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18/01/2014 :: Andalucía

Izquierda Unida, el PSOE del siglo XXI

x Francisco Campos López
PCE-IU y el resto de movimientos que se desenvuelven dentro de ese marco ideológico del neoreformismo buenista progre, no son alternativa a la socialdemocracia

Todas Las encuestas dadas a conocer por los medios de descomunicación coinciden en señalar la existencia en Andalucía de un declive electoral del PSOE y un considerable trasvase de votos hacia Izquierda Unida, y muy probablemente sea cierto. Esta situación mantiene desorientado a un PSOE incapaz de ir más allá de lavados de cara propagandísticos como nuevos liderazgos, vagas propuestas “progresistas” o declaraciones solemnes de obviedades, y exultantes al PCE y sus compañeros de viaje en IU, cuyas perspectivas, además de reafirmarles en sus postulados y estrategias, paraliza a sus “sectores críticos”, que temen quedar al margen del futuro reparto y a perder las prebendas ya alcanzadas, por lo que su “rebeldía” se limita y se limitará al pataleo auto-justificador. ¿Pero qué significará y conllevará realmente la subida electoral del PCE-IU?

Lenin, en “El Estado y la revolución”, afirmaba que: “Engels, con la mayor precisión, llama al sufragio universal arma de dominación de la burguesía”, en referencia por tanto a los procesos electorales en sus “democracias”, y recuerda de él esta sentencia categórica calificándolos como de mero “índice que sirve para medir la madurez de la clase obrera. No puede ser más ni será nunca más, en el Estado actual (el Estado burgués)”. Lenin concluye que: “los demócratas pequeñoburgueses… esperan, en efecto, más del sufragio universal. Comparten ellos mismos e inculcan al pueblo la falsa idea de que el sufragio universal es, en el Estado actual, un medio capaz de expresar realmente la voluntad de la mayoría de los trabajadores… Aquí no podemos hacer más que señalar esta idea como mentirosa, poner de manifiesto que esta afirmación de Engels, completamente clara, precisa y concreta, se falsea a cada paso en la propaganda y en la agitación (actuación) de los partidos socialistas oficiales, es decir los oportunistas”.

El único valor otorgado por Engels y por Lenin a las elecciones en las autodenominadas como “democracias representativas” era el constituir indicativos de nivel de concienciación obrera. Y esta infravaloración no es circunstancial, sino incondicional y atemporal. Allí donde haya una ese voto “no puede ser más ni será nunca más (que eso)”, indicaba Engels. Y esta visión de las mismas no es más que la lógica consecuencia de la concepción marxista del Estado en general y en particular del burgués. En dicho texto, Lenin señala: “Según Marx, el Estado es un órgano de dominación de clase, un órgano de opresión de una clase por otra, es la creación del orden que legaliza y afianza esta opresión… para los políticos pequeño burgueses, el orden es la conciliación de las clases y no la opresión de una clase por otra”. Dado que todo Estado es un instrumento de dominación de clase, el burgués y su “democracia” es aquella superestructura a través de la cual el Capital ejerce su dominación sobre las clases populares, y su “orden” el instrumento para posibilitarlo. Lo “que lo legaliza y afianza”. De ahí que “en el Estado actual” todos sus componentes, incluidas las elecciones, sean “arma de dominación de la burguesía”.

Consecuentemente, desde una óptica marxista, los procesos electorales y las instituciones en estos estados no son considerables como “un medio capaz de expresar realmente la voluntad de la mayoría de los trabajadores”, hacerlo es considerado por Lenin como propio de “políticos pequeño burgueses”, y aún menos son un medio para alcanzar sus metas y salvaguardar sus intereses. Por ello en dicho contexto no pueden poseer mayor utilidad que el de mostrar el grado de concienciación obrera. Las elecciones en el Estado burgués no son herramientas de transformación ni instrumentos capaces de hacer prevalecer los derechos populares porque el voto, como el resto de sus elementos políticos: instituciones, leyes, judicatura, etc., existen precisamente para imposibilitarlo. El “Estado de Derecho” es ese “orden que legaliza y afianza esta opresión”. Esa es la raíz de la denuncia leninista de la mentira reformista, que “comparten ellos mismos e inculcan al pueblo la falsa idea de que el sufragio universal es, en el Estado actual, un medio capaz de expresar realmente la voluntad de la mayoría de los trabajadores”.

