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17/12/2000 :: Pensamiento, James Petras

"La paradoja del sistema es que el capitalismo no puede controlar sus capitales"

x Marta Caravantes - James Petras
Entrevista con James Petras, intelectual polémico y comprometido con los movimientos sociales

En los años 60 fue uno de los líderes estudiantiles de la izquierda californiana. James Petras es uno de los sociólogos más destacados del mundo. A sus 63 años, desde la University of New York, donde es profesor de Ética Política, sigue soñando con un mundo donde la justicia social no sea la frágil subordinada de la economía. Este intelectual estadounidense, hijo de inmigrantes griegos y certero analista de conflictos políticos y sociales, se distingue por llamar a las cosas por su nombre. Cuando le preguntamos sobre el fenómeno de la globalización, responde con rotundidad que "no debemos hablar de globalización, sino de neoimperialismo", ya que "EE.UU. y Europa controlan las economías del mundo y defienden los intereses de sus empresas".

A partir de las movilizaciones de Seattle, ¿cree que ha nacido una voluntad mundial de frenar a las grandes organizaciones financieras?

Seattle es muy importante porque se ha creado un consenso que cruza razas y generaciones. En Seattle se hace explícito lo que llevábamos todos dentro, es una expresión de mayorías. Pero sobre todo, es una muestra del profundo descontento de una parte de la sociedad estadounidense, donde se manifiesta el miedo latente hacia la movilidad del capital y la explotación de la mano de obra. Es una protesta que tiene algunos precedentes, por ejemplo las movilizaciones de los trabajadores en contra del Tratado del Libre Comercio que firmaron EE.UU., Canadá y México. Lo que distingue a Seattle de otras protestas históricas, son los importantes vínculos en común entre trabajadores, ecologistas y ONG. Además, las fronteras y la incomunicación fueron traspasadas, sólo hay que observar la buena acogida que se les dio a los participantes extranjeros, desde el agricultor francés, hasta el trabajador asiático.

Sin embargo, se han escuchado muchas voces críticas que acusan a los manifestantes de Seattle de caóticos y contradictorios.

Hay que distinguir dos aspectos. La unión de las movilizaciones se produce en las protestas, en la inconformidad con un sistema. La desunión se manifiesta en las propuestas alternativas que los distintos movimientos aportan. Por ejemplo, algunas organizaciones de trabajadores exigía reformas legislativas dentro de la OMC, cláusulas de protección sobre los derechos de los trabajadores, pero aceptando la globalización. Otros sectores disidentes querían más proteccionismo. Por otro lado había grupos que proponían la destrucción de la OMC y la creación de redes internacionales para proyectar economías sostenibles. En esta tercera alternativa encontramos la sorpresa y las propuestas más cohesionadas, donde coinciden sindicatos, agricultores, ecologistas y ONG.

¿Cuál es su propuesta como alternativa al sistema neoliberal?

La gran paradoja del sistema es que el capitalismo no puede controlar sus capitales. Ante esto tenemos dos opciones: o capitular ante el proyecto neoliberal o radicalizarnos, es decir, intervenir en las decisiones estratégicas de la economía. Eso implica una resocialización, una transformación del Estado gestor que tenemos ahora, por un Estado social, superando las versiones del pasado. No creo en una economía de bienestar social estilo 'keynesiano'. En esto coincido con la derecha pero desde otro ángulo -afirma Petras con ironía-. El Estado 'keynesiano' no es viable ya que no está en condiciones de fijar reglas que cumplan las multinacionales. Las empresas deben estar socializadas pero con un gestor empresarial. Así las grandes decisiones se tomarían con criterios ecológicos, sociales, pensando en el consumidor y en los trabajadores, pero también con autonomía y visión empresarial.

¿Es compatible el capitalismo con el progreso social?

