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Pensamiento :: 23/10/2007

La ofensiva contra el imperialismo, exigencia de la defensa de la humanidad

Miguel Urbano Rodrigues
En este encuentro en Serpa tenemos pensadores como István Meszaros, Samir Amin, Georges Labica y otros, cuya reflexión sobre las luchas sociales de nuestro tiempo y el movimiento de la historia representa una contribución muy valiosa a la permanente renovación creadora de la herencia teórica de Marx

INTERVENCIÓN EN EL II ENCUENTRO “CIVILIZACIÓN O BARBARIE”, EN SERPA

La situación en el mundo es caótica. En milenios de historia, la continuación de la vida en la Tierra nunca estuvo tan amenazada.

El panorama del planeta en este inicio del siglo XXI es alarmante. La desigualdad social aumenta. Más de cuatro quintas partes de la humanidad vive en condiciones degradantes, mientras un puñado de multimillonarios acumula fortunas colosales, superiores al PIB de muchos estados. La salud y la educación son asumidas como negocio en los países más ricos. El hambre devasta amplias regiones. Millones de hectáreas de tierra fértil dejan de producir alimentos para obtener biocombustibles. El agua potable escasea, los océanos, los ríos y la atmósfera son contaminados por una polución galopante. Muy próximo está el agotamiento del petróleo. En los marcos de políticas de saqueo de recursos naturales se desencadenan guerras criminales contra pueblos indefensos.

La responsabilidad por el caos instalado es de un sistema de poder monstruoso, que aspira al dominio perpetuo y universal sobre la Tierra.

El control hegemónico de la información, además, impide a la gran mayoría de la humanidad tomar conciencia de los peligros que la amenazan. En la era de la comunicación instantánea, un sistema mediático perverso, comandado por el gran capital, proyecta una imagen casi paradisíaca del proyecto de vida impuesto por los responsables de la crisis de civilización, y presenta una visión satánica de las fuerzas que lo combaten.

Pero la manipulación de las conciencias no tiene el poder de resolver la crisis estructural del sistema, hegemonizado por los Estados Unidos.

Contrariamente a lo que sucedió en crisis cíclicas anteriores, está vez el capitalismo no tiene soluciones. Está herido de muerte, aunque su final puede tardar mucho. El desespero contribuye a que, en la tentativa de sobrevivir, su estrategia se caracterice por una ferocidad creciente. Las guerras «preventivas» de los Estados Unidos, marcadas por crímenes que recuerdan a los del III Reich nazi, configuran un asalto a la razón.

Ese desespero es, dialécticamente, reforzado por la resistencia de los pueblos. En Iraq y en Afganistán los Estados Unidos mantienen –con la ayuda de otros países- guerras de antemano perdidas. En la Palestina martirizada, el Estado sionista de Israel no logra imponer su voluntad a un pueblo heroico. En el Líbano, las fuerzas patrióticas hacen inviables las maniobras recolonizadoras del imperialismo.

En América Latina los Estados Unidos también acumulan derrotas. Los pueblos de la región rechazan masivamente las políticas neoliberales responsables de la situación en que ellos se hallan.

Es muy significativo que tanto en Europa como en América el socialismo vuelva a ser reivindicado como la ideología del futuro. Mientras que la intelectualidad burguesa proclama que el comunismo murió, se asiste a un explosivo renacimiento del interés por el pensamiento de Marx, por la obra de Lenin.

En este encuentro en Serpa tenemos hoy con nosotros pensadores como István Meszaros, Samir Amin, Georges Labica y otros, cuya reflexión sobre las luchas sociales de nuestro tiempo y el movimiento de la historia representa una contribución muy valiosa a la permanente renovación creadora de la herencia teórica de Marx.

El tema central de esta intervención mía es llamar la atención a la importancia que, en la elaboración de las estrategias de la lucha contra el imperialismo, tienen las enseñanzas de Marx y Lenin.

