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26/06/2005 :: Pensamiento

¿Una civilización no represiva?

x Herbert Marcuse
Durante los años sesenta el pensamiento de Marcuse se convirtió en el inspirador de la llamada «nueva izquierda», tanto americana como europea, y su pensamiento se constituyó en uno de los núcleos protagonistas de las revueltas estudiantiles de 1968, especialmente del «mayo francés»

La sola idea de una civilización no represiva, concebida como posibilidad real en la civilización establecida en el momento actual, parece frívola. Inclusive si uno admite esta posibilidad en un terreno teórico, como consecuencia de los logros de la ciencia y la técnica, debe tener en cuenta el hecho de que estos mismos logros están siendo usados para el propósito contrario, o sea: para servir los intereses de la dominación continua. Las formas de dominación han cambiado: han llegado a ser cada vez más técnicas, productivas, e inclusive benéficas; consecuentemente, en las zonas más avanzadas de la sociedad industrial, la gente ha sido coordinada y reconciliada con el sistema de dominación hasta un grado imprecedente.

Pero, al mismo tiempo, las capacidades de esta sociedad y la necesidad de una productividad aún mayor engendran fuerzas que parecen minar los fundamentos del sistema. Estas fuerzas explosivas encuentran su más clara manifestación en la automatización. La automatización amenaza con hacer posible la inversión de la relación entre el tiempo libre y el tiempo de trabajo, sobre la que descansa la civilización establecida, creando la posibilidad de que el tiempo de trabajo llegue a ser marginal y el tiempo libre llegue a ser tiempo completo. El resultado sería una radical tergiversación de valores y un modo de vivir incompatible con la cultura tradicional. La sociedad industrial avanzada está en permanente movilización contra esta posibilidad.

Así, el concepto de una forma de vivir no represiva ha sido invocado en este libro para mostrar que la tra nsición a un nuevo estado de civilización, que las posibilidades de la época actual sugiere, puede implicar la subversión de la cultura tradicional, tanto en el aspecto intelectual como en el material, incluyendo la liberación de las necesidades y satisfacciones instintivas que hasta ahora han permanecido como tabús y han sido reprimidas. Mi hipótesis ha sido sometida a malas interpretaciones; la más seria de ellas se refiere a los cambios y precondiciones necesarios para el nacimiento de esa nueva etapa.

Subrayé desde el principio de mi libro que, en el período contemporáneo, las categorías psicológicas han llegado a ser categorías políticas hasta el grado en que la psique privada, individual, llega a ser el receptáculo más o menos voluntario de las aspiraciones, sentimientos, impulsos y satisfacciones socialmente deseables y necesarios. El individuo, y con él los derechos y libertades individuales, es algo que todavía tiene que ser creado, y que puede ser creado sólo mediante el desarrollo de relaciones e instituciones sociales cualitativamente diferentes. Una existencia no represiva en la que el tiempo de trabajo (por tanto, la fatiga) se reduce al mínimo y el tiempo libre es liberado de todas las ocupaciones activas y pasivas del ocio impuestas sobre él en interés de la dominación, si es que puede ser posible, puede serlo sólo como resultado de un cambio social cualitativo. Sin embargo, las conclusiones de esta posibilidad, y la radical tergiversación de valores que exige, debe guiar la dirección de tal cambio desde el principio y debe ser eficaz inclusive en la construcción de las bases técnicas y materiales. Sólo en este sentido la idea de una gradual abolición de la represión es el a priori del cambio social -en todos los demás aspectos, sólo puede ser la consecuencia.

Con toda seguridad, uno puede practicar la no represión dentro del marco de la sociedad establecida: desde la mímica de vestirse y desvestirse hasta la vasta parafernalia de la vida activa o pasiva. Pero en la sociedad establecida, este tipo de protesta se convierte en un medio de estabilización e inclusive de conformismo, no sólo porque no toca las raíces del mal, sino porque contribuye a demostrar la existencia de las libertades personales que son practicables dentro del marco de la opresión general. Que estas libertades privadas sean practicables todavía y se practiquen es bueno; sin embargo, la servidumbre general les da un contenido regresivo. Antiguamente, la liberación de la represión era, dentro de condiciones normales, el privilegio exclusivo de una pequeña clase superior; bajo condiciones excepcionales, también le era permitida a los estratos menos privilegiados de la población y era asumida por éstos. En contraste, la sociedad industrial avanzada democratiza la liberación de la represión -una compensación que sirve para fortalecer al gobierno que la permite y a las instituciones que administran la compensación.

