La creatividad y la solidaridad como herramientas de lucha

En algunos sectores laborales los efectos de las huelgas suelen encrespar los ánimos no solamente de patrones y estado, sino también de la "gente de a pie", en tanto que son usuarios o consumidores del fruto del trabajo de los trabajadores en conflicto, y por tanto se sienten perjudicados o entorpecidos por el cese de actividades. Esto ocurre en los establecimientos educativos respecto a los padres cuando no hay clase por paros, en los más variados servicios y oficinas públicas (correo, registros públicos, tribunales de justicia, etc.) y muy especialmente, en el transporte de pasajeros.
Es más, allí la contradicción suele darse no solamente en el carácter de consumidores o usuarios, sino que afecta al "público" en tanto que trabajadores, por ejemplo, cuando los pasajeros corren riesgo de perder premios a la asistencia o a la puntualidad, por no poder llegar a tiempo a sus lugares de trabajo. Estos factores más o menos "objetivos" se conjugan con la fuerte influencia de una cultura individualista y "cualunquista", que tiende a desconfiar de toda acción colectiva y que torna a las personas sumamente reacias a asumir "costos" materiales o simbólicos en aras de la solidaridad con los problemas y luchas de sus semejantes. El resultado es que las huelgas en los transportes públicos de pasajeros suelen tornarse bastante impopulares, y desatan protestas de los varados en calles y estaciones que los medios masivos recogen con suma fruición, aprovechando la oportunidad de mostrar confrontaciones de "pobres contra pobres" como las denominan con propósitos demagógicos, y desprestigiar la acción sindical en particular y la protesta social en general, tarea a la que se dedican con empeño y coherencia digna de mejor causa.
La respuesta por parte de los trabajadores en conflicto suele ser la lamentación sobre la "falta de conciencia" de sus compañeros de otras actividades, y el enojo por el poderío y la orientación reaccionaria de los medios de comunicación de masas. Hecho esto, insisten en el carácter y modalidad de las medidas de fuerza, seguros de la justeza de sus reclamos y de la procedencia del cese de actividades como forma de presionar a la patronal y a las autoridades políticas. Esta actitud es inobjetable en términos éticos y políticos, pero no aporta en términos de creación de consenso, de lucha por la valoración colectiva de la lucha mas allá de los límites sectoriales.
Los trabajadores de los subterráneos de Buenos Aires, un sector particularmente organizado y combativo, además de activamente solidario con otros sectores, le ha encontrado la clave innovadora a la confrontación de intereses.
Es el mismo gremio que impulsó la regularización de los trabajadores terciarizados en su ámbito, el que propicia la universalización de la jornada de seis horas (que ellos ya conquistaron) como forma de combatir el desempleo y aumentar el tiempo libre para todos los trabajadores, el que declaró huelgas de solidaridad con los trabajadores del Garrahan y otros sectores en conflicto. Todas acciones que trascienden en la práctica el gremialismo corporativo y estrechamente economicista, y apuntan a ampliar las acciones a otros trabajadores y potencialmente al conjunto de la clase.
Ahora ha puesto en práctica, cada vez con mayor escala y frecuencia, una medida que no sólo evita el trastorno a los trabajadores al no alterar la regularidad del servicio, sino que los beneficia materialmente al posibilitar que se ahorren el costo del pasaje: Dejan pasar a todos sin pagar, sin distinciones de ningún tipo, utilizando las credenciales que la propia empresa le da. La que se perjudica, y con creces es la patronal, que se ve privada de percibir el precio de los pasajes, no tiene pretexto para descontar salarios a los trabajadores en la particular "huelga", afronta los costos del funcionamiento del material rodante sin obtener ingresos a cambio, y pierde las posibilidades de deslegitimar la lucha de los trabajadores. La decisión de los empleados tiene la sencillez y contundencia que suele acompañar a las decisiones inteligentes.
Pero nos habla de algo más general: La búsqueda de respuestas novedosas frente a problemas inéditos, o a viejas cuestiones que asumen nuevas formas o se topan con cambios culturales y políticos respecto a épocas pasadas. El desprestigio del sindicalismo frente a la "ciudadanía" en general, la desconfianza y la apatía de los trabajadores frente a las que deberían experimentar como "sus" organizaciones, son una de las bazas fuertes de los poderes establecidos a la hora de conjurar luchas en ciernes o llevar a la derrota a las ya desatadas. La mentalidad corporativa que sólo atiende a la defensa lineal de los intereses inmediatos, contribuye más de una vez a hacer florecer la conciencia antisindical.
Los rezongos y reclamos se tornaron en felicitaciones. ¡Grande, muchachos! se escuchaba, a veces a voz en cuello, otras apenas susurrado, entre la multitud que vivía el pequeño e inesperado jubileo del libre acceso al transporte. Las luchas reivindicativas, sus triunfos y fracasos, no sólo deben medirse en términos económico-corporativos, sino también en el plano político cultural, en la lucha por la hegemonía.
Que un conflicto gremial puede no sólo no perjudicar a otros trabajadores, sino beneficiarlos directamente, es un "descubrimiento" difícil de sobrevalorar. Que las huelgas no tienen como propósito no trabajar, sino golpear a la patronal, es otra verdad que dista de ser evidente para el sentido común, y que medidas de este tipo tienden a difundir. Mientras el sindicalismo tradicional sigue con sus planteos corporativos y la preocupación exclusiva por mejorar la suerte de sus afiliados, un gremialismo auténticamente renovador, impulsado por jóvenes de ideas radicales, demuestra en la práctica una mayor amplitud de miras y una ética cualitativamente diferente.
Fuente: La Haine







