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Andalucía :: 16/03/2014

¿Pero qué hace un andaluz consciente marchando a Madrid?

Nación Andaluza
Salir del ámbito andaluz para sumarse al español. Salir del ámbito de la izquierda contra el régimen para sumarse a la izquierda del régimen
Con frecuencia la izquierda “de ámbito “estatal” organiza desde Andalucía concentraciones, manifestaciones y marchas en o hacia Madrid con distintas motivaciones, lo cual entra dentro de su estrategia españolista. Las últimas marchas en cambio, las del 22-M, han sido impulsadas por sectores mayoritarios de la izquierda andaluza, lo que no es muy sorprendente si tenemos en cuenta su incomprensión de lo español y sus implicaciones, a causa de la enorme debilidad y superficialidad ideológica que padece. Por contra, sí lo es que sean defendidas y participadas por una parte de la izquierda nacional. Y es precisamente desde una perspectiva exclusivamente nacional y popular andaluza desde la que se hace y cabe hacerse la pregunta del encabezado. Madrid era una población castellana más, hasta que en 1561 Felipe II la eligió como residencia permanente de la corte imperial. No fue una elección casual. Su situación geoestratégica fue la que determinó su conversión en “villa y corte”, a modo de primigenia capitalidad española. Estar en el centro geográfico le permitía a aquel Imperio Español un mayor y mejor control sobre los pueblos peninsulares. Esta ventaja fue la causa de que continuara desempeñando ese papel cuando los restos de aquel primer Imperio se perpetuaron, desde mediados del XIX, evolucionando como imperialismo capitalista bajo la apariencia formal de un Estado-nación. El pacto de compartición del poder entre el sector aristocrático isabelino y la gran burguesía, origen del invento de la nación española y los estados españoles, mantuvo esa conceptuación de Madrid como eje político y social del imperialismo español. Como el elemento esencial para facilitar el dominio y opresión sobre los pueblos peninsulares e insulares bajo su control. Pero a este papel añadió otro, el utilizar la ciudad para extender el mito de esa supuesta existencia de España y los españoles como realidades justificativas de un Estado Español. Madrid será convertida en mucho más que en capital del Estado, por cierto ambos conceptos, Estado y capitalidad, eminentemente burgueses. Madrid será transformada en esencia de lo español, el lugar desde el que expandir el españolismo político y sociológico, así como desde el que se combatirá cualquier intento de renacimiento identitario, cultural o político de los pueblos. Por tanto, España no es una realidad preexistente que en manos del Capital se convierte en típico Estado-nación burgués; es una falsa realidad creada a posteriori por el Capital, sobre los restos de aquel Imperio, para enmascarar la imposición del imperialismo ejercido sobre los pueblos. Y Madrid tampoco es una ciudad cualquiera, es la concretización de lo español. Es el españolismo político y sociológico, como expresión regional del imperialismo capitalista, el origen de esa tradición inducida del ir a Madrid para alcanzar objetivos y metas. Aunque ya desde las diversas etapas del imperialismo del antiguo régimen el ir a la “villa y corte” para el que aspirase a “labrarse un porvenir” era ya costumbre, y ese centralismo imperial se acentuó con los Borbones, fue a partir del estatalismo español decimonónico ideado por el Capital cuando se exacerbó exponencialmente, convirtiéndose en peregrinaje obligado potenciado de una forma consciente y premeditada. La burguesía necesitaba destruir las identidades de los pueblos bajo su yugo y sustituirla por la española como método de justificar la opresión que amparase el expolio y la explotación sobre ellos. Liberales y “progresistas”, representantes de los distintos sectores e intereses burgueses de la época, se esforzarán en lograrlo legislando medidas para acabar con el “provincianismo”, el término que en el lenguaje del XIX equivalía a la destrucción de identidades locales y nacionales, a través de un férreo centralismo político y social que desde Madrid se irradiaba hacia sus sucursales territoriales, las otras “capitales”. Esta es la razón de las divisiones provinciales y regionales surgidas entonces como repeticiones a pequeña escala del centralismo, designando capitales provinciales y regionales que actuarán a su vez como correas de transmisión del españolismo. El caso del “centralismo sevillano” en Andalucía es paradigmático. Ese centralismo no es sevillano ni andaluz, sino que es centralismo español traspasado