La historia no se puede detener, pero eso no significa que marche hacia adelante, sobre todo cuando la producción está en manos del capitalismo

- Tu padre, Juan Saña, era anarcosindicalista, así como tus tíos maternos, Marcos y Rosalío Alcón. Desde niño conociste a destacados compañeros de la CNT. Háblanos del ambiente en que te desarrollaste.
Cuando estalla la Guerra Civil iba yo a cumplir siete años. Veía a mis tíos sólo de vez en cuando. Al terminar la guerra se exiliaron a México. De los dos, Rosalío era el más simpático. Marcos estaba ideológicamente más formado, pero era también más dogmático. A Marcos le vi en México a principios del 70, cuando visité el país invitado por el director de la revista Indice, en la que yo colaboraba asiduamente. Rosalío habia muerto ya. Marcos me dijo que tenía trabajo y no pasaba apuros económicos, pero en sus ojos había un fondo inconfundible de tristeza. Me contó que al llegar a México intentaron organizar allí algo parecido a la CNT, pero no fructificó por la corrupción del PRI y de los propios sindicatos. Los exiliados españoles fueron tratados generosamente por el gobierno mexicano, pero echaban de menos España, estaban llenos de nostalgia, viviendo y sobreviviendo de recuerdos y de ilusiones difíciles de cumplirse. Porque México es un mundo distinto al nuestro, aunque hablen castellano. Se adaptaron, pero sólo de puertas afuera. Por dentro sufrieron mucho. No sé por qué extraña coquetería o falsa fidelidad a sus ideales, la mayoría de ellos no quisieron volver a España, empezando por mi tío. Las tres semanas que yo estuve en México me di cuenta de lo que significa ser europeo. Y conste que soy todo lo contrario de europeísta o eurocentrista, como he manifestado en mis libros una y otra vez. He sido siempre muy crítico con el viejo continente, también con Occidente. Soy universalista y creo en la igualdad de los hombres, pero ello no quiere decir que tenga que simpatizar con todos los países y todas las culturas. Yo resido desde hace 47 años en Alemania, pero nunca he podido identificarme con ese país, al margen de lo mucho que quiero a mi mujer alemana y por mucho que admire la gran cultura de ese pueblo. Pero en conjunto no me han gustado nunca. Por eso he escrito libros muy duros sobre ellos.
Pero volvamos a la España de mi niñez. Mi padre huyó de Barcelona el 25 de enero de 1939, la víspera de la entrada de los fachas en la ciudad. No olvidaré nunca ese día. Vivíamos cerca de la Gran Vía, en la calle Entenza, la misma calle en que estaba la cárcel Modelo, a la que a lo largo de los años tantas veces acudiría. Al oír la música de las tropas franquistas, salí a la calle a ver lo que pasaba. Llegué hasta la Plaza de la Universidad. En las aceras y en los balcones había gente y algunos aplaudían, pero lo que dominaba era la tristeza y la pesadumbre. Influido por la propaganda difundida por el régimen y su proclividad al elitismo y el desprecio a las masas, el filósofo judío-alemán Teodoro Adorno escribió en una carta que las mismas masas que habían luchado contra el régimen, ahora le aplaudían. En mi libro autobiográfico Don Quijote in Deutschland le recriminé su actitud, recordándole que las masas que habían luchado contra el franquismo no eran las mismas que vitoreaban a las tropas nacionales, y ello por la sencilla razón de que se hallaban camino del exilio.
Mi padre hablaba fluidamente francés, pues de joven había trabajado tres años en París. Como otros libertarios, era un puro Don Quijote. En París y en pleno invierno iba sin abrigo. El dinero que ganaba en las Factorías Renault se lo daba a los compañeros que no tenían trabajo. Procedía de una familia muy rica de Sabadell. Después de hacerse anarquista, en la época de Salvador Seguí, con quien colaboró estrechamente, abandonó para siempre a su familia y renunció a la herencia que le correspondía. Al llegar a Francia en 1939 fue internado en el campo de concentración de Bourg-Madame. En su calidad de intérprete se enfrentó en seguida con las autoridades francesas, negándose a trabajar para el Estado francés. Llevado ante el ingeniero responsable de las obras, le dijo: «Yo no trabajo para un Estado que se ha portado tan cochinamente con los exiliados españoles». El ingeniero-jefe le contestó, fuera de sí: «¿De manera que usted, español de mierda, se niega a trabajar para el país que le ha acogido? Le voy a hacer fusilar», a lo que mi padre repuso: «Pues fusíleme, pero no logrará que mueva un solo dedo para un Estado hijo de puta como el de ustedes, cobardes, que no nos habéis ayudado en nuestra lucha contra el fascismo». El ingeniero se hundió en un sillón y le dio la razón. Era un francés decente. La actitud de mi padre era más que comprensible. El trato que recibieron los exiliados por parte de la gendarmería y el gobierno francés fue indignante, como he contado en un fragmento de mi libro Die libertäre Revolution, en el que aludiendo a Dante hablo de «un nuevo círculo del infierno». Por desgracia, el libro no ha sido traducido al castellano.
