a mi anónimo interlocutor previa nota aclaratoria, imprescindible para un texto que ya tiene doce años porque como dijo Raúl en numerosas oportunidades, y antes también Fidel, a diferencia de otros países Cuba no tiene derecho a equivocarse, no puede cometer errores a la hora de tomar decisiones trascendentales. Una ciudad cercada por crueles enemigos durante sesenta años no puede dase tales lujos, porque lo pagaría muy caro.

Por eso un observador como quien esto escribe, que contempla con preocupación los asuntos de la Isla pero con un acceso limitado al conocimiento de esa realidad y las opciones existentes para cambiarla debe ser muy cauteloso a la hora de opinar o aconsejar. Espero que los párrafos que siguen honren esa advertencia y sean de alguna utilidad para la discusión pública.

Dicho esto quiero comenzar diciendo que estoy muy preocupado por la muy lenta e incompleta aplicación de los “Lineamientos” aprobados en el VIº congreso del Partido Comunista de Cuba en abril del 2011. Y añado que muchos amigos y amigas de la Revolución Cubana en todo el mundo comparten esta inquietud. Algunos estudiosos en Cuba aseguran que apenas el 20% de dichos lineamientos se aplicaron y convirtieron en políticas de Estado. Los otros quedaron archivados, languideciendo.

Esto pese a que el informe oficial del VIº Congreso apropiadamente tiene a guisa de breve prólogo aquellas brillantes palabras de Fidel pronunciadas el 1ro de mayo del 2000 cuando con su acostumbrada lucidez definió lo que era una revolución. Me limitaré a recordar tan sólo las dos características, que no por casualidad el Comandante situó al principio: “sentido del momento histórico” y “cambiar todo lo que debe ser cambiado”.

“Sentido del momento histórico”, sí, porque vivimos una época muy especial en donde las renovadas amenazas que se ciernen sobre la revolución son de una gravedad sin precedentes, a diferencia del existente en el 2009 cuando concedí mi entrevista al Correio da Cidadanía. El “momento histórico” actual está signado por la inexorable declinación del poderío del imperialismo en el tablero geopolítico mundial pero, precisamente por eso, como lo profetizara Martí hace más de un siglo, arrecia la necesidad de “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los EEUU y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América.”

Y esto es así porque la auspiciosa declinación del imperio, sin duda una gran noticia, no debe empañar la visión del reverso de la medalla: ante esa situación se exacerban las peores tendencias subyacentes a la sociedad norteamericana. Trump y el auge de una derecha radical, racista, xenófoba y violenta son prueba de ello y, en ese marco, el recurso a la violencia, como Cuba y Nuestra América la padecen con singular intensidad, se convierte en la nueva normalidad de la dominación imperialista.

La razón de fondo de esta mutación involutiva es que la transición geopolítica hacia un mundo multipolar, de la cual tanto se ha hablado en los últimos años, ya ha concluido, ¡y en desmedro de EEUU! Y precisamente eso es lo que define nuestro “momento histórico” y lo que explica que ante la consolidación de una nueva tríada dominante en el sistema internacional –en la cual China y Rusia se convierten en inesperados e intolerables contrapesos a la pretérita omnipotencia estadounidense- Washington se lance con renovada brutalidad sobre estas tierras para refugiarse en su reserva estratégica y, desde allí, tratar de capear el temporal.

Por eso la extrema urgencia de que Cuba se fortalezca –política y económicamente- para repeler el bloqueo y neutralizar al “Girón informático” con el cual está siendo agredida. Y, además, la necesidad de reconstruir cuánto antes las instituciones como la Unasur y la Celac para que nuestros países puedan defenderse de la belicosidad imperial.

Pero también decía el Comandante que revolución era “cambiar todo lo que debe ser cambiado”. Y agregaría algo más que incluido en esa magnífica definición: “luchar con audacia, inteligencia y realismo”. Audacia para cambiar sin más dilaciones en Cuba lo acordado en aquellos 313 lineamientos aprobados en el VIº Congreso y en buena medida ratificados en el VIIº Congreso del PCC; e inteligencia para convencer a quienes tienen en sus manos la aplicación de estas medidas que ahora el tiempo nos juega en contra, muy en contra.

