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20/02/2006 :: Pensamiento

La biografía oficial de Fernando Martínez Heredia

x Julio César Guanche
La obra de Martínez Heredia es patrimonio de las ideas de izquierda en Cuba, de cómo puede y debe pensarse la renovación del socialismo

Prólogo al libro de Fernando Martínez Heredia, En el horno de los noventa

Antes de 1789 el editor de El contrato social, de Jean Jacques Rousseau, apenas había conseguido vender unas pocas docenas de sus ejemplares. La toma de la Bastilla le haría entonces el extraordinario favor de convertir al libro en objeto de culto, ante la necesidad de los nuevos ciudadanos de representarse el sentido del cambio y pensar sus consecuencias.

En Cuba, dos siglos después, la pérdida de referentes ideológicos dejada por el desplome del Muro de Berlín -generador de una crisis fundamental en la historia de la Revolución cubana- y de su cosmovisión, hizo el extraordinario favor de hacer ver en la posibilidad de "un estado nacional pensante" -como le llamaría Cintio Vitier-, la tabla de la salvación revolucionaria. Este proceso, iniciado en 1986 con el "Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas", convocado por Fidel Castro en contra del curso político que estaban siguiendo los regímenes de Europa del Este, continuado por la convocatoria al IV Congreso del Partido Comunista de Cuba en 1991, sería sucedido durante la primera mitad de los noventa por revistas, centros de investigación, universidades y una zona del campo intelectual, en pos de debatir una renovación de la revolución que buscó fundamentar el socialismo sobre bases distintas a las que sostuvieron el modelo ideológico cubano entre 1971 y 1986, a esa altura en crisis terminal.

La posibilidad de pensar la revolución de un modo abierto entre posiciones revolucionarias diversas y con similar legitimidad, no se daba en Cuba desde la década de los sesenta del siglo xx: años de la puja por hacerse de un espacio propio en el concierto político internacional. Los análisis sobre el presente revolucionario y sus frutos intelectuales más trascendentes provinieron entonces en gran medida de la ciencia social foránea, mientras los productos de la reflexión sociológica cubana, que pudieron haber gestado un cuerpo de pensamiento socialista nacional de cara a su tradición y a su futuro, no alcanzaron los resultados esperables, al cancelarse, hacia inicios de la segunda década revolucionaria, el espacio de libertad, participación, espíritu científico y debate, consustanciales a la producción de conocimiento social, como consecuencia de la nueva inserción de Cuba en el contexto internacional. De este nuevo período, que duró hasta la segunda mitad de los ochenta, apenas existe libro que salvar de un naufragio -en el ámbito del pensamiento social-, salvo casos aislados de ensayos como Caliban, de Roberto Fernández Retamar, y Ese sol del mundo moral, de Cintio Vitier. El resultado proveniente de esa nueva coyuntura hacia el campo intelectual fueron unas ciencias sociales -por un lado- incapaces -y, por otro-, imposibilitadas de pensar y proyectar la revolución, amén de provocar la despolitización y el rechazo de una parte importante de la intelectualidad hacia el marxismo.

Pensar la revolución desde Cuba es la perspectiva que reinaugura la nueva coyuntura posterior a 1986, pero sobre todo, ya al interior de los noventa. Resultado de aquel "estado nacional pensante", además de lo publicado en revistas de la época, Cuadernos de Nuestra América, Temas, La Gaceta de Cuba y Contracorriente, apareció la primera edición, argentina, de En el horno de los noventa, compendio de ensayos de Fernando Martínez Heredia, junto a otros dos libros de intenciones similares: Resistencia y libertad, del propio Cintio Vitier, y Mirar a Cuba, de Rafael Hernández. Estas publicaciones recolocan en la discusión sobre la revolución, desde un enfoque nacional, heterodoxo y socialista, temas fundamentales de la tradición marxista, como el perfil del intelectual revolucionario, los problemas de la nación y el nacionalismo, y la naturaleza del socialismo y de la teoría marxista.

Aunque bien planteado, el enunciado de tales cuestiones arrojaba al menos dos graves problemas: La renovación que debía corresponder, según el dictum de lo generacional, a los noveles, vino en los noventa de manos de intelectuales formados en los años sesenta o con anterioridad a esa fecha, y en el campo de la literatura retornaron como cánones figuras de la década del cuarenta. Con ello, las ideas "más renovadoras" venían siendo discutidas desde los sesenta. Sin embargo, el balance colectivo de esa primera década revolucionaria -aquella en la que se definió el rumbo de la revolución y sus escenarios de futuro hasta hoy-, quedó pendiente en los noventa.

