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Pensamiento :: 15/01/2007

El gombo del global warming

Philippe Pelletier
La teoría del global warming (el "calentamiento global", sobreentendido "del planeta") forma parte de la ideología dominante, propiciando unas políticas cada vez más autoritarias por parte de los dirigentes.

Contrariamente a lo que muchos pretenden, la teoría del global warming no es compartida de modo unánime por todos los científicos. Más exactamente, tienen apreciaciones e interpretaciones variadas, más o menos críticas, tanto sobre los criterios, métodos o resultados como sobre las explicaciones que se deducen de ellos. Sería demasiado largo describir con detalle las diferentes posiciones, pero sí podemos dar algunos ejemplos interesantes.

Interrogantes sobre la pertinencia del calentamiento global

Primer ejemplo, la red que registra los datos térmicos y pluviométricos fiables tiene más de ocho mil estaciones. Eso plantea dos tipos de problemas: en primer lugar, la capacidad de tratar correctamente el conjunto, absolutamente monumental, de esos datos incluso con ordenadores cada vez más expertos; en segundo lugar, la capacidad de verificar esos datos. En efecto, hace falta una amplitud de tiempo lo suficientemente importante y unas cifras rigurosas para poder analizar con precisión las variaciones del clima, que es, por definición, cambiante. Incluso si se puede reconstruir el clima más antiguo mediante métodos diversos (estudio de los pólenes, del hielo, de los troncos, de los sedimentos, etc.), son unos métodos más largos, más difíciles y más dispares, siempre sujetos a la precaución.

Las estaciones meteorológicas más antiguas son fundamentales para conocer la escala del tiempo. Así, remontándonos a finales del siglo XIX, son menos numerosas y carecen de espacios cruciales (Amazonia, Siberia, China interior, Asia central, África intertropical). Situadas en las ciudades, se hallan, como consecuencia de la extensión urbana en los países desarrollados, en pleno "islote de calor urbano", fenómeno bien conocido por los meteorólogos. Así, han registrado inevitable, y mecánicamente, un recalentamiento de la temperatura, debido a ese microclima nuevo, que puede traducirse en una elevación de uno o dos grados centígrados.

Cuando se sabe que algunas estimaciones evalúan la próxima subida de la temperatura, esta vez planetaria, entre 2 y 5 grados, incluso con un margen apreciable de imprecisión, y que algunos nos anuncian (o prometen) catástrofes climáticas sólo con una subida de 2 grados, conviene ser prudente en tres aspectos: el resgistro de los datos, el análisis de las causas y la evaluación de las consecuencias. Suponiendo que todas las proyecciones hubieran rectificado por lo alto los datos de las temperaturas de las ciudades que no estuvieron antaño afectadas por el islote del calentamiento urbano, la suma de los microclimas no nos daría de ningún modo el clima regional o general.

Un segundo ejemplo: el caso de los polos. Los medios de comunicación y numerosos científicos nos alertan sobre el deshielo del casquete glaciar del Polo Norte. Sin duda, del lado de Canadá los mares parecen recalentarse y el famoso "Paso del Noroeste", situado entre Groenlandia y Canadá se está abriendo, liberándose de los hielos. Pero, por el lado de Siberia parece darse un fenómeno inverso. Desde hace algunos años, Siberia va conociendo estaciones cada vez más frías, y nadie habla de ello. ¿Son acaso más tímidos los rusos o están menos equipados que los americanos? Para el conjunto de esta zona, algunas investigaciones estiman incluso que el "análisis de la temperatura de sesenta y nueve estaciones terrestres del Ártico (de las que veintinueve ofrecen datos hasta 2001) ha permitido constatar que no hay recalentamiento generalizado en esta región". ¿Y entonces? En cuanto al Polo Sur, los estudios más recientes hablan de un recalentamiento por el lado de la península, extendiéndose hacia la Patagonia, donde se ha separado el gigantesco iceberg de la plataforma de Larsen, pero hablan también de un enfriamiento en la Antártida Occidental (uno de los escasos mapas disponibles).