Tras la invasión de Francia por las tropas hitlerianas, mi padre cruzó ilegalmente la frontera y regresó a Barcelona. A los pocos días fue reconocido por un policía y detenido. Estuvo preso año y medio en el Palacio de las Misiones de Montjuic, habilitado como cárcel. Le pusieron en libertad porque hubo gente que fue a declarar en su favor. Y con razón. Así, al estallar la Guerra Civil, mi padre y Juan Peiró salvaron en Mataró a 17 monjas de un convento de clausura que estaba en la calle de la Coma, donde nosotros vivíamos. Salvó también a algún burgués. Mi padre no estaba de acuerdo con las matanzas y venganzas. Cuando mi tío Marcos, en su calidad de presidente del Sindicato de Espectáculo, pidió a mi padre que asumiera la dirección de la producción cinematográfica de Cataluña, él tenía como secretario a un hombre muy competente que era miembro de la Quinta Columna y estaba camuflado. Era un periodista con nombre falso. Cuando se enteró de la detención de mi padre fue a declarar en su favor. Tuvo suerte. Como no había cometido ningún delito, le soltaron. Pero la libertad duró poco, pues mi padre empezó a actuar en seguida de nuevo. Caía, salía y otra vez volvía a la cárcel.
Me preguntas si todos estos acontecimientos influyeron sobre mí. ¿Cómo no iban a influirme? El piso de mis padres fue durante varios años el centro donde se reunían los compañeros, donde se imprimía a ciclostil la propaganda contra el régimen. Mis experiencias y recuerdos son inolvidables. Tú estás allí, eres un mocoso, vas creciendo, trece, catorce años, vienen los compañeros, se reúnen, discuten a grito pelado, oyes, estás detrás de la puerta escuchando lo que dicen. También los libros que me daba mi padre me van marcando. Por lo demás era un chico normal como mis amigos del barrio. Me gustaba jugar al pimpón, al fútbol, al ajedrez. Pero a partir de los diecisiete o dieciocho años yo estaba casi siempre con gente mayor, cuya compañía naturalmente me ayudó a formarme. Mi aportación a la lucha clandestina fue modesta. La vivencia más importante en este aspecto fue mi encuentro con Facerías. De eso he dejado constancia en mi libro Don Quijote in Deutschland. Pero dejémoslo porque nos llevaría muy lejos.
- Te preguntábamos un poco por tus orígenes porque nosotros somos relativamente jóvenes y llegamos al anarquismo después de cuarenta años de fascismo, en la Transición, sin que en nuestras familias hubiera una tradición libertaria.
Que es mayor mérito. Sí, sí, es mérito. Yo tengo mi opinión particular sobre eso. No todo el mundo ha tenido la suerte de nacer en el seno de una familia de izquierdas ni el privilegio de tener un padre como el mío. Por ello digo siempre que no tengo ningún mérito. Todo lo que mi padre decía se iba quedando en mi mente, formaba parte de mi educación. No es que él me dijera: quiero que seas esto o lo otro. No. La primera carta que escribo en mi vida, ¿ a quién la escribo? A mi padre. Y la primera carta que recibo es suya, desde la cárcel. Fue una experiencia muy importante.
- ¿Tu ansia de saber, tu amor por el conocimiento, tu deseo de ser escritor, surgen en el mundo de tu infancia? Porque tú no cursaste estudios formales, eres autodidacta.
