Aburrimiento y dominación

La disgregación social, como forma de despersonalización ha creado seres humanos incapaces de dar rienda suelta a su propia satisfacción. La ilusión de las necesidades impuestas por las sociedades super-industrializadas reafirma a las personas en el alejamiento del propio divertimento, es decir, institucionaliza el aburrimiento enmascarado.
Somos incapaces, en tanto que productos de la vida privada a ultranza, de establecer unos lazos sociales adecuados a las necesidades de cada persona. Nos sentimos solitarios y rellenamos esa sensación de vacío con unas pocas horas de diversión planificada por todos excepto por nosotros mismos; en un grupo aleatorio formado por personas que necesitadas de una amistad y unos lazos sociales reales confunden sus verdaderas necesidades con las proporcionadas por el consumo masivo de mercancías (bien sea el conocimiento, el deporte, las modas, etc.) y adaptan su personalidad al individualismo interesado de los incapaces de proporcionar una compañía alejada de una función concreta. Siendo este último papel de incapaz el que desempeñaremos nosotros de cara a los demás.
El aburrimiento no es sino otro de tantos factores que nos hacen sentir inseguros y dependientes del sistema. Completamos nuestra incapacidad para aprovechar el tiempo con productividad, creando la fantasmagórica apariencia de la utilidad social. Nos mostramos absolutamente autosuficientes a ojos de los demás, pero sabemos de sobra que no podemos estar solos completamente y a todas horas. Aquí se presenta la contradicción ya que el sistema alienante nos empuja a la individualidad egoísta, mientras que nuestro ser es social. Si somos incapaces de completarnos a nosotros mismos en relaciones comunitarias y de amistad, verdaderas y desinteresadas (que se dan por el mero hecho de serlos, sin un fin concreto), ¿Cómo pretendemos siquiera plantear la creación de una sociedad adecuada a la totalidad de necesidades reales (no creadas)? ¿Cómo hacer un todo de la suma de partes incompletas? Se sabe que el todo es más que la suma de las partes (en el sentido gestáltico), pero estas partes, al mostrarse incapacitadas para desarrollar relaciones verdaderas entre sí, debido a su propia falta de visión de necesidades reales particulares, el elemento que se genera en su suma y se añade al todo es la hipocresía, la falsedad, el utilitarismo, el servilismo, etc.
Carecemos de unas relaciones que nos permitan estar solos cuando nos lo propongamos, y de estar acompañados cuando lo necesitemos, sin motivos concretos, únicamente sentirse rodeados de gente afín. Las bandas de los suburbios pasan el día juntos, se meten en líos juntos y salen de ellos, en ocasiones, juntos. ¿Dónde se ha visto más solidaridad en la sociedad contemporánea que en las revueltas de los Ángeles del 92, o que en los banlieues franceses? Se puede contrastar ese tipo de solidaridad real con la del voluntariado de los países ricos, que solo sirve para acallar la conciencia.
Lo que hoy en día nos venden como “fiesta” no es sino un conglomerado de insufribles relaciones mediadas por drogas e hipocresía. Quien más “amigos” tiene es el que más vive la vida, sin plantearse que quizás la vida no pueda ser vivida únicamente de fiesta en fiesta, ni tampoco en la actual comunidad de relaciones sociales, donde no se comparten acontecimientos vitales sino momentos preestablecidos por la estupidez imperante de consumo obligado, so pena de caer en la marginación social los que no se adhieran religiosamente a dichas “celebraciones”.
Retomar la capacidad de proveer nuestras necesidades reales pasa por desenmascarar las que han sido inculcadas y no nos pertenecen; elaborar relaciones verdaderas pasa por eliminar el utilitarismo y afianzar el verdadero compañerismo, la solidaridad, y dar pie a eliminar la soledad imperante. Nuestra capacidad de cambiar las cosas pasa por estas dos premisas que interaccionan entre sí.
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