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18/12/2005 :: Pensamiento

Anarquismo, anti-imperialismo, Cuba y Venezuela: Un diálogo fraternal (pero sin concesiones) con Pablo Moras

x Daniel Barret
El reciente artículo de Pablo Moras -Anarquismo, antiimperialismo, Cuba y Venezuela- publicado originalmente en La Haine el 30 de noviembre y un día después en A las barricadas y Kaos en la Red, contiene un conjunto de apreciaciones de especial importancia para el posicionamiento del movimiento anarquista en las problemáticas y en las luchas de nuestro tiempo.

No hay dudas de nuestra parte en cuanto a que dichas apreciaciones habrán de fertilizar discusiones cuyos contenidos conceptuales no siempre emergen con facilidad, rara vez se libran en términos adecuados y casi nunca se traducen en orientaciones más o menos bien definidas. No hay dudas tampoco, por lo tanto, de que dichas apreciaciones incitan a la reflexión urgida y la polémica inmediata. De eso se trata, entonces.

1.- Tal vez parezca excesivamente escrupuloso de parte nuestra y probablemente no se trate más que de un desliz de Pablo Moras que traduce con inexactitud su pensamiento, pero conviene enmarcar el desarrollo subsiguiente discutiendo el acápite de su trabajo: "Denunciar la política imperialista debe complementarse con la crítica a los Estados, ya sean socialistas o capitalistas. Por tanto, la participación del movimiento anarquista en los procesos de lucha antiimperialista se advierte indispensable." Ahora bien: que la participación del movimiento anarquista en las más diversas luchas emancipatorias resulta indispensable -con relativa prescindencia del campo en el cual se tracen y sin dejar de establecer las muchas prioridades que correspondan- es algo que, salvo exóticas excepciones, bien puede quedar enteramente al margen del debate. Sin embargo, para nosotros, ésa es una conclusión que se deriva de premisas claramente distintas y que no encuentra su origen en un análisis de la "cuestión nacional". Por lo pronto, y sin modificar de momento ni tan siquiera un ápice la conceptualización del propio Pablo Moras -por ende, aceptando intrépidamente incluso que pueda haber una organización estatal genuinamente socialista-, no pensamos que la crítica del Estado "complemente" la crítica del "imperialismo" sino que, en el mejor de los casos, es exactamente al revés. Y ello no porque el "anti-imperialismo" no pueda ubicarse como precedente en alguna génesis histórica concreta sino porque no es ése el lugar lógico que le corresponde en los términos de una concepción anarquista relativamente organizada. Veamos detenidamente por qué razón es así, teniendo presente que las reflexiones inmediatamente siguientes condicionan por entero nuestros desarrollos posteriores y nuestras conclusiones finales.

Si el anarquismo tiene algún sentido sociológicamente preciso esto es como una configuración abierta de pensamiento y acción encarnada -tanto en sus orígenes como en las sucesivas oleadas posteriores más o menos históricamente ubicables- en un movimiento revolucionario de base popular. Ahora bien, ya se trate de un pensamiento arborescente o rizomático -que en nuestras "filas" lo hay de ambos tipos, por supuesto- el elemento nuclear básico es siempre, al menos aproximadamente, una crítica radical del poder en sus más diversas y proteicas formas; un poder que será luego abordado en términos macrosociales o microsociales según las preferencias y las urgencias de cada cual. No obstante, sean cuales sean las prioridades y las inclinaciones prácticas, parece haber poco lugar para la divergencia si decimos ahora que el poder no sólo es aprehensible como estrategia sino en tanto relación institucionalizada de dominación. Y tampoco se producirá alboroto alguno si sostenemos que, en el menú conocido de relaciones institucionalizadas de dominación y en el plano macrosocial, los anarquistas hemos privilegiado tradicionalmente aquellas que se constituyen alrededor de la forma-Estado y la forma-capital. Sin olvidar, claro está, la crítica del derecho, la moral, la religión y la familia; el hospital, la escuela, la cárcel y el cuartel.

El anarquismo en cuanto pensamiento nace, entonces, como una representación intelectual de la sociedad y no del orden mundial estatal; y su objeto propio no son las "naciones" sino las personas -colectivamente consideradas y organizadas de igual modo las más de las veces, por cierto- y las relaciones de poder que éstas entablan. En ese contexto, la libertad emerge como un horizonte de "realización" y también como un gesto inmediato de resistencia y de contra-poder; lo cual adquiere significación proyectual y constructiva en los términos de una sociedad sin dominación; una sociedad, por tanto, socialista y libertaria. Y, como es obvio, nada de esto puede ser considerado un "complemento" del "anti-imperialismo" sino que estamos ni más ni menos que frente a los trazos fundamentales del anarquismo en tanto tal: es decir, en cuanto configuración abierta reconocible de pensamiento y acción; una configuración que se reafirma en sucesivas historicidades pero que siempre gira -so pena de desaparecer como tal- en torno a una crítica radical del poder. En términos teóricos: el análisis y la repulsa de las relaciones institucionalizadas de dominación no encuentran su origen lógico en el "imperialismo" -momentáneamente entre comillas, como se ha visto- sino que éste adquiere significación, anárquicamente hablando, en tanto concentración supra-estatal de poder político, económico, militar, comunicacional, etc. Dicho de otro modo: la clave de comprensión y apropiación del "imperialismo" no es su condición de extranjería sino su posición en un cierto diagrama de relaciones de dominación, ubicadas éstas ahora a nivel mundial. Algo a lo cual, por supuesto, tendremos que volver a la hora de las conclusiones de cierre; por cuanto ése es, precisamente, el tema básico general en cuestión.

2.- Inmediatamente después de su presentación, Pablo Moras sitúa el acontecimiento político que está en la raíz de sus reflexiones: la reciente Cumbre Iberoamericana de Salamanca y la actuación que les cupo en los alrededores de la misma a la CNT y la CGT españolas. Estamos entonces frente a un punto de cruce entre las reflexiones de mayor grado de abstracción y una situación específica y bien concreta; que no sólo lo es por su circunscripción relativamente local sino también por su condición episódica. Sin embargo, no obstante la naturaleza puntual y pasajera de esa intervención militante -que muy lejos está de ser la mejor descripción de ambas organizaciones anarcosindicalistas y que mal puede ser utilizada para ofrecernos una caracterización completa de las mismas-, es claro que en ella se ponen en juego no sólo un cierto cuadro de relaciones con otros sectores de la izquierda española sino también una concepción de fondo. Convendrá que repasemos estas cosas en nuestro contrapunto con Pablo Moras.