La respuesta la da el análisis histórico. Si valoramos las dos últimas décadas comprobamos que hay veinte años de retraso en todos los aspectos sociales: salud, trabajo, subsidios, ecología... No tenemos un ejemplo en veinte años de un sólo gobierno en el mundo que haya aumentado la legislación social; ni en Suecia, ni en otro país de Europa, ni en EEUU, ni en América Latina. Se han reducido los beneficios del Estado social y en todos los casos ha habido más regresión. Todos los gobiernos bailan con la misma melodía: los conservadores, los demócrata cristianos y los socialdemócratas.

Ante este panorama donde el papel de la sociedad se subordina cada día más al poder financiero, ¿cree que la transformación de organizaciones internacionales como Naciones Unidas puede ser la solución, o tendremos que inventar nuevas fórmulas políticas a nivel mundial?

No creo en la transformación de Naciones Unidas. Sólo tenemos que observar cómo está actuando la ONU ante los laboratorios farmacéuticos que niegan sus medicamentos a millones de personas enfermas de sida en África, o el papel que desempeñó frente a los ataques de la OTAN en Yugoslavia. Koffi Annan es un secretario general subordinado a los grandes poderes, es el recadero de EEUU. En la cumbre de Davos declaró que el librecomercio es la solución al problema. Por lo tanto la reforma de la ONU es difícil si primero no se hacen reformas en las estructuras de poder de afuera. No se puede crear un proyecto internacional mientras no haya un cambio en el seno de las naciones. Para proponer nuevas instituciones internacionales es imprescindible tener una base sólida en cada país o región. De la política reaccionaria no se puede aportar una legislación más equitativa; no tiene sentido.

¿Cómo observa las relaciones entre los tres bloques de poder, EE.UU., Europa y Japón?

No hay tres bloques económicos. Hay dos: Europa y EEUU. Japón ha caído y su economía no muestra capacidad de recuperación. Por otra parte, Europa y EE.UU. coinciden en que ambos apuestan por bajar las barreras del comercio y proteger sus empresas. Europa está imitando con grandes éxitos la tendencia estadounidense de fusionar las multinacionales para aglutinar el poder. Respecto a los aspectos militares, EEUU quiere imponer su posición política y económica a través de la OTAN y exige que Europa aumente su presencia y sus gastos militares, pero claro está, siempre bajo el mandato de Washington. Los europeos, aunque se preocupan más por el poder financiero, quieren contar con el apoyo militar de EE.UU. cuando lo necesitan. En lo que también se han puesto de acuerdo es en utilizar, para las fuerzas terrestres que hacen el trabajo sucio de sus 'ejércitos de paz', a soldados africanos, árabes y asiáticos, pero siempre manteniendo el control estratégico, tecnológico y militar.

Respecto a América Latina, ¿qué valoración hace de los últimos procesos electorales y de las recientes manifestaciones populares sucedidas en numerosos países como en Ecuador, México o Perú?

América Latina está entrando en un periodo de mucha turbulencia que tiene que ver con un desgaste político que va avanzando rápidamente. Debido a la deuda externa, a la conjugación de precios de primer mundo frente a salarios de tercer mundo y a la austeridad, se están produciendo brechas en el aparato del Estado y las Instituciones y la desintegración en los mecanismos de control. Hay un debilitamiento del poder efectivo de control del Estado, que ha llegado al punto más dramático en la marcha pacífica de los indígenas de Ecuador que llegan a tomar el Congreso sin una bala. En Colombia las FARC controlan junto al ELN la mitad del país. En Venezuela se vive un proceso radicalizado a partir de la decepción social con los gobiernos anteriores. El Sur de México es otra zona convulsionada, llena de reivindicaciones sociales frente a una militarización brutal. En Brasil, el país clave de América por su importancia económica y estratégica, el campo arde y las movilizaciones avanzan hacia las ciudades, no con violencia, sino con inteligencia política, formando alianzas.

En alguno de sus artículos ha criticado a las ONG por debilitar y desvirtuar a los movimientos populares.

