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01/11/2021 :: Pensamiento

Feminismos y algo más

x Gabriela Wiener
Compartíamos la imposibilidad de articular nada con discursos excluyentes y punitivistas que restan luchas en lugar de sumarlas y hasta algo de vergüenza propia y ajena.

Compartíamos la desazón de los últimos tiempos, esta sensación de si esto es el feminismo, no gracias, quédatelo, la imposibilidad de articular nada con discursos excluyentes y punitivistas que restan luchas en lugar de sumarlas y hasta algo de vergüenza propia y ajena.

Hace poco conversaba con una amiga y compañera feminista de cómo llevábamos al menos un año sin llamarnos feministas. Compartíamos la desazón de los últimos tiempos, esta sensación de si esto es el feminismo, no gracias, quédatelo, la imposibilidad de articular nada con discursos excluyentes y punitivistas que restan luchas en lugar de sumarlas y hasta algo de vergüenza propia y ajena. Hablábamos de un momento, como es evidente, que está siendo muy bien aprovechado por Patriarcado y las fuerzas reaccionarias de izquierda y de derecha. Cómo nos habíamos colocado un poco instintivamente bajo otros paraguas más humanos, como el de las luchas antipatriarcales, de clase, queer y antirracistas, mientras caía la tormenta que no nos dejaba escucharnos como antes. 

Y en eso estaba cuando llegaron a mi buzón dos libros cuya publicación coincide cósmicamente en el tiempo, escritos por dos referentes del pensamiento contemporáneo y que desde sus títulos parecían pedirnos recobrar la esperanza en la palabra o por lo menos en lo que la inspiró: Feminismo bastardo, de la boliviana María Galindo, y Feminismos fronterizos, de la argentina Carolina Meloni. Dos buenos motivos para replantearnos este estado de desconfianza y la posibilidad incierta, es verdad, pero no menos verosímil, de volver a llamar seguros los espacios que hoy parecen expulsarnos. O, de lo contrario, afanarnos en recrearlos.

Podría estar la respuesta a nuestro desasosiego –encontrar el sur por haber perdido el norte– en ese gesto suyo tan galindista, tan genuina y deliciosamente impropio, de resignificar lo bastardo para proponer otra lectura de los feminismos, una mutante y rebelde, ni ideológica, ni académica, más bien una que se adscribiera antes a una calle o a un cerro que a un Estado.

Dice Galindo en su anarcolibro, "dan ganas de bajarse de la palabra feminismo para inventar una nueva, para reclamar un feminismo intuitivo que no ha leído a Beauvoir, ni a Butler pero que es capaz de leer la realidad que habita, ese feminismo que ha leído el cuerpo de sus madres, las cárceles de mujeres (...), un feminismo que ha leído todas las fronteras". Y que se abrace a las cholas, a las putas, a las indias, a las migrantes, a las lesbianas, a las trans, a las maricas amigas, a las obreras. Como esa tarde, en La Paz, cuando el escritor Pedro Lemebel, ya enfermo, monitoreaba desde un coche los graffitis que las Mujeres Creando, el colectivo feminista de Galindo, hacía en las paredes con los versos del chileno: "¿No habrá un maricón en alguna esquina, desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?"

Desequilibrar es lo que hace también Meloni cuando convoca a las "mestizas, abyectas y perras", rastreando las mutaciones del pensamiento feminista –también el teórico o el de la creación literaria y el relato– para buscar nuevas coordenadas de rescate y reparación, tendiendo puentes entre las casas/puestos fronterizos que construyeron Audre Lorde, Cherrie Moraga o Gloria Anzaldúa en los márgenes del siglo XX, todas llamándose feministas, desperdigando semillas sedientas en el XXI, que crecen pese a todo como campos de rebeldía inmensos. Hacia allí, los tránsitos que propone Meloni van desde la paradoja o el giro de la consciencia feminista hasta la compleja cartografía descolonial que brota de la herida. Aquí está puesto en valor todo lo que desechó el sistema porque oh, paradoja, quizá en lo que ahonda la contradicción y la encrucijada, en el desvío, están las pistas hacia la nueva comunidad. 

Por supuesto, los feminismos no se reconcilian del todo, incluyen su propia sospecha y está bien que así sea, y habrá asuntos en estos libros que nos resuenen más que otros, con los que sintamos más o menos identificación, en los que se crucen o sean divergentes. Pero los bastardos y los fronterizos coinciden, creo, en que el latido de la utopía común perdido entre las capas de silencio y ruido, de cooptación e instrumentalización, podría reencontrarse en los feminismos de las nómadas y, con ellas, en los feminismos de las diásporas, de los barrios, de los pueblos, de los territorios arrasados por donde deambulan los fantasmas de Bertha Cáceres y Marielle Franco queriendo decirnos algo y dibujando un futuro más allá de este despellejamiento mutuo y feroz. ¿Es éste un artículo esperanzado? Sí.

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