En política suele suceder que una organización trace un cierto plan de acción y luego se vea obligada por las circunstancias a afinarlo o incluso corregirlo en el transcurso mismo de los acontecimientos a partir del movimiento de los restantes actores. Si uno repasa los programas de trabajo tanto de la CGT como de la CNT elaborados y difundidos durante el mes de setiembre, se comprobará fácilmente que, en ninguno de los dos casos, la situación de Cuba y Venezuela tenía tan siquiera un mínimo papel. Más aún; tanto las Jornadas de una y otra como las correspondientes marchas finales del sábado 15 de octubre contaban con lemas expresivos de las respectivas posiciones sobre la Cumbre y nada más: "Donde vaya el poder encontrará resistencia" en el caso de la CNT y "Cumbre de hipocresía/Pueblos en rebeldía" en el de la CGT. Pero tanto la CGT como la CNT se encontraron con que, coincidentemente, ese mismo día, el Foro de Salamanca Cuba-Venezuela 2005 convocaba también una marcha en apoyo de esos países; lo cual, salvo mejor opinión, quiere decir realmente en apoyo de sus respectivos gobiernos. Convocatoria suscrita, además, por Corriente Roja, el PCPE, Izquierda Castellana, Batasuna, etc.; organizaciones todas ellas que no guardan precisamente una intensa relación de afinidad con el anarcosindicalismo.

Poca duda puede haber respecto a que, de tal modo, la situación daba un giro sobre el cual no era posible mantener una relación de pasividad o de indiferencia. Quiérase o no, lo que el Foro de Salamanca Cuba-Venezuela 2005 ponía sobre la mesa era un cierto modelo alternativo y no una mera estrategia de contestación a la Cumbre despojada de toda otra preferencia. ¿Qué podían hacer frente a esto tanto la CNT como la CGT?: ¿acaso renunciar intempestivamente a sus concepciones, a sus proyectos y a sus historias? ¿quizás ofrecer graciosa y displicentemente facultades de orientación a Corriente Roja, el PCPE, Izquierda Castellana o Batasuna? Evidentemente, no: en política, la ingenuidad es una propiedad extrañísima; y tanto lo es que esas organizaciones tampoco hubieran estado dispuestas a resignar sus prerrogativas obsequiándole a la CNT y la CGT siquiera temporalmente la capacidad de trazar la línea divisoria entre lo correcto y lo incorrecto.

Entonces, si se analizan detenidamente esos ajetreos, lo que cabe concluir es que ni la CGT ni la CNT se conducen según obsesiones "anti-cubanas" o "anti-venezolanas", según afirman apresurada y obstinadamente los detractores de ocasión; muchas veces, aunque no en el caso de Pablo Moras, con una aviesa finalidad difamatoria. Lo que la CNT y la CGT hicieron en Salamanca a propósito del punto fue conducirse de acuerdo a lo que cualquier organización en sus cabales hubiera hecho: preservar su autonomía ideológica y práctica; es decir, ni más ni menos que una elemental condición de sobrevivencia. Y, por supuesto, mal puede inferirse de ello el trasfondo teórico y político de fondo que sobre el "imperialismo" sustentan dichas organizaciones.

3.- Pensamos que las anteriores conjeturas permiten dar una respuesta al menos parcial a los sucesos salmantinos, pero de ninguna forma pueden considerarse saldadas las incitaciones más exigentes de Pablo Moras: "¿Qué posición debemos defender los anarquistas ante movimientos y conquistas populares que no son específicamente anarquistas? ¿Cuál debe ser nuestra postura frente a procesos como el cubano o el venezolano?" Vayamos por partes.

Parece claro que la primera pregunta tiene una formulación imprecisa y -sin perjuicio del interés en responderla- no puede menos que exigir un intenso proceso de re-elaboración. Por lo pronto, sería bueno saber a qué movimientos y a qué conquistas nos estamos refiriendo. Movimientos populares los hay de los tipos y formas más diversos: habrá algunos que expresen perspectivas fuertemente libertarizantes; otros estarán bastante más alejados de nuestros objetivos; otros más podrán resultarnos indiferentes; y, finalmente, los habrá también que se nos presenten como francamente adversos. ¿Y de qué conquistas estamos hablando?: ¿de la ley de ocho horas, de la despenalización del aborto, de la supresión del servicio militar, de las vacaciones pagas, de la educación gratuita, de la erradicación de la poliomielitis, del sufragio universal o de la implantación de la Tasa Tobin? Sea como sea, lo que sí parece evidente es que el tema debe ser objeto de una reflexión profunda y no puede ser resuelto con vaguedades ni con declaraciones de buena voluntad. Mientras tanto, cualesquiera sean las respuestas particulares y concretas, hay dos cosas sobre las que bien podemos ponernos de acuerdo. En primer lugar, respecto a la importancia de que los anarquistas formemos parte de distintos movimientos sociales y de sus luchas; en nuestros lugares de trabajo, en nuestros establecimientos educativos, en nuestras comunidades locales y, en términos generales, en cuanto lugar sea posible canalizar enfrentamientos contra el orden establecido. En segundo término, en relación con una definición axiomática: sean cuales sean los movimientos y sean cuales sean sus conquistas, los anarquistas no podemos renunciar a la crítica, a la autonomía y al trabajo por un proyecto propio. De lo contrario, más vale empezar ahora mismo a hablar de otra cosa.

