El paro como demonio

Ya en su tiempo escribió Carlos Marx que el desempleo es funcional al sistema capitalista. Según el sabio alemán, los parados forman un “ejército de reserva” del capital con el que presionar a los trabajadores en activo. Las cosas, en ese sentido, no han cambiado demasiado desde entonces. Hoy en día, vemos, un día sí y otro también, chantajes patronales a los trabajadores con la amenaza de la exclusión social. Sólo desde esa perspectiva, podemos entender como la bolsa, al igual que el paro, sube a niveles históricos en plena recesión económica. Es decir, que lo mismo que en la última gran crisis de los ochenta, la crisis la pagan los trabajadores.
En todo caso, lo que el marxismo no pude prever fue el desastre ecológico que la humanidad iba a sufrir doscientos años después de que su creador escribiera “Das Kapital”; provocado, eso sí, por el mismo sistema socioeconómico que tan certeramente analizó y criticó. Como Marx no fue un profeta, sino un gran filósofo, podemos entender que no previera las consecuencias medioambientales del desarrollo capitalista. Lo que no es en absoluto entendible es que, ahora, en plena crisis ecológica, muchos de los que se autodefinen de izquierdas no lo hagan.
Leo que los sindicatos Comisiones Obreras y UGT defienden a los trabajadores de la central nuclear de Santa María de Garoña, diciendo que la energía nuclear es imprescindible, y el cierre de Garoña inasumible. Casualmente, esos sindicatos, tan poco radicales frente a la patronal, se muestran tajantes en esta cuestión; lo que me hace sospechar que más bien defienden los intereses de la industria nuclear que los de sus trabajadores, o más exactamente, los intereses del poderoso “lobby pro nuclear”, que es quien finalmente ha conseguido sus objetivos con esta tomadura de pelo que nos venden como decisión salomónica.
Aun sin llegar a esos extremos, pienso que la izquierda, en general, considera la cuestión ecológica más como un complemento decorativo a su retórica, que como un tema clave a la hora de analizar la sociedad actual. Por tanto, en caso de conflicto, se optará siempre por la defensa clientelar de determinados puestos de trabajo frente a demandas ecologistas. No hay más que ver el caso de las ayudas a las empresas del automóvil, el principal causante del calentamiento global, o bien a los particulares para la adquisición de vehículos. Esas políticas, lejos de ser de izquierdas, se alinean claramente con los defensores del actual régimen capitalista y destructor.
A pesar de las apariencias, el debate sobre los límites ecológicos del desarrollo económico sigue siendo la asignatura pendiente de la izquierda. Además de reivindicar el reparto de la riqueza, y las condiciones dignas de trabajo, es necesario cuestionar qué se produce y cómo se produce.
No se trata ya tanto de cuanto, sino de como y para que. Introducir esa idea en las esclerotizadas cabezas de las burocracias sindicales parece tarea imposible; a no ser que los propios trabajadores y trabajadoras la hagan suya.
Toda pretensión de renovar la izquierda, en Euskalherria o en China, debe abordar de forma seria y prioritaria esa cuestión. No sólo desde planteamientos teóricos, sino resolviendo los conflictos prácticos que se dan, y cada vez se darán de forma más aguda, en temas claves como las políticas energéticas o de movilidad.
En nuestro país, entre otras cosas, es preciso poner en cuestión las grandes infraestructuras, de trasporte y energéticas, que nos encaminan, sí o sí, a un modelo social insostenible y desigual. Ambos conceptos no pueden entenderse por separado, sino que el uno va con el otro. Quizá, darse cuenta de eso sea lo más importante ahora.
eutsi.org







