lahaine.org
Pensamiento :: 03/07/2006

El comunismo primitivo

Tupac
En cierto sentido la revolución neolítica fue progresista para el desarrollo de las fuerzas productivas, para la vida de los hombres concretos supuso, sin embargo, trabajo hasta la extenuación, acaparamiento, desconfianza mutua y egoísmo. Sin embargo, regresar a la infancia del hombre, además de imposible, es indeseable.

Entre los argumentos más frecuentemente esgrimidos contra el socialismo, llama la atención (por su frecuencia pero también por su falta de fundamento) aquel de que el-hombre-es-egoísta-y-las-cosas-siempre-han-sido-así. Esta idea es fácilmente refutable teniendo en cuenta que, aun siendo eso cierto, con más motivo habría que establecer normas que frenaran una tendencia así, de igual modo que es necesario cercenar la libertad del hombre para violar o asesinar semejantes.

Pero no sólo es fácilmente refutable a un nivel filosófico, sino que el propio análisis de la Historia de la humanidad demuestra que, como decía Sartre, el hombre no es ni bueno (Rousseau) ni malo (Hobbes) por naturaleza: el hombre no nace, sino que se hace. Efectivamente, se equivocaba Hobbes y la vida anterior al Estado no era, en absoluto, "la guerra de todos contra todos".

A quienes dicen que jamás podrán cambiarse las cosas porque siempre han sido así no les vendría mal saber que el Homo Sapiens (con la misma capacidad intelectual que nosotros) surgió en África hace unos 200.000 años y que, sin embargo, la propiedad privada de los medios de producción sólo tiene 9.000 años de antigüedad. Por tanto, viendo las cosas con perspectiva, este modo de vida basado en las clases sociales, lejos de ser algo eterno e inevitable, es sólo un breve y minúsculo paréntesis en la historia de nuestra especie.

Antes del neolítico, los hombres vivían en una especie de comunismo primitivo. Pero esto no se debía al mito del buen salvaje roussoniano ni a idealizaciones similares. No es que se hubieran colectivizado los medios de producción, sino que, sencillamente, se desconocía la posibilidad de un uso y apropiación individual de los mismos. El propio modo de vida determinaba otras relaciones sociales: si cazamos un mamut, no es posible atesorarlo y sólo podemos compartirlo antes de que se pudra. Además, al vivir en campamentos nómadas y tener que recorrer largas distancias a pie, la acumulación de posesiones materiales se encontraba rígidamente limitada.

Sólo en el neolítico, cuando el cambio climático obliga al hombre a desarrollar una vida sedentaria y practicar la agricultura, y dado el excedente que por primera vez se produjo (y dado también que convertir una zona improductiva en productiva era una tarea bastante trabajosa) algunos hombres se plantean adueñarse individualmente de las cosechas primero y, más tarde, de la tierra. Un observador imparcial jamás habría podido comprender esa locura de que la tierra, que era patrimonio de todos, pasase a manos de unos pocos. Con el neolítico y la propiedad privada, aparecen también el machismo, la esclavitud y la familia nuclear cerrada (antes, en la llamada sociedad gentilicia, todo el clan era una familia y los hijos no eran criados exclusivamente por sus padres); y, más tarde, para garantizar los nuevos privilegios, aparece el Estado, es decir, cuerpos armados a sueldo de un estrato social.

Si en aquella época las condiciones materiales y el escaso desarrollo de las fuerzas productivas hicieron necesaria la acumulación de capital para aumentar la productividad y que la especie humana subsistiera, hoy, cuando la propiedad de los monopolios llega a trabar unas fuerzas productivas extremadamente modernizadas y cuando el 20% de la humanidad posee el 80% de la riqueza (y viceversa), parece hacerse necesario el socialismo para que el hombre perviva. Pero ese es otro asunto que dejamos para mejor ocasión.

El caso ahora es que esta prehistoria humana, que a algunos les sonará rara, está confirmada por todos (al menos nosotros no conocemos la excepción) los antropólogos, arqueólogos e historiadores, sean cuales sean sus inclinaciones políticas. Además, una de las mejores pruebas se extrae al establecer un modelo antropológico, es decir, al observar el comportamiento de las sociedades paleolíticas actuales (téngase en cuenta que el paleolítico no es una etapa temporal, sino un estadio o nivel de desarrollo). Efectivamente, los antropólogos se quedaron boquiabiertos al observar la vida de los kung!, esa tribu africana cuya lengua tiene ciertos sonidos únicos, los chasquidos. Cazan en grupo y comparten la comida, sólo algunos objetos o instrumentos de caza son privados y en realidad carecen de valor, sus mujeres son respetadas y no están por debajo de los varones, los jefes son en realidad servidores leales y trabajadores de la comunidad que viven al mismo nivel que los demás y son revocables democráticamente

Todo lo contrario de lo que esperaban encontrar. Para un kung!, que un día puede tener suerte en la caza y al siguiente no, la mejor garantía individual es ser generoso con los demás, dar hoy y recibir mañana, vivir del intercambio recíproco.

Y efectivamente no sólo el modelo antropológico, sino también la arqueología, confirman que la vida del hombre (una vida, para más inri, en contacto puro con la naturaleza) fue, hasta el neolítico, una vida comunista. No una vida comunista que haya que idealizar, ya que el hombre, ignorante aún y carente de toda ciencia, divinizaba la naturaleza y llevaba una existencia áspera, peligrosa e incómoda en ciertos sentidos. Pero obsérvese que, aunque en cierto sentido la revolución neolítica fue progresista para el desarrollo de las fuerzas productivas (de no haberse establecido este modo de vida, el ser humano no hubiera podido satisfacer sus necesidades alimenticias en este nuevo entorno ecológico, lo que hubiera significado su extinción), para la vida de los hombres concretos supuso, sin embargo, trabajo hasta la extenuación, acaparamiento, desconfianza mutua y egoísmo. De trabajar cazando, aproximadamente, 7 horas a la semana, se pasó a trabajar mucho más.

Sin embargo, regresar a la infancia del hombre, además de imposible, es indeseable. Considero que la tecnología, de no estar monopolizada en pocas manos, podría garantizarnos una vida realmente idílica. Con este artículo no se propone volver al pasado, sino mirar al futuro. Pero no mirar bajo prejuicios inducidos, no efectuar una mirada metafísica, detenida en el tiempo, sino observar las cosas con perspectiva y en su desarrollo histórico, lo cual nos lleva a la conclusión de que no hay nada escrito en el código genético del hombre, de que las relaciones materiales que se establezcan entre nosotros serán las que nos hagan más o menos egoístas, generosos, buenos o malos; y no viceversa.

 

Contactar con La Haine

 

La Haine - Proyecto de desobediencia informativa, acción directa y revolución social

::  [ Acerca de La Haine ]    [ Nota legal ]    Creative Commons License ::

Principal