Pero es la segunda pregunta de Pablo Moras la que nos plantea un desafío concreto. Más allá de esta admisión, debemos decir que el interrogante tiene algo de rebuscamiento y escamoteo. ¿Por qué, en lugar de esa asexuada referencia a los "procesos", no hablar de diagramas específicos de dominación? ¿por qué no hablar de los gobiernos, del mesianismo, del discurso oficial, de los privilegios o de la falta de correspondencia entre los mitos y las realidades? ¿por qué -al menos en el caso de Cuba- no hablar de las cárceles, las proscripciones y los exilios y también de esas rocambolescas disposiciones en las que se pone de manifiesto esa concepción fascistoide sobre la unicidad del Estado? ¿Será que acaso Pablo Moras piensa que los "procesos" tienen un signo fijo e inamovible -atribuído generalmente desde los meandros y retortijones del poder político centralizado- y, por lo tanto, no nos queda otra opción que referirnos a un "proceso de construcción del socialismo" y a otro "proceso bolivariano"? ¿Es posible que Pablo Moras piense que esos "procesos" conducen inevitablemente -según una fantasiosa legalidad histórica- a un cierto lugar ubicable y bien determinado, que casualmente coincide con los deseos declarados y asentados en el cuaderno de bitácora de los "comandantes"? Dejaremos planteado el punto en este nivel de formulación e inmediatamente encontraremos cómo avanzar en nuestra línea de razonamiento.

4.- Refiriéndose a la CGT y la CNT, Pablo Moras nos dice: "Este sector libertario forma parte de una tendencia que entiende que la única revolución es la anarquista, y no reconoce el carácter revolucionario al resto de procesos de liberación no específicamente anarquistas. Para estos compañeros, cualquier avance popular en el mundo que no consiga hacer desaparecer el Estado no supone ventaja alguna." No sabemos si la apreciación es correcta y tampoco es nuestra intención ni está a nuestro alcance hablar en nombre de la CNT y la CGT y no lo haremos. Sin embargo, más allá de esas referencias orgánicas concretas, de lo que se está hablando es de algo general y extraordinariamente importante; y, naturalmente, algunas cosas podremos hilvanar sobre el punto.

Pablo Moras insiste en su conceptualización y vuelve a hablarnos de "procesos" de liberación; en referencia contextual clara y directa a los casos de Cuba y Venezuela. De nuestra parte, insistimos también en que el uso en exclusividad o predominancia del concepto de "proceso" cumple una función encubridora obvia; y no porque deje de haber procesos históricos en sentido estricto. No obstante esta última constatación, también cabe recordar que nadie habla, por ejemplo, de proceso británico o proceso tailandés y, sin embargo, ¡vaya coincidencia! Fidel Castro es, junto con la reina Isabel y Bhumibol Abdulyadej, uno de los tres gobernantes más antiguos del planeta. ¿Qué es lo que nos oculta entonces el uso indiscriminado y acrítico del concepto de "proceso"? Pues, en estos casos en particular, lo que oculta el "proceso" es ni más ni menos que la presencia de una institucionalización "revolucionaria". Es decir; la conducción del "proceso" está y estará "legítimamente" en manos del "comandante en jefe" en tanto expresión, guía, tótem tribal y representación indiscutible de la "nación". Ni en Cuba ni en Venezuela hay proceso alguno de discusión en torno a la figura de los "jefes" correspondientes: las mismas se dan no sólo por sentadas y eternas -dentro de las correspondientes fronteras biológicas, afortunadamente- sino que, además, acaban por constituirse en la definición misma del "proceso". En el mejor de los casos, ahora en clave de sainete o esperpento más o menos delirante, lo único que se encuentra en discusión es si el "comandante de América" seguirá siendo Fidel Castro o si éste habra de pasar el testigo a Hugo Chávez; su mejor discípulo en materia de histrionismo, desmesura y exageración.

Pero, vamos al punto. ¡Claro que hay revoluciones no anarquistas! Más aún: ninguna revolución del siglo XX -ni siquiera la española de 1936- puede merecer ese calificativo en estado químicamente puro; y es harto probable que ninguna revolución librada en un futuro hipotéticamente próximo haya de ostentarlo. Y, por cierto, eso no inhibió y confiamos que tampoco inhibirá una convencida y entusiasta participación libertaria. Es claro que también puede aceptarse que hay "avances populares" que no consiguen la desaparición del Estado y que, de todos modos, ello supone algún tipo de "ventaja". Pero el problema es que no se trata de conformarse con "avances" y "ventajas" y mantener frente a las mismas un prudente silencio: eso se llama meliorismo y no anarquismo. No se trata de comparar a Cuba y Venezuela con Haití o República Dominicana ni mucho menos de encontrar en esa comparación el desideratum de la práctica revolucionaria; del mismo modo que Pablo Moras seguramente no se conduce según la comprobación de que Zapatero es mejor que Aznar y que éste era preferible a Franco o de que la educación laica presenta logros mayores que la educación confesional o de que el pan es más rico en calorías que el hambre o de que los cementerios públicos son más baratos que los privados. La lógica libertaria de pensamiento y acción es bien distinta: el anarquismo no es una teoría de las ventajas comparativas sino, entre otras cosas, una ética de la libertad.

5.- Antes de abordar a plenitud el tema de fondo que nos propone Pablo Moras hagamos por razones expositivas un ligero by-pass en su desarrollo y secundémoslo en su breve interludio malatestiano; un interludio que, según parece, tiene la finalidad de invocar al más realista de los anarquistas como respaldo de sus propias posiciones sobre Cuba y Venezuela. Es así que las citas de Errico Malatesta supuestamente abonarían el corolario con el que cierra Pablo Moras este tramo de su reflexión: "El Estado no se va a extinguir solo, hace falta la voluntad de combatirlo y destruirlo. En este sentido, los anarquistas debemos mantener intactas nuestras ideas y pelear por ellas porque siguen siendo más válidas que nunca y tienen mucho que aportar a los procesos revolucionarios en todo el mundo. Pero eso no puede hacerse sin reconocer los avances que logran otros movimientos y organizaciones. No debemos imponer nuestra concepción de la lucha social y global sino construirla desde la base, de la mano del resto de sectores sociales oprimidos. Somos anarquistas, no autoritarios ni dictadores." (negrita nuestra)

Digamos, en primer lugar, que todo pensamiento debe ser objeto de una lectura crítica y que la operación inicial no puede ser otra que su ubicación en la historicidad que le es propia. En tal sentido, cabe decir que Pablo Moras sitúa incorrectamente los escritos de Malatesta; los que no fueron elaborados "en la Italia de principios del siglo XX" como él nos dice sino en 1923: una distancia temporal no precisamente menor puesto que ahora encontramos que se está pensando no antes sino después de las revoluciones en Rusia, en Baviera y en Hungría. Malatesta está pensando, entonces, sobre todo bajo la viva impresión de al menos una revolución triunfante y de la constitución de un Estado que luego marcaría el curso de la historia mundial en los 70 años posteriores. Mientras tanto, nosotros estamos obligados a pensar en una época decididamente diferente, en un contexto mundial distinto y en rasgos de la trama social que presentan cambios alucinantes. Nosotros pensamos después de la implosión del "bloque soviético" y después de que todas las experiencias revolucionarias victoriosas confirmaran puntual y exhaustivamente que ningún Estado puede erigirse en la fragua de una sociedad socialista y libertaria. Y nuestro imperativo, ahora, es barruntar -sin prescindir de nuestra memoria histórica- el anarquismo del siglo XXI.

