Juan Carlos. El rey de Franco
El llamado “rey emérito” de España intenta en sus memorias la defensa de su rol como soberano español, sitial al que llegó por la voluntad exclusiva del dictador Francisco Franco
Juan Carlos de Borbón. Contribuciones de Laurence Debray.
Reconciliación. Memorias.
1ª edición. Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Planeta, 2025.
512 páginas.
Una primera aclaración es que quien figura como escritor de este libro no lo es. Las memorias han sido organizadas, redactadas y editadas por Laurence Debray. Una periodista francesa con formación en historia y economía, hija de Regis Debray y de una intelectual venezolana. No develamos ningún secreto, la información sobre el armado de la obra ha circulado en abundancia por la prensa internacional.
Hay que darle trascendencia sin embargo a que esta vez Juan Carlos haya firmado el texto. Asume el libro como palabra propia. Biografías benévolas escritas por terceros ya ha tenido. Incluso una con autoría del más celebrado entre los historiadores extranjeros que escriben sobre España, Paul Preston. Juan Carlos. El rey de un pueblo ha tenido variadas ediciones en sellos multinacionales y vasta repercusión.
Debray no ha sido una escriba ocasional, ni de lejos. Residió en España en su juventud. Le dedicó al reinado de Juan Carlos su tesis doctoral La forja de un rey. Se confiesa "fan" del "emérito" y de la corona española. Hasta frecuenta las bodas de la alta nobleza hispana. Ya le dedicó al menos otro libro, El rey caído, en torno a la abdicación de Juan Carlos. Antes, en 2014, había guionado un documental televisivo "Yo, Juan Carlos I, rey de España". «Es un hombre al que admiro y al que tengo mucho aprecio y cariño», confesó.
Un rey contra la memoria
Ya en el llamado "preámbulo" de la obra, Juan Carlos sienta posición sobre un tema trascendente. El rey desplazado eleva su protesta contra las llamadas leyes de memoria: "...que se suceden, reavivando viejas heridas y el espíritu de venganza." "¿Seremos capaces algún día de olvidar para continuar avanzando?"
Se refiere sin duda a la llamada "ley de memoria histórica", de 2007 y la conocida como de "memoria democrática" de 2022. Las que avanzaron, con sus muchas limitaciones, en dirección a la supresión del culto al franquismo y a morigerar efectos de la política de "olvido" que vertebró el llamado "espíritu de la transición". Espíritu cuya pérdida sin duda lamenta el ex rey.
Antes ya había escrito "El pueblo español, en su conjunto, fue víctima de esta guerra. Dejo a los historiadores la tarea de detallar objetivamente las atrocidades de ambos bandos."
Omite el ex monarca, al pretender universalizar el carácter de "víctimas" que él pudo reinar casi cuatro décadas a partir de 1975, gracias al triunfo en la guerra de la alianza entre grandes capitalistas, aristócratas, eclesiásticos y militares golpistas que terminó con la segunda república. No fue un perjudicado por la guerra sino un beneficiario principalísimo de la misma.
E ignora a propósito que al equiparar "atrocidades de ambos bandos", diluye la culpabilidad de quienes primero, dieron el golpe contra un sistema constitucional. Y luego encararon una "limpieza" de España que tuvo como objetivo la eliminación violenta de todo militante que estaba organizado al margen de los poderes establecidos.
De parte del franquismo no fueron "atrocidades" eventuales, que pudieran o no haber ocurrido, sino un esfuerzo sistemático de exterminio. Con todo el aparato del Estado a su servicio. Que afectó a muchos lugares donde no hubo ningún combate. Y luego fue extendido hasta mucho después del final la guerra.
Sin ese triunfo no hubiera existido la dictadura de cuatro décadas de Francisco Franco, el autócrata a perpetuidad que designó como sucesor al entonces príncipe Juan Carlos.
El rey comienza el libro con una descarga entre melancólica y furiosa acerca de su permanencia forzada fuera de España en los últimos años. Su hijo, el actual rey, aparece como el gran culpable de desamor y falta de aprecio por la dignidad de su padre.