a nuestra tierra y ejercitado desde Sevilla. Y lo mismo cabe decir acerca del papel de las ocho “capitales” provinciales. No hay un centralismo de la ciudad-capital sobre las otras localidades conformadoras del artificio provincial, lo que hay es la utilización por España de dicha “capitalidad” para controlar mejor a las poblaciones. Además de para el dominio de estas localidaes y para constituirlas en focos de irradiación españolista, las capitales serán herramientas para impulsar divisiones internas potenciando los agravios comparativos: “divide y vencerás”. El que todo dependa, parta, se dirija o culmine en Madrid, es un plan orquestado por el Capital para fomentar España y el españolismo, y a través de ellos esas superestructuras garantes de la continuidad de su dominio sobre los pueblos trabajadores que son los estados españoles. Siendo Madrid “la Capital de España”; ese ir, exigir o esperar de Madrid, ese cambiar en, desde o a partir de Madrid, equivale a extender la creencia de que todo gira alrededor de España y un Estado Español; de ellos depende y a ellos está subordinado todo. Y se hace así obviamente para fortalecer España y lo español, razón por lo que ese ir a Madrid es impulsado y propagado por el españolismo, sea de derechas o de “izquierdas”. Y fomentar a España y lo español es potenciar la burguesía y lo burgués, al Capital y lo capitalista, pues España y lo español, como lo estatal y estatalista español, son sus herramientas de poder. España y Capital son sinónimos indisociables. Ser anticapitalista es ser antiespañol y viceversa. Y es la incomprensión de este hecho por ciertas izquierdas empecinadas en proyectos estatales desde supuestas posiciones internacionalistas y obreras, lo que las convierte en ciegos instrumentos al servicio del Sistema. Blas Infante calificaba como andaluces/zas de conciencia, detentador@s de plena conciencia andaluza, a l@s que poseían consciencia identitaria y actuaban en total concordancia con la misma. Con tal denominación subrayaba la ineludible necesidad de coherencia entre ideario y actos, entre fines y estrategias. Esta formulación se convierte en ineludible principio director especialmente en el caso de pueblos anestesiados por paralizantes altos grados de alienación nacional, social y de clase, como el andaluz. Esa es la razón de su empeño por lo pedagógico. Para Blas Infante toda acción debía incluir un componente pedagógico. Y ese componente era para él tan importante como el propio objetivo, pues la consciencia es el primer elemento incitador del levantamiento popular, y por tanto era y es intrínsecamente revolucionaria. Ser andaluz/a de conciencia, ser plenamente consciente y consecuente con ese ser andaluz/a, y todo lo que supone y conlleva el serlo, es más que partir de la existencia de una nación negada y ocupada, y un pueblo sojuzgado y explotado. Más que afirmar defender nuestra soberanía. Incluso más que proclamar la lucha por la independencia, o incluso por la emancipación social y de clase, por la revolución socialista. Ser andaluz/a de conciencia es todo eso y, además, ante todo y sobre todo asumir e interiorizar el ser andaluz/a al extremo de encauzar cada discurso y actuación en conformidad con esas premisas, haciendo interdependientes y concordantes teoría y praxis, e incluyendo en todas las actividades y reivindicaciones, por concretas que sean, ese elemento pedagógico, concienciador e impulsor del activismo popular y de clase. Consecuentemente, desde unas perspectivas nítida y radicalmente revolucionarias andaluzas, deberán medirse los aciertos y errores en los diversos proyectos y actuaciones según estos contengan o carezcan de tres condicionantes: combatir a España y a lo español, al capitalismo económico e ideológico, y la alienación identitaria y de clase del pueblo trabajador andaluz. Estas marchas no contienen ninguno de estos tres condicionantes. El hecho de que se dirijan a “la Capital de España” ya son suficientemente clarificadoras en cuanto a mostrar y demostrar el que no son, no pueden ser, y ni tan siquiera pretenden combatir a España y lo español. Como ya se ha expuesto, ese ir a Madrid es en sí mismo un instrumento de reforzamiento del españolismo. Incluso aunque se hiciese sin esa intencionalidad el resultado es y será indefectiblemente ese. Potenciar políticas andaluzas incluye proponer y actuar desde un marco territorial y referencial exclusivamente andaluz. Y se circunscribe a dicho marco no solo por cuestiones de principios o coherencia con planteamientos andalucistas, sino también por razones prácticas y de eficacia. Más allá de la