No obstante, Malatesta puede seguir ofreciéndonos algunas indicaciones útiles; incluso para pensar los casos de Cuba y Venezuela. Realicemos también, entonces, una cita del mismo artículo que Pablo Moras trajo a colación y que, desafortunadamente, se privó de completar: "Sin los anarquistas, sin la obra de los anarquistas, la revolución podrá malograrse y hacerse estéril. La revolución necesita de nuestro impulso. Si los anarquistas se adhiriesen a una forma cualquiera de gobierno y a una constitución cualquiera llamada de transición, la próxima revolución, en vez de señalar un progreso de libertad y de justicia y de encaminarnos a la liberación total de la humanidad, daría lugar a nuevas formas de opresión y de explotación, quizás peores que las actuales, o, en el mejor de los casos, no produciría nada más que un mejoramiento superficial en gran parte ilusorio y completamente desproporcionado al esfuerzo, a los sacrificios y a los dolores de una revolución como la que se anuncia para un tiempo más o menos próximo." Como Pablo Moras habrá de ver fácilmente, ni Malatesta ni nosotros ignoramos la existencia de otras corrientes revolucionarias; pero sí estamos resueltos a actuar como expresión contestataria del poder político que eventualmente puedan detentar. La necesidad de este tipo de respuestas era intuída lúcidamente por Malatesta en 1923; nosotros la conocemos con entera certeza a poco de terminar el 2005.

6.- Ahora sí estamos en condiciones de pasar de lleno y no tangencialmente a los objetos concretos de preocupación de Pablo Moras: Cuba y Venezuela. Sobre el punto de Cuba en particular llama poderosamente la atención que el articulista pierda la sobriedad y la compostura -que, más allá de nuestras discrepancias, caracterizan el resto de su trabajo- para dejarse llevar en este caso por los prejuicios y la desinformación lisa y llana. Veamos en primer lugar, entonces, el tenor de sus gruesas e inexactas afirmaciones sobre los compañeros libertarios cubanos en el exilio.

Pablo Moras emprende su desacreditación refiriéndose a "un grupo de exiliados que se autoproclaman "movimiento libertario cubano"", sostiene que los mismos le "recuerdan a los soviéticos" y más adelante precisa la existencia de "un grupo que desde México se llama a sí mismo "movimiento libertario cubano"". Por lo visto, Pablo Moras no se ha percatado que frases como "se autoproclaman" o "se llaman a sí mismos" no son otra cosa que un manido recurso retórico sin demasiadas consecuencias puesto que, por regla general, casi todos los colectivos adoptan ellos mismos la denominación más acorde con su situación y sus preferencias; incluso aceptando ilustres excepciones históricas como aquella en la cual Constantino le "sugiere" a las comunidades cristianas que se constituyan de allí en más en Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Por otra parte, el Movimiento Libertario Cubano en el Exilio -continuación, además, de la Asociación Libertaria de Cuba- fue formado en tiempos tan lejanos como 1961 y no en el Distrito Federal mexicano sino en Nueva York; instalándose sus primeros miembros en esa ciudad y en Miami. No es de nuestra incumbencia informarle a Pablo Moras en qué lugar pueda haber al día de hoy militantes del MLC, enriquecido generacionalmente con posterioridad; pero sí debemos exhortarlo a que abandone todo simplismo y toda desinformación y se reporte de una vez y para siempre que cualquier exilio es una opción obligada e indeseable. Así lo vivieron en su momento también -al igual que en el caso cubano- anarquistas chilenos, argentinos y uruguayos; por mucho que su juventud o su orfandad de noticias persista en desconocerlo y para no hablar del exilio de los anarquistas españoles que de seguro le es completamente familiar.

Por otra parte, es obvio -estaríamos dispuestos a apostar al menos uno de nuestros dos inmaculados testículos- que nada debería interesarle más al MLC que contar en sus filas con un núcleo de anarquistas de última generación radicados, como dice Pablo Moras, "en las tripas del sistema" y para que ellos mismos asuman directamente las tareas de construcción libertaria. Pero, como el mismo Pablo Moras lo reconoce a través de los anarquistas cubanos con los cuales ha tenido contacto, "los comunistas (les) cierran las puertas"; un cauteloso eufemismo que sólo puede aludir a la completa imposibilidad de actuación pública bajo un régimen político en el cual dicha prerrogativa está reservada en exclusividad para el Partido Único en el poder. Para que Pablo Moras pueda mejorar en algo o en mucho su nivel de información, debería preocuparse menos por los malabarismos oportunistas en que puedan incurrir las publicaciones de la derecha cubana y consultar sin anteojeras la propia página web del MLC (http://www.movimientolibertariocubano.org/): es seguro que allí se enteraría que este grupo de anarquistas cubanos nunca le reclamó a los zapatistas que depusieran las armas y que mal podría alguno de ellos organizarse autogestionariamente en Cuba por la sencilla razón de que tales experiencias son absolutamente inexistentes; a pesar de la crédula convicción de Axión Krítica Kolectiva en tal sentido.