Si no terminó sus días en la jefatura de Estado fue porque el rosario de sus inconductas puso en riesgo no ya su reinado sino la continuidad de la dinastía. Es sabido además que las revelaciones escandalosas continuaron.
Y allí llegó su apartamiento de toda función pública. Y al final, a su expatriación, la que Juan Carlos presenta como la prolongación forzosa de un alejamiento que él pensó como pasajero.
El agradecimiento a Franco
A Francisco Franco lo colma de halagos. Le adjudica "sentido político", "intuición". Sin quitarle del todo responsabilidad en las "atrocidades" de la llamada guerra civil, lo reivindica como "modernizador" de España.
El príncipe relata que se educó en la península en base a un acuerdo de Franco con su padre, Juan de Borbón, aspirante frustrado a la corona española y portador de la sucesión dinástica. El "pretendiente" cultivó la ambigüedad. Quiso ser voluntario en la guerra, se lo impidieron. Cuando la derrota de los fascismos en la guerra mundial lo tornó oportuno, emitió un rajante manifiesto contra el "Caudillo".
Al quedar claro que los triunfadores veían en Franco un aliado anticomunista más sólido y estable que una posible monarquía, matizó su actitud. Y en 1948 aceptó que su hijo, hasta ese entonces establecido con él en Portugal, se trasladara a la península. Pasa por alto la muerte de su hermano menor en 1956, al que Juan Carlos mató 'accidentalmente' de un disparo en la frente.
Allí siguió sus estudios bajo la tutela de colaboradores del jefe de Estado español en una escuela organizada al efecto. Luego pasó a la formación militar, que comprendió su paso por las respectivas academias de las fuerzas de tierra, mar y aire. Juan Carlos recuerda a cada paso en el libro su condición de militar y sus rasgos de austeridad y disciplina, que él no siempre compartió.
"Si logré llegar a ser Rey fue gracias a él. Nunca dejé que nadie lo criticara delante de mí. Hay varios Francos: para algunos sigue siendo el hombre de la Guerra Civil, responsable implacable de miles de muertes; para otros, encarna una estabilidad ganada tras decenios de tensiones e inquietudes."
"Los españoles han heredado, por ejemplo, el sistema de seguridad social todavía vigente. Nunca un hombre logrará la unanimidad, lo que es legítimo, pero no se pueden borrar de un golpe cuarenta años de nuestra historia."
Como se ve, apunta a la adopción de un aire de "imparcialidad" y "equilibrio" frente a quien fue un genocida. No se trata de un mero defecto de enfoque, hay complicidad. Y es difícil que pudiera ser de otra manera. Si hay algo de verdad en lo que dice Juan Carlos es que sólo fue rey gracias al "generalísimo".
En cuanto a "borrar" la historia es él quien intenta un inadmisible blanqueo de la figura de Franco.
Evoca su asunción del rol público como heredero, señalada por el juramento de obediencia a las leyes fundamentales y los principios del régimen franquista. "Desgraciadamente, estaba obligado en aquel momento a asociar la Corona con los valores del Movimiento Nacional. No me quedaba otra opción."
También afirma: "¿Acaso tendría que abjurar en el futuro? Sabía ya entonces en 1969, que una vez en el poder, no iba a conservar intacto ese régimen, que iba a modificar las instituciones."
Así mezcla su genuflexión ante la dictadura -que no habría tenido alternativa- para acceder a la corona, con una supuesta temprana vocación reformista y democratizadora. Según la visión que trasmite, ya en 1969 se perfilaba "el hombre de la transición".
Se declara: "... muy consciente de lo ambiguo de mi posición, era el heredero de un dictador por el cual sentía una respetuosa consideración y al mismo tiempo encarnaba la esperanza de una monarquía democrática."
Y allí está la contradicción insalvable en término de ética y valores. Lo inaceptable de la aceptación de la corona de manos de una dictadura edificada y sostenida sobre los cadáveres de cientos de miles de españoles, buena parte de ellos de paradero desconocido hasta hoy.
