Frentes principales y frentes secundarios

LAS LUCHAS DE LIBERACIóN NACIONAL
1.- FRENTES PRINCIPALES Y FRENTES SECUNDARIOS
Esta teoría pretende privilegiar a los sectores-frentes en lucha que se sitúan en el mismo terreno de la producción, en detrimento de los otros; por consiguiente, la fábrica, lo económico, la clase obrera, en detrimento de lo que concierne al proletariado en general, de las formas de explotación y de opresión más amplias o exteriores al trabajo, etc. Esta teoría se basa en la constatación de que son las relaciones de producción las que determinan en parte la relación de la fuerza general entre clases, y en consecuencia permiten a las otras luchas, a los otros frentes, construirse e introducirse en los espacios que de este modo quedan libres por un reparto de fuerzas global . Hasta aquí, consideramos que eso es exacto. El problema es que algunos (sobre todo los marxistas) han llegado a considerar que lo que no podía tener éxito en establecer una relación de fuerzas global (las luchas que no se dan sobre el terreno de la producción) era "secundario", vale decir sin importancia, incluso despreciable. El problema no se debe plantear así; en efecto, si las luchas en la escuela, las de las mujeres, de los homosexuales, las luchas culturales, etc, no consiguen ellas solas establecer una relación de fuerzas social, se puede considerar también que sin ellas, las luchas en el terreno de la producción "pierden su alma", su misma razón de ser, ya que ya no serían portadoras de utopía, ni de la expresión de TODAS las razones que hay para rebelarse contra la sociedad capitalista. No se puede hablar por tanto de luchas secundarias. Son igual de principales e importantes. El problema es llegar a que se compenetren unas y otras. Señalemos también que la lógica de la distinción entre frentes principales y frentes secundarios conduce a no preocuparse más que de las luchas políticas - en el mal sentido del término - es decir, de la toma institucional del poder, en detrimento de todas las tentativas de grupos sociales por reapropiarse de un poder cualquiera sobre su vida. Una razón más para rechazar esta concepción.
El movimiento obrero se construyó, en la segunda parte del siglo XIX y al principio del XX, en un periodo en que se consolidaba la construcción de los Estados - Nación; el nacionalismo que se expresaba entonces era esencialmente portador de chovinismo, de racismo, de guerra, y el movimiento obrero, que se fraguó contra esos valores, no podía hacer otra cosa que rechazar violentamente, y con toda la razón, ese nacionalismo.
El hecho nacional (las características de cuya época veremos más adelante) pensó poder sustituirlo el movimiento obrero por la pertenencia universal de clase. Ahora bien, es obligatorio constatar que las previsiones que concernían a la universalización de la clase obrera a corto plazo entrañaban la interiorización de un sentimiento de pertenencia vinculado a la condición de trabajador, y no a un territorio o a una cultura, se han revelado como erróneas, al menos hasta ahora.
Hay que recalcar que el movimiento obrero se forjó en el seno de la cultura occidental- europea, es decir en el seno del imperialismo. Como reacción, en efecto, a este último, pero también imprimiéndole inconscientemente algunos esquemas ideológicos y culturales. De esta forma, el modelo de Obrero era el obrero europeo o americano de las grandes unidades de producción, y se pudo pensar entonces que la proletarización de otras partes del globo fabricaría obreros con el mismo modelo. Nada de eso sucedió.
Este esquema cultural europeo tiene su origen en la ideología republicana de 1789: tanto el anarquismo como el marxismo están impregnados de la ficción del "hombre universal" como el único capaz de liberar al mundo. Sin embargo, este concepto que se pretende totalizador (¡en totalizador podemos leer totalitario!) no puede, en definitiva, sino posicionarse contra el "hombre real" , aquel que vive, que quisiera ser dueño de una realidad, un espacio que él conoce y al que puede finalmente referirse. Olvidar esto y no referirse más que a un universalismo abstracto - aun impregnado de humanismo - es hacer un favor a los estados, a las estructuras autoritarias, únicas en condiciones de dominar - o de hacerlo creer así - las entidades que escapan al común de los mortales.
Hay que comprender que el nacionalismo patriotero y belicista, vinculado al nacimiento de los Estados - Nación, desempeñaba una función vital y necesaria - la de la pertenencia y el arraigo - , pero desviándola: una especie de neurosis.
La pertenencia a nivel mundial a una misma y única comunidad de clase, de todos los trabajadores, por justa que sea ideal y teóricamente, no correspondía más que a una ausencia de realidad vivida por la mayor parte de ella. Noción intangible, no podía incluir el conjunto de lo que las personas buscan en la necesidad de identidad; por consiguiente, ante los primeros ataques de la burguesía esta referencia se vino abajo y el movimiento obrero, casi en su totalidad, se precipitó a la guerra y al patriotismo, entregándose a otra abstracción, pero más próxima y con más medios para seducir, el Estado - Nación.
