Federico, a 90 años
Federico García Lorca fue asesinado el 18 de agosto de 1936. Hace nueve décadas. Fue un asesinato artero en el que le “cobraron” sus posiciones de crítica social y cercanía a la izquierda
Federico vivió 38 años. Entre el 5 de junio de 1898 y el 18 de agosto de 1936.
Su nacimiento y muerte ocurrieron en sendos años clave.
El de su nacimiento fue el de la aplastante derrota del declinante imperio español frente a la gran potencia emergente, EEUU. Con la consecuencia de pérdida de sus últimas colonias, Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Fue un choque tremendo para la sociedad hispánica. Quedó horadado el sueño de Imperio que las elites ibéricas mantenían, contra toda evidencia.
Pasó a llamárselo “el desastre”, por antonomasia.
El tremendo revés reveló irresponsabilidades e ineptitudes en la dirección política y militar del conflicto. Lo que dio impulso a un enfoque de “regeneración”. El “regeneracionismo” cabalgaba sobre la idea de que el país tenía el requerimiento perentorio de un replanteo en materia económica, política, de las relaciones de clase, la cultura. La idea de una “Nueva España” se abrió paso.
El llamado “desastre” fue gravitante en la suerte de la familia. Federico García Rodríguez, en este caso a favor. El padre del poeta era propietario rural y productor agrícola. La pérdida de Cuba, gran proveedora de azúcar, abrió la oportunidad y la necesidad para el mercado español de reemplazarla por otra fuente del endulzante.
Lo fue la remolacha azucarera. El clima y el carácter del suelo granadino resultaron ideales para el crecimiento vertical del cultivo de ese producto, que se practicaba desde unos años antes.
Federico García Rodríguez se volcó de lleno a la remolacha. Ésta se convirtió en producto “estrella” de la economía granadina. García Rodríguez no se limitó al cultivo Se extendió a la industrialización y fue socio en una fábrica de azúcar.
Estuvo activo y hábil en la adquisición de nuevas tierras para la ampliación de su producción. La estrategia de las compras obstaculizó a su vez la expansión de sus competidores inmediatos. Pasaron a detestarlo algunos paisanos granadinos y medio parientes.
No era sólo cuestión mercantil. También ideológica y religiosa. Don Federico era de ideas liberales, republicanas y de tendencia laica. Un contraste directo con el cerrado conservadurismo, el monarquismo irreductible y el catolicismo integrista que profesaban sus rivales. A la postre ellos fueron parte en una suerte de conspiración que los condujo a la comisión del crimen.
1936 el año de la muerte y desaparición fue el momento de un golpe sangriento parcialmente fracasado. El que desata un proceso de guerra. Y una revolución social con epicentro en Cataluña, región con predominio anarquista.
Una sedición reaccionaria cuyos métodos represivos fueron causal directa del crimen cometido contra el poeta. A pocas semanas del llamado “alzamiento” mataron a Federico. No puede entenderse nada acerca de la muerte violenta del poeta sin situarla en relación con la política de exterminio que desataron los militares, las policías y cuerpos paramilitares, respaldados por los patrones y la iglesia católica.
El origen y la muerte en Granada
Su lugar de origen fue el pueblo de Fuentevaqueros, en la provincia de Granada, a alrededor de 20 kilómetros de la capital provincial. Es en la zona llamada “la vega granadina”. Un área de suelo fértil, regada por el río Genil y un sistema de canales ideado en la época “andalusí”, la del predominio islámico.
Siendo niño pequeño la familia se trasladó a un pueblo cercano de la vega, Valderrubio. Y más tarde, ya con hijos en edad de “instituto” (segunda enseñanza) se dirigieron a la capital.
En la madrugada del 18 de agosto de 1936, Federico fue fusilado en la carretera que une las localidades de Víznar y Alfacar, en la provincia de Granada.
Hacía justo un mes que se había iniciado la sedición. Lorca, que estaba en Madrid unos días antes de la sublevación, buscó en su tierra natal refugio frente a la situación ya convulsionada, sin saber que se desencadenaría la insurgencia.