Ese origen espurio fue sorteado en aras del pragmatismo político, con respaldo amplio de las clases dominantes españolas y de los poderes internacionales. Y de una parte de la dirigencia franquista, que supo tomar el camino de la "autorreforma" antes de afrontar lo que podía ser un violento ocaso del régimen de consecuencias poco previsibles.
Pesaron otros dos factores. Primero el anacronismo de la dictadura, con un entramado de burocratismo y corruptelas que ya resultaban disfuncionales al propio sistema capitalista que crecía y se desplegaba en España.
Y asimismo la situación mundial en el que la matriz de las políticas keynesianas y el Estado expandido estaba ya en comienzo de declive. Un sistema "liberalizador", más dinámico, era un prospecto interesante para la época.
Por otro lado existía el riesgo de lo que en la política española se llamaba la "ruptura", un derrocamiento del sistema franquista o algún tipo de choque violento. Era muy reciente el ejemplo portugués, donde la inflexibilidad dictatorial había derivado en un golpe de Estado en el que por un tiempo predominaron corrientes de izquierda y acompañaron fuertes movilizaciones populares.
Juan Carlos evoca los últimos días de la dictadura:
"El 1 de octubre de 1975, en la celebración del 39º aniversario de su llegada al poder, hizo su última aparición pública (Franco) en el balcón del Palacio Real. Balbuceaba frases ininteligibles ante una muchedumbre que respondía con el saludo fascista. Yo me encontraba detrás de él, impasible."
"Trataba de contener mi malestar. Me parecía estar ante una mascarada de los años treinta. Me dije a mí mismo: ´Voy a tener que hacer cambiar de opinión a toda esta gente.´ ¿Sería una misión imposible? Difícil pero no imposible."
Las imágenes del príncipe heredero detrás de Franco vacilante y crepuscular siguen hasta hoy recorriendo el mundo como pintura de su raigal complicidad con un momento tenebroso del régimen. El dictador casi moribundo mandaba ejecutar a cinco opositores y desempolvaba el que había sido el saludo de Hitler y Mussolini.
Juan Carlos elude su responsabilidad presentándose como un demócrata contrariado, aún amordazado por un régimen al que ansiaba sustituir. E insinúa la "grandeza" que lo animaba para el abordaje de una tarea "titánica".
También se desvincula de las decisiones de Carlos Arias Navarro, el último jefe de gobierno del "caudillo" y el primero suyo, incluida las sangrientas, como la llamada "masacre de Vitoria", que apenas menciona.
Opta por la forzada ignorancia de que Arias había sido nombrado jefe de gobierno por Franco. Pero fue él quien decidió mantenerlo, sabiéndolo exponente de lo más duro y sanguinario de la herencia franquista.
El Borbón presenta también al lector una y otra vez una imagen improbable: Un "caudillo" que no estaba a priori en contra de la apertura democrática. Sólo que sostenía que él "no podía hacerla" y que tendría que realizarla su sucesor.
Tal actitud no aparece congruente con la de Franco aferrado a que dejaba "todo atado y bien atado", algo también mencionado por Juan Carlos. El dictador se manifestó siempre en contra de la democracia liberal.
Tal vez el ex rey fuerza un poco la realidad para trazar una secuencia de cambio en la que también quiere asignar un relieve importante al componente de continuidad. Procura alejar así de su línea de acción calificativos como "perjuro" o "traidor", si confiesa que contrarió por completo lo que fue voluntad del generalísimo hasta el último día de su vida.
Los comunistas españoles y Felipe González.
Es todo menos sorpresivo que al abordar el desempeño del Partido Comunista Español y de su líder Santiago Carrillo en la "transición" el antiguo rey lance claveles rojos hacia el PCE. "Respeto", "dignidad", "excelentes relaciones de amistad", son términos que transitan por el escrito.
Cuenta en tono de confidencia un pacto secreto entre él, todavía "heredero" y el secretario general del comunismo aún en la clandestinidad. El futuro rey prometió la legalización del partido luego de la muerte de Franco, a cambio de que el comunismo no se opusiera al proceso de reformas. Carrillo aceptó y cumplió su parte del acuerdo.