El internacionalismo proferido por el movimiento obrero ha sido demasiado a menudo negador del hecho nacional, lo que ha contribuido, como consecuencia, a reforzar sus efectos perversos. Del mismo modo que la negación del hecho nacional suele esconder mal el imperialismo de una nación, tras el internacionalismo se ha ocultado demasiado a menudo la dominación de modelos geográfica e ideológicamente concentrados y limitados. De este modo se ha podido pasar del famoso "los trabajadores no tienen patria" a la siniestra "patria de los trabajadores". Y , más que en una mala "dirección política", es aquí donde hay que ver la consecuencia de la impregnación de un pensamiento profundamente burgués, del que se puede rastrear una filiación que va del hombre universal del ideal republicano al obrero - masa de los años 70.
Ciertamente se pueden encontrar impulsos auténticamente internacionalistas en la historia: de las Brigadas Internacionales en España a la solidaridad con Polonia; del movimiento de apoyo a Sacco y Vanzetti al - aunque débil - de los mineros ingleses. Manifiestan sin duda que sectores importantes de trabajadores sienten - y actúan en consecuencia - que existen más intereses comunes con los explotados del otro extremo del mundo que con su propia burguesía nacional.
Pero estos impulsos - tan sinceros como interesados - encuentran pronto sus límites si no están anclados con fuerza en un movimiento local y más limitado, que se apropie de su territorio, de su cultura, al mismo tiempo que de sus medios de producción. Si no , se convierten en asunto exclusivo de militantes, de políticos, de grupos de presión que se deslizan rápidamente a una elección de campo de clase... a una elección de Estado - Nación... y entonces revierte hacia el patrioterismo y el espíritu guerrero.
Así pues, hay que comprender perfectamente , y extraer de ello las consecuencias, que la forma como se vive la pertenencia de clase no es universal y no depende solamente de la posición dentro de la división del trabajo; que entran en juego aspectos geográficos, lingüísticos, culturales, que subordina de manera lineal al modo de producción es extremadamente simplista.
A este respecto, se debe considerar positivo este despertar del hombre real frente a las abstracciones totalizadores/totalitarias. Despertar que encontramos tanto en la toma en consideración de todos los problemas que constituyen la vida cotidiano bajo todos sus ángulos como en la emergencia de pueblos que habían sido negados hasta el presente.
Este despertar ha dejado en un mal lugar a los viejos esquemas inoperativos y ha permitido tomar en consideración todos estos problemas en lugar de mandarlos sin juicio al vertedero de la historia.
Pero si este despertar se traduce a menudo como reacción - y es comprensible - en un repliegue individualista y "apolítico", hay que considerar que no es más que un momento y que será necesario que estas experiencias desatasquen de nuevo lo "colectivo" y lo "positivo".
Además, nosotros mismos nos hemos dado cuenta de cuántos problemas de pertenencia eran importantes en el propio seno de las luchas que, a priori, no tienen mucho que ver con las luchas de liberación nacional: lo nuclear, las luchas en la siderurgia, la vida en el campo, los movimientos de inmigrados, de mujeres, de homosexuales, las comunidades, etc... están impregnados de ellas. Cuanto más se nieguen e incluso combatan unos esta dimensión y más contestación opongan los otros, los interesados, más aspectos reaccionarios presentarán (sectas, racismo, interclasismo, retrocesos...)
Así es como nos planteamos el apoyo a las luchas de liberación nacional. En una relación de reciprocidad, de internacionalismo real. No como desfiles con algunos eslóganes sobre "la justa lucha de tal o cual pueblo", sino poniendo en evidencia hasta qué punto esa lucha tiene un papel positivo para nosotros, y de qué forma también pueden ayudar nuestras propias luchas a tal o cual movimiento.
Por ejemplo, por qué apoyar a los independentistas kanakos. Por supuesto, porque el derecho de autodeterminación, la lucha contra el colonialismo, son fundamentales y no se discuten. Pero también porque es una manera de atacar a nuestros enemigos en la Francia continental; y porque nosotros también tenemos que desarrollar nuestras propias capacidades de autonomía y de independencia.
Las luchas de liberación nacional son, actualmente, importantes trabas en la estrategia de los Estados y en la reestructuración de las relaciones Este/Oeste y Norte/Sur , y quizá especialmente contra la ideología del consenso que es ahora mismo nuestro enemigo número uno. Todas estas luchas atacan por el flanco al Estado y al centralismo.
Pero, atención, lo que nosotros apoyamos son las luchas y no sólo un principio. Hace falta que la reivindicación de independencia sea realmente emprendida por la gente, por un movimiento; tal es el caso, por ejemplo, de Kanaky, de la Guadalupe, de Irlanda, de Córcega, de Euskadi; no es el de Occitania donde, por el momento, la reivindicación autonomista agitaría un mero fantasma y donde previamente es necesario acometer un trabajo de recomposición social y cultural.
A este respecto, se puede constatar que sólo han sobrevivido, tras el reflujo de la ola de 1968, los movimientos que existían antes; los que se han creado en esta época casi han desaparecido... probablemente porque surgieron más de la ideología que de la necesidad y del interés.
Mañana: Algunas consideraciones históricas sobre el Estado/Nación







