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Pensamiento :: 11/11/2003

Ibarretxe no estuvo en Oaxaca

Alizia Stürtze
Dos noticias: La primera, la matanza contra los indígenas del Consejo Indígena Popular de Oaxaca, llevada a cabo por los grupos paramilitares que, bajo la protección del Gobierno federal mexicano, llevan tiempo secuestrando y torturando a las comunidades organizadas de la zona. La segunda, la visita a México del presidente vascongado Ibarretxe, en nombre supuestamente de un pueblo también reprimido como el vasco, pero, en realidad, en pragmática representación de los espúrios intereses de la fracción burguesa a la que representa

El famoso neurólogo y escritor Oliver Sacks describe en su reciente "Oaxaca Journal" ("Diario de Oaxaca") su visita a ese estado mexicano como miembro de un grupo de botánicos profesionales y aficionados, llegados en busca de nuevas variedades de helechos de los que la zona es exuberante. La lectura de su experiencia vital en ese paraíso de colores, olores y sabores, donde la larga cultura precolombina y la riqueza y vitalidad indígenas siguen brotando selváticamente por entre las pesadas losas de la «civilización» colonial, me coincide en el tiempo con dos noticias.

La primera, la matanza contra los indígenas del Consejo Indígena Popular de Oaxaca, llevada a cabo por los grupos paramilitares que, bajo la protección del Gobierno federal mexicano, llevan tiempo secuestrando y torturando a las comunidades organizadas de la zona. La segunda, la visita a México del presidente vascongado Ibarretxe, en nombre supuestamente de un pueblo también reprimido como el vasco, pero, en realidad, en pragmática representación de los espúrios intereses de la fracción burguesa a la que representa, lo que le lleva a relacionarse con esa oligarquía mafiosa que está aplastando a los mayas de Chiapas y Yucatán y a los mixtecos y zapotecas de Oaxaca, y aplicándoles ese «estado de excepción» que a Arzalluz tanto le escandaliza en casa. Ibarretxe prefiere así marginar su «alma india» y seguirse apuntando a la conquista americana en la que con gran ardor participaron muchos vascos en busca de botín y gloria, en nombre de la corona española y de la religión católica. Prefiere olvidar cuánto debemos los vascos a esos pueblos indígenas en cuya explotación, robo y exterminio, desgraciadamente, participamos y, al parecer, algunos quieren seguir participando.

Gracias a su patata, su maíz y su alubia empezamos los vascos a matar mejor el hambre. Su tabaco, además de fuente de placer, nos sirvió para contrabandear y sacar el imprescindible «sobresueldo». Nos descubrieron su refinada cultura del cacao y el chocolate. Cuando llegaron los conquistadores, los zapotecas hacía siglos que utilizaban un preciso calendario doble y que habían desarrollado un complejo juego de pelota, lleno de simbolismo cósmico y en el que no había ni ganadores ni perdedores. En tan desarrollada civilización, el oro sólo lo valoraban por su ductilidad para crear objetos artísticos hermosos, que fueron fundidos por los «civilizados» españoles.

Todo eso es lo que nos hace revivir Sacks en su diario, donde describe la belleza y grandiosidad de las ruinas de Monte Albán en Oaxaca: todo lo que les debemos a los amerindios, y la magnitud de nuestro expolio, pero también todo el conocimiento y la riqueza cultural que han sabido conservar y que nos han sabido transmitir. No deberíamos de olvidarlo, ni permitir que Ibarretxe lo olvide.

* Historiadora

 

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