Así es. Pero lo importante entonces era la pobreza, el hambre, la lucha por sobrevivir, no los estudios. Mi padre tenía un negocio, aunque esta no es la palabra exacta. Fabricaba mantequilla a muy pequeña escala, un producto básico entonces. No teníamos problemas económicos graves, pero cuando él estuvo en el exilio o en la cárcel sí pasamos hambre. Ãbamos a los comedores de Auxilio Social, sin la comida y la cena que allí nos daban, no sé qué hubiera sido de mis cinco hermanos y de mí. Mi madre, la pobre, tuvo que fregar muchos pisos e ir a Sabadell a pedir dinero a la familia de mi padre, lo que hacía muy a disgusto. ¿Pero qué es lo no hace una madre para dar de comer a sus hijos? Yo, como el mayor de mis hermanos, tuve que trabajar en diversos oficios para ayudar a la familia. Me buscaba trabajos que me permitieran disponer de tiempo para estudiar y aprender idiomas. Mi padre quería que fuera a la Universidad. Me negué. Me sentía atraído por el mundo obrero, no por los intelectuales. Además estaban los principios del Movimiento, que tenías que acatar. Total, que no quería meterme en el mundo académico. Luego vino la mili en Figueras, donde me libré de milagro de no ser llevado ante un tribunal militar, por desobediencia a mis jefes. Pisé la Universidad por primera vez para repartir octavillas subversivas y hacer pintadas antirrepresivas.
Yo iba mucho a la Biblioteca Central, en la calle del Carmen, y entre los libros que leía estaba el Ser y tiempo de Heidegger, traducido por Vicente Gaos. En la Biblioteca había un pequeño bar muy acogedor regido por una señora encantadora que nos quería mucho. Allí discutíamos y perorábamos. Un día, hablando yo de Heidegger con mis amigos, se acerca un individuo al que no conocíamos. Nos dijo que era ayudante de cátedra y me propuso dar una conferencia en la Universidad sobre el filósofo alemán. Fue la primera conferencia que dí en mi vida.
Mi juventud fue, en conjunto, difícil, no sólo por los años de miseria, sino por otras razones: ser hijo de vencidos, ser bautizado a la fuerza en la catedral de Barcelona con otros niños rojos, tener que renunciar a mi nombre y ponerme un nombre cristiano porque consideraban que Heleno era un nombre pagano. Todo esto dejó mella en mí. Yo iba al colegio Víctor Pradera. Nos daban clase de religión continuamente. Dos veces a la semana teníamos que ir a una iglesia cercana a rezar y a asistir a misa. Yo procuraba siempre esconderme en los altares laterales.
Fui en todo caso lo contrario de un niño mimado, un tema que también he tratado en mi libro autobiográfico. ¿Qué es el niño mimado? El que no ha tenido problemas y se lo encuentra todo hecho. En el fondo agradezco al destino que no haya sido uno de ellos. Decir que es un privilegio es un poco estúpido, pero te da una madurez y una fuerza interior que el niño mimado no tiene. Aprendes pronto a luchar y a comprender lo que es la vida. Y creo que una de las cosas que más me han favorecido ha sido la de conocer de niño lo que es la adversidad. Si esto lo digieres bien y no caes en el error del resentimiento, en el que cae por desgracia casi todo el mundo, entonces esto te ayuda más tarde a comprender mejor los problemas de la gente que está jodida, que lo pasa mal, los pobres, los desheredados... De manera que, recapacitando, creo que el haber sido un niño humillado como los personajes de las novelas de Dostoievski me hizo más bien que mal. Esta es la razón de que no sienta ningún rencor por el pasado que viví.
- Pasaste tu juventud en Barcelona. ¿Cómo recalaste en Madrid, por cuestiones de trabajo?
No, es una historia muy fácil. Yo tenía una novia inglesa, mi profesora de inglés, que era de mi edad. Estábamos muy enamorados, pero nuestras mentalidades chocaban, de manera que el amor por Margaret no me daba la paz interior que yo necesitaba para escribir y actuar políticamente . Así que opté por quemar las naves e irme a Madrid. Pocas semanas después ella me visitó en Madrid. Me dijo que me estaba volviendo cínico, y tenía razón. Tuve una fase de extravío y caos, vida nocturna, mujeres, alcohol, etc., como cuento en mi libro autobiográfico sobre Don Quijote. Esta crisis de identidad se acabó a partir del momento en que apareció Gisela en Madrid, mi futura mujer. Pocos meses después estaba con ella en Alemania.