Refugiado en la finca familiar, la Huerta de San Vicente, ésta fue allanada en dos oportunidades y el poeta hostigado. Un cuñado suyo, Luis Fernández Montesinos, alcalde de Granada, se hallaba en poder de los sublevados desde el 20 de julio. Sería fusilado el 16 de agosto, dos días antes que su cuñado. El mismo 16 sería capturado el dramaturgo, ya en paso directo a la muerte.
Federico se había refugiado al final en casa de una familia de amigos falangistas. Uno de ellos, Luis Rosales, era un poeta joven, prometedor, y dilecto amigo de Lorca. Allí permaneció encerrado durante una semana en la planta alta de la casa, sólo dedicado a la ejecución del piano y la lectura.
Lo fueron a buscar el día 16 y no se pudo evitar su detención, pese a la intervención de uno de los hermanos Rosales, José, alias “Pepiniqui” y cierta jerarquía en Falange. Los represores hicieron un gran operativo, con guardias civiles y policías. Rodearon la casa para prevenir que el poeta se escapase.
Su probable denunciante y protagonista del arresto fue Ramón Ruiz Alonso, ex diputado por la derecha (CEDA) y antes militante del más puro fascismo español, las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS). Era obrero gráfico, algunos lo motejaban “el obrero domesticado” por sus actitudes propatronales.
La denuncia efectuada por Ruiz Alonso no se conservó. La versión que existe es que lo acusaba de “ser espía de los rusos, estar en contacto con éstos por radio, haber sido secretario de Fernando de los Ríos y ser homosexual.”
También habría dicho que hizo “…más daño con la pluma que otros con las pistolas”. La acción del cedista estuvo respaldada por los oficiales a cargo del gobierno civil de Granada, sostenedores de la decisión de darle muerte al poeta.
De los Ríos era un intelectual y dirigente político granadino, que fue ministro de Justicia y luego de Instrucción Pública de la segunda república. Pertenecía al ala “moderada” del Partido Socialista, la que encabezaba Indalecio Prieto.
Había sido profesor del poeta en la carrera de Derecho de la universidad de Granada. La hija de Ruiz Alonso, la actriz Emma Penella, sostenía que en realidad el verdadero blanco era de los Ríos y que se la tomaron con el poeta como enlace con el dirigente socialista, para apresarlo. Nunca se confirmó que así fuera.
Una vez arrestado, se lo llevaron a la sede del gobierno civil de Granada, dirigido por el comandante José Valdés Guzmán. Según el biógrafo Ian Gibson: ”… hay indicios de que, antes de dar la orden de matar a Lorca, Valdés se puso en contacto con el general Queipo de Llano, jefe supremo de los sublevados de Andalucía.”
Existen testimonios de que Queipo habría respondido “…dadle café, mucho café…” frase en clave para aludir a la instrucción de matarlo. Probada o no tal manifestación está en línea con la brutalidad y arrogancia del general.
Para colmo un republicano y masón arrepentido imbuido del renombrado “furor de los conversos”
Cuando familiares del poeta fueron a llevarle comida y mantas, se las devolvieron porque éste ya no estaba allí.
No hubo ninguna forma de juicio, sólo unos balazos en descampado y a altas horas de la noche. Un asesinato liso y llano, después de días de arresto sin ninguna acusación concreta.
A la infamia del homicidio se unió, como era común en la época, la del certificado de defunción, expedido más de tres años después. En el mismo se lee que Federico “…falleció en el mes de Agosto de 1936 a consecuencia de heridas producidas por hecho de guerra siendo encontrado su cadáver el día veinte del mismo mes en la carretera de Viznar a Alfacar”.
El crimen brutal se trasmutaba en acontecimiento bélico. Y se consignaba el supuesto hallazgo de su cuerpo. Por completo falso. Hasta hoy se ignora el paradero del mismo.
¿Por qué lo mataron?
Lorca no fue víctima de un error, como hasta la actualidad sostienen algunos neofranquistas y los “conciliadores” de la “guerra demencial entre hermanos” y valedores de la supuesta “tercera España”.
Quienes lo llevaron a la muerte no lo hicieron por razones ajenas a la política. Su homosexualidad tuvo incidencia en el odio que muchos reaccionarios le profesaban. Pero incluso su opción sexual era un hecho político. En tanto que impugnación concreta de la moralina ultraconservadora que expandían la Iglesia y sus feligreses más fervorosos. Sumados a quienes los secundaban más por conveniencias que por fe.