Ellas son indispensables para que comprendamos la crisis actual. El fin de la Unión Soviética y el regreso del capitalismo a Rusia afectaron profundamente la intelectualidad progresista. Un sector ponderable inició una caminata que lo condujo al acomodamiento (y en ciertos casos a la adhesión) ante el neoliberalismo. Muchos, sin haber roto luego con Marx, optaron por un revisionismo que se constituyó apenas en una etapa rumbo a la capitulación. Revisar a Marx se convirtió en una moda en las universidades europeas y americanas. Otros, la mayoría, afirmando permanecer fieles a las ideas del autor de El capital, adoptaron una posición defensiva, precisamente en una época crucial en la que los comunistas deberían retomar la ofensiva.

Meszaros, en un lúcido ensayo incluido en su libro Beyond Capital(*), reflexiona sobre el tema. Lenin –recuerda - creía que la Revolución de Octubre en Rusia funcionaría como espoleta de «turbulentas revueltas políticas y económicas» en Europa».

Los acontecimientos posteriores a la guerra mundial no confirmaron esas esperanzas. Después del fracaso de la revolución espartaquista en Alemania, y de la derrota del Ejército Rojo a las puertas de Varsovia (con la ayuda de Francia) el dirigente comunista concluyó que la tarea prioritaria era la defensa, costase lo que costase, de la Revolución rusa. Mas la certeza de que en plazo previsible no habría revolución victoriosa en los países de Europa demandó una revisión estratégica.

El proyecto socialista, concebido para la ofensiva, fue forzado a pasar a la defensiva. Después de Versalles, el reflujo del movimiento revolucionario mundial hizo inevitable esa opción. Lenin, al contrario de Trotsky --que insistía en su tesis voluntarista de la revolución permanente--, no se hizo ilusiones sobre la duración de la fase defensiva. Sería muy prolongada.

La historia justificó esa convicción. El mundo del capital sobrevivió fácilmente el temporal iniciado con el crash de la Bolsa de Nueva York. La crisis del 29-33 no fue estructural. La propia implantación del fascismo en la Alemania de Weimar se insertó en una crisis del capitalismo.

En los Estados Unidos y en algunos países de Europa Occidental, el liberalismo clásico fue sustituido por políticas keynesianas que atribuían un papel fundamental al Estado burgués en la dinamización de la vida económica. Pero en Occidente, exceptuando a los países sometidos a dictaduras, los regímenes parlamentares se mantuvieron inalterados.

En la concepción que Marx tenía de la «política» como negación radical, el parlamento aparecía como instrumento perverso del sistema cuya función consistía en «engañar a los otros y, al engañarlos, engañarse a sí mismo.»

Obviamente, los parlamentos, en las sociedades actuales, donde el neoliberalismo se ha convertido en la ideología dominante, difieren mucho de los existentes en la época de Marx. Pero hoy, como entonces, sirven a los intereses de la clase dominante. No exagero al afirmar que, controlados por el gran capital, son aún más nocivos que en la época de Marx.

El MITO DE LA DEMOCRACIA REPRESENTATIVA

Meszaros insiste mucho en la necesidad de desenmascarar aquello a lo que convencionalmente se llama democracia representativa. Me identifico plenamente con la denuncia que hizo en su comunicación, en Serpa, del papel instrumental que el parlamento cumple en las sociedades capitalistas de los países avanzados.

Mas la mitología de la falsa democracia está tan profundamente enraizada en los países capitalistas, donde la manipulación de las conciencias tiene efectos devastadores, que ejerce una fuerte influencia en el lenguaje, en la cosmovisión y en las formas de lucha de las fuerzas y partidos progresistas. Muchos comunistas, inclusive, tienen dificultad en comprender que la democracia representativa es, en la práctica de la vida, una dictadura de la burguesía de fachada democrática.

Entonces, desenmascarar los mecanismos perversos de un sistema de poder falsamente democrático ha pasado a ser, por eso mismo, una exigencia prioritaria en la lucha contra el engranaje capitalista.