¿Y cómo se valora ese grado de concienciación obrera a través de un proceso electoral? Pues según la consideración que éstos le otorguen y según su propio sentido del voto. Cuando son conscientes de sí mismos como clase, de que “el Estado actual” es un “órgano de dominación de clase” burgués y de que sus instituciones constituyen el “orden que legaliza y afianza esta opresión” capitalista sobre ellos, optarán por darles la espalda a elecciones e instituciones, o participarán en ellas sólo como un posible medio más para combatir al propio Estado y a su orden político y económico; eligiendo candidaturas que agudicen contradicciones, que socaven el sistema y contribuyan a su colapso, en lugar de a afianzarlo mejorándolo o “asegurando la gobernabilidad”. Desestabilizando en lugar de estabilizando. Devolviendo poder al pueblo en lugar de gobernarlo “desde la izquierda”. En cambio, cuando esa conciencia sea inexistente o escasa considerarán al Estado burgués como neutral (Estado de derecho), capaz de solventar sus necesidades (Estado del bienestar), y cuyo “orden es la conciliación de las clases y no la opresión de una clase por otra” (democracia representativa), viendo por tanto el voto como un “medio capaz de expresar realmente la voluntad de la mayoría de los trabajadores”; por lo que participarán en las elecciones y las instituciones como fin, y votarán a esos “políticos pequeño burgueses” que propugnen “mayorías de progreso”, “profundización en la democracia”, etc. Reformas que por definición no transforman lo existente, lo remozan y con ello lo sostienen.

El ser votado, incluso masivamente votado, no es necesariamente, por tanto, un sinónimo de actuar acertadamente, puede incluso ser claro indicio de todo lo contrario. En lugares y etapas en que su grado de conciencia sea elevado, los trabajadores seguirán y optarán por opciones revolucionarias, por lo que el voto será un barómetro de dicho grado de clarificación y un arma más de lucha contra el Sistema; mientras que cuando carezcan de ella o la posean levemente, seguirán y elegirán las opciones de los “socialismos oficiales”, de esos populismos oportunistas pequeño-burgueses, por lo que ese voto constituirá el síntoma de su estado de alienación. Las alternativas realmente transformadoras, las revolucionarias, son valoradas y seguidas por la clase obrera y el resto de las clases populares si éstas son conscientes y están dispuestas a la confrontación con el “orden establecido”. En caso contrario compartirán las tesis reformistas y aspirarán a su “mejora”. Las propuestas y los colectivos “radicales” crecen en el propio proceso transformador, a partir de la existencia de altos índices de conciencia social, y/o nacional en caso de pueblos oprimidos como el andaluz. En etapas pre-revolucionarias y pre-libertadoras. En las de estancamiento o involución son siempre inevitablemente ignorados y minoritarios. Y es obvio que Andalucía no atraviesa una fase de avance sino de retroceso, ni sus clases populares de auge de conciencia identitaria y de clase, sino de aumento de desarraigo y desclasamiento.

¿Y cuál es el papel de esos “socialismos oficiales” en estas “democracias representativas”?, pues mantenerlas, y a través de ellas la permanencia del Estado burgués y el predominio de los intereses del capitalismo sobre los de las clases populares, perpetuando el amparo “legal” de la opresión que posibilita la explotación. Por eso le “inculcan al pueblo la falsa idea de que el sufragio universal es, en el Estado actual, un medio capaz de expresar realmente la voluntad de la mayoría de los trabajadores”, para que crean que éste constituye la herramienta para la defensa de sus intereses y de conseguir sus metas a través del voto a “mayorías de izquierda”, haciendo innecesario el combatir al Estado y al orden burgués. Bastando con "mejorarlo". Al carecer el Estado de connotaciones de clase se le hace considerar al pueblo también como suyo. El problema queda así reducido,desde esta perspectiva pequeño-burguesa, a quién gobierna y cómo se gobierna.