7.- Con estos antecedentes como punto de partida, las posiciones concretas que adopta Pablo Moras respecto a los "procesos" de Cuba y Venezuela no están demasiado lejos de la ambigüedad. Por ejemplo, Pablo Moras se pregunta -y nos pregunta a todos-: "¿Qué actitud debemos tomar los anarquistas respecto a revoluciones que no son anarquistas como la cubana o procesos antiimperialistas que caminan con todos sus titubeos hacia una sociedad más justa, como en Venezuela, aunque no supongan por ahora la desaparición del Estado?" (Subrayado nuestro) Y una vez más, resulta que Pablo Moras es víctima del uso y abuso de los conceptos indebidos. Repárese en esto: los anarquistas cubanos participaron ayer de aquella vieja revolución hasta el momento en que la élite gobernante resolvió extirparlos como medida adicional de un proceso de concentración de poder mientras que los anarquistas venezolanos hoy se encargan, entre otras cosas, de denunciar que, pese a la caudalosa verborragia gubernamental, se siguen entregando las riquezas naturales al capital transnacional. Ésa es la constatación histórica; y el error mayúsculo que comete Pablo Moras es proponernos un dilema de ficción, obligándonos a tomar una actitud de expectativa, moderación y compás de espera, ya no frente a una "revolución" extinguida hace largo tiempo y un "proceso anti-imperialista" que no está definido como tal, sino frente a los gobiernos correspondientes y sus respectivos e inmarcesibles liderazgos. Porque lo primero que debemos hacer en Cuba y Venezuela no es creer en el discurso oficial ni en las eventuales adhesiones populares que éste pueda concitar sino analizar el esquema de dominación concreto que emerge de dichos "procesos" y el papel que en ellos le cabe a las correspondientes burocracias estatales. Algo no demasiado diferente a lo que Pablo Moras haría en la misma España; prescindiendo del carácter "socialista" del partido gobernante y del favor electoral de la "ciudadanía" e incluso si admitiera que no deja de ser un "avance" o una "ventaja" que Zapatero haya retirado a las tropas de Irak.

Veamos un pequeño y reciente ejemplo a propósito del funcionamiento del discurso oficial. El pasado 17 de noviembre, Fidel Castro pronunció una significativa e inesperada oratoria (La Revolución va a establecer los controles que sean necesarios". Así las cosas: ¿quién cree Pablo Moras que es el agente de esas acciones futuras? ¿acaso "la revolución" no es traducible en los hechos como un reforzamiento del dirigismo estatal y, por tanto, en la acentuación cíclica de las causas mismas? Por cierto que las prácticas corruptas no son plausibles pero Pablo Moras debería reconocer que las mismas no tienen su origen en "el desarrollo de una economía y una cultura socialistas" -que él da por sentadas e indiscutibles- sino precisamente en su contracara: la férrea e inmodificable disciplina estatal. En líneas generales, si hay algo que no puede hacerse con respecto a los "procesos" cubano y venezolano es -insistimos en esto- dejarse envolver por las palabras. ¿Cómo es posible que un país como El Salvador contara en 1978 con 36 empresas extranjeras y ello bastara para caracterizarlo como un país "capitalista dependiente" mientras que las 392 transnacionales ya radicadas en Cuba en el año 2002 no afectan en nada la calificación de "socialista"? ¿Por qué las concesiones de los yacimientos petrolíferos y gasíferos en Bolivia son consideradas como un acto de "entreguismo" mientras que cuando una situación similar se plantea en Venezuela ello no afecta en absoluto su condición "anti-imperialista"? ¿Será acaso por la declaración de intenciones de su conducción pastoral? ¿Qué método de análisis, qué teoría, qué procedimientos intelectuales justifican una incoherencia tan flagrante?

8.- Pero, seamos justos y admitamos que Pablo Moras no nos convoca al conformismo y que él también visualiza la posibilidad y la necesidad de diseñar prácticas libertarias en países como Cuba y Venezuela. Así nos dice, por ejemplo: "Reconocer no significa aceptar sumisamente ni quedarse de brazos cruzados". O también esto: "La participación en los movimientos revolucionarios en ningún caso debe ser acrítica, en ese caso el anarquismo perdería su potencial liberador. Debe impulsar la máxima descentralización, la máxima participación popular y la mínima delegación". O, por último, luego de reseñar algunos logros, lo siguiente: "Esto no significa que debamos dejar de luchar contra las estructuras del Estado que aún se mantienen en pie, todo lo contrario". (Subrayado nuestro) Todo ello junto a evaluaciones francamente desatinadas, dichas al pasar y sin ninguna clase de fundamentación; como, por ejemplo, ésta: "cuando hablamos de Cuba, hablamos de un país donde el estado tiene estructuras de poder que ya han desaparecido". ¡Sencillamente sorprendente, grueso y sin vaselina!

A nuestro modo de ver, uno de los problemas teóricos del enfoque de Pablo Moras consiste en que él sólo cree estar en presencia de "procesos" que acumulan "avances" y "ventajas"; frente a un Estado que no ha desaparecido "por ahora" y en el que algunas de sus estructuras "aún" se conservan pero que, por lo que parece, tarde o temprano harán su mutis por el foro. Esto acaba por coagular el análisis en un plano fantástico, que impide captar el carácter de los regímenes políticos correspondientes. No se llega a percibir, por tanto, que nos encontramos frente a dos Estados pastorales con diferentes grados de institucionalización y permanencia; consolidados firmemente en Cuba y sujetos todavía a incertidumbre en Venezuela. Esta caracterización es la que nos permitirá reconocer cosas que Pablo Moras ha pasado por alto o no ha ubicado en el lugar analítico que les corresponde. Es decir, fundamentalmente y aceptando las evidentes diferencias entre uno y otro caso: un orden jerárquico ya formalizado en cuyo vértice se ubican liderazgos caudillistas y carismáticos; una cierta estirpe "integrista" impuesta desde las alturas, marxista-leninista y martiana en Cuba y bolivariana en Venezuela; una distribución asimétrica del poder, los privilegios y las prerrogativas; una estratificación clasista hegemonizada por la tecnoburocracia estatal; etc., etc. Y, naturalmente, nada de esto impide que el Estado pastoral ponga de manifiesto sus preocupaciones y eventuales logros educativo-sanitarios, sin los cuales nunca llegaría a constituirse como tal.