Los cambios que en la Unión Europea tienden a privar a los parlamentos nacionales de sus limitadas funciones autónomas del pasado deben ser combatidos, aunque sería una ilusión creer que, en cada país que logre reducir la dependencia de Bruselas, las soluciones pueden encontrarse a través del funcionamiento de máquinas electorales y de las prácticas parlamentarias.

Nunca está demás repetir que la democracia auténtica, en la cual la participación del pueblo es decisiva, nada tiene que ver con las democracias parlamentarias tuteladas por el capital. En las últimas décadas, los partidos socialdemócratas europeos - incluyendo aquellos que todavía se autotitulan socialistas (Portugal, Grecia, España, etc.)- no sólo se han limitado a romper con el marxismo. Se han adherido al neoliberalismo y se enorgullecen de administrar una economía capitalista moderna, neoliberal, mejor que los partidos conservadores.

Mészaros recuerda que «el papel principal de los partidos socialdemócratas (incluyendo antiguos partidos comunistas que cambiaron de nombre) se limita actualmente a entregar el trabajo al capital, y utilizar al pueblo como forraje electoral a los fines de la legitimación espuria del status quo perpetuado bajo el pretexto del proceso electoral ‘abierto’ y ‘plenamente democrático’.

Esa tendencia tiene antecedentes. El Partido Socialdemócrata Alemán, SPD, era revolucionario en la época de Marx. La desviación comenzó cuando, al final del siglo XIX, cambió de línea. Bajo la influencia de Bernstein y Kautsky comenzó a prometer «una transformación social radical mediante la realización de reformas estratégicas». Después, al iniciarse la I Guerra Mundial, capituló ante las exigencias del expansionismo agresivo de la burguesía de la Alemania imperial. No fue una excepción.

La socialdemocracia ha contribuido activamente a que la legislación de los parlamentos sea un instrumento de la castración de los sindicatos y de los derechos de los trabajadores. El papel regulador básico del parlamento burgués consiste en conferir legitimidad a la imposición al trabajo de las normas de la legalidad constitucional. La tarea complementaria y simultánea es persuadir al pueblo de que, actuando de esa manera, defiende la democracia, utilizando, si se comprende bien, esa palabra en una acepción reducida y mal definida, que excluye la democracia económica y social. El objetivo no confesado es forzar al trabajo a someterse al capital.

En Europa, Mészaros ha sido uno de los primeros filósofos marxistas en tener la percepción de que Hugo Chávez irrumpió en 1993, hace casi un cuarto de siglo, con un mensaje revolucionario que, en la crítica a la falsa democracia, lo diferenciaba de los líderes tradicionales de la izquierda latinoamericana.

El autor de El poder de la ideología registra el hecho de que Chávez ha retomado la crítica de Rousseau a la farsa de la representación parlamentaria. Ya en aquel entonces el joven oficial venezolano rechazaba «el canto de sirena de los formadores de opinión pública que intentaban tranquilizar a las personas, diciéndoles que no hay necesidad de preocuparse con la crisis, porque falta poco tiempo para las próximas elecciones.»

El gran desafío de Chávez, en esa etapa de su vida, fue persuadir a la gran masa de los excluidos –la mayoría de sus compatriotas- de que era posible e indispensable desmantelar el sistema para que el pueblo soberano se transformase simultáneamente «en objeto y sujeto del poder». Y eso ocurrió.

La amplitud asumida por la revuelta de los jóvenes en Francia, forzando la revocación de una reaccionaria ley de empleo ya aprobada por el Parlamento; el rechazo de su pueblo a la Constitución Europea (que institucionalizaba el neoliberalismo ); el aumento de las luchas sociales en Portugal, Italia, Alemania, España y en otros países europeos son otros de los tantos indicios de que la marea de protesta contra un sistema de dominación y un proyecto de sociedad --impuestos por el gran capital-- sube a nivel mundial, aunque lentamente.

