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Pensamiento :: 07/02/2009

El atavismo identitario

Juan de la Lama
El comportamiento de los seres vivos está determinado por las necesidades que tienen que atender en el medio en el que se desenvuelven.

El león macho tienen grabado genéticamente el comportamiento de matar a los cachorros de las leonas fecundadas por otros. De esta forma garantiza que la leona vuelva a ser sexualmente receptiva y la pueda fecundar. Desde la conciencia humana, la conducta de los leones es execrable. Recientes estudios genéticos han demostrado que el Hombre actual ha evolucionado en los últimos mil años más que en los diez mil anteriores. Esa evolución ha alterado el genoma humano. El comportamiento actual del Hombre es tan diferente al de nuestros ancestros de hace tan solo mil años que, exagerando poco, podríamos decir que somos mutantes de aquellos.

Los vikingos de hace mil años ejercían una agresividad y violencia extrema. Poblado al que llegaban, lo arrasaban. Mataban niños, violaban mujeres, torturaban al resto. No resisten la comparación con sus descendientes nórdicos actuales, adornados con modales urbanos. Sorprende la rapidez de esa evolución. La explicación es sencilla. Los vikingos vivían aislados, en condiciones de vida difíciles. El instinto de supervivencia les llevó a adquirir un comportamiento agresivo, para expulsar de su territorio cualquier competencia humana, la escasez de recursos ponía en peligro su subsistencia. Cuando se deshelaron los mares que les confinaban, llegaron a otros territorios y se comportaron necesariamente como se comportaban en su ambiente, eliminando la competencia de otros humanos. El contacto con otras culturas y la modificación de sus condiciones de vida produjo una trasformación de sus conciencias que aceleró el cambio evolutivo hacia comportamientos más civilizados.

El Hombre cazador y recolector del paleolítico era necesariamente un individuo agresivo, exterminador de los que no eran de su horda. El tabú del incesto permitió a la humanidad progresar. La necesidad del macho de encontrar hembra en una horda distinta a la suya, hizo que surgieran lazos consanguíneos entre hordas. Esos lazos se fueron concretando en pactos y de allí surgió la tribu, una federación de hordas. La necesidad de convivencia entre hordas distintas hizo que las relaciones sociales se estructuran de forma más compleja, y facilitó la concurrencia de fuerzas para emprender tareas inalcanzables para una horda.

Esa evolución de la horda a la tribu debió dejar un rastro genético que bloqueara la reacción agresiva frente a quien no era de la misma sangre. Para prosperar en una tribu se necesitan otras habilidades distintas a la agresividad, hay que saber establecer lazos sociales, comunicarse, vincularse a personas y objetivos más amplios. Esa necesidad de adaptación a un medio nuevo debió de ir puliendo la agresividad instintiva.

Las relaciones entre tribus distintas siguieron marcadas por la violencia y la necesidad de exterminio, hasta que evoluciones posteriores desembocaron en la nación, una federación de tribus. En la nación, los vínculos familiares, pierden importancia. Para ser miembro de la misma nación no se necesita tener un pariente común, basta ser de la misma raza, hablar la misma lengua, tener las mismas creencias. En la nación se vuelve a diluir el instinto agresivo primitivo, la conciencia se expande a nuevas realidades y objetivos. Surgen nuevas habilidades que hay que practicar para tener éxito en la nación.

En la sociedad urbana moderna la identidad nacional (racial, lingüística, religiosa) deja de tener importancia como sustento de vínculos entre personas. Son sociedades abiertas, donde cualquiera con independencia de su costumbre, lengua o creencia tiene cabida. En estas sociedades la agresividad, la violencia, ha dejado de ser virtud, no sirve más que para complicar la vida a quien la ejerce. Esto explica la evolución en los últimos mil años de la población de los países nórdicos. Para aprovechar las posibilidades que una sociedad urbana nos ofrece hay que tener una conciencia abierta a los demás, no rechazar a nadie, pues la probabilidad de éxito en cualquier tarea que emprendamos depende de la cantidad y variedad de vínculos que podamos establecer. Con cuantas más personas, mejor. Cuanto más diferente la persona, más ámbitos de actuación. No hay aliado pequeño. Las habilidades sociales han desbancado a la agresividad. La adaptación a estas circunstancias hace que se produzcan cambios evolutivos, que dejan rastro genéticos. Las nuevas habilidades sociales y el bloqueo de comportamientos violentos nos han hecho mutantes respecto de nuestros ancestros.

El rechazo absoluto hacia la violencia física se muestra hoy como un carácter general de la población. Comportamientos guerreros que hace apenas décadas eran exaltados, hoy tienen la reprobación general como actos crueles y sin sentido, hasta el punto que nos escandalizamos cuando conocemos qué hicieron nuestros antepasados y pedimos perdón por ello. La toma de Jerusalén por los cruzados en el año 1.099 ha sido elogiada como una gesta heroica y cantada secularmente. Hoy aparece a todos como un hecho cruel y malvado. Hasta la Iglesia ha tenido que pedir perdón por ella. La violencia física ha pasado de ser ensalzada a ser condenada. Debemos adquirir habilidades que nos permitan establecer vínculos múltiples y diversos. Pero ello no significa que los comportamientos violentos hayan desaparecido de las sociedades modernas. La violencia aparece recurrentemente en comportamientos atávicos de personas e instituciones.