Luego abandonaría su posición "rupturista", condensada en la demanda de renuncia del "sucesor" y conformación de un gobierno provisional que llamara a un referéndum sobre la forma de Estado. Se alejó de esa tesitura y como Juan Carlos destaca, los comunistas aceptaron a la monarquía con todos sus símbolos, como la bandera y el himno.
El monarca resalta el giro "eurocomunista" que llevo al P.C.E. a posiciones que califica incluso como más moderadas y más confiadas en el espíritu democrático del rey que las del PSOE. Valga como ejemplo que en el proceso de elaboración de la nueva constitución, el comunismo aceptó sin reparos el régimen monárquico mientras que los socialistas presentaron una propuesta de enmienda que establecía la república.
Las milicias en la guerra, la guerrilla rural, la resistencia clandestina en las ciudades, el movimiento universitario de oposición, los días fundacionales de Comisiones Obreras, todo quedaba sepultado por la connivencia con el nuevo acomodo político auspiciado por las fuerzas vencedoras en la "transición" que enterraba la reivindicación republicana.
El sacrificio de al menos dos generaciones de militantes iba a la basura en aras de un lugar para los comunistas en el nuevo sistema político.
Los vencedores, dirigentes como Carrillo lo sabían mejor que nadie, descartaron la continuidad dictatorial porque ésta se preanunciaba entre inútil y peligrosa. No porque persiguieran el cacareado "bien de todos los españoles" ni amaran la soberanía popular.
Una línea similar sigue el ex rey con Felipe González, a quien hace depositario de todos los elogios y de cuya amistad se vanagloria. Claro, el dirigente del PSOE fue catorce años jefe de gobierno en una línea de fomento de los intereses del gran capital español que coincidió por completo con la del entonces rey.
Partidario de la OTAN, apóstol del ingreso a la comunidad europea, nada preocupaba al monarca de la herencia republicana de Felipe y su igual de encomiado adláter, Alfonso Guerra.
Nada escribe Juan Carlos, ni una palabra, sobre las acciones de terrorismo de Estado impulsadas por el premier "socialista" para la represión clandestina de ETA. Un silencio que nos lleva a su interpretación como un aval a un "antiterrorismo" que no tenía los DDHH entre sus preocupaciones.
Sobre lo que sí se explaya es acerca de su animadversión para las reivindicaciones nacionalistas en territorio español. Se encara en duros términos con Jordi Pujol, el dirigente catalán.
Le faltan los adjetivos para la tentativa independentista de 2016. La "unidad" forzosa de España es para él un dogma de fe, con el "Estado de las autonomías" como punto máximo de tolerancia. Nada de autodeterminación.
Abanderado internacional del capital español y huésped de dictaduras.
Juan Carlos dedica un capítulo a su labor en pro de la "hispanidad". En otras palabras a su vinculación con "Hispanoamérica". Sostiene esa denominación, de tinte colonialista. Allí desfilan desde la organización de los festejos del quinto centenario en Sevilla hasta el avance de las inversiones de las multinacionales españolas en el continente, sobre todo en la década de 1990.
El monarca se presenta como propulsor y "benefactor" de todo ese proceso. Destaca la colaboración de los jefes de gobierno, en particular de González. Los dos operaron como lobbystas de alto nivel de empresas de servicios públicos; constructoras y bancos hispánicos. "Socialista" uno, conservador el otro, ambos han sido servidores y aliados del gran capital.
El rey abdicado destaca en varios pasajes del libro su amistad con monarcas del mundo árabe. Es una tradición que inició el franquismo y él sostuvo. Menciona en particular su cálido vínculo con el rey Hussein de Jordania, y su colega Hassan II de Marruecos.