Pero el capital no desiste de su proyecto. En este momento, asistimos a una campaña cuyo objetivo es imponer la Constitución Europea introduciendo alteraciones cosméticas al texto rechazado por el pueblo francés. El papel desempeñado en esas maniobras por el Primer ministro portugués es indecoroso.

En América Latina, el avance de la Revolución bolivariana en Venezuela, el rechazo al ALCA, el derrumbe de presidentes que actuaban como marionetas del imperialismo en Bolivia y Ecuador, y la posterior elección en esos países andinos de Evo Morales y Rafael Correa, traducen la condena, por los pueblos de la región, de las políticas neoliberales del Consenso de Washington. El renacimiento de las ideas de Bolívar se acompaña de una profundización del sentimiento antiimperialista. Decenas de millones de latinoamericanos toman conciencia de que el camino de la independencia política y económica de sus pueblos pasa por la integración solidaria, como la concibe Chávez: incompatible con la sumisión a Washington.

El ejemplo de Cuba funciona como estímulo. La isla heroica resiste hace casi medio siglo. No obstante las carencias que sufre, atraviesa los mares para llevar solidaridad a otros. Decenas de millares de cooperantes cubanos, sobre todo médicos y maestros, trabajan en países de África, América y Asia, dando prueba de una concepción humanista y revolucionaria de los derechos humanos y de la solidaridad internacionalista. Pero no debemos subestimar los peligros que Cuba enfrenta. La amenaza no viene sólo del imperialismo. En el aniversario del asalto al Cuartel Moncada, el general Raúl Castro lanzó un dramático alerta sobre las tremendas dificultades internas, inseparables de la construcción y defensa del socialismo en una sociedad sometida al bloqueo más largo de la historia.

La elección en países latinoamericanos de presidentes con programas moderadamente antiimperialistas y antineoliberales tampoco garantiza que cumplan los compromisos asumidos con el pueblo. Los ejemplos de Brasil, Uruguay y Argentina –donde, al llegar al gobierno, Lula, Tabaré Vásquez y Kirchner han llevado a cabo políticas neoliberales, de compromiso con el imperialismo—traen consigo una invitación a la reflexión.

El avance de la revolución bolivariana fortalece la esperanza de los pueblos latinoamericanos. Mas el propio proceso venezolano se presenta cargado de incógnitas. Por un lado, la dependencia excesiva del líder carismático justifica preocupaciones. Precisamente, por estar consciente de la falta de una organización revolucionaria, Chávez, ante la incapacidad de la V Republica de asumir el papel de vanguardia revolucionaria, tomó la iniciativa de apelar a la creación del Partido Unido Socialista de Venezuela.

Pero el proceso de estructuración de ese partido ha sido complejo y polémico, tanto como la definición de la ideología, rumbo a la opción socialista, proclamada por el Presidente en desafío al imperialismo.

El debate en curso en América Latina, sobre todo en Venezuela, en torno al llamado Socialismo del siglo XXI, en mi opinión, hasta ahora no ha contribuido a esclarecer una fórmula que, en vez de unir a los intelectuales progresistas, está abriendo brechas dada la propia ambigüedad que lo envuelve.

LA LUCHA DE LOS COMUNISTAS

Pese a todo, no se infiera de mi identificación con la crítica de Mészaros a la farsa de la democracia representativa que subestimo la participación de las fuerzas progresistas en los procesos electorales. Esa sería una actitud irresponsable. Para tener noción de la importancia de ese frente de lucha baste recordar las sucesivas victorias alcanzadas en América Latina por esas fuerzas, después de la elección de Hugo Chávez.

En Europa, sobre todo, la presencia de fuertes bancadas comunistas y de sus aliados en los parlamentos puede conseguir gran significado. No olvido las enseñanzas de Lenin sobre la participación de los diputados bolcheviques en la Duma rusa, en la época zarista.

