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Pensamiento :: 17/01/2005

La era de la fe ciega. Medios de comunicación y producción de la realidad (I):
Identidad, alteridad, realidad y violencia

Daniel Jiménez (difunde CAES)
La cuestión es -dijo Alicia- si las palabras pueden significar tantas cosas diferentes. La cuestión es -dijo Humpty Dumpty- quién es el que manda. Eso es todo. Lewis Carroll, "Alicia en el País de las Maravillas".

Introducción.

*La educación, por ejemplo, no es otra cosa que el resultado de todas las circunstancias en que un niño se ve. Velar sobre la educación de un hombre es velar sobre todas sus acciones, es colocarle en una posición en que se pueda influir sobre él como se quiera, por la elección de los objetos que se le presentan y de las ideas que se hacen nacer en él.[1]

El proceso que lleva a cabo la construcción de una imagen del Otro es resultado de complejas interrelaciones entre procesos políticos y económicos en los que cuentan mucho las lógicas de los "rendimientos", la explotación o la subordinación, así como una justificación ideológica de tales fenómenos ante la sociedad. Es una dinámica de fuerzas que impregna la "psicosocialidad’ del sujeto, y son de carácter económico muchos de los ejes de poder más rígidos de nuestra convivencia. Si los cambios no se acompañan de la liberación psíquica del individuo, si se realiza una apuesta político-social -de (auto) movilización- negando la subjetividad -o mediante mensajes contradictorios-, toda construcción será autoritaria.[2]

Y tal condición queda bien demostrada en una nueva idea de futuro lanzada desde los medios de comunicación masiva: la "era de la información", proyecto instituido que, como otros ámbitos del poder, echa raíces determinando relaciones cada vez más rígidas -pese a su discurso "libre y democrático"- que desembocan en un incremento de la "ceguera" epistemológica -por saturación y vaciado de mensajes- y una reducción de la comunicación, la formación y la cohesión social de sus consumidores-receptores. La dimensión semántica de los mensajes gana relevancia por encima de los valores que sustancian el símbolo elegido por el emisor, que a la vez participa como productor de lo representado. El instrumento es estético, formal, pero la consecución del objetivo real -implícito- se opone frontalmente a esos valores atados en origen al símbolo. Ahí yace la dualidad: el uso de mensajes contradictorios persigue actuar sobre el sujeto de modo eficaz, atribuyéndole el papel de "propagador" de la lógica imperante en su entorno vital.

Y no lo hace en vano, pues la adscripción de los propios afectados al sistema que les "afecta" es una de las características que ponen de relieve más claramente la potencia atribuida, como ordenador de la vida, al capitalismo. Como diseñador de una estructura social y como proveedor de argumentos autorreferentes para el individuo. El éxito total llega cuando el propio individuo se autocensura antes de ser censurado, se anticipa al discurso determinista sobre la desigualdad, dibuja una visión del Otro antes de la primera toma de contacto, aplica la lógica economicista "per se", en cualquier ámbito. El orden jerárquico entre mercado y valores salta por los aires cuando tiene lugar esa invasión mercantil de todos los órdenes de la vida: necesidades humanas contra autorreferencia acumulativa de capital.

Identidad, alteridad, realidad y violencia.

*la solución de la antinomia por la que se acusa a la etnología -de querer estudiar sociedades diferentes reduciéndolas a la identidad- sólo existe en el esfuerzo de las ciencias humanas en superar esa noción de identidad y ver que su existencia es puramente teórica: es la existencia de un límite al cual no corresponde en realidad ninguna experiencia.[3]

Identidad y alteridad son una construcción social, pero no sólo la imaginación puede construir el enfrentamiento desde identidades asumidas y gestionadas como incompatibles en un escenario de relaciones esencialmente violento. Identidad y alteridad, como desigualdad y violencia o sometimiento y vulneración. La lógica resultante acaba calando en la subjetividad individual. Es esa construcción cultural de consecuencia aculturizante la que actúa desde las estructuras a la microrrealidad, con lo que la reproducción individual de patrones contribuye a reafirmar un escenario "diseñado" desde la ciencia-ideología. Un diseño continuo, que construye referentes y se mueve como sistema de pensamiento.

La descripción que resulte a nivel colectivo -psicosocial- podrá identificar paralelismos reducidos al ámbito individual de cada sujeto tanto como abrir líneas comunes de evolución del grupo, por extenso que éste sea. Hablaremos de grupo, red, comunidad, sociedad, masa. Como sujeto colectivo y como receptor de la comunicación masiva, inserto en una dinámica permeabilizada a los ejes de poder -capital, status, patriarcado, etnicidad, etc.- y que transforma técnicamente al individuo para "organizar" lo real.

*La elaboración de una ideología que movilice un apoyo público permanente es condición necesaria para evitar un reflujo -como sucedió a Bush padre tras la Guerra del Golfo-. Esta ideología pivota en torno a la idea de una conspiración terrorista mundial contra el país más próspero y libre de la tierra.[4]

Igualmente, apelar al miedo y contribuir así al cierre progresivo en torno al sujeto de la presión de la alteridad -microrrealidad e individualismo- es una vía que gana minutos en unos medios y páginas en otros. Ampliando la perspectiva a la producción de realidad y su subjetivización, la inseguridad y el miedo son condiciones del racismo, por ejemplo, y no sólo la ignorancia.

*Los que trabajan tienen miedo a perder el trabajo.
Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo.
Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida.
Los automovilistas tienen miedo de caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados.
La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje tiene miedo de decir.

Los civiles tienen miedo a los militares, los militares tienen miedo a la falta de armas, las armas tienen miedo a la falta de guerras.

Es el tiempo del miedo.

Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo.
Miedo a los ladrones, miedo a la policía.
Miedo a la puerta sin cerradura, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión, miedo a la noche sin pastillas para dormir y miedo al día sin pastillas para despertar.
Miedo a la multitud, miedo a la soledad, miedo a lo que fue y a lo que puede ser, miedo de morir, miedo de vivir. [5]

Reforzando una confrontación y un contraste sin los cuales no puede reafirmarse la personalidad social como diferenciada, se añade carga al carácter cualitativo de dicha dualidad: víctima-agresor, bueno-malo, civilizado-bárbaro, amenazado-peligroso, Yo-Otro, revelando la necesidad de negar al otro para saber quién somos: no somos los otros, no somos los malos.[6] En este sentido, el inmigrante "no occidental" es el Otro por excelencia: lo que hace de alguien un inmigrante es un atributo aplicado desde fuera, a modo de estigma y como principio denegatorio[7] , otorgado a algunas personas extranjeras y difundido en el discurso mediático de la mano de cuestiones como delincuencia, marginación, terrorismo, desorganización, necesidad, gueto, desviación cultural, dificultad de comunicación, amenaza.

Mientras, la casi siempre positiva representación de las acciones sociales y oficiales propias se resume en la frase: las autoridades velan por el bienestar de los inmigrantes [8] . En definitiva, se define institucionalmente al inmigrante como "la persona extranjera susceptible de ser ilegal", más sospechosa -y vulnerable a la gestión de ilegalismos- cuanto más alejada del patrón "hombre-blanco-occidental-limpio-consumidor".

Los propios "repertorios culturales y simbólicos" [9] se constituyen en términos cada vez más extremos de enfrentamiento, reproducidos por el sujeto o por la estructura legal, educativa, económica, laboral, artística, mediática.
Hobsbawn y Ranger [10] hablan de "invención de la tradición" como reafirmación de la personalidad social propia, concepto que evoca el discurso del poder en las democracias neoliberales frente a su contraparte mundial "terrorista", sustituta del comunismo como "enemigo número uno": una violencia presentada como ilegítima y perversa ante la propia violencia legítima y benefactora. Las relaciones causa-efecto, el origen y la respuesta, no caben en una discusión tan miope.

Otra violencia, la constitutiva de nuestra cotidianeidad en cuanto instauradora de fatalismo -aceptar lo que ocurre o puede ocurrir como "irremediable" tiene mucho que ver con ese alejarse de la prosocialidad para resolver cada problema desde el individualismo-, produce individuos cada vez menos conscientes de la realidad en que viven. Limitando sus capacidades expresivas y cognitivas mediante la anulación de los términos que las representan gráficamente, se forma un lenguaje versado en materias que en absoluto son neutrales ideológicamente. Un sistema simbólico cada vez más independiente de la conciencia. De este modo, la expresión de opiniones heterodoxas resulta casi imposible, no sólo en el momento en que éste sistema se desarrolla, sino también respecto de expresiones escritas del pasado: mediante la traducción de antiguos textos a neolengua, la neolengua se convertiría en un instrumento mediante el cual el pasado podría ser reescrito. [11]

* El conocimiento padece una transformación semiótica: se convierte en la interpretación de algo como algo mediante signos. Lo cognoscible y lo representable, y como lo que es es lo cognoscible, entonces lo que es es también representable y, finalmente, sin un intérprete que realice tal interpretación de representaciones, no puede haber conocimiento alguno.[12]

* Los medios de comunicación principales en el mundo occidental han seguido en parte el movimiento de la élite y las formas populares de resentimiento contra el Otro, y hasta las han exacerbado.[13]

Además, el problema de la discriminación no se presenta como una propiedad estructural de una sociedad racista, atribuyendo residualmente la acción discriminadora a grupos de alterados o bien a grupos racistas organizados. Así se distorsiona la escena minimizando nuestro etnocentrismo y negando nuestro racismo de modo violento.

Esa violencia es la constitutiva de un discurso que presenta a la víctima real como amenaza frente al cómplice real -que, a su vez, es presentado como víctima potencial-. Una violencia que se traslada a la incompatibilidad entre la idea falsa de progreso -asociada a la acumulación de riqueza monetaria en manos privadas- y la sostenibilidad de la convivencia en nuestra sociedad -incompatibilidad entendida como axioma irrefutable-. La pregunta será si es posible construir, con nuestras reglas del juego, una sociedad compatible con la diversidad, o si lo que construimos tiende justamente a lo contrario.

NOTAS

[1] J.Bentham. El Panóptico. La Piqueta. Madrid. 1989.
[2] Mirtha Cucco. Capitalismo, relaciones sociales y vida cotidiana. CAES. Área de Psicología Social. 2004.
[3] C. Lévi-Strauss, 1981, citado por J.J.Pujadas en Identidad cultural de los pueblos.
[4] Josu Perales, La globalización totalitaria, El Viejo Topo, 2003.
[5] Eduardo Galeano, El miedo global, en El Mundo al revés, SXXI, Madrid, 2000.
[6]Javier de Lucas, cit. por Marta Rizo García. El discurso sobre el Otro en TV. Universidad Autónoma de Barcelona.
[7]Manuel Delgado. Inmigración y producción de alteridad. U. Autónoma de Barcelona.
[8]Marta Rizo García. El discurso sobre el Otro en TV. Universidad Autónoma de Barcelona.
[9]J.J.Pujadas, op. Cit.
[10]J.J.Pujadas, op. Cit.
[11]George Orwell. 1984. Destino. Barcelona. 2002.
[12]Ma. Fernanda Noboa. Los politólogos actuales. Universidad Central de Ecuador.
[13]T.A.Van Dijk, cit. por Marta Rizo García. El discurso sobre el Otro en TV. Universidad Autónoma de Barcelona.

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