Tercer ejemplo: el caso de las erupciones volcánicas. Envían a la atmósfera gas con efecto invernadero en una cantidad bastante más considerable que la de cualquier megapolis. Sin embargo, la coordinación científica entre la vulcanología y la climatología es muy reciente y sólo ha dado resultados parciales. Haría falta reconstruir toda la cadena de erupciones y de climas del pasado para tener una idea rigurosa. Un documental recientemente difundido por la televisión sobre la erupción del volcán Tambora, en Indonesia, que sería el origen de un enfriamiento climático en ciertas regiones del mundo, especialmente en Europa y en la costa nororiental de América del Norte, resulta muy decepcionante a este respecto. Las explicaciones científicas son escandalosamente pobres y rápidas, para favorecer, como si fuera por casualidad en nuestra sociedad del espectáculo, escenas (costosas en mi opinión, e inútiles) de reconstrucción del drama. Vemos así cómo se vulgariza la ciencia.

Cuarto ejemplo: los glaciares alpinos han empezado a retroceder desde 1830. ¿Se puede decir que por entonces los efectos de la industrialización y la urbanización eran lo suficientemente fuertes como para desencadenar ese fenómeno, o serían otras las causas? ¿Y esas mismas causas se dan en nuestros días?

Una prudencia necesaria

Estos cuatro ejemplos deben ponernos en alerta sobre la prudencia que se debe tener respecto a los datos, los medios y las causas explicativas a propósito del clima. Una toma de temperatura no nos da el mismo resultado si se toma al caer el sol o a la sombra de un valle alpino, incluso bajo techo. ¿Cuál es el significado de la temperatura media de la ciudad situada al fondo de ese valle, si se dan variaciones considerables durante el día y durante la noche? Ocho mil estaciones no son más que ocho mil puntos, y nada más que puntos, en un planeta que cubre 510 millones de kilómetros cuadrados. Dicho de otro modo: no representan apenas nada.

En efecto, hay satélites, globos meteorológicos, modelos informáticos, pero no tenemos perspectiva suficiente para considerar el clima en su dimensión secular y milenaria, espacial y geográfica, dimensiones que deben ir juntas para considerar seriamente y de modo global la cuestión. Fijémonos en cuaquier obra o artículo dedicados al global warming: veremos sólo gráficos con curvas (el tiempo resumido en uno o varios puntos, extrapolados a todo un espacio, o sea, a un país entero) o muchas fotos espectaculares sin relación directa y demostrable con el efecto invernadero, pero casi nunca veremos mapas que permitan considerar la extensión y variaciones locales del fenómeno. La dictadura de la curva está acabando con el razonamiento cartográfico.

Los informes científicos que produce el famoso GIEC (Grupo Intergubernamental sobre la Evolución del Clima) son aprobados en su asamblea plenaria antes de su publicación. Podemos permanecer escépticos ante su capacidad de evaluar y verificar todas esas relaciones que llenan a veces más de mil páginas, pero lo aceptamos. Aunque figuren ciertos interrogantes, esa unanimidad da al discurso del GIEC el carácter de una verdad oficial, de la única verdad. Una verdad que se autolegitima, transmitida por los medios anglosajones, tanto científicos como políticos, que ignoran vanidosamente los otros estudios que tienen la desgracia de no poderse publicar en inglés. Por eso se mantiene la versión anglófona del global warming para subrayar la dominación de Occidente (dirigido por Estados Unidos) ejercida sobre el resto del mundo, por medio del ultraliberalismo.

¿Por qué, pues, detener la crítica anticapitalista ante el GIEC? Resulta al menos curioso que la mayor parte de los militantes alternativos o incluso revolucionarios no tomen distancia ante esta enorme estructura científico-tecno-política y su retórica, mientras que sí se muestran críticos ante organismos multiestatatales dirigidos por la ONU, ya sean militares, económicos o de otro tipo. Y no es menos asombroso que los ecologistas de diversas sensibilidades u obediencias, por lo habitual tan críticos e incluso refractarios a la ciencia y la tecnología, asuman brutalmente, como si fuera dinero contante y sonante, las declaraciones de esos informes, y se inclinen ante la ciencia oficial.