Lo mismo con la dinastía saudí, la dadora del "regalo" de 100 millones de dólares que tuvo tanto que ver con su merecido renombre de corrupto. Y cuya fuente fue la muy "amistosa" gestión para que la construcción del tren de alta velocidad entre Medina y La Meca fuera adjudicada a una empresa española. Los fieles del Profeta se han beneficiado de los buenos oficios del heredero de Franco.
Afirma acerca de las inversiones españolas en los países árabes: "La lista de contratos es larga y empezó en 1977 con la construcción de la Universidad de Riad, el mayor proyecto jamás adjudicado a una empresa española, y considerado por entonces el más grande de Oriente Medio."
Y amplía: "Durante mi reinado he ayudado de manera espontánea a empresarios españoles e incluso extranjeros sin ninguna compensación ni contrapartida a cambio. Tengo un carácter servicial y me parece que uno de los deberes de un rey es estar a disposición de los demás para ayudar." Relaciones empresarias guiadas por el desinterés y el desprendimiento. Poco creíble.
Por supuesto todos son encomios y agradecimientos para con el jeque Mohamed bin Zayed Al Nahyan, el actual emir de Abu Dabi y presidente de Emiratos Árabes Unidos. Allí reside hoy el rey en un cómodo retiro.
Eligió esa latitud lejana de residencia una vez que se le hizo saber que ya no era bienvenido en España. Buscó refugio lejos de la legislación europea y de posibles investigaciones sobre comisiones, impuestos y blanqueo de capitales.
Uno de los episodios del libro en que queda más en evidencia el espíritu paternalista y colonialista de Juan Carlos es el que se refiere a su destemplada interrupción a Hugo Chavéz. El "¿Por qué no te callas?", pronunciado en una cumbre iberoamericana celebrada en Santiago de Chile en 2007.
El "emérito" se autocelebra en un extenso pasaje. Atribuye a su frase el carácter de "lema de resistencia política". Y se justifica adjudicándose una posición tutelar sobre el resto de los jefes de Estado y de gobierno presentes: "Como Rey, era mi deber recordar las buenas maneras en el debate político. Primus inter pares, al fin y al cabo."
Cierra el comentario cuando adjudica a Chávez haber "redimido" su "inapropiado comportamiento", cuando viajó luego a España y le ofreció la venta de petróleo a España a precio "de amigo".
Otro pasaje demostrativo acerca de sus alineamientos internacionales es el que trata de cuando "corrigió" acciones del jefe de gobierno José Luis Rodríguez Zapatero que no habían sido "corteses" con el imperio estadounidense. Eran los días de George W. Bush. El dirigente socialista había retirado tropas que participaban de la ocupación de Irak. Y hasta había exhortado a otros países para que hicieran lo mismo.
El entonces rey se entrevistó con "W" y con su padre, los visitó en su rancho texano y manifestó "He venido aquí para garantizar que nuestra cooperación de Estado a Estado no se verá perjudicada". El Borbón se exhibió así como un "estadista" en materia de subordinación a la superpotencia del norte.
Entre las defensas que hace de sus viajes al extranjero, algunos de ellos con dictadores de derecha en el rol de anfitriones, se encuentra el que hizo a Argentina en 1978, en medio de la consumación del genocidio.
Reconoce que esa visita fue muy criticada. Y enseguida justifica: "Y, sin embargo, a mis ojos, era ineludible". "No quería ignorar a la numerosa comunidad española", escribe después. Y luego se extiende en reparos meramente gestuales. Expone sus esfuerzos para la evitación de que Jorge Rafael Videla le diera "un cálido abrazo" y hubiera una foto que podía dañar la reputación del rey.
Y añade: "Tenía que ser cortés sin ceder en mi compromiso con la democracia, además de mostrar solidaridad con los presos políticos y reunirme tanto con miembros del régimen como de la oposición." Nótese que se remite a los presos, sin que aparezca mención a los desaparecidos. Omisión significativa.
Luego hace el elogio del contenido democrático del discurso que pronunció frente a la cúpula dictatorial y se adjudica la liberación del periodista de La Rioja, Mario Paoletti.
