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Estado español, James Petras, Mundo :: 16/02/2026

Fallece James Petras, el sociólogo que radiografió la fractura social de la España neoliberal

Rodrigo Romaneli
Del “Informe Petras” silenciado por el CSIC a su popularización por Julio Anguita y su publicación en Ajoblanco, el legado incómodo de un intelectual marxista que anticipó la fractura social

La muerte de James Petras cierra una de las trayectorias intelectuales más incómodas para el poder político y económico de las últimas décadas. Sociólogo marxista estadounidense, vinculado a la crítica del imperialismo y del neoliberalismo global, dejó en el Estado español una huella particular con el llamado Informe Petras, convertido en referencia para amplios sectores de la izquierda tras su publicación íntegra en la revista Ajoblanco en 1996 (que aun se puede leer en lahaine.org). Aquel texto, titulado originalmente “Padres e hijos, dos generaciones de trabajadores españoles”, fue mucho más que un estudio académico. Fue una enmienda al relato triunfalista de la modernización 'socialista' de los años ochenta y noventa y, al mismo tiempo, una advertencia política de largo alcance.

En el prólogo de la edición publicada por la revista, Petras relataba cómo su investigación, realizada durante una estancia en Barcelona en 1995, fue entregada al CSIC (que lo encargó y pagó) y quedó sin publicar debido al carácter demoledor de sus conclusiones. El texto acabaría viendo la luz fuera de los circuitos institucionales, acompañado por intervenciones de dirigentes como Julio Anguita. Desde el inicio, el informe se situó en un terreno incómodo, cuestionando no solo decisiones económicas concretas, sino el marco ideológico que las legitimaba.

La tesis central era nítida. La estrategia de modernización impulsada por los gobiernos del PSOE entre 1982 y 1995, basada en la liberalización económica, la integración europea y la configuración de un nuevo régimen regulador orientado a favorecer a multinacionales, había generado una fractura profunda en la clase trabajadora. En el capítulo dedicado a la estrategia de modernización, Petras describía un proceso coherente pero regresivo que combinaba privatizaciones, flexibilización laboral, creciente protagonismo del capital extranjero y subordinación a las reglas comunitarias. El resultado fue, según su análisis, desindustrialización, precarización juvenil y transferencia de poder hacia élites financieras transnacionales.

Sin embargo, lo que convirtió al Informe Petras en un texto político fue su enfoque microeconómico. El estudio se apoyaba en entrevistas a veinte trabajadores, divididos entre generaciones, que mostraban dos mundos laborales y vitales casi incompatibles. La generación que accedió al mercado laboral en los años sesenta y setenta disfrutó, pese a salarios modestos y condiciones duras, de estabilidad en el empleo, posibilidad de ascenso y construcción de un proyecto vital relativamente previsible. Y la que lo hizo a finales de los ochenta y principios de los noventa encontró contratos temporales, salarios bajos y miedo constante al despido. La precariedad no era solo económica, sino cultural y política, porque debilitaba la organización colectiva, erosionaba la cultura sindical y fragmentaba la sociedad civil.

Julio Anguita entendió rápidamente el alcance del diagnóstico. Lo citó en el Congreso y lo convirtió en argumento para sostener que el PSOE había asumido el marco neoliberal. Para una parte de la izquierda, el Informe Petras fue la radiografía de una inflexión histórica en la que la modernización dejó de asociarse automáticamente a progreso social. La idea de movilidad intergeneracional descendente se convirtió en el núcleo de la crítica, señalando que una democracia consolidada podía convivir con un retroceso material para quienes llegaban más tarde al mercado laboral.

Más allá del mercado de trabajo, Petras formuló también una crítica institucional. En el capítulo sobre el impacto en la estructura política advertía que la modernización aplicada mediante el uso recurrente del decreto ley reforzaba un liderazgo concentrado en el Ejecutivo y debilitaba la sociedad civil. Para el sociólogo, la liberalización económica iba acompañada de una degradación de la cultura cívica, con menor participación efectiva, mayor clientelismo y creciente peso de actores no electos vinculados a intereses financieros internacionales.
Su planteamiento cuestionaba el axioma dominante según el cual modernización equivalía de manera automática a democratización y avance social.

Tres décadas después, muchas de aquellas intuiciones, que se revelaron certeras, siguen siendo objeto de debate. La precariedad juvenil estructural, la temporalidad crónica y las dificultades de acceso a la vivienda reactivan preguntas que Petras formuló en los años noventa. Frente a interpretaciones que presentan el malestar juvenil como simple conflicto generacional o como choque de expectativas frustradas, su lectura devolvía la discusión al terreno material. No se trataba de un sistema que dejaba de funcionar de forma abstracta, sino de un diseño institucional y económico que priorizaba a los ricos: la liberalización, la rentabilidad financiera y la flexibilidad laboral, trasladando el coste del ajuste a quienes se incorporaban más tarde al mercado de trabajo.

El fallecimiento de James Petras, anunciado el pasado viernes por sus hijos Anthippy, Stefan, Wendy y Elizabeth aunque se produjo el 17 de enero, invita a volver a revisar su obra. Fue un pensador incómodo y polémico, en ocasiones tajante en sus juicios, pero firme y consistente en su apuesta por un análisis marxista centrado en las relaciones materiales de poder. El llamado Informe Petras no constituyó un panfleto ideológico, sino una investigación de campo de alto nivel intelectual sustentada en testimonios concretos que revelaban el reverso social de la modernización española. Su advertencia sobre la fractura generacional mantiene plena actualidad. Las persistentes tasas, tanto de precariedad juvenil como de aumento de los beneficios de los bancos, muestran que aquella brecha no llegó a cerrarse.

Petras sostuvo que la modernización debía medirse por su impacto en la vida concreta de las personas y no por indicadores macroeconómicos abstractos. Treinta años después, esa sigue siendo una de las preguntas más incómodas para cualquier proyecto político que aspire a llamarse de izquierdas. Con su muerte desaparece una voz que obligó a la izquierda española a mirarse al espejo. La incógnita es si hoy existe voluntad de volver a hacerlo.

Diario Red

 

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