- Eres un gran conocedor de la sociedad alemana. Algunos de tus libros fueron best sellers allí. Vives en el seno de uno de los países más avanzados del mundo, que has estudiado a conciencia. A lo largo de la Historia parece que las sociedades técnicamente más avanzadas dominan a las menos desarrolladas. Sin embargo, tú resaltas en tus ensayos que las civilizaciones tecnológicamente más desarrolladas son más alienantes para el hombre.
Es también lo que piensan los fundadores de la Teoría Crítica de Fráncfort, Max Horkheimer y Teodoro Adorno. En cambio, Herbert Marcuse, también miembro de la Escuela de Francfort, tiene un concepto apologético de la técnica. Asume la teoría del progreso de Condorcet, Turgot y otros illustrados, según los cuales la humanidad camina hacia la felicidad universal. Es la versión burguesa del optimismo histórico. Horkheimer y Adorno fulminan en su obra Dialéctica de la Ilustración, y en otros escritos, esta mitificación del progreso. Como judíos tienen una concepción más pesimista del desarrollo histórico, y después de la experiencia nazi, todavía más. Las cámaras de gas son un producto técnico. Marcuse es también judío, pero asume la visión mesiánica de la técnica que Marx expone en su mamometro Fundamentos [Grundrisse] para una crítica de la economía política. La tesis central de Marcuse (y de Marx) es la de que llegará un día en que el obrero no tendrá apenas que trabajar, pulsará un botón, y ya todo será una maravilla. Anticipando un poco la robótica, Marcuse expone en Eros y civilización y en otras obras una concepción apologética del devenir que yo no comparto en absoluto.
Comprendo que Erich Fromm acusara a Marcuse de infantilismo. La historia no se puede detener, claro, pero eso no significa que marche hacia adelante, sobre todo cuando la producción está en manos del capitalismo. La industria electrónica, por ejemplo, se gesta en el Pentágono, que es el primero en desarrollar y fabricar sistemas informáticos. Nace con el objeto de desarrollar armas y sistemas de destrucción más eficaces. Aparte de este aspecto militarista, uno de los fenómenos más negativos de la técnica es que crea una industria consumista. La producción no se destina a cubrir las necesidades reales de la humanidad, sino a fabricar artículos sofisticados, a hacer creer a la gente, a través de la publicidad, que necesita un coche, un móvil, un aparato de televisión. Es una industria que no tiene otro objetivo que el que la gente compre continuamente lo que sea, que inventa nuevas modas para que se deseche lo que se considera ya anticuado. Degrada al hombre a animal de consumo.
- Nuestra civilización parece que se sustenta en varios hitos históricos: el fuego, la agricultura, la escritura, la rueda, la imprenta, la máquina de vapor aplicada a los procesos industriales y a las nuevas y recientes tecnologías de la información y comunicación, sin los cuales no hubiera sido posible llegar al estadio actual. ¿Todos esos elementos han sido mecanismos de opresión o de emancipación? Según expones en tus obras, la tecnología es alienante. Deseamos saber tu opinión sobre el significado de la escritura en todo este proceso. De la escritura como modo de transmisión del conocimiento y de las ideas liberadoras. Destaco la importancia de la palabra escrita en el movimiento anarquista a finales del siglo XIX y principios del XX...