La personalidad y la historia

Fernando Martínez Heredia representa, como pocos de su generación, el límite de las definiciones que supone la década de los sesenta en Cuba: ni dogmático ni liberal; ni reformista ni ortodoxo. Militante del Movimiento 26 de Julio, graduado de Derecho, formado como profesor de Filosofía de modo emergente en la Escuela Raúl Cepero Bonilla; desde 1966 director del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana (disuelto en 1971), y director fundador de la revista Pensamiento Crítico en 1967 hasta su clausura en 1971, representa un ejemplar típico de intelectual orgánico de la revolución que, comme il faut, fuera en los sesenta un cuadro político e intelectual de toda confianza; en los setenta, un proscrito; en los ochenta, alguien de cuidado; y en los noventa, un intelectual herético y orgánico a la vez.

Ahora, para trascender el uso, ora vergonzante ora vicioso, de esa biografía y no servir más alegorías sobre ella, hay que alcanzar de una vez una conclusión sencilla: la biografía intelectual de Martínez Heredia, con sus posibilidades de expresión, ha tenido los marcos propios con que ha operado uno de los contenidos de la Revolución cubana: el ideal libertario, nacional, latinoamericano y tercermundista, anticolonial y anticéntrico, provisto así por un pensamiento crítico proyectado tanto hacia las estructuras de la dominación capitalista como hacia sí mismo, hacia sus propias formas de intelección y de manejo de la realidad. Los temas, los enfoques y las fechas que fueron integrando la trayectoria intelectual de Martínez Heredia después de 1971 -la publicada y conocida en Cuba-, dan cuenta de las posibilidades de ese tipo de pensamiento y de sus mudanzas: La educación superior cubana (1972), Los gobiernos de Europa capitalista (1977); Desafíos del socialismo cubano (1988); Che, el socialismo y el comunismo (1989) -libro con el cual ganó el Premio Extraordinario Casa de las Américas, hecho coincidente con la recuperación guevarista por parte de la ideología revolucionaria, que marchó al compás del "Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas" iniciado en 1986-; y El corrimiento hacia el rojo (2001), primera antología de ensayos suyos que se publicara en el país.

Cuando la revolución es, en efecto, una denuncia esencial contra la vida vigente, casi nunca puede aspirar a otra estabilidad que a la de poder ver el amanecer del día siguiente: cada mañana está al borde del triunfo o del colapso. "He estado callado, sobre este tema, durante muchos años" -dijo Martínez Heredia sin encono, en paráfrasis de fray Luis de León-, cuando El Caimán Barbudo lo invitó a hablar en 1999 sobre la historia inicial de esa revista en los sesenta; después, ha resultado orador oficial en cuanto evento se ha celebrado en los últimos años.

Sin embargo, no hay "evolución" en este devenir, sino tres posibles corolarios: uno, del tipo romántico: "¡oh, vida de avatares, qué han hecho con él!"; el segundo, del tipo meliorista: "esos problemas corresponden a un pasado de contradicciones, definitivamente superado por el estadio presente"; y, el último, del tipo revolucionario: la vida de Fernando Martínez ha transitado, con todos sus eventos, "el curso que resulta normal para un intelectual revolucionario en un país en revolución".

Si se asume como un corolario revolucionario, el mutismo referido por Martínez Heredia implica dos negaciones y ninguna evolución: el rechazo a la actitud de Mirabeau, de negociar con la realeza al tiempo que se milita en la revolución; esto es, negarse a pactar con quienes requerían su biografía para hacerla servir a la narrativa de cómo el cadáver de la Revolución cubana fue sepultado en 1971 bajo la losa del CAME, y el rechazo a la doctrina del "he vivido" de Sieyés, la del silencio que busca ver pasar el tiempo, sobrevivir, y mudar la piel en cada estación del camino. Si la palabra y el silencio expresan lo mismo, no hay evolución: hay consecuencia. Toda la lucidez y la credibilidad de lo que dice hoy Martínez Heredia, y dice mucho, provienen de esa actitud; es la consecuencia que atraviesa su biografía lo que convierte en útil y práctico su pensamiento y no le da ocasión al anacronismo.

Una herejía oficial

Al mismo tiempo, esa conclusión confirma que la herejía de Martínez Heredia, hasta donde de veras ha sido, es la misma de la revolución, de la historia de cómo esta ha podido afirmar la autonomía de su proyecto en medio de las tensiones e impedimentos encontrados en caminos de hierro. De no ser así, Martínez Heredia solo podría ser considerado un hereje por aquellos que entienden la crítica como algo externo al pensamiento -idea que proviene tanto de la ignorancia como de la regimentación del saber- y no como la tarea de revelar lo constituyente de la realidad, de la estructura de lo social a través del examen del poder que lo instaura. Trayectorias intelectuales como la de Martínez Heredia ejemplifican cómo el pensamiento crítico no puede aspirar a ser herético, sino únicamente a ser naturaleza en el contexto de una cultura del socialismo. A su vez, el autor de En el horno de los noventa puede ser considerado oficialista solamente por aquella visión empobrecedora y autoritaria sobre la política, que considera a la intelectualidad, al Estado, a la sociedad civil, al Partido y a las organizaciones de diverso signo como un todo sin discernimientos, una masa compacta en que todo es lo mismo.