La violencia es una pulsión instintiva, sin utilidad social, que permanece activa en individuos y culturas atrasadas. Para ejercerse impunemente necesita justificarse y esa justificación la encuentra en el concepto ‘identitario’. La identidad es el cauce por el que se expresa la violencia. Solo se admite lo idéntico, lo extraño es una amenaza que hay que eliminar. En las sociedades modernas, donde el desarraigo es la norma, la identidad se construye artificialmente, en torno a clubes de fútbol o padillas de adolescentes adscritos a una moda determinada, esa identidad les justifica el desahogo violento.

Este tipo de comportamientos agresivos solamente son anecdóticos porque son marginales, cuando se generalizan pasa a peligrar la vida de toda la sociedad. Así ocurre con los distintos integrismos que amenazan a las sociedades modernas. En estos comportamientos se aprecia cómo esa violencia instintiva del paleolítico sigue latente en los genes, y qué poco se necesita para desatarla. El instinto de supervivencia frente al extraño, el diferente, es excitado por dirigentes ultras para manipular al adepto, creando un vínculo de obediencia ciega que incluye el asesinato en masa, el martirio y el suicidio. El líder encarna la identidad colectiva a la que hay que someterse. La capacidad de manipulación de la pulsión violenta le facilita un ejército de devotos que le permiten acceder al poder. En estas expresiones violentas la característica común es la exaltación ‘identitaria’. Recientemente hemos asistido a movilizaciones de masas convocadas por la Iglesia, cuyo denominador común era la defensa de su identidad, que ellos sienten amenazada por el progreso. La sociedad urbana trae cambios en las costumbres y relaciones sociales, cambios a los que hay que adaptarse. Las personas e instituciones con una carga ‘identitaria’ rígida y exclusivista están destinadas a desaparecer, igual que desaparecieron los comportamientos violentos de los vikingos, por determinismo evolucionista. Eso no impide que mientras desaparecen, no padezcamos las consecuencias.

Esta relación entre identidad rígida y violencia es exhibida con magnificencia en las declaraciones de los obispos. Hoy la Iglesia goza de libertad absoluta de expresión, tiene púlpitos, emisoras de radio y televisión, periódicos, escuelas y universidades. Tiene financiación estatal y sus arcas rebosan riqueza. Y sin embargo se quejan airadamente. La Iglesia en España se siente víctima (en palabras literales de los obispos) de una persecución religiosa implacable, como nunca antes, ni siquiera por Nerón, había padecido. El comportamiento violento en las sociedades urbanas que condenan la violencia física, se encauza utilizando el rechazo, la admonición y demonización del diferente. Este victimismo desmesurado e injustificado de la Iglesia es una expresión de violencia, ya que criminaliza al diferente y le señala como objetivo a abatir mediante la exclusión social.

El laico intenta vivir su vida de la mejor forma posible, sin hacer daño a nadie. La indiferencia es el único sentimiento que le inspira la Iglesia. La madurez de la sociedad se demuestra en este dejar hacer. La Iglesia y sus creyentes pueden vivir como les plaza. Nadie les obliga a divorciarse, tomar anticonceptivos o a casarse con personas de su mismo sexo. Y sin embargo se sienten agredidos por las parejas de homosexuales, o por las personas que se divorcian. El cristiano se siente atacado personalmente cuando alguien se comporta de forma distinta al precepto moral establecido por la Iglesia.

Lo cierto es que la Iglesia se duele, no porque esté perseguida, sino porque su identidad, sus dogmas y costumbres les hacen desaprovechar las posibilidades que una sociedad abierta facilita a todos. Esa es la causa de su resentimiento. El rechazo a participar en una sociedad abierta, que admite todos los comportamientos, excepto los violentos. La perseverancia en comportamientos autolesivos es la causa de su malestar. Entonces, cuando ven a alguien que aprovecha la oportunidad de gozar y vivir libremente, le atacan. La insistencia obsesiva en ese ataque es muestra del conflicto interior, atacan para exorcizar sus deseos. Y atacan de la forma más insidiosa imaginada, acusándole de ser la causa de todos sus males, de martirizarles. El individuo que vive su vida sin meterse con nadie, de repente sufre esa agresión desproporcionada que le excluye como persona y le criminaliza.