Reiteradamente, en artículos y seminarios internacionales, he sustentado que en la lucha por el desenmascaramiento de las dictaduras de la burguesía de fachada democrática debe hacerse un gran esfuerzo para reforzar la presencia de partidos revolucionarios en las instituciones creadas por el sistema.

En el caso de Portugal, la elección de comunistas a la presidencia de decenas de Cámaras municipales (alcaldías) ha demostrado que en los municipios donde el pueblo les abre la oportunidad de ejercer el poder local, la transformación de la sociedad, a pesar de la habitual hostilidad del gobierno central, expresa casi siempre una humanización de la vida y la participación del pueblo como sujeto colectivo.

Serpa, la ciudad que les recibe, confirma esa realidad. Este municipio tiene un gobierno comunista hace casi tres décadas, y se presenta como un modelo de gestión democrática progresista.

Sin embargo, en lo tocante al Parlamento, la situación es otra. Actualmente en la Unión Europea no existe la menor posibilidad de que un partido comunista llegue al gobierno por la vía electoral, a menos que se someta al sistema, a través de alianzas capituladoras, como ocurrió en Francia.

La intervención de los comunistas en los parlamentos, mientras que el partido se mantenga fiel a los principios, es, repito, muy importante. Pero la utilidad social de su presencia en el Legislativo siempre será inseparable del rechazo de concesiones a estrategias reformistas. La fidelidad al objetivo primer –el socialismo distante- exige, naturalmente, la intervención parlamentaria en defensa de las luchas reivindicativas de los trabajadores. Pero exige, simultánea y paralelamente, la denuncia firme del engranaje del sistema y el rechazo de ilusiones reformistas, tanto como de una mentalidad electorera.

La credibilidad de un partido revolucionario entre los trabajadores no resulta, por lo tanto, de la simple apelación a la movilización a luchas que exigen de ellos enormes sacrificios. La historia confirma que las masas solamente responden masivamente a tales llamados cuando las condiciones objetivas son muy favorables, y las direcciones de las organizaciones revolucionarias les inspiran una confianza casi ilimitada por su coherencia, por la línea política y por la fidelidad a los principios y compromisos asumidos.

La crisis mundial –política, económica, militar, energética, cultural, ambiental- al agravarse, coloca un desafío del que apenas una minoría ha tomado conciencia: la fase histórica de las estrategias defensivas se agotó. La crisis estructural del capitalismo es acelerada por el aventurerismo irracional de la derecha estadounidense.

Las guerras de Iraq y de Afganistán son –repito- guerras perdidas. E inevitablemente, la retirada de las tropas norteamericanas de esos países tendrá, en múltiples frentes, como derrota histórica, consecuencias muy graves.

En este final de 2007, los Estados Unidos, no obstante su poderío económico y militar, es el país más endeudado del mundo. La deuda pública alcanzó un nivel astronómico. El déficit comercial excederá este año, probablemente, los 800 mil millones de dólares, confirmando que el país se ha transformado en un estado parásito. Si China vendiera los títulos del Tesoro norteamericano y las reservas en dólares que acumuló, en un valor de 900 mil millones, la moneda de los Estados Unidos se hundiria inmediatamente.

La situación creada es de dilema. El capitalismo ha entrado en una fase senil y no tiene solución para su crisis estructural. La crisis financiera del verano, provocó el pánico en el mundo de las finanzas y se insertó en la crisis global del sistema.

La única alternativa a la barbarie es el socialismo, pero los movimientos progresistas y los partidos revolucionarios no desconocen que la correlación de fuerzas todavía les es muy desfavorable.

En primer lugar, como afirmé al inicio, es muy limitada la comprensión de que la actual crisis, diferente de las anteriores, toma la forma de una crisis estructural de todas las instituciones. Llevará a la muerte del capitalismo o a la destrucción de la civilización. Pero cientos de millones de personas han sido persuadidas de que la lucha de clases ya no es posible, de que el proletariado ya no existe más, de que el capitalismo va a durar indefinidamente.