El régimen neofranquista utiliza para embaucar a las clases populares un “sistema de partidos” que actúa según los conocidos roles del poli bueno y el malo. El policía malo es el que te asusta y agrede para que te rindas a la benevolencia del policía bueno. Es por tanto el policía bueno el importante para que el sistema logre sus objetivos. El papel del malo es sólo echarte en brazos del bueno. El policía malo de la derecha te amenaza y te agrede para que después aceptes con alivio los “sacrificios” y “realismos” que te impondrán los polis buenos de su izquierda política y sindical. Así protege sus intereses el capitalismo con la pantomima electoral y negociadora. Un ejemplo es como ahora esa “izquierda” promueva frentes anti PP, y no anti sistema, con lo que desvían la atención popular andaluza de sus enemigos reales, España y el Capital, el propio “orden” constitucional y económico impuesto, contribuyendo a la permanencia del statu quo.

Hasta ahora el papel del policía malo lo ha venido representando el PP y el del policía bueno el PSOE. Pero al PSOE cada vez le es más difícil embaucar a las clases populares y le es menos útil al Sistema. El régimen necesita otro actor capaz de “volver a ilusionar”, de ser creído y seguido como lo ha sido el PSOE. El PCE-IU es el sustituto elegido para hacernos más llevadero el robo institucionalizado del Capital limitando sus consecuencias más dolorosas. Así lo hacen ya hace tiempo en sus parcelas de poder local, y ahora en la Junta. Normas ya aprobadas, como la de la “función social de la vivienda”, o por aprobar, como el “banco de tierras” o la “banca pública”, son ejemplos de acciones de policía bueno. Apariencias de cambio que son mera modificación superficial de lo existente y que conlleva su continuidad. En las que los principios e intereses capitalistas permanecen prevaleciendo sobre derechos sociales e intereses colectivos. Mejoras que se limitan aminorar efectos extremos de la extorsión y el expolio con caridad travestida de justicia, como asegurando mínimos de agua y luz a quienes estén “en riesgo de exclusión”.

“Estado del bienestar”, “democracia participativa” y “ciudadanismo”, son los dogmas de fe de esta nueva religión estatista progre; ese nuevo opio del pueblo de la ideología buenista (“¡sí se puede!”) del renovado reformismo populista pequeño-burgués del PCE-IU y sus satélites. Ideas que el Capital convierte en medio de acrecentamiento de la alienación popular, atrapándolos en la paralizante ensoñación de las mejoras posibles. Luchar por el “Estado del bienestar” es desligar opresión y explotación del propio Estado, creando la falsa dicotomía entre estados burgueses buenos (los del bienestar) y malos (los neoliberales), convirtiendo así la visión de un órgano de dominación en la de un medio para impedirla, y transformando la lucha contra el Estado en defensa del Estado. La “democracia participativa” es hacer creer que la democracia burguesa, en lugar del orden que legaliza y afianza su dominio, es el “medio capaz de expresar realmente la voluntad de la mayoría de los trabajadores”, convirtiendo la lucha contra el orden burgués en defensa del orden burgués. Y el “ciudadanismo” supone la negación de la división y la lucha de clases, sustituida por el interclasismo de la amalgama social y de la conciliación de clases (“el 90 % contra el 10%”, “los de abajo contra los de arriba”), que mantiene la alienación y el desclasamiento popular reforzando la preeminencia de la ideología social burguesa.

Izquierda Unida subirá en las elecciones no por ser una alternativa a lo establecido sino por no serlo. No será más votada porque el pueblo esté elevando sus niveles de clarificación sino por el aumento en su confusión y su manipulación. Esa subida no se deberá estar a la izquierda del PSOE sino que será la consecuencia de no estarlo. De adoptar el papel del policía bueno creíble que el sistema necesita para mantener la falsa ilusión del cambio a través del Estado burgués y su “orden social”, en lugar de contra ese Estado y su “orden establecido”. El PCE-IU y el resto de movimientos y colectivos políticos, sociales y sindicales que se desenvuelven dentro de ese marco ideológico del neoreformismo buenista progre, no son alternativa a la socialdemocracia porque ellos son la nueva socialdemocracia. Nuevo “Socialismo oficial” amparado, impulsado y manejado por el propio Sistema. Izquierda Unida y el resto del neo-reformismo desempeñan idéntico papel de colchón social: contenedor, apacentador y domesticador, cumplimentado por ese PSOE al que se alían en “gobiernos de progreso”. Por todo ello, su aumento de voto y presencia en las instituciones no supondrá nada ya que IU es otro PSOE, el PSOE del siglo XXI.

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