Permite que te interrumpa. La apología que estás haciendo de la escritura y de la cultura de Gutenberg, de la imprenta, está justificada, pero esa misma imprenta ha servido también para cosas negativas como la difusión de ideologías totalitarias como el fascismo o el comunismo estaliniano. Gracias a la electrónica, podemos comunicarnos con gran rapidez, pero la gente es cada vez más egoísta, más deshumanizada, más embrutecida e inculta. Hoy disponemos de más conocimientos técnicos que nunca, pero el número de personas que se rebelan contra la injusticia es cada vez menor. No sólo en España, hay un aborregamiento general. Hace un siglo había menos técnica y más analfabetismo, pero sin embargo estos analfabetos hacían la revolución, luchaban por un mundo más justo, como ocurrió en el 36 en España con la revolución libertaria, inspirada no en el «socialismo científico» del Dr. Carlos Marx, sino en un paria social como Proudhon . ¿Qué hacen de bueno los señores que hoy tienen en sus manos la técnica? Nada, no hacen nada. Mi tesis central es la de que por mucho que evolucione la técnica y cambie el entorno histórico, no cambia el hombre ni la esencia humana. Nietzsche pensaba lo mismo, a pesar de que, alemán al fin y al cabo, hablase mucho del Werden o devenir, pero no apologéticamente, como Hegel. De ahí que su cosmovisión esté basada en lo que llamaba «el eterno retorno de lo mismo». Hay dos concepciones históricas fundamentales: la helénica y la hebrea. La primera parte de un cosmos increado y eterno, tiene una concepción cíclica del acontecer humano y no adjudica al tiempo un valor intrínseco. Los judíos, en cambio, ven el mundo desde una perspectiva profética y escatológica. El sentido de la vida no está aquí abajo, sino en el Más Allá. Todo gira en torno a la llegada del Mesías o Redentor. Eso explica el papel clave que la temporalidad y el concepto de espera juegan en la cosmovisión judía, asumida naturalmente por el cristianismo. El concepto moderno de progreso procede de gente no creyente y anticlerical como la Ilustración francesa o del materialismo de Marx, pero sus raíces están en el profetismo judío. Marx es ateo, el cielo es para él la sociedad sin clases. Divide la historia entre prehistoria o reino de la necesidad y la verdadera historia o reino de la libertad. Marx es un admirable crítico del capitalismo, pero es muy parco a la hora de dar datos sobre la sociedad postcapitalista, de explicar cómo funcionará concretamente. De la misma manera que para los judíos la imagen de Dios es irrepresentable, la concepción marxiana de la sociedad futura adolece de abstracta.
No comparto en todo caso el tipo de proyecciones utópicas basadas en la fetichización del tiempo como valor en sí, sean de carácter religioso o agnóstico. He podido comprobar, a través de mi experiencia personal, que todo cambia, pero que lo esencial permanece. ¿Qué es lo esencial? Elegir el mal o el bien, o para decirlo en términos que todo el mundo entiende: ser un cabrón o una buena persona. La búsqueda de la verdad y la felicidad son valores eternos que ningún ordenador, ninguna técnica cambiará. ¿Qué nos espera? Pues no lo sé. A lo mejor la persona humana deja de existir, a lo mejor todos seremos robots; de momento estamos ya en la clonación. Por lo demás, los hombres reaccionan siempre de la misma manera, trátese de egoísmo y agresividad o de generosidad y mansedumbre. Y porque el fondo no cambia nunca, el hombre tiene que empezar siempre de nuevo, por muy moderno que sea. Sus opciones son las mismas que las del hombre de las cavernas: eres bueno o malo, matas o ayudas. Y porque pienso así me gusta la concepción libertaria del hombre, la vida y la sociedad, que es eminentemente griega. Por mucho que hable de dialéctica, el marxismo es, como Hegel, determinista, cree que la liberación vendrá del progreso histórico, no de la propia persona. EL libertario confía en cambio en la conducta ética de cada uno aquí y ahora. Por eso se rebela espontáneamente contra la injusticia. Mientras que la base del anarquismo es la moral, tanto Hegel como Marx se burlan de ella.
Pues yo no. En esto soy griego cien por cien y pienso como Sócrates y su discípulo Platón: que la verdad no es otra cosa que el bien. De ahí que repitan una y otra vez que es mejor sufrir una injusticia que cometerla. Es una moral sublime que Sócrates defiende por última vez ante sus jueces en el Areópago y que transmite a sus discípulos poco antes de morir. Algunos siglos después viene Jesuscristo, que es también una gran figura que yo admiro y respeto. Pobre y proletario como sus primeros discípulos, predicó el amor al prójimo. ¿Pero es que la moral de Sócrates era menos elevada que la de Jesús y los Mandamientos? Vincular el concepto de felicidad con el concepto del bien es la aportación básica de la filosofía socrático-platónica, asumida también por Aristóteles, aunque éste, más empírico, se distancie en algunos puntos de ellos. Y lo que era válido hace dos milenios y medio, lo sigue siendo hoy.
Desde finales del siglo XIX, y hasta finales de la década de 1930, el anarquismo tuvo unas fuertes raíces populares y unas importantes organizaciones obreras y sindicales que conseguían regir los destinos sociales. ¿Qué ha ocurrido para que las corrientes ácratas se hayan convertido en reducidos grupos testimoniales? ¿Lo debemos atribuir a causas endógenas o exógenas al movimiento libertario?