La vieja pegunta de Lenin – ¿Qué hacer?– adquiere así una actualidad dramática. Mészaros ayer nos trasmitió, en Serpa, su pensamiento sobre la crisis que amenaza la humanidad. Él asume una actitud muy crítica ante la mayoría de los partidos obreros de Europa y de los sindicatos.

Por la propia naturaleza de su pensamiento creador, las posiciones que asume al esbozar los contornos de una estrategia ofensiva, tal como la concibe, desencadenan la polémica. No me cabe aquí comentarlas.

Es un hecho que, a excepción de los Partidos Comunistas portugués y griego, que permanecen fieles al marxismo-leninismo, los demás partidos de Europa Occidental han adoptado estrategias marcadas por concesiones al sistema, al adherirse, por ejemplo, al llamado Partido de la Izquierda, cuyo programa lo proyecta como organización reformista. En vez de permanecer fieles al objetivo final -el socialismo- y dinamizar el combate de los trabajadores, esos partidos funcionan ya, por su pasividad, como factor de neutralización del choque entre el trabajo y el capital.

Pero seamos realistas. La creación de condiciones para la futura democracia participativa, la única auténtica -insisto- no saldrá de la acción convergente de los movimientos progresistas como afirma Fausto Bertinotti. El poder del capital solamente podrá ser enfrentado victoriosamente por la acción de los trabajadores, con el apoyo de partidos y sindicatos revolucionarios.

En el panorama europeo, Portugal es, hoy, en esa perspectiva, uno de los países donde las luchas laborales alcanzan una mayor amplitud. El actual gobierno del Partido Socialista lleva adelante la política más reaccionaria del 25 de abril acá, lo que tiene reflejos en la intensificación de la combatividad de los trabajadores a nivel nacional.

Es un hecho que el nivel de las luchas sociales en la mayor parte de Europa es bajo. En los países del Este, es bajísimo. Mas el mundo es vasto y las contradicciones pesan decisivamente en la transformación de la vida. Tal como la marea, que sube en unas regiones mientras desciende en otras, con el combate al imperialismo ocurre lo mismo. Débil en Europa, crece en América Latina, y es tempestuosa en el Medio Oriente.

Hay pueblos que en estos días se baten por la humanidad entera. En Francia, uno de los participantes de este seminario, Jean Salem, publicó un libro muy importante, impregnado de esperanza. Se llama Lenine et la Revolution (la traducción al portugués se lanzará dentro de días por Ediciones «Avante!»).

Es, simultáneamente, una lección de historia y un incentivo al combate. Partiendo de la denuncia de la criminalización del comunismo, Salem, presente en Serpa, utiliza seis tesis de Lenin para recordarnos que los grandes problemas de la vida de los pueblos son siempre resueltos, al final, por la fuerza, y que una revolución es siempre la suma de una serie de batallas, cabiendo a los partidos de vanguardia dar a cada etapa la palabra de orden adaptada a la situación objetiva.

En este mundo caótico, amenazado por irracionalidad del imperialismo, él permanece optimista. La única alternativa a la barbarie capitalista es el socialismo. El estallido no está próximo. Por ahora no sabemos cómo derrotar al enemigo y llegar a la victoria para construir otro mundo. Mas ello está a nuestro alcance, depende de los hombres y mujeres. Las causas que han desencadenado las grandes revoluciones, persisten. La explotación del hombre y el desprecio por los valores por él creados en milenios de civilización asumen, en al ámbito planetario, niveles que asustan.

Pasar de la defensiva a la ofensiva, en los marcos de un internacionalismo reforzado, es, por lo tanto, una exigencia de nuestro tiempo, inseparable de la necesidad de garantizar la continuidad de la vida.

Serpa, octubre de 2007
www.odiario.info

 

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