Propongo en este libro la noción de una «sublimación no represiva»: los impulsos sexuales, sin perder su energía erótica trascienden su objeto inmediato y erotizan las relaciones normalmente no eróticas y antieróticas entre los individuos y entre ellos y su medio ambiente. En un sentido opuesto, uno puede hablar de una «desublimación represiva»; liberación de la sexualidad en modos y formas que reducen y debilitanla energía erótica. También en este proceso la s exualidad se extiende sobre dimensiones y relaciones antiguamente prohibidas. Sin embargo, en lugar de recrear estas dimensiones y relaciones de acuerdo con la imagen del principio del placer, la tendencia opuesta se afirma: el principio de la realidad extiende su abrazo sobre Eros. La más clara ilustración de este hecho nos la proporciona la metódica introducción de la sexualidad en los negocios, la política, la propaganda, etc. El grado en que la sexualidad alcanza un definitivo valor en las ventas o llega a ser un signo de prestigio y de que se respetan las reglas del juego, determina su transformación en un instrumento de la cohesión social. El acento en este terreno familiar puede de terminar la profundidad del abismo que separa inclusive a las meras posibilidades de liberación del estado de cosas establecido.

Si hay alguna manera en la que la aparición de estas posibilidades puede anunciarse a sí misma antes de la liberación, será por medio de un aumento antes que de un descenso de la represión: al contenerse la desublimación represiva. La última tiene un aspecto particularmente regresivo: la feroz y a menudo metódica y consciente separación de la esfera instintiva de la intelectual, del placer del pensamiento. Es una de las más horribles formas de enajenación impuestas al individuo por su sociedad y «espontáneamente» reproducida por el individuo como una necesidad y satisfacción propias. Lejos de justificar esta clase de separación, el concepto de la sublimación de Freud considera a las llamadas altas aspiraciones del hombre susceptibles de realizar el principio del placer -aunque esa realización presupone, en último análisis, un cambio cualitativo en el principio de la realidad establecido. Consecuentemente, la liberació;n instintiva abarca la liberación intelectual, tanto má s cuanto que la lucha contra la libertad de pensamiento e imaginación ha sido convertida en un poderoso instrumento del totalitarismo, tanto el democrático como el autoritario. La desublimación represiva acompaña a las tendencias contemporáneas hacia la introducción de totalitarismo en los negocios cotidianos y los ocios del hombre, en su trabajo y en su placer. Se manifiesta a sí misma en todos los múltiples aspectos de las formas de diversión, de descanso, y está acompañada por los métodos de destrucción de la vida privada, el desprecio por la forma, la incapacidad para tolerar el silencio, la orgullosa exhibición de la crudeza y la brutalidad. Todo esto es liberación de la represión, liberación del cuerpo de las depravaciones del trabajo -es incluso liberación de un cuerpo sensual hasta cierto punto, que goza de los logros de la higiene física y la ropa agradable. Pero es, a pesar de todo, la liberación de un cuerpo reprimido, que actúa como instrumento de trabajo y de diversión en una sociedad que está organizada contra su liberación.

He acentuado suficientemente (y quizás ilícitamente) los aspectos progresivos y prometedores de este desarrollo para tener el derecho de insistir en los negativos. Los sucesos de los últimos años refutan todo optimismo. Las inmensas posibilidades de la sociedad industrial avanzada son movilizadas cada vez más contra la utilización de sus propios recursos para la pacificación de la existencia humana. Toda conversación acerca de la abolición de la represión, acerca de la vida contra la muerte, etc., tiene que colocarse dentro del marco actual de esclavitud y destrucción. Dentro de este marco, incluso las libertades y gratificaciones del individuo participan de la supresión general. Su liberación, instintiva tanto como intelectual, es un problema político; y una teoría de los cambios y precondiciones necesarios para realizar esta liberación tiene que ser una teoría del cambio social.

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Prólogo a la edición de Vintage de Eros y civilización, en Psicoanálisis y política, Península, Barcelona 1969, p.149-155.

Herbert Marcuse
(1898-1979)

Filósofo alemán nacionalizado norteamericano. Nació en Berlín en el seno de una familia judía burguesa. Ya de joven adoptó posiciones políticas de izquierda, que le llevaron a simpatizar con el movimiento socialdemócrata alemán, pero en 1920, después de la ejecución de Rosa Luxemburgo y del fracaso de la revolución espartaquista, abandonó desilusionado Berlín y dejó de participar de manera directa en la actividad política. Marchó a Friburgo para estudiar con Heidegger, cuyo pensamiento, junto con la fenomenología husserliana, la filosofía de la historia y de la vida de Dilthey, el marxismo y el pensamiento de Hegel, fueron sus grandes influencias iniciales.

En su primera etapa intentó una conciliación de los pensamientos de Hegel y de Heidegger. Este último fue quien dirigió su tesis doctoral que publicó en 1932 con el título La ontología de Hegel y la teoría de la historicidac4 en la que creyó encontrar una anticipación de la noción heideggeriana de historicidad en la doctrina de Hegel sobre el ser. Intentó, adem& aacute;s, la conciliación de esta línea de pensamiento con las tesis de Marx. Interesado por la investigación de los fundamentos de una teoría social, en el mismo año fundó, junto con Adorno, Horkheimer y Benjamin, la llamada Escuela de Francfort. Al año siguiente, debido a la ascensión de los nazis al poder, se exilió y finalmente se estableció de forma definitiva en los EE.UU., donde ejerció como profesor en las universidades de Columbia, Harvard, Boston y San Diego.