Durante mucho tiempo lo hizo a favor, y eso es lo que trasunto en mi entrevista. Pera ya no más, por tres factores principales aunque no los únicos. Primero, los cambios sociales (principalmente, la traumática re-emergencia de diferenciaciones clasistas en una sociedad que la Revolución había convertido en una de las más igualitarias del mundo y la irrupción de renovadas aspiraciones de bienestar y consumo); segundo, la revolución informática que desde la Internet puso fin a la insularidad de Cuba y la tornó vulnerable ante las guerras de cuarta generación y la toxicidad de los bombardeos de sus enemigos, básicamente la mafia cubano-americana radicada en el Sur de la Florida, apelando al sicariato mediático, las redes sociales y a lo que apropiadamente un espléndido documental cubano denomina “La Dictadura del Algoritmo” (https://lahaine.org/fY2L); y, en tercer lugar, la modificación en la composición demográfica de la sociedad y sus implicaciones políticas, a saber: el envejecimiento de su población y la desaparición de los contingentes etarios que fueron testigos o protagonistas del proceso revolucionario; la aparición de nuevas generaciones para las cuales el Moncada, el Granma, la Sierra Maestra, etcétera, no son experiencias vivenciales o atestiguadas sino imágenes, más o menos difuminadas según los casos, de una historia poco relacionada con el aquí y ahora; y, tres, el remezón producido por las migraciones y el vínculo entre población migrante y quienes permanecieron en Cuba.

Todo esto configura un amenazante cuadro sociopolítico y económico que exige la introducción, sin tardanzas, de cambios en el modelo económico que como advertía Fidel, “cambien todo lo que debe ser cambiado.”

Pero esto supone una cierta dosis de audacia y firmeza de convicciones porque invariablemente todo cambio provoca una reacción en donde se abroquelan quienes prefieren que las cosas sigan como están. Audacia y firmeza de convicciones, por ejemplo, para no ceder ante quienes todavía prefieren hablar de los “Lineamientos” o “actualizaciones” para evitar el uso de una palabra que en ciertos ámbitos se convirtió en un tabú: “reformas”. Vocablo, que sin embargo, cubanas y cubanos lo pronunciaron decenas de veces cada vez que me detuve a conversar con ellos en las calles de La Habana, Santiago, Santa Clara, Pinar del Río, entre otras locaciones. ¡Como si el socialismo fuese congénitamente “irreformable”, una creación única e inmutable, que irrumpe en la historia bajo una cierta forma para así permanecer hasta el fin de los tiempos!

Esa noción, aclaro, no tiene absolutamente nada que ver con el marxismo. Lo mismo la interesada confusión entre “reforma” y “reformismo”; este último es una capitulación, la primera una necesidad. Esta confusión asume que cualquier reforma abre inevitablemente la puerta para el retorno del capitalismo. Veamos un ejemplo entre muchos, para no alargar más de la cuenta esta ya larga introducción a mi entrevista: ¿en cuál capítulo de 'El Capital' Marx dice que en el socialismo debe remunerarse exactamente igual tanto a los trabajadores que con su esfuerzo, disciplina, dedicación y patriotismo hacen posible la construcción de una buena sociedad como a quienes se toman a la ligera sus obligaciones laborales, incumplen con el horario, se ausentan a menudo y cuando asisten no actúan en conformidad con la ética socialista que sí tienen muchos de sus compañeros?

¿Hay alguien que pudiera seriamente acusar a esa política por la cual se premia al trabajador consciente como una “reforma capitalista”? ¿No hay acaso que hacer una profunda “reforma intelectual y moral”, como pedía Gramsci, para combatir una opinión por desgracia demasiado generalizada que hace que mucha gente no cuide como se debe a carros, buses, máquinas, equipos de propiedad pública porque dicen que “eso no es mío, es del gobierno”?

Estos son ejemplos entre tantos otros que demuestran que hay decisiones que pueden y deben tomarse a pesar de las restricciones impuestas por el bloqueo genocida. Pero éste, en su infinita maldad, afortunadamente no alcanza para atar de pies y manos al gobierno cubano. A pesar de la brutalidad del bloqueo y de la monstruosa sangría económica producida por Washington (¡equivalente nada menos que a dos Planes Marshall ¡), premeditadamente concebida para provocar el sufrimiento del pueblo cubano todavía hay cosas que pueden hacerse, y decisiones gubernamentales que pueden implementarse, venciendo las resistencias de las costumbres establecidas, las rutinas burocráticas o las conveniencias de algunos sectores enquistados en el aparato estatal.

