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31/05/2006 :: Pensamiento, Estado español

El Victimismo de los culpables

x Pedro Garcia Olivo - La Haine
Lo que me indigna es que, a pesar de todo, a pesar del encierro (el estudiante constituye, no lo olvidemos, un "prisionero a tiempo parcial"), de los temarios insufribles, de las disciplinas crueles y de las coacciones difusas, de los métodos perversos y de las estrategias integradoras, del daño de los exámenes y de lo arbitrario de la calificación, a pesar de toda esa mecánica policial de la Escuela, de la tecnología del control social a que obedece, todavía se presente al profesor como a una víctima

ESCORZOS I
El Victimismo de los culpables

A propósito del hipotético fin de la paz en las aulas

"Por cariñosos que seáis, por amena que sea vuestra conversación, por bondadosos, afables y simpáticos que os mostréis en el trabajo y en elel descanso, jamás mereceréis nada, a excepción del desprecio"
A. Makarenko

Todo estudiante sabe que el profesor es un verdugo y algo más que un verdugo. Sabe que dirige. Que gobierna. Que castiga. Que ejecuta. "Mandar para obedecer, obedecer para mandar": así resumía Cortázar su cometido
De hecho, suspende. Suspende y, llegado el caso, expulsa.

Que a estos mercenarios del Estado se les haga el trabajo un poco más duro, un poco más insoportable, es algo digno de celebrar. Es digno de celebrar que los opresores se vuelvan locos (la mitad de ellos, no obstante, fingen "depresiones" para seguir cobrando, para mantener sus ingresos sin padecer la resistencia de las víctimas). ES DIGNO DE CELEBRAR EL FIN DE LA PAZ EN LAS AULAS.
Así como Baudrillard ha señalado sin remilgos "la importancia de los vidrios rotos en la protesta obrera", yo subrayo en todo momento "el interés y el sentido del Instituto quemado en la revuelta juvenil"...

Estoy emocionado. Parece que la saludable irrupción de la violencia contraescolar me forzará a revisar algunos de los planteamientos "pesimistas" que vertí en El enigma de la docilidad. Parece que, por fortuna, todavía bulle la vida en las aulas. ¿Será cierto que, bajo la erosión del devenir, tiende a alejarse el espectro de una sumisión terminal de los estudiantes, de una autorrepresión (genuinamente demo-fascista) del alumnado? ¿Será verdad que el posdemocrático policía de sí mismo quiere borrarse de las aulas como se disipa una pesadilla en el espesor del sueño?

Lo que me indigna es que, a pesar de todo, a pesar del encierro (el estudiante constituye, no lo olvidemos, un "prisionero a tiempo parcial"), de los temarios insufribles, de las disciplinas crueles y de las coacciones difusas, de los métodos perversos y de las estrategias integradoras, del daño de los exámenes y de lo arbitrario de la calificación, a pesar de toda esa mecánica policial de la Escuela, de la tecnología del control social a que obedece, todavía se presente al profesor como a una víctima. Me subleva que aún se alimente el victimismo de los culpables. Los "educadores" encarnan el crimen, el atentado, la ofensa a la inteligencia -Wilde los consideraba "el azote de la esfera intelectual" y Lautréamont los caracterizaba como "embrutecedores sistemáticos", temperamentos literalmente sadomasoquistas. Ellos imponen, juzgan, sancionan, condenan; y, al mismo tiempo, engordan patéticamente o sufren el gimnasio para extirpar de sus cuerpos los signos de una existencia infame -envejecer en un cebadero-, se prodigan en "viajes de placer" que disfrazan siempre un "viaje de dolor" (hay que estar herido para viajar de esa forma, herido de aburrimiento o herido de esclavitud), hipotecan sus vidas a fin de levantar una guarida en la que esconderse y ocultar sus vergüenzas (¿cabe miseria mayor que la del alma de un docente?), Y, antes que nada, se vengan en vosotros, los jóvenes, los estudiantes, los que todavía no estáis tan perdidos, procurando que dejéis de ser como sois y los imitéis a conciencia, pugnando por sembrar en vuestra subjetividad la semilla que en ellos ha germinado: la semilla de un torturador consentido, de un mentiroso a sueldo, de un escombro satisfecho de sí.

Ha llegado la hora de no tolerar esa posición profesoral. Donde veáis a un maestro, escupidle al rostro. Es lo menos que se merece. O así lo considero yo, profesor de secundaria Escupidme si os cruzáis conmigo.

Pedro García Olivo - La Haine

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