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Pensamiento :: 10/03/2004

Las luchas de liberación nacional

Organisation Communiste Libertaire
1a. entrega de "Tradición libertaria y luchas de liberación nacional".

"La conciencia nacional , que no es nacionalismo, es la única que puede darnos una dimensión internacional". F.Fanon.

Está claro que en este final del siglo XX, las dinámicas que se desarrollan en torno a un sentimiento de pertenencia a una comunidad, en torno a una identidad étnica, lingüística, cultural y a veces incluso religiosa, constituyen un fenómeno social importante y universalmente presente. El número de conflictos nacidos del rechazo de las poblaciones a pertenecer o ser dominadas por tal o cual Estado no hace más que crecer y, en cierto modo, en un gran número de conflictos sociales - que aparentemente no tienen nada que ver con una lucha de liberación nacional - se encuentran elementos que los constituyen, como el de la pertenencia.

Más que hacia la "globalización" o el "universalismo" - nociones, por otra parte, particularmente psicológicas y éticas - el mundo moderno parece orientarse hacia un redescubrimiento de sus diferentes unidades constitutivas; es además en este escenario, el de la relación entre civilización y cultura nacional, donde se desarrolla a menudo el enfrentamiento por el poder de clases y grupos antagonistas en el seno de toda formación social - nacional. En el corazón de este proceso encontramos el imperialismo y los movimientos nacionales y esto de manera mucho más amplia que en el clásico espacio "tricontinental": también en Europa y sobre el territorio de las dos grandes potencias, los EEUU y la URSS. En este marco tiene lugar y se ejerce a menudo la lucha de clases; y lo novedoso no es tal vez el hecho en sí, sino que comienza a ser tenido en cuenta.

La Nación no puede reducirse ni a una noción jurídica, ni a un espacio limitado, ni mucho menos a un Estado. El ejemplo más frecuentemente citado a este respecto es el de las Naciones Indias. La nación es pura y simplemente un conjunto de personas que se reconocen como pertenecientes a él (y a menudo se es consciente de una pertenencia cuando ésta es atacada o negada). Los elementos que constituyen este autorreconocimiento conforman , en su sentido más amplio, la cultura. Son muy diversos , y van de la organización social a las meras costumbres, de la lengua a la religión, del modo de vida al modo de producción, de las referencias históricas al reconocimiento de un espacio geográfico, etc.

Es una referencia colectiva compuesta de la totalidad o solamente de una parte de estos elementos. Es una comunidad de individuos que presentan un cierto número de puntos comunes en un momento dado, pero que se sitúa igual y es simultáneamente en el tiempo (historia, presente, pasado y futuro) y en el espacio.

El resurgir de estos fenómenos nacionales - por otra parte, tan diversos unos de otros en numerosos puntos, como veremos - ¿indica un regreso de la humanidad hacia una forma de barbarie donde los enfrentamientos nacionalistas ganarían la partida a toda esperanza de paz, de igualdad, de socialismo, de un mundo nuevo tal y como se soñaba y a veces se puso en práctica por varias generaciones sumergidas en una visión del mundo común a todos los socialismos?. ¿Es, por el contrario, portador de inmensas esperanzas de ver al mundo redefinirse hacia dinámicas contrarias a las del capitalismo y la explotación del hombre por el hombre?. Ni una cosa ni otra, verosímilmente. Nada es, y menos aquí, blanco o negro.

Sea como fuere, tenemos que constatar que el deseo de reagrupamiento sobre bases específicas es un fenómeno presente en toda la historia y que no está ligado a un modo de producción particular; corresponde a una necesidad vital: la identidad y el sentimiento de pertenencia que la acompaña. Todo proyecto de sociedad, por rupturista que sea, que no tenga esto en cuenta está irremediablemente abocado al fracaso.

Cada nuevo modo de producción que aparece tiende progresivamente a destruir y desestructurar las comunidades que se habían constituido en relación con el modo de producción anterior. El capitalismo ha hecho lo mismo; y además, en el interior de su propia historia, hecha con "crisis", reestructuraciones, destruye por sí solo las comunidades que había engendrado. Y estos cambios de fondo se producen ahora a una velocidad jamás alcanzada en la historia, de forma que una generación no está segura de instalarse a lo largo de toda su duración, con signos suficientemente estables para que den a la vida una apariencia de solidez. Si para cierto número de personas que se reparten el poder, estos signos existen y hacen que vivan relativamente bien, no se trata más que de una ínfima minoría al lado de la parte más grande para la que raramente existen las comunidades solidarias, vivientes y soportables. Y como se trata de una necesidad fundamental, la lucha por reencontrar o reconstruir una se sitúa en el corazón de todos los movimientos sociales, de todas las resistencias.

El movimiento obrero (no distinguiremos aquí las representaciones que se hayan dado voluntariamente o no, en su conjunto) ha intentado, en el transcurso de su historia, dar un alma a la comunidad obrera; indicaba así que un movimiento colectivo y revolucionario no podía construirse más que sobre la base de una solidaridad concreta, ligada al mismo tiempo a un modo de vida comunitario y a un proyecto político (el espacio: la ciudad, el barrio obrero, y el tiempo: el socialismo futuro).

Pero, con la regresión, podemos descubrir varias insuficiencias, incluso "errores":

La comunidad obrera ha ignorado demasiado lo que la constituye también fuera de la fábrica. El sindicalismo (excepto , en parte, el anarcosindicalismo - y es eso lo que hace su especificidad) ha reforzado progresivamente esta tendencia. De hecho, se han negado numerosos problemas muy reales y constitutivos de esta comunidad (relaciones extralaborales, urbanismo, sexualidad, espacio, dimensión cultural...) y se han descartado del centro de preocupaciones del movimiento obrero. La primera consecuencia fue la exclusión de aquellos que no se encontraban dentro de la fábrica y que sin embargo pertenecían a la misma clase: una parte importante de las mujeres, de los niños, de los ancianos, y de todos aquellos que se clasifican con los términos de "desviados", "marginados" o ahora "precarios" (La película La sal de la tierra es absolutamente explícita sobre esta verdad).

La segunda consecuencia es la puesta en práctica de la teoría de los frentes principales y los frentes secundarios.


(Mañana: "Frentes Principales y Frentes Secundarios")

 

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