El socialismo, como proyecto de creación histórica –no como una construcción libresca para discutir en un seminario de posgrado- requiere de continuas reformas. Y subrayo, para disipar cualquier malentendido, reformas que fortalezcan al socialismo; que lo tornen económicamente más eficiente y capaz de garantizar el creciente bienestar de la población.

Reformas que le den más consistencia y continuidad a las exitosas políticas de salud, de educación, de acceso a la cultura y al deporte, a la seguridad social que colocan a Cuba en el grupo de países más avanzados del mundo pese al bloqueo y a los graves problemas del subdesarrollo que afectan a toda Nuestra América.

El socialismo, decían Marx y Engels, es una fase de transición y de despliegue de contradicciones dialécticas; por eso jamás podría ser lineal, una flecha que vuela recta y a toda velocidad hacia el cielo de la sociedad comunista. Habrá avances y retrocesos; logros y transitorias concesiones a los requerimientos de los mercados.

Estos existen y no hay resolución burocrática que pueda acabar con ellos. Existen como instituciones reconocidas de la vida económica, y por eso mismo rigurosamente reguladas; o como “mercados negros”, en donde los desastrosos efectos de la lógica mercantil se despliegan con toda su brutalidad. Por consiguiente, constituye un grave error asimilar el socialismo con el estatismo, o con la lisa y llana supresión de los mercados. Tanto es así que el propio Che reconocía el papel de los incentivos materiales si bien les negaba (y estamos de acuerdo totalmente en eso) el papel excluyente y determinante que aquellos detentan en las sociedades capitalistas.

Los incentivos morales e ideológicos debían tener precedencia, pero los otros no podían ser completamente desechados. Volviendo al tema del estatismo no cabe duda que no se puede construir el socialismo sin un estado robusto y, sobre todo, bien organizado, con un funcionariado profesionalmente competente y con fuerzas armadas bien equipadas para defender a la Revolución de sus enemigos externos.

Ahora bien: ¿Significa esto que el estado y el gobierno deben hacerlo todo, sofocando el impulso creativo que brota de la sociedad? No, de ninguna manera. China y Vietnam, países con poblaciones heroicas como la cubana, que han padecido la violencia criminal del imperio, demuestran que un estado socialista puede regular los impactos de una limitada apertura mercantil sin sucumbir ante la lógica del capital y, contrariamente a ésta, acabar con la pobreza y las penurias económicas de centenares de millones de personas. No se trata aquí de erigir “modelos”, porque estos no son otras cosas que los molinos de viento que veía el alucinado Don Quijote. Si hay algo tremendamente original en la vida social y política son las revoluciones que, como decía Mariátegui, jamás pueden ser “calco y copia sino creación heroica de los pueblos.”

La Revolución Cubana es absolutamente original e inimitable; y lo mismo podemos decir de las revoluciones que crearon un mundo nuevo en Rusia, China y Vietnam, o abrieron impensados horizontes en la Venezuela bolivariana. Pero la futilidad del esfuerzo imitativo no debe impedir que estos procesos se conviertan en ricas fuentes de inspiración y aprendizaje. Veamos: en Bolivia y Venezuela se acabó con el analfabetismo, y eso fue posible aprendiendo de la experiencia cubana; y hoy día se está mejorando la atención médica a millones de personas en más de cincuenta países capitalizando la experiencia pionera de Cuba. Pero sería insensato que se reprodujera en estos países un fenómeno tan singular como la Revolución Cubana.

Ahora bien, si muchos países aprendieron cosas muy importantes de Cuba, ¿no podría ella aprender algo de las experiencias de China y Vietnam, dos países que sin renunciar a la construcción del socialismo cayeron en la cuenta que no siempre el camino más recto es el mejor y que, en ocasiones, hay que tomar algunos rodeos y hacer ciertas concesiones a los mercados para asegurar el éxito final del proyecto emancipatorio? Estas políticas, ¿convirtieron a China y Vietnam en economías capitalistas? No, definitivamente no. ¿Hay componentes capitalistas en su construcción socialista? Sí, sin dudas, como también las hay, en menor medida, en Cuba desde hace más de veinte años en la industria turística.

