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Pensamiento :: 02/03/2004

El muro del apartheid

Alizia Stürtze
«El país se extenderá desde el Nilo hasta el Eufrates»; «nuestra colonización sólo se podrá desarrollar bajo la protección de una gran potencia a la que no le importe la voluntad de los autóctonos, para que nos sea posible separarnos de ellos por un muro

El racismo y el expansionismo característicos del sionismo aparecen claramente reflejados en estas premonitorias frases de teóricos judíos de principios del s. XX, mencionadas en el libro "Palestine, la dernière colonie?", y que el Estado de Israel sigue al pie de la letra. El «muro del apartheid», que Sharon construye en la Cisjordania ocupada y cuya legalidad debate el Tribunal Internacional de Justicia, es el símbolo más visible y contundente de este racismo sionista cuya ilegal política de hechos consumados confluye en el objetivo deconseguir un país sin pueblo para un pueblo sin país; una «estrategia de araña» para ir separando y cercando a la población palestina en «bantustanes», hasta conseguir su desalojo masivo y/o su exterminio, y lograr así un estado judío, «étnicamente limpio» y hegemónico.

En este contexto, es falso hablar de «conflicto palestino-israelí» (como si se tratara de dos partes enfrentadas en pie de igualdad), ya que lo que la población autóctona afronta es la planeada conquista, destrucción y anexión de su territorio por parte del colonialismo sionista, incondicionalmente apoyado por la agresiva maquinaria imperialista norteamericana, su extrema derecha y su importante lobby judío, y supuestamente justificado ahora en su «guerra total contra el terrorismo».

Como en Euskal Herria, y también en nombre de la «seguridad y de la democracia», sólo cabe la solución militar, y todo movimiento de liberación es, por definición, terrorista. Desde esa óptica, el que, desde el comienzo de la segunda Intifada, se haya detenido a 28.000 palestinos y más de 7.500 sigan encarcelados aparece como necesario para los grupos de «víctimas» israelíes que hostigan en contra de cualquier intento negociador. Desde esa misma lógica, la mayor parte del movimiento pacifista sólo se moviliza en favor de una de las partes, y mira para otro lado ante las numerosas formas ilegales de castigo colectivo que el Estado de Israel inflige a la población palestina. Desde ese maniqueísmo, y como en Euskal Herria, la función de las autoridades autonómicas palestinas no es luchar por su soberanía sino emplearse en la lucha contra los «terroristas», es decir, contra los resistentes de las zonas ocupadas, convertidos en el enemigo.

Afortunadamente, como en Euskal Herria, en Palestina la práctica de emancipación política sigue siendo una posibilidad genuina gracias a que, como dice Eagleton, «aún en las condiciones más desfavorables, las personas no paran de desear, luchar e imaginar».

Gara / La Haine

 

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