Por otra parte, esta caracterización no niega la existencia de los procesos de cambio aunque sí los ubica en la matriz correspondiente; no como si los mismos fueran el producto de una evolución orgánica, natural e inexorable ni tampoco a partir de los designios del poder sino en tanto capítulo de las contradicciones y conflictos que se libran al interior de esos específicos esquemas de dominación. El cambio no sería percibido entonces como si se tratara de un movimiento inercial y acompañado sin sobresaltos desde el poder sino en cuanto nudo de dilemas, de alternativas y de luchas. Llegados a este punto, una vez ubicados los esquemas de dominación y estando en condiciones de interpretar realmente y en profundidad las contradicciones, los conflictos, los dilemas, las alternativas y las luchas -con circunstancial prescindencia de las formas y la drasticidad o liviandad que pueda asumir cada uno de estos elementos- ¿cuál cree Pablo Moras que es la ubicación que deben darse los anarquistas; sean cubanos, venezolanos o de cualquier otra parte? ¿cómo funciona en esos casos una configuración abierta de pensamiento y acción que se ha forjado a partir de una crítica radical del poder? Quiérase o no, el núcleo de las respuestas estaba ya presente en la época de la 1a. Internacional; y el tiempo transcurrido desde entonces, con sus correspondientes y frustradas experiencias de construcción "socialista", no ha hecho más que confirmar sin excepción alguna las intuiciones de aquellos viejos ácratas fundacionales, federalistas y anti-estatistas.

9.- Pero, además de Cuba y Venezuela como objetos concretos de preocupación, Pablo Moras nos plantea un problema teórico mayor que lejos está de haber sido resuelto: el problema del imperialismo y el anti-imperialismo. Comencemos nuestro propio abordaje despejando el campo de controversias y ajustando cuentas con dos aristas del asunto relativamente sencillas: las relaciones teóricas entre marxismo y anti-imperialismo y las relaciones históricas entre anarquismo y anti-imperialismo. Una vez más, vayamos por partes.

Coincidimos plenamente con Pablo Moras cuando nos da a entender que, contrariamente a lo que pensarían algunos anarquistas, no hay relaciones carnales e indefectibles entre marxismo y teoría del imperialismo. Muy por el contrario: los fundadores del marxismo hicieron cuanto estaba a su alcance por desacreditar a quienes se opusieran a la difusión colonialista de un modo de producción "superior" y más próximo a "las condiciones materiales objetivas del socialismo". He aquí, por ejemplo, un pensamiento de Federico Engels a propósito de la guerra entre Estados Unidos y México a causa de Texas y publicado en febrero de 1849 en la Nueva Gaceta del Rin, previamente revisado y autorizado por el propio Karl Marx: "¿Cómo ha ocurrido, entonces, que entre estas dos repúblicas, que según la teoría moral deberían estar "hermanadas" y "federadas", haya estallado una guerra a causa de Tejas; cómo la "voluntad soberana" del pueblo (norte)americano, apoyada en la valentía de los voluntarios (norte)americanos, ha desplazado, basándose en "necesidades estratégicas, comerciales y geográficas" unos cuantos cientos de millas más al sur los límites trazados por la naturaleza? ¿Y le reprochará Bakunin a los (norte)americanos una "guerra de conquista", que por cierto propina un rudo golpe a su teoría basada en "la justicia y la humanidad’, pero que fue llevada a cabo única y exclusivamente en beneficio de la civilización? ¿O acaso es una desgracia que la magnífica California haya sido arrancada a los perezosos mexicanos, que no sabían qué hacer con ella? () La "independencia" de algunos españoles (sic) de California y Tejas sufrirá con ello, tal vez; la "justicia" y otros principios morales quizás sean vulnerados aquí y allá, ¿pero qué importa esto frente a tales hechos histórico-universales?" (Marx Engels Werke, Band VI, S. 273-274; Dietz Verlag, Berlín; según la traducción de Pedro Scaron) ¿Sin palabras, verdad? Incluso aunque por razones de conveniencia política continúe produciéndose un torrente de tonterías para que Marx experimente hacia Simón Bolívar una suerte de simpatía post mortem.

Pocas dificultades ofrece también la reseña de acontecimientos que realiza Pablo Moras siguiendo al sudafricano Lucien van der Walt (http://struggle.ws/trans/french/antiimp.html; traducción al francés de Marianne Enckel) No hay duda pues que los mismos se corresponden con la más elemental comprobación histórica. Sin embargo, no podemos dejar de señalar que van der Walt realiza una categorización apresurada, intentando distinguir un cierto tipo de prácticas y asignándole una especificidad que tal vez no tenga contornos tan nítidos. ¿Qué puede tener de singular, por ejemplo, que anarquistas españoles e italianos se hayan enfrentado con la mayor energía a las aventuras militares de sus respectivos países? ¿qué puede haber de especial, raro y novedoso que -en otros casos- aquellos que se oponen a la existencia de tropas "nacionales" se opongan también a la presencia de tropas extranjeras? Además, pensamos que Pablo Moras desaprovecha los tramos más sabrosos en el desarrollo de van der Walt. Así, por ejemplo, cuando nos dice: "Solidaires de toutes les luttes anti-impérialistes, les anarchistes s'efforcent d’en faire des luttes de libération sociale plut't que nationale". Es decir, tal como lo sostuvimos desde un principio, los anarquistas no se han opuesto a toda forma de dominación porque fueran anti-imperialistas sino que fueron anti-imperialistas por oponerse a toda forma de dominación. Y lo mismo vale, por supuesto, para el irlandés James Connolly, cuando nos dice: "la question irlandaise est une question sociale, et toute la longue lutte des Irlandais contre leurs oppresseurs se résout en dernière analyse en une lutte pour la maîtrise des moyens de production et de vie en Irlande". Pensamos, precisamente, que ésa es la línea de razonamiento correcta. De igual modo, cabe señalar un "pequeño" olvido de Pablo Moras y es que ninguno de los luchadores "anti-imperialistas" que se recuerdan en el trabajo histórico del sudafricano apoyó en realidad a los gobiernos constituídos o por constituirse; algo que es imperioso no pasar por alto, sobre todo cuando estamos hablando, precisamente, de los gobiernos de Cuba y Venezuela. Y, dicho sea de pasada y para finalizar este tramo, no deja de ser interesante a nuestros actuales efectos, que van der Walt se haya basado, entre otros muchos apoyos bibliográficos, en quien, según las otras fuentes de Pablo Moras, es apenas un "anarquista de café": Frank Fernández.

10.- Pasemos, ahora sí, a los tramos de mayor aridez. Digamos, para abreviar y evitar posteriores malentendidos, que nuestras discrepancias se sitúan en el plano teórico y en el plano político; pero que, aun así, ellas no impiden coincidir aproximadamente en torno a los mismos objetos concretos de antagonismo: los Estados centrales hegemónicos. Obviamente no se trata de minimizar su incidencia en el "orden" mundial ni mucho menos de justificarlos sino todo lo contrario. De lo que sí se trata, en cambio, es de ubicar el problema en términos que implican un ordenamiento teórico diferente y de presumir que ello necesariamente habrá de tener una expresión distinta en la esfera de la práctica política.