Contra lo que a veces se ha sostenido, Lorca era un hombre comprometido, si bien no tenía una adscripción militante explícita. Decidido partidario de la república se sentía enfrentado no sólo con la monarquía, sino con las clases que usufructuaban una estructura social y política signada por la desigualdad y la explotación.
De la clase dominante a la que más conocía, la de Granada, había dicho que era “la peor burguesía de España”. Allí fue que lo fusilaron.
En comentarios sobre el público teatral, son múltiples sus manifestaciones a propósito de que había que quitar el teatro de las garras de la burguesía y ponerlo en contacto con campesinos y trabajadores, que lo sabrían apreciar mucho mejor.
Con sus propias palabras expuso la idea elocuente de dar primacía al público popular y cambiar de raíz la extracción de clase de lxs espectadores: “Yo arrancaría de los teatros las plateas y los palcos y traería abajo el gallinero. En el teatro hay que dar entrada al público de alpargatas.
¿Trae usted, señora, un bonito traje de seda? Pues, ¡afuera!”
En cuanto a la obra escrita por Lorca, la crítica a la sociedad española, sus costumbres y a alguna de sus instituciones, tenía un lugar eminente. Tanto en sus poemas como en sus obras teatrales.
Un claro ejemplo es el titulado Romance de la guardia civil española, que recoge hechos reales de represión a agricultores y gitanos en la zona de Jerez de la Frontera, Andalucía.
El estudioso Miguel Caballero considera a esos versos “… una crítica a esa sociedad de grandes propietarios convertidos en caciques y que se apoyaban prioritariamente en la Guardia Civil para que velara por la protección de sus propiedades y de ellos mismos.”
El poeta llega a la mención expresa de un gran terrateniente y bodeguero de la zona de Jerez, Pedro Domecq, relacionándolo con los actos represivos. Un atrevimiento del tipo del que los poderosos suelen no perdonar.
En La casa de Bernarda Alba colocaba a las protagonistas el apellido real de una poderosa familia de Granada. Y Pepe “el Romano”, presencia ausente gravitante en la trama, se hallaba inspirado en un miembro de otra familia rica de la zona, los Benavídes. La obra no se estrenó hasta mucho después de su muerte, en 1945 en Buenos Aires. Sí hubo lecturas públicas cuyo contenido habrá llegado al oído de las familias afectadas.
Para la apreciación de burgueses y militares reaccionarios el poeta granadino era un personaje para nada simpático. Ciertas osadías en la pintura moral y en el lenguaje de su teatro tampoco obraban a su favor. Herían la pacatería generalizada que auspiciaba el clero integrista y compartían “las personas de orden”.
La estela del homicidio
Lo seguro es que el asesinato de Federico se inscribe de lleno en el accionar represivo y genocida puesto en marcha por el golpe de julio de 1936. El suyo es sólo el más célebre de los “paseos” de prisioneros.
Sacados de sus celdas en plena noche se los baleaba en algún sitio más o menos apartado. Sus restos eran enterrados en secreto. Fueron muchos miles.
Cuando los poderosos vieron llegar la hora de la revancha, tras el golpe de julio de 1936, el poeta sería una de sus tempranas víctimas. Su dedo acusador y vengativo se posó sobre Federico, y utilizó a los uniformados y a los embanderados con el fascismo o la extrema derecha.
Quien no fue militante partidario ni se mezcló en los conflictos cotidianos de la política había sin embargo generado un profundo mensaje, surcado por un anhelo indubitable de transformación social. Lorca no era un “inocente” aniquilado por una intolerancia genérica o una homofobia sin norte. Ni por una arbitrariedad desorientada. Cayó por sus convicciones y por sus actos.
Había retado a los privilegiados y amado a los explotados y postergados. Bastó para que los que venían al sofocamiento de la libertad y los afanes de cambio de la sociedad ibérica lo eliminaran con plena conciencia de lo que hacían.
El asesinato de la carretera de Viznar sigue impune y el cuerpo no ha sido recuperado. El homicidio de una de las figuras insignes de la literatura en lengua española del siglo XX continúa sin que se reponga a pleno la verdad. Y se haga justicia.