Otro sesgo de Juan Carlos es su mirada carente de cualquier reparo sobre las fiestas y las costumbres de las familias reales europeas. Sus bodas, funerales, cacerías, sus deportes de lujo. No tiene nada o casi nada que objetarles. Hace la apología de los lazos de parentesco entre las realezas.
Le dedica un capítulo a Mario Vargas Llosa, con motivo de la invitación que éste le hizo para su asunción como miembro de la Academia Francesa. Resulta previsible un entendimiento profundo entre estas dos figuras destacadas de la derecha mundial. Se reencontraron en 2023 en París.
Ya corrían tiempos difíciles para los liberal-conservadores tradicionales como el escritor peruano y el Borbón. Se vivía el avance internacional de las ultraderechas.
Dedicadas entre otras cosas al pisoteo de tradiciones y valores que la derecha establecida incorporaba a la legitimación del sistema de dominio imperante hasta entonces. Ya ancianos ambos, el peruano y el español optaron por celebrar la continuidad de sus estrechos vínculos.
Pasado irredimible y presente repudiable.
Cerca ya del cierre del libro vuelca su encono hacia el gobierno de Pedro Sánchez"...el actual Gobierno desacredita mi persona, debilita nuestra Constitución y pone en entredicho los logros de la Transición y nuestra reconciliación. Para no dejarle la última palabra en su revisionismo histórico, he querido dar mi versión de la historia, la que viví y la que forjé."
Nótese el enlace con el comienzo de las memorias. La airada protesta contra políticas que enfrentan a la que pretendió ser la historia "reconciliada" con el pasado dictatorial y sanguinario que le proporcionó a Juan Carlos su lugar de poder y privilegio. Las juzga un "revisionismo" dañino e inadmisible. Defiende el lugar del que fue desplazado. También un siglo de derrotero reaccionario en España.
Ese enojado comentario es precedido por el último ejercicio de autocomplacencia: "Pocos reyes europeos del siglo XX han tenido la oportunidad de hacer tanto por su reino, de devolver la libertad a su país y situarlo de nuevo en la escena internacional."
"Actué con audacia y sinceridad para derribar muros, para unirnos y hacernos crecer. Muchos hombres que se han enfrentado a enormes desafíos no han recibido un reconocimiento inmediato. Se necesita tiempo para ser juzgado a largo plazo, y no bajo los efectos de la emoción y los escándalos."
Se postula así sin pudor para un futuro de prócer una vez que se aquieten las pasiones y se reconozcan sus méritos. Como mínimo el de fundador de la democracia española.
Sería deseable que, más allá de los escándalos que lo llevaron primero a la abdicación y luego al apartamiento de la vida pública, se juzgue hoy y en el futuro cercano lo más sustancial del recorrido de Juan Carlos.
Que se justiprecie su papel histórico. El que haya sido la encarnación de la persistencia del triunfo violento de las clases dominantes españolas y sus aliados fascistas frente a la república.
Fue el jefe de Estado a perpetuidad y con derecho a sucesión elegido por un solo hombre: El verdugo del pueblo español y destructor de la democracia y las perspectivas de transformación en España.
Esa fue su marca de origen. Hoy, ante nuevos ímpetus cuestionadores de la ominosa herencia franquista, se revuelve indignado. Y ondea su concepto de "reconciliación". Frente al cual denomina "venganza" el impulso de justicia y reparación.
Por más que haya convencido a muchísimos de lo contrario, es un enemigo de la auténtica democracia.
Tampoco cabe congratularse por la pérdida de reputación del "emérito". Su apartamiento integra la tentativa de salvar a la monarquía. La inmolación de un rey para que perviva la Corona. No debe aceptarse esa celada. Sólo la tercera república restañará de modo definitivo los efectos de los crímenes desatados en 1936.
Mientras tanto, es muy probable que sus memorias se conviertan en best seller. Y se pretenda que un manto de frívola y "democrática" simpatía cubra una vez más un pasado de abusos y crímenes. El debate sigue abierto. Acerca del destino de España, el verdadero carácter de la democracia y el papel que puede jugar una izquierda genuina en el futuro cercano.
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