Pablo Moras tiene sobre el punto una opinión rotunda y nos dice sin el menor signo de vacilación: "analizar la realidad de América Latina sin el concepto de imperialismo es imposible" o también que "es imposible entender lo que pasa en el mundo sin el concepto de imperialismo". Sea el mundo entero o América Latina, la convicción y la firmeza es la misma, por lo cual tendemos a creer que para Pablo Moras cierta teoría del imperialismo es la condición previa de todo entendimiento. Por lo tanto, parece que se nos invita a concurrir a la guerra armados con un amuleto y suponiendo que todos los misterios son pasibles de ser descifrados en el preciso instante en que lleguemos a la obvia conclusión de que el señor George Bush es un criminal y un infradotado, incapaz de arredrarse frente a otra cosa que no sea el círculo de intereses empresariales que lo rodea. Ahora bien, suponemos que el "imperialismo" del que habla Pablo Moras no puede ser aprehendido por analogía con el imperio romano, el austro-húngaro, el otomano, el español, el portugués o el británico. ¿Qué es entonces? ¿Cuál es la teoría que da cuenta de ese "imperialismo" en particular? ¿Es acaso esa línea de elaboración que parte de John Atkinson Hobson, pasa por Rudolf Hilferding, es luego estandarizada y popularizada por Vladimir Lenin, se fortalece en los tiempos de la descolonización de África y Asia, presenta esbozos de actualización durante los años 60 del siglo pasado entre los pensadores latinoamericanos de la llamada teoría de la dependencia y es hoy contraseña de tradicionalismo político en escritores como James Petras, Martha Harnecker y Atilio Borón? Si es esa teoría cabe concluir, entonces, que Pablo Moras se está manejando -aunque no lo diga expresamente- con una antigualla hoy chabacana y reiterativa que desde hace 25 años trabaja de contragolpe, que ha quedado confinada a grupos militantes nostálgicos y que no ha sido capaz de producir ninguna novedad intelectual interesante que vaya mucho más allá de un ejercicio de repetición.

Pero lo realmente significativo es que esa teoría en particular es incapaz de dar cuenta de aspectos especialmente relevantes del "orden" mundial que sí encuentran cabida en concepciones alternativas no precisamente anarquistas. La teoría de los "ciclos sistémicos de acumulación capitalista" (Immanuel Wallerstein, Giovanni Arrighi, etc.), por ejemplo, explica mejor la expansión económico-financiera del sudeste asiático o el hecho de que China justifique por sí sola el 25% del crecimiento mundial entre 1998 y 2003; la teoría del "Imperio" impersonal y difuso (Michael Hardt, Toni Negri, etc.) es superior si se trata de interpretar la ocasión en la cual Yeltsin discute la devaluación del rublo con George Soros y no con Bill Clinton y el G7 o la abultadísima deuda pública de los Estados Unidos o la existencia de capitales transnacionales brasileros, mexicanos, venezolanos y chilenos; la teoría que podríamos llamar de "globalización regulada" (Anthony Giddens, Ulrich Beck, David Held, etc.) se compagina mejor con la aprobación del Protocolo de Kyoto o con la formación de un Tribunal Penal Internacional, incluso a pesar de la oposición de la única superpotencia sobreviviente. Y todo ello por no hablar de cosas tan importantes como los cambios en el sentido de la historia, la creciente fragmentación social, la emergencia de nuevas pautas de sociabilidad, la crisis de representación instrumental y simbólica del Estado o el ocaso de los clásicos sistemas de pensamiento; sobre lo cual la teoría del imperialismo no tiene nada para decir. En su lugar, el belicismo de los Estados Unidos, su doctrina de "guerra preventiva", su papel auto-atribuído de gendarme universal, etc. sí se articulan con la teoría del imperialismo según su vulgata de la Guerra Fría. Sea como sea, el gran problema teórico es que no existe un único principio de "orden" que por sí mismo pueda condensar todas las explicaciones necesarias. Eso es lo que las contumaces simplezas y perezas de cierta izquierda se niegan a admitir, cubriendo de anatemas todo aquello que no llegan a entender y sustituyendo la reflexión y el análisis por la repetición de slogans que ya dieron todo de sí y que hoy no constituyen otra cosa que un elemento de retardo en la elaboración de un nuevo modelo revolucionario.

11.- Dejemos de lado el nacionalismo burgués o el populismo -que seguramente Pablo Moras observa con el mismo desprecio que nosotros- y discutamos entonces las consecuencias políticas de esa teoría del imperialismo en particular. Esquemáticamente, puede decirse que la misma es comprensible en tanto estrategia de acumulación de fuerzas en torno del "enemigo principal", cuya expresión orgánica no es otra que un frente anti-imperialista; aunque, según la ocasión, se lo haya conocido también como frente anti-fascista o frente popular. Estrategia aritméticamente impecable, fundamentada en razones de economía y eficiencia, se basa en la monótona comprobación física de que, cuanto mayores sean las fuerzas que se orientan en determinada dirección, más débiles serán las resistencias que el enemigo estará en condiciones de oponer. Pero el problema es ideológico-político y no aritmético y lo realmente importante no consiste en determinar la logística de la victoria propia y la derrota ajena; un ejercicio ciertamente infantil que luego alguien se encargará de atribuirlo a alguna genialidad "científica" decimonónica. Si el tema se redujera a elegir el "enemigo principal" -reductio ad absurdum, por supuesto-, entonces debería situarse la expresión terrenal y en tiempo presente del concepto en la figura de George Bush y en su camarilla del Partido Republicano, con lo cual llegaríamos a la conclusión de que no hay camino más breve para su ostracismo histórico que apoyar desde los cuatro puntos cardinales la próxima candidatura del Partido Demócrata de los Estados Unidos. Porque este supuesto, llevado a su posibilismo extremo, no conduce a ninguna otra desembocadura lógica que a votar a Zapatero contra Rajoy, a Bachelet contra Piñera, a Kirchner contra Menem y así sucesivamente hasta un impredecible y cada vez más ridículo infinito.