Pero, ¿Quién dirige y controla este proceso en aquellos países asiáticos? ¿Son las grandes empresas las que dictan la política que sigue el estado en China o Vietnam, tal como ocurre en EEUU, Europa y, en general, en todos los países capitalistas? No, es exactamente al revés. ¿Por qué? Porque hay un estado socialista que tiene al comunismo como objetivo y que subordina el capital a su lógica estatal; lo acepta, con rigurosas estipulaciones que limitan sus movimientos y se apropia de una significativa parte de su productividad y sus ganancias y las invierte en el bienestar de su pueblo.

En otras palabras: en China y Vietnam hay una formación económico-social que entrelaza distintos modos de producción –desde el comunitarismo agrario, la pequeña producción campesina, la pequeña producción mercantil e industrial, la empresa privada nacional, la gran empresa pública, las empresas “mixtas” de asociación entre empresas públicas y privadas nacionales o extranjeras, las grandes transnacionales- muchos de ellos con fuertes tonalidades capitalistas pero invariablemente acotadas por el papel rector, inexpugnablemente rector, de un estado socialista. Reitero: no se trata de copiar esa fórmula pero sí de ver qué se puede aprender. Como otros aprendieron de Cuba, Cuba tiene algo, o mucho, que aprender de lo actuado por China o Vietnam.

La actualización del modelo económico cubano, prometido desde el VIº Congreso se ha convertido en una necesidad imperiosa e impostergable. Y se podrá concretar en tanto perdure la inmensa legitimidad popular de la Revolución Cubana.

Pero, tal como lo recordaba Fidel en el discurso conmemorativo del 60ª aniversario de su ingreso a la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, “esta Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra.” Creer que toda revolución es indestructible, o irreversible, es una fatal ilusión desmentida por la historia. Lo mismo pensar que la legitimidad popular de la revolución será eterna y resistirá indemne al paso del tiempo.

Para ello se requiere que el Partido y el gobierno mantengan una permanente sintonía fina, un oído muy alerta para escuchar los reclamos y los anhelos procedentes del subsuelo profundo de la revolución, evitando –cosa que hasta ahora afortunadamente se ha logrado- incurrir en lo que sería un catastrófico error: descalificar a los disconformes como “contrarrevolucionarios”. Algunos podrán serlo, pero la enorme mayoría de quienes protagonizaron el 11 J no lo eran, pese a que la propaganda yanqui dice lo contrario. Sería un error fatal caer en esa trampa.

Permítaseme concluir con una metáfora. La Revolución Cubana se encuentra hoy como un avión que vuela en medio de una tremenda tormenta (un recrudecido bloqueo genocida, las 243 medidas de Trump, la pandemia del Covid-19, el derrumbe mundial del turismo) y con poca gasolina en sus tanques.

De repente, se hace un pequeño claro entre las amenazantes nubes y el piloto advierte una isla en la cual puede intentar un aterrizaje. Sabe que es un desvío del trayecto prestablecido, pero que será transitorio y que tiempo después podrá retomar su curso.

Consciente del grave peligro que corren la seguridad del avión y de quienes viajan a bordo deja de lado cualquier vacilación y se lanza en busca de ella. Entre los pasajeros reina la indignación al enterarse de la maniobra, y protestan a viva voz exigiendo que se mantenga la ruta trazada según los manuales de aeronavegación que, obviamente, no tienen en cuenta circunstancias y contingencias como la tormenta o el agotamiento de la gasolina. Por suerte, el piloto hace oídos sordos ante la gritería y, con audacia y convicciones sólidas, lanza el avión en picada.

El descenso es complicado y turbulento, pero controla a la aeronave y finalmente aterriza con todos a salvo. Los gritones son los mismos que en caso de haber seguido la ruta predeterminada no habrían ahorrado insultos y maldiciones si el avión ya sin gasolina y vapuleado por la tormenta hubiera tenido que hacer un aterrizaje de emergencia en un descampado, poniendo en peligro la vida de todos. Afortunadamente el piloto hizo a un lado los libros y privilegió los datos de la realidad.

En tan dramáticos momentos recordó un pasaje de las Tesis de Abril de Lenin en donde éste, citando un pasaje del Fausto de Goethe, decía que “la teoría es gris, amigo mío, pero el árbol de la vida es eternamente verde”. Y ese verdor debe animar a los decisores del estado cubano a actuar con audacia y firmeza para poner la admirable obra de la revolución a salvo. Lo digo absolutamente convencido de que estos no son tiempos de moderación sino de intrepidez.

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