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Pensamiento :: 17/12/2008

La ?subespecie? invisible. Un llamamiento a la dignidad

Txelu
Las personas con discapacidad sufren una invisibilidad social difícil de comprender.

A lo largo de la historia, los Movimientos Sociales han formado parte o se han solidarizado con grupos que, por diferentes motivos, sufrían o sufren discriminación, represión o asesinatos: mujeres, personas negras, animales no humanos, personas encarceladas, inmigrantes, personas ancianas, niñas y niños… en mayor o menor medida, estas necesarias luchas han conseguido significativos avances en la mayoría de estados del mundo y han obligado a las Instituciones a legislar en favor del respeto de sus derechos, a la vez que ha creado una conciencia social hacia la consideración de su dignidad y fomentado la toma de conciencia y unión entre las personas que componen estos colectivos.

Salvo loables e interesantísimas excepciones (las generalizaciones nunca son justas), hay un numerosísimo colectivo de personas que son sistemáticamente obviadas por estos movimientos; inexplicablemente se aprecia más la falta de interés cuanto más “radical” (en el buen sentido de la palabra), más rebelde, más revolucionario, es éste. Me estoy refiriendo a las personas con diversidad funcional, a las personas que encuentran barreras para el aprendizaje y la participación... a las personas con discapacidad: sufren una invisibilidad social difícil de comprender, una falta de oportunidades laborales insufribles, una mezcla de lástima y rechazo social indigna; en definitiva, la Sociedad no las considera parte de sí misma, sino que conforman un tipo de “subespecie” con la que convivimos en nuestros pueblos o ciudades.

Deberíamos conocer qué se esconde detrás de los “Talleres ocupacionales” donde trabajan la mayoría de estas personas, las condiciones de semiesclavitud a las que son sometidas por grandes empresas y multinacionales. Debiéramos tomar conciencia de lo que supone para su dignidad y derechos sociales ese sentimiento de caridad cristiana y proteccionismo paternalista que emana de la sociedad hacia este colectivo y que impide que sus vidas sean autónomas, que aplaca su autodeterminación. Señalar que las personas con discapacidad no forman un grupo homogéneo entre sí, nada tiene que ver la Comunidad Sorda, con las personas con discapacidad física o con las que pertenecen al Espectro Autista. Sus necesidades son totalmente distintas.

Aunque es cierto que existen un innumerable número de asociaciones relacionadas con la discapacidad, que mueven a un ingente número de personas (nuevamente señalar que existen proyectos muy atractivos, determinadas asociaciones relacionadas con el ocio normalizado, proyectos educativos, Movimiento por la Vida Independiente…), pero el mundo de la discapacidad mueve mucho dinero por medio de las subvenciones, hecho que unido a la falta de verdaderas luchas comunes, luchas realmente radicales, a la ausencia de un Movimiento en defensa de la dignidad de las personas con discapacidad, que vaya más allá del discurso “progre de salón” y de fastuosos Congresos y Declaraciones provoca pasividad, una lamentable sumisión hacia las instituciones. Llama la atención como han ido produciéndose los avances en el terreno de la discapacidad, ya que ha sido una mezcla entre las interminables luchas de las familias, las y los profesionales que trabajan en este ámbito (mujeres en casi su totalidad, pero ese sería otro debate) y las Instituciones. La inmensa mayoría de las ocasiones conseguimos determinados derechos, tras años y años de luchas; es decir, en cierto modo la fuerza de estas luchas van marcando la implantación o no de estos derechos, pero en el terreno de la discapacidad al no existir ese apoyo de movimientos rebeldes y revolucionarios, en la actualidad son las Instituciones las que determinan esa “implantación efectiva de derechos”, porque en la mayoría de las ocasiones las asociaciones se encuentran “condicionadas” a las subvenciones necesarias para poder mantener sus proyectos. Un ejemplo claro es el terreno laboral, donde sistemáticamente no se cumplen los acuerdos legales.

Si bien es innegable que desde la década de los ’60, a nivel internacional ha habido un cambio fundamental en la forma de entender e intervenir en lo referente a la diversidad funcional, ya que hemos pasado de un modelo clínico (dominado por una perspectiva médica centrada únicamente en el déficit, envuelta además de un halo cristiano de “Dios te ha concebido así y ese es tu destino”) a uno pedagógico (que considera que la discapacidad se va diluyendo, se va difuminando si el ambiente está preparado para respetar sus necesidades). A pesar de esta realidad, que es en el ámbito escolar donde más avances está consiguiendo:

No queremos una Ley de Dependencia, queremos una Ley de Independencia; no queremos una sociedad adaptada, queremos una sociedad diseñada para albergar la diversidad: recordemos que todas y todos tenemos y vamos a tener a lo largo de nuestra vida infinidad de discapacidades en diferentes ámbitos: una rampa no sólo beneficia a la persona que se desplaza en silla de ruedas, sino que también ayuda a personas mayores, mujeres embarazadas, peques, gente con muletas, carritos de la compra… la utilización de pictogramas no sólo favorece la participación social de personas con autismo y discapacidad intelectual, sino también contribuye a dar autonomía a las niñas y los niños, ayuda en la participación y la socialización de personas inmigrantes que desconocen el idioma... y así páginas y páginas referidas al acceso universal.

Así que desde estas líneas hago un llamamiento para conocer, comprender y luchar por la dignidad de las personas con discapacidad, huyendo de vanguardias (“Nada para las personas con discapacidad sin las personas con discapacidad”), de paternalismos y de satisfacciones de los egos personales.

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