Enfrentamiento de dos mundos: Animalismo vs. Especismo

Los animalistas y los especistas pertenecen a dos mundos opuestos. Los primeros son, antes y primordialmente, no sólo defensores del derecho animal a la vida sino que se manifiestan también tenaces e indoblegables en la denuncia de todo aquello que atente contra la plenitud de ésta.
Los especistas, en cambio, se conceden así mismos el derecho a perpetuar las costumbres asesinas de su cultura cárnica, y a fin de evadir el reproche que sus propias conciencias les dirigen, apelan a una casuística conceptual repulsiva por lo cobarde y ridícula por lo inexacta: dígasenos qué otros calificativos pueda merecer la argumentación, corriente entre todos estos hipócritas, de que aquel desvelo nuestro por la vida y por la dignidad de hermanos vivos constituye ni más ni menos que ¡una exageración! Como si pudiera concebirse exageración alguna al hablar de respeto por la vida, y como si todos los recaudos para respetarla y hacerla respetar no fueran siempre pocos, y como si el amor debido a la naturaleza no inclinara instintivamente a todo ser bien nacido a reverenciar sus equilibrios y agradecer sus fuentes nutricias genuinas (que jamás, nunca jamás para un animalista, podrá serlo la carne de un semejante).
¡Qué divertido resulta imaginar al especista de nuestro ejemplo -tan suelto de lengua y cínico cuando se trata de la vida ajena- recibiendo, por caso, la noticia de que el Estado no declinará la responsabilidad de velar por la pureza del agua que él toma del grifo, pero que de ahora en adelante no exagerará más dicho desvelo y, pues bien, si se filtra alguna que otra bacteria mortífera en su estómago o en el de su hijo no será cuestión de exagerar ni de poner el grito en el cielo! ¡Cómo le veríamos al instante al pobre estúpido llamar en su auxilio a los organismos de derechos humanos para que salvaguardaran la sacra majestad de su salud estomacal y enjuiciasen debidamente a los criminales que pusieron, con su negligencia, en riesgo la salud de su familia! Incluso es dable rastrear una variante particularmente nauseabunda de estos especistas.
Tal la que conforma un subgrupo entre ellos que ha llevado, históricamente, su ofuscamiento y su autocomplacencia al límite mismo de lo imaginable, invocando cuanta estupidez bíblica pueda prestar socorro a su paladar omnívoro. Así es como ha llegado a la nefasta conclusión, que apesta a rabinismo talmúdico, de que una suerte de misterioso derecho sagrado a someter a otros le asiste por mandato de algún sanguinario Jehová tribal.
Ha de tratarse, presumiblemente, del mismo sanguinario Ser Supremo que le autoriza a usurpar tierras en Palestina y asesinar a sus moradores, y al mismo tiempo le manda indignarse cuando alguno de esos moradores pone una bomba en su templo. Nótese las correlaciones entre judeo-cristianismo y carnivorismo: es un sagrado derecho matar en nombre de Israel, pero es un salvajismo inaceptable defenderse de Israel; es un sagrado derecho torturar animales y comernos su carne, pero es un salvaje atentado a la propiedad privada que un activista irrumpa en un laboratorio viviseccionista y libere a las víctimas. El mismo doble juego, el mismo doble discurso que torna buenas ciertas cosas de un lado y malas del otro, el mismo tuerto sentido de la indignación que llama profesional de la guerra a un soldado cuando asesina, pero llama fundamentalista -y aspira a que otros lo llamen también- a la presunta víctima cuando no se deja asesinar. La misma racionalización obtusa y maloliente en ambos casos.
Y ahora ocupémonos de los peores, de los más pérfidos y aleves, porque a su crueldad congénita añaden la pusilanimidad del que solo es fiel a una idea mientras ésta le convenga: ocupémonos, pues, de los pseudo-adalides del darwinismo. Se distinguen por profesar desaforadamente el principio meta-biológico de que el fuerte y bien adaptado ha de segregar primero y aniquilar después al débil y al inadaptado.
Pero todo esto les suena a pedir de bocas sólo mientras sospechen ser ellos los más fuertes y los consiguientes beneficiarios de dicho principio. Apenas se vuelven las tornas y otean en el horizonte la posibilidad cierta de mudarse de victimarios a víctimas, e instantáneamente mandan a paseo su convicción biologicista. Por no hablar de su postrera cobardía ideológica consistente en justificar el avasallamiento de especies, pero declararse "ipso facto" escandalizados allí donde alguien, tomándolo por sus propias frases, les preguntan si estarían, por ejemplo, dispuestos también a justificar el así llamado holocausto judío. Responderán indignados que no y mil veces no, que los han interpretado mal, que por lo que más quieran no vayan a creer que son ellos partidarios de tamaña felonía. Como dice el refrán: "ves a un cobarde y has visto a todos". Una incoherencia tan descarada y ostensible como la de estos muñecotes parlantes nos lleva a pensar que lo que este pobre infeliz porta en su caletre no es una convicción sino un mero pretexto para almorzar cadáveres.
Son estos los motivos que hacen a estos subgrupos acreedores al desprecio de los veganos. En esto no hay, tratándose de un vegano, medias tintas ni puntos intermedios ni conciliaciones posibles de ningún género: a los animales se los respeta o no se los respeta. Una tercera posición más confortable equivaldría a sostener que una mujer puede estar "un poco" embarazada; muy conveniente para su familia y para el cura, pero falso de toda falsedad desde un punto de vista conceptual.
20 de Noviembre de 2003
frutariano@hotmail.com