Pero la teoría no es aritméticamente consistente y lo que en realidad nos dice es que el imperialismo es la "fase superior del capitalismo"; y por lo tanto que, una vez derrotado el imperialismo, el capitalismo ya no tendrá ningún otro argumento en el cual sostenerse sobre el planeta que habitamos. ¡Voilà! ¡he aquí entonces el reino de la libertad o al menos las condiciones "materiales" de su posibilidad! Todo lo cual se apoya, a su vez, en una concepción evolucionista, comtiana y spenceriana de la historia que sólo es capaz de vaticinar superaciones y progresos directamente asociados con el crecimiento de las fuerzas productivas, con su bendita y apocalíptica contradicción con las relaciones correspondientes y con la sustitución de lo antiguo en la forma de un nuevo modo de producción: una concepción de la historia que ya había entrado en crisis en los años 70 del siglo pasado, que tenía cada vez menos adherentes a medida que avanzaba la década de los 80 y que quedó definitivamente sepultada entre los escombros del Muro de Berlín en diciembre de 1989. No lo sabemos y cabe preguntarlo: ¿será ésta la teoría anti-imperialista en la que se basa Pablo Moras?

De nuestra parte, creemos que el anarquismo y sus prácticas son no una sucesión determinista de etapas previamente conocidas sino decididamente otra cosa. En estas tiendas no se divisa esa concepción antediluviana de la historia ni tampoco se le realizan graciosas concesiones a ocasionales aliados anti-imperialistas por el sólo hecho de serlo ni, mucho menos, hay disposición a prestarse a esa aritmética eficientista de estrechos horizontes. Porque, desde nuestro punto de vista, una creación social libertaria y socialista no puede concebirse como el resultado espontáneo de una nebulosa legalidad histórica ni como un designio caudillista ni como una operación de ingeniería bajo la forma de la planificación central ni como una casualidad ni como un advenimiento mágico: una sociedad libertaria y socialista sólo puede ser el fruto de una profunda decisión autonómica y de una interminable sucesión de luchas y de gestos que se forman en los pliegues de la conciencia colectiva. Somos ahora mismo anti-capitalistas, anti-estatistas y anti-autoritarios y sabemos sin más trámite que con eso alcanza y sobra para dejar atrás los objetivos "intermedios" y para enfrentar en el camino al imperialismo, el neoliberalismo, el fascismo, la globalización o la monarquía. En una palabra: sabemos que en el vértigo del movimiento lo realmente importante no es llegar sino seguir.

12.- Terminemos nuestra discusión con Pablo Moras por el final que él mismo ha elegido y en el cual nos propone, a modo de consigna, trabajar "por la radicalización de los procesos antiimperialistas hacia el comunismo libertario". Y, puesto que ya hemos discutido sobradamente acerca de los "procesos" y del "anti-imperialismo", habremos de concentrarnos ahora en la "radicalización": es decir; en la acción y el efecto de dirigirse hacia la raíz de las cosas.

No pocos comentaristas han querido ver en la génesis decimonónica del movimiento anarquista una continuación radicalizada del liberalismo o del marxismo; basándose, precisamente, en aquella deriva de Bakunin y sus compañeros que los separa primero de la Liga por la Paz y la Libertad y poco después de la fracción estatista de la 1a.. Internacional. Sin embargo, a nuestro modo de ver, lo que se produce en esos años es un acontecimiento bastante más significativo que debe ser interpretado como la emergencia de un cuerpo teórico-práctico cuya identidad propia no puede ser leída cual si se tratara solamente de la acentuación radical en los rasgos de aquellos cuerpos de saber y hacer que lo preceden; y que lo preceden no desde un punto de vista lógico sino meramente cronológico. El pensamiento y la acción anarquistas no son la radicalización del liberalismo ni del marxismo, del mismo modo que Einstein no es la radicalización de Newton ni Copérnico lo fue de Ptolomeo: es sencillamente una concepción distinta de la sociedad y de la historia basada en la crítica del poder; elemento nuclear y derivable no compartido como tal con el resto de los cuerpos doctrinarios que coexisten con el anarquismo en el período fundacional. El pensamiento y la acción anarquistas, entonces, trabajan con materiales específicos y distintivos; y no para realizar más rápido o con más energía las empresas de los demás sino para fecundar los sueños propios. Pablo Moras y tantos otros -algunos por dentro y muchos generalmente por fuera de esta anárquica Cosa Nostra- no lo entienden así; y es casualmente por eso que suponen, equivocada y absurdamente, que la CNT y la CGT en Salamanca o los anarquistas venezolanos y cubanos todos los días se dedican a un sádico deporte "divisionista". De otro modo, se entendería fácilmente y sin mayores remilgos que todos ellos y los demás no hacen otra cosa que nutrir, al igual que Durruti, el mundo nuevo que llevan en sus corazones; una ardua faena que habrá de realizarse no luego sino ahora, no después del "anti-imperialismo" sino "en este instante".

Entonces, lo que tenemos por delante no es la radicalización de lo ajeno sino la radicalización de lo nuestro. Siempre es el momento de pensar, ya no en el mezquino escalonamiento de etapas inexorables que rápidamente fosilizan toda posibilidad de cuestionamiento sino ni más ni menos que en la revolución de la vida cotidiana. Siempre es el momento de actuar, ya no a favor de la constitución de frentes super-estructurales que se justifican en la "ciencia" sino por la intransigente autonomía de las organizaciones populares de base que sólo encuentran su respaldo en la conciencia, la voluntad y el deseo. Y es claro que allí habremos de encontrarnos con quienes no son ni serán anarquistas y es más que diáfano también que allí habremos de vivir la oportunidad redoblada de la solidaridad. Pero no será simulando lo que no somos sino siendo nosotros mismos; no será postergando nuestros más caros anhelos sino levantando -contra viento y marea; orgullosos y ufanos de nuestras opciones raigales- una ética de la libertad. Porque lo que hay que radicalizar no es el "anti-imperialismo" sino la lucha contra el poder, llevándola a todos y cada uno de los niveles: local, "nacional", regional, continental y "global". Solamente así será posible sostener el broche de Pablo Moras que, ahora sí, tranquilamente y sin mayor discusión, hacemos nuestro: Anarquía o Barbarie.

¡Salud, Pablo!

¡Salud y anarquía!

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