En su etapa americana reanudó y profundizó su interés por el psicoanálisis de Freud del que toma especialmente los conceptos de sublimación, represión, principio del placer y principio de realidad, para integrarlos con los conceptos marxistas de alienación, fetichismo de la mercancía y explotación. De esta manera, su pensamiento puede encuadrarse dentro del llamado freudomarxismo, (aunque reprocha al neo-psicoanálisis de autores como E. Fromm, K. Horney o H.S. Sullivan, el abandono de los aspectos potencialmente subversivos del psicoanálisis, al que acusa de constituirse en instrumento de integración de los individuos en una sociedad represiva). Ciertamente no parecía fácil una conciliación de las posiciones de Marx y las de Freud, quien había señalado el carácter represor de la cultura. El debate entre las concepciones de ambos autores, que data de los años veinte, ya había suscitado un amplio movimiento teórico, del que Wilhelm Reich era uno de los abanderados, en el sentido de afirmar que la auténtica emancipación social debía pasar por una revolución no sólo social, sino también sexual. Marcuse, en su obra Eros y civilización (1955) hace una reinterpretación de El malestar en la cultura de Freud, y un estudio de las causas de la represión soci al y sexual, e intenta teorizar las condiciones de una sociedad y una cultura no represivas.

Si bien es cierto que Freud había señalado que es necesaria una cierta «represión» de la libido para que pueda triunfar el «principio de realidad», y había indicado entre los mecanismos de la cultura la tensión entre las pulsiones de Eros y Thánatos, orientada hacia la formación represora de la cultura (que, como dice Freud, no tiene la felicidad como uno de sus valores), también es cierto que el mismo Freud había señalado aspectos contradictorios en el mismo Eros, y aspectos positivos en la sublimación. Respecto a ello, Marcuse indica que los aspectos mas destructivos de la represión se dan en las sociedades especialmente opresoras, y señala que en las modernas sociedades industriales de consumo, se añade una sobre represión, que es fruto de la unión de la represión del principio de realidad con la del principio de rendimiento que está en la base de las sociedades capitalistas. Por otra parte, por esta época, Marcuse se enfrentó también con el marxismo soviético, ya que también éste se convirtió en instrumento al servicio de una sociedad represiva burocrática y totalitaria. De hecho, sustentaba Marcuse, las sociedades basadas en el modelo soviético también desarrollaron características represivas, pero aunadas al cinismo con el que intentaron enmascarar la explotación. No obstante, es en las sociedades capitalistas más desarrolladas donde aquella sobrerrepresión se convierte en más eficaz por estar completamente enmascarada y mistificar la conciencia de los hombres.

Así, se produce una aparente paradoja, de forma que Marcuse, máximo abanderado de la revolución sexual y de una sexualidad polimorfa, arremete en contra de l a pretendida liberalización de las costumbres que se produjo en las sociedades capitalistas más desarrolladas, que lejos de conducir a una mayor libertad, ha sido completamente integrada por el sistema y la ha puesto a su servicio, convirtiendo la misma sexualidad en objeto de consumo. El hombre de la sociedad capitalista «avanzada», obnubilado por un consumo sin freno y por una falsa liberalización de las costumbres, pierde todo sentido crítico, se convierte en un hombre unidimensional, integrándose más y más en el sistema. Incluso el proletariado industrial, el supuesto sujeto revolucionario, según el marxismo, ha llegado a perder este carácter y ha sido integrado en el sistema capitalista, comprado por el espejismo del falso bienestar ofrecido por el consumismo. Ante esta generalización de la alienación y de la unidimensionalizaciónde los hombres, es preciso, según Marcuse, a la vez una reivindicación y una reinterpretación del pensamiento de Marx: mantener su capacidad crítica, pero replantear ésta crítica no tanto desde la concepción marxista clásica de la alienación del trabajo, sino a partir de la felicidad total del ser humano. Se trata, según Marcuse, de añadir al marxismo la dimensión de lo lúdico, de la alegría, del erotismo y de la eudaimonía en el sentido más amplio.

Puesto que la explotación capitalista se mantiene, pero las formas de dominación se han hecho más sutiles, y el sistema ha llegado incluso a obtener el consentimiento de los explotados (ya que la manipulación de las necesidades y los deseos que realiza el sistema llega incluso hasta el pensamiento mismo), Marcuse considera que solamente las capas más marginales de la sociedad (el lumpenproletariado) y, especialmente, los jóvenes, pueden constituirse en los nuevos sujetos r evolucionarios. Esta lucha contra la falsa conciencia y la alienación debe llevarse a cabo en todos los terrenos. Acabar con la sobrerrepresión y realizar la tarea de la auténtica emancipación de la humanidad, supone una auténtica subversión total de todas las estructuras sociales, especialmente de las propias de la organización del trabajo, al modo como ya lo habían planteado ciertos autores del llamado «socialismo utópico» (como Fourier, por ejemplo), pero aún de forma más radical.

Durante los años sesenta el pensamiento de Marcuse se convirtió en el inspirador de la llamada «nueva izquierda», tanto americana como europea, y su pensamiento se constituyó en uno de los núcleos protagonistas de las revueltas estudiantiles de 1968, especialmente del «mayo francés».

Fuente: poetas.com

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