Las buenas obras que realizan las ONG -si se mira desde la superficialidad- parecen positivas, pero en realidad están bloqueando una lucha de proyectos nacionales. La mayoría reciben financiación de los Gobiernos y colaboran con ellos; son subcontratados y reciben millones de dólares para hacer algunas actividades que antes hacían los Estados. Si lo miramos por el volumen de dinero que mueven, las organizaciones humanitarias complementan las actividades de las organizaciones imperialistas y además capturan a los intelectuales que antes eran críticos con el sistema. En las zonas donde las ONG son fuertes no hay movimientos populares de relevancia. Además, son proyectos privados que no están en condiciones de resolver los grandes males del mundo. Por ejemplo en la salud, se construyen clínicas para algunas comunidades, pero hay millones de personas sin acceso a las medicinas fundamentales para salvar sus vidas por culpa de los laboratorios.

¿Cómo canalizar entonces los recursos y las propuestas de las ONG para contribuir a la justicia social?

Las ONG deben dirigir sus recursos a fortalecer los movimientos populares de los países empobrecidos; pero muchas organizaciones -con discurso progresista o reaccionario- prefieren controlar, mandar, imponer. Numerosas organizaciones locales se han quejado de que los cooperantes de las ONG vienen como reyes, con la prepotencia y la firme convicción de que ellos conocen mejor los problemas de allá. Eso les lleva a imponer su visión particular. Es un nuevo colonialismo. Las ONG toman decisiones que afectan a la población local marginando a los movimientos populares.

Sin embargo, se están creando fuertes redes y alianzas entre las ONG para frenar el poder financiero.

No hay que confundir las reivindicaciones de algunas organizaciones que protestan y se movilizan contra la OMC o el Banco Mundial, con una mayoría de ONG que acaban colaborando con ellos, aunque muchas veces no sean conscientes. Es cierto que hay un proceso de reflexión y de luchas discrepantes entre las propias ONG. Las que son asistencialistas conservadoras no quieren que las progresistas hagan críticas a las multinacionales y a las organizaciones internacionales; al imperialismo, en definitiva.

¿Cuál es su análisis sobre las próximas elecciones estadounidenses?

Los grandes ganadores van a ser los absentistas que obtendrán alrededor del 50% de los votos. Por otra parte muchos de los votantes eligen a sus candidatos como un mal menor. Se percibe un gran desencanto porque no se habla de los grandes temas que afectan cotidianamente a la sociedad. Lo más importante de la campaña electoral es todo aquello de lo que no se habla, los temas fundamentales que afectan al pueblo.

El presidente Bill Clinton ha proclamado la prosperidad económica de EEUU como gran legado de su partido.

Esta visión de prosperidad y de milagro tiene un lado muy oscuro. Seguimos con un incremento de personas que no tiene cobertura sanitaria, actualmente 44 millones. Luego hay una importante precariedad laboral. Por cada tres trabajos mal pagados se corresponde uno bien pagado. Es cierto que ha disminuido el desempleo pero también aumentan los bajos salarios y las horas trabajadas. El promedio de tiempo dedicado al trabajo ha crecido un 20% en los últimos diez años. Los estadounidenses trabajan diez semanas más al año que en Alemania y cuatro semanas más por año que en España. Ha superado hasta a Japón en horas de trabajo. Pero esto no parece tener importancia ante las cifras económicas de Clinton.

¿Cómo sobrevive un intelectual como usted, tan crítico con el sistema, en Estados Unidos?

Es muy difícil ser intelectual de izquierdas en EEUU. Primero porque es una sociedad muy cerrada y es complicado acceder a los medios de comunicación. Le ocurre también al politólogo Noam Chomsky. Mientras publicamos artículos e informes en decenas de periódicos y publicaciones de todo el mundo, en EEUU nos lo ponen muy difícil. En los últimos 20 años sólo me han publicado dos artículos en el New York Times e incluso han sido editados, o suprimidos los párrafos que hablaban sobre EEUU.

CCS

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