Los científicos han comprendido en su mayoría que más vale ir en sentido de una corriente que han contribuido a generar, ya que tras haber pontificado sobre el enfriamiento global en los años setenta, algunos de ellos, privados de los fondos de la investigación espacial, bruscamente recortados por Estados Unidos, han buscado, y encontrado, un nuevo tema atractivo, remunerador y glorioso. Los dioses de las finanzas públicas o privadas han monopolizado todo lo que pudiera afectar al global worming y al desarrollo sostenible. Es más práctico mantener el mito, y más arriesgado proporcionar conclusiones contrarias a la demanda. La investigación pública está fagocitada por esta situación.

Nicholas Stern, antiguo economista del Banco Mundial, que ha realizado informes recientemente sobre el global warming, no habrá puesto mala cara a sus emolumentos, seguramente interesantes. Su estimación financiera de los daños que causaría el calentamiento climático coincide plenamente con el desarrollo intelectual liberal, según el cual todo tiene sentido siempre que pueda ser evaluado monetariamente, pudiendo uno lanzarse a especulaciones fantásticas y no interrogarse sobre el justo valor. Por no hablar de las causas reales.

¿Anarquía de los meteoros o metapolítica?

La teoría del global warming tiene algo de metapolítica que condiciona a los individuos y sociedades con el fin de asentar su dominación y explotación. Porque los dirigentes, no sólo políticos sino también tecnoburócratas, han comprendido a la perfección que no es necesario imponer leyes, sobre todo en una época en la que los individuos están escaldados por los desastres totalitarios del siglo XX, y que hay que organizar un condicionamiento generalizado en lo relativo a los diferentes aspectos de nuestras vidas, sobre todo en los que no aparecen como "directamente políticos" (costumbres, creencias, valores, entorno). Ese es el reto de la "hegemonía", por retomar el vocabulario de Gramsci; ahí está la trampa.

La anarquía de los meteoros, incontrolable en estos tiempos, e imprevisible (fiable sólo en un corto plazo de tres días, no hablemos para varios decenios) ha amargado siempre a los dueños del mundo. Las religiones han instaurado un dios todopoderoso desde el origen de los tiempos para calmar a las masas, o para amenazarlas con un castigo climático en caso de desobediencia. Los prometeos del capitalismo quieren controlar el tiempo (para acrecentar las recolecciones o el turismo, es decir, el beneficio, y para protegerse de los desastres), actuando sobre los deseos y los miedos del ser humano. No es difícil para ellos simular que son ellos mismos el origen del global warming, porque lo que hacen en un sentido lo pueden deshacer en el otro. Así, su poder queda no sólo intacto sino reforzado en todos los ámbitos. En cuanto a los políticos o los ecologistas del espectáculo, se basan en un catastrofismo que les es beneficioso, guardándose muy mucho, ya sea consciente o inconscientemente, de criticar las causas fundamentales de los derroches y la contaminación.

Tanto unos como otros han hecho del global warming su gombo, fruto utilizado en la cocina camerunesa que además sirve para designar a una persona o actividad que genera dinero, de forma fraudulenta o no. Pretenden convencernos de que hay que volver a los "equilibrios". Pero ¿qué equilibrios? ¿Sobre qué base, qué norma y en qué época? ¿La de la "pequeña era glaciar" (siglos XVI a XVIII), en la que reinaban en Europa las monarquías absolutas? Afirman que hay que pensar en "las generaciones futuras" y nosotros, mientras esperamos ¿reventamos?

La teoría del global warming forma parte de la ideología dominante, del mismo modo que, por ejemplo, "the clash of civilizations" (el choque de civilizaciones), con la que comparte en ciertos aspectos una misma finalidad: perspectiva catastrofista, culto al miedo y sentimiento de fatalidad y de impotencia por parte de los individuos, pero también unas políticas cada vez más autoritarias por parte de los dirigentes.

Artículo extraído del número 222 del periódico Tierra y Libertad, vocero de la Federación Anarquista Ibérica (F.A.I.)*


* Otros artículos en este número 222 del periódico Tierra y Libertad:

- La banda sonora de la dictadura chilena
- Paideia, 25 años de educación libertaria
- Kafka y el anarquismo

Más en: http://www.nodo50.org/tierraylibertad/

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