Nada hay nuevo bajo el sol. Si Marx, y Heine antes que él, calificó a Kant de "filósofo de la Revolución francesa", fue porque este pensó la revolución mientras los franceses la hacían. El tipo de intelectual que el sabio de Königsberg personifica, de vida contemplativa y sometido a los rigores del ascetismo y el celibato, son contrarios al ideal revolucionario, a la plaza de excesos que constituye una revolución. El temperamento agónico de Rousseau, su paranoia, su carácter intempestivo e insoportable, tienen tanto que ver con el uso que de él hizo la Revolución francesa, como sus ideas acerca de la Constitución de Córcega o sobre el gobierno de Polonia.

Luego entonces, las facetas de profesor y cuadro político, trabajador de la industria azucarera, diplomático y subversivo, investigador a tiempo completo, "nuestro hombre en La Habana" de los foros sociales internacionales, y las cualidades de "hereje" y "oficialista" que integran la biografía de Fernando Martínez, forman parte de su pensamiento tanto como sus ensayos, y forman parte por igual del uso que las lecturas sobre la revolución pueden hacer de su obra.

La obra de Martínez Heredia, por ello, y no a pesar de ello, compone un resultado típico de la Revolución cubana. Ella expresa sus afirmaciones y contradicciones, sus avances y sus límites, todas sus audacias y también sus prevenciones. Pertenece a la revolución tanto como cualquier otra de sus múltiples realizaciones. Es patrimonio de las ideas de izquierda en Cuba, de cómo puede y debe pensarse la renovación del socialismo, de las maneras revolucionarias de interpretar a Che Guevara y de vivir con los ideales a cuestas "como si fuesen las llaves de la casa del espíritu", de cómo analizar el país que es Cuba e imaginar el que debiera ser.

No obstante, un marxista ortodoxo

Con todo, su pensamiento, más que su "ensayismo", no goza del seguimiento que debiera; pero tampoco conservan hoy en Cuba su antiguo esplendor el marxismo, el pensamiento crítico y las perspectivas de conocimiento latinoamericanas y tercermundistas. En 1789, Camilo Desmoulins dijo que los republicanos de París no llegaban a diez. No es posible saber cuántos intelectuales se dedican hoy en la Isla a los problemas de investigación que ocupan el tiempo de Fernando Martínez, aunque sí es notorio que la ortodoxia marxista que él entraña no es central en las perspectivas con que se interpretan los problemas de Cuba y América Latina desde la atalaya política e intelectual que es una revolución.

Ahora, esa ortodoxia marxista desde cuyo punto de vista puede considerarse a Trotsky el último gran ortodoxo del marxismo -que es la recurrencia a los temas y enfoques clásicos de esta filosofía y no la mal llamada ortodoxia marxista de prosapia soviética-, ¿por qué habría de ser central en los análisis cubanos para interpretar los problemas del mundo de hoy? Después de los marxismos "histórico", "estructural", "analítico", "de la elección racional", "de orientación empírica", "hegeliano", del "neo" y el "posmarxismo", entre tantas tendencias, mucho se ha recreado esa doctrina como para proseguir de aquellos modos.

Sin embargo, el enfoque sostenido por Martínez Heredia muestra que hay temas en los que el abandono de la perspectiva "ortodoxa", en lugar de provocar adelantos teóricos, provoca rendiciones intelectuales e incapacidad de comprender. En esa línea, la misma de otros marxistas que le son cercanos, como Pablo González Casanova, Atilio Boron, Emir Sader, o Jorge Luis Acanda y Desiderio Navarro, en Cuba, se encuentra el tratamiento de temas tan centrales como el del imperialismo, el poder, y el Estado.

Del sentido común

Martínez Heredia tituló uno de sus primeros ensayos "El ejercicio de pensar" y, por lo que subraya, pudiera ser ese el título de su obra toda. Decía Kant, que cuando la teoría no sirve a la práctica, no significa que la teoría sea inútil, sino que no hay teoría bastante: es necesaria más (y mejor) teoría para que resulte útil. Con su ejercicio intelectual, Martínez Heredia pone en primer plano una dificultad grave de la producción ideológica contrahegemónica al capitalismo: la necesidad de pensar y de hacerlo teóricamente, pero también la de conectar esa reflexión con el ámbito de la formación del sentido común y de la toma de decisiones a nivel individual.

