Currículum vasco y manuales de Historia

Hace escasas semanas, hubo en China fuertes protestas y multitudinarias manifestaciones contra el Gobierno japonés, por los cambios introducidos en sus manuales escolares de historia, tendentes a suavizar los crímenes cometidos por el Ejército imperial durante su ocupación de territorios chinos y coreanos en la II Guerra Mundial. Del mismo modo, un importante grupo de historiadores franceses está movilizado contra una ley del Gobierno de febrero de 2005 que pretende no sólo minimizar o incluso ocultar en los programas escolares los sangrientos cinco siglos de la historia colonial francesa, plagados de represión, crímenes y tortura, sino, además, reconocer «el papel positivo de la presencia francesa en ultramar...» y expresar su «reconocimiento a quienes participaron en la obra llevada a cabo por Francia en los anti- guos departamentos de Argelia, Marruecos, Túnez e Indochina...».
En Gran Bretaña ocurre tres cuartos de lo mismo, y algunos influyentes diarios, con la colaboración de destacados miembros de la política y de la intelectualidad, llevan unos años con una discreta campaña de rehabilitacion del Imperio británico. Como destaca la periodista Seumas Milne en "Le Monde Diplomatique", lejos de enfrentarse al hecho histórico de que Londres construyó su inmenso imperio sobre el genocidio, la limpieza étnica a gran escala, la esclavitud, el racismo y la más salvaje explotación, el establishment británico ha considerado «de interés nacional» lavar y, si es preciso, justificar y legitimar sus brutales «hazañas» coloniales. Así, en las escuelas británicas, al igual que en las francesas o en las japonesas (y que en las belgas o en las «españolas», autonomías incluidas), los manuales de historia que manejan los alumnos dedican capítulos enteros a hablar de las atrocidades de Hitler y de Stalin (equiparando fascismo y comunismo), pero ponen buen empeño en ocultar las terribles consecuencias (palpables hoy día en muchas de ellas) de su «glorioso» pasado imperial, e incluso se enorgullecen de él como factor de civilización y progreso.
Este súbito frenesí por revisar el tratamiento que en la enseñanza y la divulgación de la historia se da a los imperialismos del pasado no es, claro está, fruto de la casualidad. Tiene indudablemente relación con el actual intento del capitalismo neoliberal de legitimar su recolonización del mundo y su estrategia imperialista, ocultos tras esos inventos conceptuales multifuncionales que son las «guerras humanitarias», el «choque de civilizaciones» o el imprescindible «rearme moral» de Occidente frente al fanatismo, el fundamentalismo y el terrorismo de «los otros» (los ex colonizados, los inferiores). Pero, además, viene a demostrar la importancia que a la elaboración (a la falsificación) y aprendizaje de la historia le dan los Estados, a la hora de «educar» a sus ciudadanos.
En efecto. A través de la enseñanza de esa historia falsificada que niega o mutila determinados acontecimientos, los estados consiguen dos objetivos centra- les. Por un lado, impiden que las clases y pueblos oprimidos aprendamos del pasado. Al demonizar todo intento histórico de buscar alternativas al capitalismo o a los estados opresores/colonizadores, se nos hace creer que el sistema capitalista es el único viable y que la lucha es estéril, impidiéndosenos comprender que la Historia es transformable (es la historia de la lucha de clases), y que podemos y debemos ser sujetos actuantes de la misma. Por otro lado, desarrollan en el alumnado una «conciencia nacional», lo que, en nuestro caso, les sirve para negar que Euskal Herria tenga su Historia («es una Historia común a España»), y para, de ese modo, deslegitimar cualquier planteamiento soberanista y reafirmar su chovinismo y su grannacionalismo: Euskal Herria como nación histórica no existe (es un invento); es parte de España casi desde Atapuerca; no ha padecido pues opresión alguna por parte de Madrid o París, con los que ha convivido plácidamente; por lo tanto, cualquier planteamiento soberanista y de defensa de un Estado vasco es un absurdo y toda lucha por su consecución una aberración y una perversión etnicista, propia de incivilizados aldeanos.
Según afirmación de ese historiador del régimen español que es F. García de Cortázar, gracias a su ingente labor, «la piqueta de los buenos historiadores ha acabado con los mitos nacionales, y esto ya se refleja en los libros de texto». Y es que no cabe duda de que el PP ha aprovechado bien sus años de gobierno para imponer en los centros, con la aquiescencia de Lakua, su visión granacionalista española y negacionista de lo vasco. Los resultados de esta política los puede comprobar cualquiera: en este momento, la gran mayoría del alumnado vasco tiene un total desconocimiento de la historia de su pueblo, y, en el caso de la minoría que ha podido desarrollar algo el tema en clase, los contenidos impartidos en modo alguno están planteados (salvo raras excepciones) como instrumento de concienciación nacional, sino como mero apéndice de la Historia española. Una prueba más de la importancia que para los estados y los poderosos tiene la falsificación de la Historia y su divulgación como instrumento de dominación y de alienación.
Por eso no es extraño que, al referirse a la elaboración del Currículum Vasco, desde el Departamento de Educación de Gasteiz se afirme que el proyecto de Historia (y, en general, los de Humanidades) va a ser el más delicado y comprometido de tratar y de acordar. Pero, por eso mismo, es condición sine qua non que los contenidos de la materia de Historia que, a partir de Udalbiltza, Confederación de Ikastolas y Sortzen-Ikasbatuaz, se piensen desarrollar, lo sean desde una perspectiva nacional (y territorial) vasca. En caso contrario, el resultado sería un nuevo Currículum, pero no un Currículum Vasco.
Fuente: Gara