incongruencia intrínseca y la imposibilidad manifiesta que contiene el pretender combatir a España y al españolismo potenciando alternativas españolas, la misma construcción nacional andaluza requiere imprescindiblemente de proyectos exclusivamente andaluces en todos los ámbitos y esferas de trabajo: políticos, sociales, laborales, culturales, organizativos, etc., y también por una cuestión de especificidad. Tanto Andalucía como sus clases populares poseen unas singularidades que no permiten ni aplicarle alternativas foráneas, ni traspasar las nuestras a terceros. Todo estatalismo español no sólo es que sea una instrumentalización de la izquierda por el españolismo, es además un error en su misma concepción teórica. Carece de racionalidad y es completamente anti-dialectico aplicarle idénticas fórmulas a unas realidades diferenciadas, y en algunos aspectos incluso contrapuestas e incompatibles. Las alternativas en Andalucía y para Andalucía tienen que ser, por todo ello, totalmente andaluzas y circunscribirse a Andalucía, porque las problemáticas a solventar son singularmente andaluzas. Pretender aplicarle a Andalucía y al pueblo trabajador andaluz recetas ajenas a su propia realidad es estar condenados al fracaso. Tampoco se caracterizan estas marchas por su carácter anticapitalista. Aunque sean envueltas en un lenguaje superficialmente “radical”, las metas son palpablemente reformistas, desde los cambios de legislaciones o de gobierno a la negativa al pago de la deuda, ninguna de ellas, ni directa ni indirectamente, son contradictorias con las bases constitutivas y sostenedoras del sistema capitalista, siendo perfectamente asumibles por el régimen español. Y no porque sean reivindicaciones básicas, concretas o dirigidas a un amplio espectro social, sino por no ponerlas en interrelación con el propio Sistema. Mantener un discurso donde el enemigo a batir no es el Sistema sino el PP, cuyo fin no es la confrontación contra el capitalismo y su Estado sino el realizarle a ambos determinadas mejoras o controles, es no solo mero reformismo, es también hacerle el juego a una socialdemocracia que no aspira a cambiar el régimen, sino a gobernarlo. No me extenderé más en esta argumentación porque ya lo hice en otro artículo reciente: “IU, el PSOE del siglo XXI”, y a él me remito. No es cuestión de ser innecesariamente reiterativo. En cuanto al contenido que poseen las marchas en torno a coadyuvar a combatir la alienación identitaria y de clase popular, es obvio no ya el que carezcan de él, es que, por el contrario, contribuyen a su mantenimiento y propagación. Las dos aspectos anteriormente analizados son ya de por sí una prueba al respecto. ¿Cómo es posible hacer consciente a nuestras clases populares acerca de formar parte de una nación negada y oprimida por España, de un pueblo sojuzgado y explotado por esa España, y de que consecuentemente de España no puede proceder ninguna solución porque España y sus estados constituyen el problema, mientras, al mismo tiempo, proponemos reivindicaciones a exigir de España y a reclamar en la Capital de España? ¿Y cómo es posible hacer conscientes a las clases populares andaluzas en general y a su clase obrera en particular de que en el capitalismo y en las superestructuras por él creadas para permitirle el dominio sobre ellos, sus estados, está el enemigo a batir y a erradicar de sus vidas, si al mismo tiempo les estamos proponiendo reformarlos, haciendo proceder las soluciones de los cambios y mejoras en los mecanismos de actuación del capitalismo y de la administración del Estado? Organizar marchas a Madrid, desde una óptica revolucionaria andaluza, no constituye un error más o menos trascendente, tan siquiera un simple proyecto contraproducente, significa el traspasar una línea fronteriza determinante. Salir del ámbito andaluz para sumarse al español. Salir del ámbito de la izquierda contra el régimen para sumarse a la izquierda del régimen. De ahí el deber que detentan los andaluces de conciencia, l@s militantes y simpatizantes de la izquierda independentista, de no participar en ellas y denunciar el peligro que suponen para el desarrollo de un proyecto sindical y sociopolítico nítidamente andaluz y de clase el persistir en estas estrategias. Es tal el cambio cualitativo y el riesgo para el futuro que conllevan, que ante estas marchas no caben silencios, prudencias o equidistancias, y menos aún apoyos. Desde la responsabilidad para con nuestra tierra, nuestro pueblo y su clase obrera, solo cabe gritar un decidido e inequívoco no: ¡así no!
 

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