"Apartheid? en Euskal Herria

En cualquier charla o debate (o pseudodebate) en el que «permitan» tomar parte a alguien perteneciente a (o sospechoso de simpatizar con) la izquierda abertzale, éste se encontrará con que, como en una especie de acuerdo tácito, sus contertulios, todos ellos, se situarán, al nivel de la representación, en el luminoso edén de la ciudadanía, la democracia y la tolerancia (y, por tanto, de la verdad, la razón y la capacidad de diálogo «civilizado»), mientras a él/ella le colocarán indefectiblemente en el tenebroso territorio de la radicalidad, la irracionalidad psicopática, el totalitarismo mafioso o la alienada subordinación.
Las pocas ideas que pueda defender, así estén magníficamente argumentadas, merecerán escasa consideración por parte de sus interlocutores. Al fin y al cabo, ningún contaminado, es decir, nadie que tenga contacto con ese «monstruo», con esa secta maléfica que mediáticamente llaman «el mundo o el entorno de Batasuna... o de ETA» puede decir nada racional ni justificado. El que de los nueve diputados de Ezker Abertzalea ocho sean mujeres (y de hablar inteligente, diáfano e independiente, por cierto) tampoco les libra de un tratamiento mediático que va del ninguneo a la acusación de oscurantismo, negándoseles así la capacidad de jugar las bazas políticas que a sus nueve escaños corresponden (y que tanto se defienden como «derecho de las minorías» para quienes tienen tres o incluso un único escaño). Y es que, en la Euskal Herria de hoy, no hace falta llevar pata de oca en la solapa: al amparo de la «lucha antiterrorista», el prejuicio y la teoría del contagio están plenamente interiorizados. La izquierda abertzale es el problema, luego hay que destruirla.
El apartheid funciona. Como construcción para la segregación y discriminación de una parte de la población que, obligada a permanecer dentro del Estado, ve sin embargo negados sus derechos de ciudadanía, de asociación, de voto y de expresión y opinión (entre otros), el apartheid está en estos momentos en pleno vigor en territorio vasco. De hecho, es fruto de un desarrollo histórico que tiene que ver con el franquismo y con la mala resolución del mismo en la transición, y lleva años funcionando engrasadamente como despliegue de mecanismos políticos, sociales, culturales, económicos e ideológicos con los que crear «opinión pública» y legitimar la clara deriva autoritaria de un Estado dispuesto a adoptar todo tipo de medidas ad hoc en pos de la muerte política de la disidencia vasca y de sus ansias de construir un escenario en el que sea la voluntad popular la que determine la forma de organización política, económica y cultural de la futura Euskal Herria y su modo de relación con los pueblos que le rodean.
A través de este proceso de segregación, se ha promovido el desarrollo de dos grupos separados: el de los «demócratas» con derechos, y el de los «excluidos», cuya expulsión y desciudadanización es mostrada así como justa y legítima. De este modo, han logrado invisibilizar algo tan grave como que, con el supuesto objetivo de fortalecer la democracia y el estado de derecho, lo que han creado es un estado de excepción permanente en el que la conexión directa entre el poder ejecutivo y el legislativo-judicial permite la eliminación física y simbólica de categorías enteras de ciudadanos considerados «no integrables». Este totalitarismo vertebrado, según Sloterdijk, a través de los medios masivos de comunicación, logra difuminar no sólo los datos de la explotación, la opresión y la dominación capitalistas, sino que también vuelve invisibles la colonización cultural, la marginación del euskara, la limitación del gasto social, la criminalización de las ideas, la persecución de la libertad de expresión y de opinión, la inexistencia de la presunción de inocencia, la aplicación del castigo en base no a pruebas sino a «impresiones», los procesos descaradamente políticos, la crueldad de la dispersión carcelaria... hasta las terribles marcas de la tortura las logra desdibujar, como acaba de demostrar el archivo de la denuncia de Unai Romano, cuyo rostro deformado, fijado para siempre en papel fotográfico, al parecer no es tal para el juez encargado.
La ductilidad y multifuncionalidad de la figura del «radical» o del «terrorista», que el Estado y la apisonadora mediática crean y recrean continuamente para adaptarla a las circunstancias en función de sus intereses, ha sido central en la configuración de ese apartheid que padece Euskal Herria. El estereotipo, de profunda carga semántica negativa, está ideado de modo que, en la medida en que el Estado y los medios le van cambiando los contornos a conveniencia, cualquiera se puede encontrar, de un día al siguiente, al otro lado de esa línea de demarcación borrosa y cambiante que imaginariamente existe entre el «ciudadano con derechos» y el «terrorista apestado», entre el ser legal y el ser delictivo y, por tanto, objeto de castigo. Como se acaba de demostrar con el procesamiento de Arnaldo Otegi, terrorista será lo que el Estado decida en cada momento. Y en este momento, por obra y gracia de ese matrimonio entre el ejecutivo y el legislativo y de una clase periodista e intelectual que sólo sabe repetir las consignas del poder, el ex-parlamentario de la izquierda abertzale ha pasado de la categoría de interlocutor a la de terrorista en grado de dirigente.
El apartheid político que denuncia Batasuna desde que, tras las últimas elecciones municipales, la Ley de Partidos colocó a decenas de miles de ciudadanos vascos sin derecho a representación en municipios y diputaciones, no es por tanto más que la punta del iceberg. El apartheid que contra el sector más cons- ciente de Euskal Herria ha diseñado el poder del Estado con la connivencia de los medios y de la clase política vascongada (advenedizos incluidos) tiene raíces profundas que tendremos que ir desentrañando, teorizando y denunciando... no vaya a ser que acabemos interiorizándolo y perdiendo conciencia de que, como dijo Fidel Castro en la «Cumbre contra el terrorismo fascista» celebrada estos últimos días en La Habana, «pensábamos que los imperialistas no tenían escrúpulos, pero estábamos equivocados: son todavía peores».
Coincidiendo con la afirmación del historiador Charles Tilly de que «en este mundo no hay una sola veta de libertad, ni un solo filón de igualdad, que no haya sido descubierto por obra de las gentes en las calles o en las plazas», el apartheid contra la izquierda abertzale vendría a ser el espejo en el que el poder refleja que, si algo teme, es la lucha y la rebelión contra la imposición, sobre todo cuando éstas están organizadas y se realizan de modo inteligente.
Gara 12.06.05







