¿No era que desaparecía la clase obrera?

Letanías inconsistentes Esta persuasión no es sólo curiosa, sino también del todo singular: en el resto del mundo, aunque sin alcanzar la centralidad de los años Setenta y resintiendo por lo demás de los póstumos de la «crisis» de la historia social, la labour history no ha desaparecido, y una ojeada a las iniciativas censadas por la International Association of Labour History Institutions (Iahli) o a los fascículos de importantes revistas como «International Labor and Working Class History» o «International Review of Social History» es más que suficiente para demostrarlo.
Mientras que en los viejos centros de la producción industrial resuenan las letanías sobre el «fin del trabajo», la consistencia mundial de los asalariados continúa creciendo. En el centro de nuevos ciclos capitalistas, muta la división internacional del trabajo y las fábricas, a la caza de bajos salarios y de escasos vínculos sociales y ambientales, se desplazan, solicitando siempre nuevas «acumulaciones originarias», entendidas, con Marx, como la ruptura de órdenes sociales dados y la proletarización o empobrecimiento de grandes estratos de población: baste pensar en aquello que está sucediendo, a escala inédita, en grandes áreas de la China rural. Y allí donde la clase obrera existe, crece y a menudo resiste, se implantan robustas tradiciones de estudios, como en India, donde la labour history es parte de la importante dirección de los subaltern studies. No cambian sólo las geografías académicas, sino también los métodos de estudio y los ejes de la narración.
Una nueva generación de historiadores
Por ejemplo, ya está lo suficientemente madura la atención a la dimensión trasnacional de los procesos productivos y de la misma clase obrera: a las traducciones de Los rebeldes del Atlántico, de Linebaugh y Rediker (Feltrinelli 2005) y Los emigrantes de Gabaccia (Einaudi 2003), esperamos les sigan las de otros importantes trabajos, por ejemplo Forces of labour, de Beverly Silver (2002, sobre movimientos obreros y globalización desde 1870 hasta nuestros días) o la recopilación de las "exploraciones" de la Transnational Labour History (2003) de Marcel van der Linden, entre los principales animadores del extraordinario Instituto internacional de historia social de Amsterdam (el riquísimo www.iisg.nl puede dar una idea y hospeda también el sitio de lahli, en el cual es posible abonarse a una útil newsletter).
Señales de un retorno del interés por la historia del trabajo y de los trabajadores no faltan ni siquiera en Italia, a menudo por obra de una nueva generación de investigadores, nacida en el fragor del gran ciclo de lucha obrera de 1969-73. Aún tiene la tinta fresca de la imprenta uno de los más interesantes resultados de esta renovada interrogación de los asuntos laborales. Con La disciplina del trabajo. Obreros, máquinas y fábricas en la historia italiana, (Milán, Bruno Mondadori 2007, 335 páginas, 27 euros) Germano Maifreda ofrece un interesante intento de síntesis de más de dos siglos de producción industrial italiana.
Esta reconstrucción adopta un punto de vista crucial: las prácticas de racionalización del flujo productivo centradas en la introducción de un sistema de máquinas cada vez más automatizado, que implica la puesta en trabajo en la fábrica centralizada de una masa de individuos que es necesario organizar, instruir y sobre todo vigilar. Bajo la guía de los trabajos de Bigazzi, Berta y Sapelli, Maifreda toma distancia de las dos impostaciones más difundidas en el estudio de este proceso histórico: la idea de una racionalidad intrínseca y progresiva de la evolución tecnológico-organizativa de la producción, y la especular negación que reduce las máquinas y la técnica a mera estrategia del capital y degradación del trabajador.
Maifreda alude explícitamente al debate sobre las tesis de Braverman (Trabajo y capital monopólico, 1974), mientras que parece más discutible incluir toda la historiografía marxista (desde los clásicos Hobsbawm y Thompson a Montgomery y demás) en un paradigma, por decir de algún modo, "obrero". En efecto, justamente en esta tradición se delineó la historización del capitalismo que inspira las páginas de Maifreda y, no casualmente, a menudo se hacen presentes, en las notas del volumen, las contribuciones de los estudiosos que dieron vida, en la Italia de los años Setenta y Ochenta, a un rico laboratorio de historia social en torno al "triángulo" industrial: una "estación de investigación" que, por lo demás, Maifreda se propone explícitamente revalorizar.
Sin embargo, se haría injusticia al autor si no se reconociera la vastedad y originalidad de los principios interpretativos y metodológicos diseminados en el libro. El amplio conocimiento de la historiografía y de las ciencias sociales (incluidos los trabajos fundamentales de Marx y Weber) es efectivamente sintetizado con el auxilio de un planteamiento inusual en las investigaciones italianas sobre el trabajo: como revela la insistencia en la disciplina, la referencia a la obra de Michel Foucault, en particular el Foucault "histórico" de los años Setenta, que sugiere la "disciplina del trabajo" como "instauración continuada de una relación directa entre docilidad y utilidad de los trabajadores, a fin de volverlos tanto más eficientes cuanto más obedientes sean", "forma de poder" basada en la separación y la diferenciación.