Este victimismo acusador, previo al castigo físico, está alcanzado límites paranoicos. En el número 77 de la revista católica ‘Abril’ se editorializaba con la idea de la persecución a la Iglesia, se abogaba por la necesidad de nuevos mártires, del derramamiento de sangre necesario para fertilizar la viña del Señor. Para que el cristianismo impere de nuevo la Iglesia debe ser perseguida hasta el martirio, sólo entonces volverá a resurgir con fuerza. Entonces laicos y agnósticos serán arrojados a las llamas. La Iglesia vive en el imaginario de una persecución religiosa, necesita una representación de esa persecución que haga vivir ante sus fieles esa fantasía, y así incitarles a la Cruzada, desatar las latentes pulsiones agresivas. Sus medios de comunicación se encargan de presentar un espectáculo de sufrimiento y persecución de los cristianos, previo a la cruzada violenta.

Estas ideas enfermizas, manifestadas ante fieles que las aplauden fervorosamente, muestra el grado de inadaptación de quienes las expresan.

La identidad rígida, inadaptada, se expresa necesariamente mediante la violencia. La confianza en el progreso y evolución de la conciencia nos hacen esperar un futuro en el que esos comportamientos atávicos, causados por la rigidez identitaria, desaparezcan. Mientras tanto, parecería que los conflictos identitarios se han propuesto incendiar el planeta. Hay un hilo conductor en el desarrollo evolutivo. La capacidad de auto-organización de la materia hace que surjan elementos cada vez más complejos. Esos elementos se asocian formando estructuras múltiples. De esa complejidad orgánica surge la evolución de la materia, que adquiere propiedades nuevas, surge la vida. La vida también evoluciona generando continuamente individuos más complejos. Esos individuos evolucionan combinándose con otros, formando organismos multicelulares con billones de células cooperando solidariamente. En esa cooperación multicelular surge la inteligencia, que evoluciona adoptado formas cada vez más complejas, que generan nuevas cualidades: la conciencia, la capacidad de la naturaleza de pensarse a sí misma. Y la conciencia evoluciona como un ser independiente desplazándose a través de la cadena generacional.

El Hombre ha evolucionado desde la horda a la sociedad urbana, en el camino ha ido perdiendo el instinto agresivo, imprescindible para sobrevivir en condiciones de escasez. Y ha adquirido nuevas cualidades, entre ellas la capacidad de relacionarse con los diferentes. Esto ha cuajado en sociedades abiertas, donde las relaciones fraternas y solidarias priman sobre las violentas. Esas sociedades alcanzan tal grado de complejidad que, superados los conflictos identitarios, las colocan en condiciones de emprender aventuras colectivas que ni siquiera podemos imaginar. Allí aparecerán nuevas formas de conciencia. La identidad rígida, como la agresividad primitiva, también tuvo su razón de ser. Toda identidad rígida ha surgido primero como cambio y adaptación. Sin esa rigidez dogmática la humanidad no habría alcanzado logros que ahora disfrutamos. La decadencia de la civilización romana se superó con el dogma cristiano, que aportaba unos ideales de dignidad, igualdad y compasión enfrentados al despotismo imperial. Sin una identidad dogmática rígida, que ayudaba a perseverar en el logro de esos ideales, el cristianismo no hubiera transformado el mundo antiguo.

El Islam también surgió como cambio y evolución en una sociedad tribal nómada. Imposible amalgamar tribus enfrentadas sin establecer un dogma identitario fuerte que se impusiera a las costumbres tribales. Por eso el Islam sigue siendo un instrumento eficaz para cohesionar sociedades tribales (Afganistán, África), pero es imposible que aporte alguna solución en sociedades abiertas. La vida es cambio y evolución. No podemos condenar el pasado con la conciencia que hemos adquirido en el presente, sino comprenderlo. La conciencia necesariamente necesitó transitar por las etapas de violencia primitiva y pensamiento dogmático para desembocar en el presente de las sociedades abiertas. Pero quienes radican su ser en una identidad inamovible, a pesar de los cambios ambientales, están condenados a desaparecer. El Islam, con la segregación de las mujeres y la persecución de la libertad de pensamiento, no aporta ningún valor a una sociedad abierta. Una sociedad abierta no puede permitirse el lujo de inutilizar a la mitad de su población, confinándola en la cocina. Todos/as tienen que participar activa, libre y creativamente. La libertad de pensamiento es la garantía de la capacidad de aprendizaje, de la asimilación ágil de información constante, condición imprescindible para las sociedades urbanas. El cristianismo, que se revuelve contra la sociedad porque su mensaje se pierde en el desierto, solamente muestra su inadaptación.

La capacidad para establecer vínculos solidarios, incluso con diferentes (sobre todo con diferentes), terminará por cuajar en organizaciones complejas, donde hombres y mujeres libres e iguales se vincularán libremente para lograr una convivencia social más justa y armónica, donde se alcancen objetivos individuales y sociales más complejos y evolucionados. Para esas organizaciones, el uso de la violencia les ha prescrito.

Juan de la Lama es reconocido abogado laboralista y militante de la CNT de Villaverde.

Periódico cnt, Enero 2009.
Viñeta de Rafael Iglesias para el Periódico cnt.

 

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