Ciencia y sexismo

Metáforas como la de la fecundación del óvulo son buen ejemplo de la influencia que el sexismo tiene en la ciencia, que concibe el acto sexual como un acto masculino de conquista. El esperma se representa como un ejército, uno de cuyos soldados consigue penetrar en el óvulo, que se limita a mostrar sus «encantos». Recientes descubrimientos parecen demostrar que el óvulo no se limita a esperar, sino que «agarra» al espermatozoide. Pero a esta línea de investigación le cuesta avanzar, porque las ideas preconcebidas sobre la pasividad femenina siguen contagiando a la biología de la fecundación, impidiéndole formular otras hipótesis.
También, la falocracia tiene algo que ver en la escasez de recursos científicos dedicados a eliminar esa creencia dominante según la cual las mujeres provenimos de la costilla de Adán, que convierte al hombre en el legítimo Primer Sexo, en el sexo organizado o activado, y a la mujer en el sexo por exclusión o neutro. A lo largo de la evolución hay especies partenogenéticas, es decir, que se reproducen por división de células sexuales femeninas, sin necesidad del componente masculino. Sin embargo, no existe lo contrario: no hay ninguna especie donde no haya hembras. Originariamente, éstas no necesitaron a los machos. El sexo ancestral sería pues el femenino, diga la Biblia lo que diga.
Tampoco es casualidad que la literatura científica y médica sobre el clítoris sea escasa, y centre sus escasos análisis en este órgano y su compañero, el orgasmo múltiple. Y es que no deja de ser curioso que seamos las mujeres, vinculadas a la reproducción, las que poseemos un órgano dedicado exclusivamente al placer sexual (que no se atrofia con la menopausia), mientras el sexo masculino, supuestamente consagrado al placer sexual, tiene que usar el suyo para otra serie de funcio- nes más pragmáticas (reproducirse y orinar).
La investigación científica y el estudio de los orígenes y evolución del cuerpo femenino necesitan de los valores feministas para aprovechar la ciencia en sentido liberador y poder enterrar definitivamente la persistente representación negativa del sexo femenino, que indudablemente influencia la tremenda violencia contra la mujer de la que últimamente se hace eco hasta la misógina Iglesia católica.