Aun heredando formas preexistentes (como la "policía" de los Setenta o la clausura monástica), la disciplina del trabajo industrial es para Maifreda el corazón de la modernidad. La obediencia y la eficiencia son el resultado de un proceso de disciplinamiento específico que se vuelve a proponer en cada transformación industrial, condicionado tanto por relaciones concretas de poder local, como por un vasto proceso de disciplinamiento social, que pasa -foucaultianamente- a través de escuelas y prisiones, cuarteles y hospitales. También en las fábricas, el poder disciplinario se rige sobre el saber (y viceversa), y opera -a diferencia de la reflexión "alta" de filósofos, economistas, médicos laborales y teóricos de la organización- con un sistema de prácticas "bajas" (manuales, reglamentaciones, sanciones, pero sobre todo, distribuciones espaciales, clasificaciones por cualificación, análisis de los tiempos y de los gestos).
Con los "dispositivos de vigilancia" de las fábricas, que permiten la centralización, la mecanización y el alza de la productividad, nace una forma de poder "relacional", no meramente represiva, sino que sugiere y regula las conductas. Abarcando desde las producciones textiles y mecánicas del siglo XIX hasta las fábricas informatizadas de nuestros días, y midiéndose incluso con las demandas de los estudios de género y de la "nueva" historia cultural, Maifreda pasa revista a la crisis de las corporaciones y al vacío normativo que le sigue, a excepción de la prohibición, que en Italia dura hasta 1889, de asociación y de huelga. El inmenso poder discrecional de los patrones que se deriva de esta situación, conduce a la concentración y al control invasivo de las conductas obreras. A fin de siglo se registra un primer vuelco: el crecimiento impone nuevas subdivisiones del trabajo y, con la adopción de las máquinas utensilio, el control avanza hasta abarcar el detalle de los procesos, descomponiendo la fuerza de trabajo.
Redimensionado el peso de los obreros de oficio, de la destreza y de la misma capacidad física, junto a los obreros comunes se crean nuevas cualificaciones, lo que da una composición de clase que fue protagonista de las luchas de la era giolittiana. Entre las dos guerras, la disciplina se propaga a toda la empresa, favorecida también por el régimen fascista. Fracasos culturales
A la par que se introducen las cadenas de montaje que extremizan la serialidad del trabajo, aumenta en la fábrica el peso de los técnicos, desde los ingenieros al cronometrista, desde los médicos laborales a los psicólogos que seleccionan el personal. Después de 1945 la introducción de las máquinas transfer norteamericanas y la importación de nuevos métodos de gestión y valoración del trabajo acompañan el triunfo del taylorismo-fordismo, minado, sin embargo, por problemas de sincronización. Antes aun que técnico-productivo, el fracaso es cultural, y a la desafección obrera sigue pronto el conflicto, favorecido por la rigidez del sistema. El resto es historia de los últimos decenios, experimentos neoartesanales, ulterior automatización por vía de la informática y descentralización, en el marco de la decadencia manufacturera del país.
En conclusión, Maifreda insiste oportunamente en el carácter de "larga duración" del disciplinamiento industrial y a quien tiende a rubricarlo entre los muchos males del siglo XX le recuerda que el modelo persiste aún hoy: desde hace dos siglos la mecanización y la automatización son periódicamente propuestas como vías de superación del conflicto social, pero no hacen más que alimentarlo al impulsar siempre nuevos aparatos disciplinarios. En el prólogo el autor había insistido sobre la ineficacia de estas formas de poder, que habrían sido interiorizadas por los mismos trabajadores hasta obtener un verdadero consenso sobre los aspectos técnico-organizativos.
El desecho de la desobediencia
Ya Gramsci había recordado, casi previniendo las lecturas idealistas de su obra, que la «hegemonía nace de la fábrica», pero aquí quizás se desvaloriza el peso de las matrices extra-productivas en la génesis de la obediencia obrera: la mercantilización que obliga a los productores a intercambiar la erogación de la fuerza de trabajo con un salario que consienta la subsistencia, pero también la acción del Estado y de la política, evidente en los momentos de conflicto y en las coyunturas de guerra. Sin embargo, la obra presenta numerosas referencias a la indisciplina en las palabras de dirigentes y obreros, en sus conflictos concretos, en los estudios de técnicos y especialistas: es, efectivamente, el desecho de la desobediencia lo que permite calar la disciplina en un contexto efectivamente relacional, como es el auspiciado por Maifreda en las páginas introductorias.
Más allá de estas consideraciones, que señalan más que nada la oportunidad de una reapertura de una discusión sobre la base de nuevas canteras colectivas de investigación, La disciplina del trabajo es un estimulante ensayo de interpretación, que tiene el mérito de volver a proponer cuestiones apresuradamente cerradas y acantonadas en los últimos 25 años. Con estos capítulos sobrios y densos de ideas deberán medirse los estudios por venir, pero es lícito esperar que el estudio de Maifreda pueda ser discutido incluso más allá del círculo de los apasionados y de los investigadores y, sobre todo, pueda ser de ayuda a aquellos docentes que en la escuelas se esfuercen todavía para volver visible el mundo cotidiano del trabajo y sus historias.
Michele Nani es profesor de historia social en la Universidad de Papua.
Il Manifesto, 16 mayo 2007. Traducción para sinpermiso.info: Ricardo González-Bertomeu