El interés de Fernando Martínez en los debates pedagógicos de los primeros años de la Rusia soviética; en las ideas de Trotsky sobre la vida cotidiana de los obreros; en las prácticas políticas de Lenin y en "cada papelito que escribió después de 1917"; en los hábitos de los soldados de Che Guevara, una vez posesionados de la fortaleza de La Cabaña; en la reproducción ideológica de los límites aceptables de la vida cotidiana bajo el capitalismo, entiende bien aquella idea de Gramsci según la cual el nivel más alto de producción intelectual es la ideología; el más bajo, el folclor, y que en el medio, para relacionarlos, está el sentido común.

En esta cuestión -que no es producto exclusivo del pensar marxista, pues ya David Hume hablaba de un mundo culto como la norma intelectual más alta y del mundo de la conversación como la más baja, proponiéndose él mismo, astutamente, como mediador entre ambos- se encuentra el territorio decisivo de lucha por la hegemonía, allí donde se aprende a desear y a rechazar. Así concebida, es una verdad comprensible, pero tiene el difícil corolario de hacer vincular en los hechos la ideología socialista con los medios de masas, las universidades con las revistas, los centros de investigación con los periódicos, en pos de una cultura que se haga cuerpo en la arquitectura mental de las personas.

El contexto cubano de 2005 es bien distinto al de los noventa. Hay más lectores hoy en Cuba para un nuevo Contrato social. Nadie ha invocado "un estado nacional pensante", pero tampoco hay nada que se parezca a pobreza en el campo intelectual del país. Existe una fuerte tensión entre la realidad de desarrollo intelectual y de crecimiento exponencial del número de los "intelectuales" y las posibilidades reales de expresarse, participar y decidir en los diversos ámbitos de la vida del país, que deben también reproducirse y ampliarse en la misma escala. En el horno de los noventa alumbra esa y otras tensiones.

Esta segunda edición -primera en Cuba- a la altura de 2005, no tiene pudor en mostrar las limitaciones del libro: cierta desactualización teórica, algunas repeticiones y el hecho de que varios de sus trabajos, derivados de charlas y conferencias, no muestran la buena pluma y contundente concisión del autor. Sin embargo, es un documento hacia el futuro: aspira a contribuir a entender la revolución, a fijar el pasado en las coordenadas de cómo los cubanos se apropiaron de su país, a servir de testimonio de cómo se puede conjurar una crisis sin perder el sentido popular del ideal revolucionario, a imaginar el camino de lo que no debe ser más y habrá que cambiar definitivamente, a entender cómo relacionar el saber con el poder, y el poder con el proyecto en los futuros posibles que tienen ante sí los cubanos, y a que estos superen por la izquierda cualquier cambio por revolucionario que parezca. Son aspiraciones altas, pero sin buscar la expansión del campo de "lo posible", como dicen Martínez Heredia, y Jean Paul Sartre, y José Lezama Lima, no hay ya un nuevo lugar donde llegar.

En el horno de los noventa es la propuesta de Martínez Heredia sobre cómo disputarle en toda la línea el puesto de árbitro del sentido común a Hume, esto es, al intelectual orgánico de la dominación capitalista, de cómo ocupar el lugar desde donde este tipo de intelectual enuncia con mayor eficacia su discurso. Allí donde el autor de Tratado de la naturaleza humana se ofrece como mediador para traducirle al mundo "femenino" de la conversación los arcanos del mundo culto, para legislarle al mundo de la polis, las reglas del prestigio, la exclusión y el poder, Martínez Heredia, afirma que ahí es preciso situarse para expresar, y sobre todo, para ser creído, que se puede aspirar a la liberación total, una liberación tal que tiene que ser liberación del poder militar, de su capacidad de coerción, de la propiedad privada, del respeto a la propiedad privada, del poder espiritual, de la subordinación de los sexos, de la subordinación de las razas, de la acumulación de todas las jerarquías creadas antes del capitalismo y puestas de otra manera por el capitalismo, pero usadas por él también.1

De esta condición, nos dice Martínez Heredia, depende nada menos que la suerte del "reino de todavía": el fin de todas las dominaciones, la forma de las revoluciones que vendrán.

Julio César Guanche
Ciudad de La Habana, 10 de agosto de 2005


Nota

1. "El Che Guevara: los sesenta y los noventa", En el horno de los 90, Ediciones Barbarroja, Buenos Aires, 1999, p.105.

Fuente: La Haine

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