Páginas gloriosas, las del pasado que acabas de evocar. Pero el movimiento libertario no es el único que ha perdido la fuerza que tuvo antaño. Todas las ideologías y partidos de izquierda están en crisis, también los sindicatos, cada vez más domesticados y débiles. La gente, por decirlo de una manera simple, ha asumido consciente o inconscientemente, la ideología burguesa. Es decir, se ha dejado narcotizar por la fiebre consumista y el hedonismo a ras del suelo, por lo que Guy Debord llamaba la «sociedad del espectáculo», versión capitalista del pan y circo romano. La industria del entretenimiento y la industria de la cultura, como la llamaban Adorno y Horkheimer, han embrutecido y despolitizado a la gente. Se acude a las urnas, pero no hay política digna de este nombre. Antaño, la prensa obrera de España y de toda Europa tenía un nivel excepcional. Hoy ya no existe. La gente lee los periódicos burgueses, sea en su versión progresista, como El País, o conservadora, como El Mundo o Abc.
En cuanto a la despotenciación del movimiento libertario en nuestro país, no tengo las claves para emitir juicios contundentes y definitivos. Lo único que puedo decir es que han intervenido muchos factores. El primero, naturalmente, fue el exilio de la militancia de vanguardia. Luego la represión, por ejemplo los quince Comités Nacionales que cayeron. Ha habido también errores subjetivos, quiero decir que la militancia o parte de ella no estuvo siempre a la altura de las circunstancias. Y por supuesto las polémicas internas y la división constante de la Organización. Pero también el sectarismo ha contribuido en gran manera a debilitarnos y aislarnos. No se puede ser sectario. Uno puede tener ideas muy tajantes, pero lo que no se puede hacer es negar a priori las de los demás. Rosa Luxemburg, que era medio anarquista, decía, contra Lenin, que la «libertad es siempre la libertad de los que piensan de otra manera». Y tenía razón. La cultura es diálogo, como nos enseñan Sócrates y Platón, los maestros y fundadores del arte dialéctico o dialektiké téchne. Opino que en el anarquismo ha habido demasiada inclinación a la autoglorificación de los propios valores, esto es, a creer que estamos en posesión de la verdad absoluta y que no necesitamos aprender nada de nadie. Eso, claro, ocurre con todas las ideologías. Fíjate lo que hicieron los comunistas con la «dictadura del proletariado» concebida y postulada por Marx como fase de transición: convertirla en una máquina de matar. En España, el partido comunista jugó con gran habilidad para apoderarse de la conciencia pública, con la ayuda involuntaria de Franco, que hablaba siempre de la oposición comunista. ¿Pero qué queda del comunismo hoy, qué representa? Nada, está muerto, carece de fuerza, es un movimiento residual que paga ahora las consecuencias de su soberbia y su obsesión de poder. Pero no son los únicos que han cometido errores, también nosotros los hemos cometido, aunque de otra índole y por motivos más nobles. Toda ideología que no practica la autocrítica y se cree en posesión de la verdad absoluta, está condenada a caer en el dogmatismo y en la exclusión del otro como interlocutor, si es necesario, eliminándole físicamente. Eso no se puede hacer ni es justificable en nombre de ningún credo o sistema de ideas. Tolstoi se declaraba anarquista, pero rechazaba la violencia. Y lo mismo Gandhi, otro anarquista. Y si les nombro es porque pienso como ellos.
En cuanto a la problemática teórico-práctica de la CNT, no tengo la más mínima autoridad para sentar cátedra. He enumerado algunos de los factores que han conducido a su crisis cualitativa y cuantitativa, pero a título muy personal y subjetivo. Añado, como remate final, que cuanto más noble es una ideología o concepción del mundo, más difícil es de llevarla a la práctica, y que lo que se impone en el mundo, excepto momentos históricos de la Historia, es lo vulgar y lo bajo. Y aquí vuelvo otra vez a los orígenes de la moral y de la ética en que yo creo. Como decía Hölderlin, las perlas de más valor no están en la superficie, sino en el fondo del mar. Ser anarquista y creer en ciertos valores es aceptar de antemano que uno seguro que va a perder. Y el símbolo de esto es Don Quijote, el gran anarquista y el modelo de conducta y de hombre que yo, con mejor o peor fortuna, he intentado seguir. Sí, Don Quijote, la encarnación más pura del anarquismo, lucha y pierde.
[Entrevista extraída del nº de enero de 2007 del periódico anarcosindicalista "CNT"]







