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Pensamiento :: 10/07/2014

Las prioridades teóricas de la democracia

Arnaldo Córdova
Artículo de reflexión del intelectual mexicano recientemente fallecido
1. La vida política cotidiana no se basa en esquemas teóricos o en ideas generales, sino en necesidades del momento o, más a menudo, en conflictos que son su verdadera razón de ser. Parece una obviedad, pero es bueno apuntarlo si nos preguntamos, por principio, si existe la democracia o, en lugar de eso, lo que tenemos son las democracias que ha habido o que hay en el mundo. Para seguir en el terreno de lo obvio, la primera constatación que salta a la vista es que en la vida política real no hay democracia sino democracias. Pero la cuestión no es, de ninguna manera, inútil u ociosa. Del mismo modo que no es estéril preguntarse sobre el hombre y los hombres. Las generalizaciones, que dan lugar a conceptos unificados, sólo existen en el pensamiento. En la realidad sólo existe lo real particular y éste se reproduce al infinito. Sólo el pensamiento unifica y define, generalizando, lo que es lo real particular. La democracia sólo existe en el pensamiento y es una generalización de lo que son los regímenes políticos democráticos realmente existentes, las democracias. Se percibe, sin mucho esfuerzo, que la misma cuestión tiene que ver con las muchas disidencias y contradicciones que se dan entre lo ideal y lo real, entre el concepto y la empiria, entre el pensamiento y la vida objetiva. Pues eso, muy lejos de lo obvio, seguirá siendo la causa principal de nuestros desvelos y de nuestros esfuerzos por explicarnos el mundo en que vivimos. Cuando se estudia una experiencia democrática, no sólo se hace una descripción de hechos. Independientemente del camino que se elija para ello, lo que se busca es la comprensión de los hechos mismos, en conceptos que van sedimentando nuestro conocimiento de la realidad política; con ello, vamos creando, por así decirlo, una realidad paralela, contrapuesta a aquella de la que partimos. Es inevitable que en el acto del conocimiento no sólo describamos lo que estamos conociendo, sino que, al mismo tiempo, lo valoremos o lo revaloremos. Al estudiar la vida social de los hombres, no sólo nos interesa saber cómo es, sino también hacia dónde se dirige, qué prioridades se imponen, si se resuelven problemas o se crean otros que no pueden resolverse, y nos gusta saber si todo ello es para bien o para mal de la sociedad y de sus integrantes. Si el conocimiento sólo se limitara a la descripción de lo real, la distinción entre pensamiento y realidad se resolvería en una separación aséptica entre lo ideal y lo material. Pero resulta que el pensamiento también forma parte de la realidad y lucha continuamente por influir en ella y por dirigirla hacia objetivos preestablecidos. De otra manera, el conocimiento sería perfectamente inútil. Todas las veces que nos preguntamos sobre la democracia e indagamos sobre la misma, no hacemos un análisis aséptico, sino que la medimos en todos los casos con el concepto que de la misma nos hemos hecho y la criticamos en consecuencia. Y no estoy hablando solamente de los teóricos o de los estudiosos; eso ocurre tan frecuentemente en los académicos como en los políticos de profesión. “Esto está bien”, “es el camino correcto”, “esto está mal”, “así no se conduce a nada”, “se trata de un error”, “es peligroso”, “se ha equivocado el camino”, “no hay otra ruta”, ¡hay que buscar salidas”, son, entre muchas otras, posiciones desde las cuales examinamos la vida política y, desde luego, actuamos. Cuando tratamos de definir la democracia, siempre sucede que nuestros conceptos resultan insuficientes o no abarcan toda la materia que desearíamos cubrir. Cada quien da su definición y los demás se encargan de hacerla trizas, casi siempre porque resulta insuficiente o le falta algo que no tomó en consideración. Los debates sobre el tema, desde hace por lo menos siglo y medio, se han dado siempre en ese marco. Pero no debería extrañarnos: no se trata de un problema teórico, sino de un problema real, en el sentido de que no depende de la eficacia o menos de las categorías que empleamos, sino de la misma realidad cambiante que nos impele a siempre novedosas, cambiantes y desconocidas condiciones. En una primera aproximación de la vida política, no tenemos más remedio que reconocer el hecho de que las sociedades democráticas son sociedades en lucha constante en torno de intereses particulares que buscan un consenso social o la seguridad del Estado. La democracia, también en esa primera aproximación, no es la paz de los tiempos ni, mucho menos, el régimen político perfecto que muchos desearían. Para decirlo crudamente, es una pugna de intereses por otros medios, que ni siquiera logra del todo excluir las soluciones violentas o las decisiones autoritarias o, de lo que sobran ejemplos, la corrupción y el envilecimiento de las instituciones políticas. Winston Churchill tenía razón: “La democracia es el peor de los regímenes políticos, excluidos todos los demás”. La excesiva idealización de la democracia o, en otros planos, la excesiva teorización de la misma, nos han dado conceptos que casi no nos sirven para nada. Y es la vida real la que se ha encargado de hacérnoslos añicos. Arthur M. Schlesinger, en su todavía tan útil y revelador libro Los mil días de Kennedy, relata cómo se puede ser representante o senador de los Estados Unidos: hay que estar muy bien relacionado con los poderes económicos locales, con los caciques políticos y todas las mafias de poder del distrito o del estado, con los creadores de opinión (líderes religiosos, hosses de uniones sindicales o sociales y con todos aquellos que de uno u otro modo conducen a las comunidades). También es útil tener buenos protectores en la gran Babel, Washington, D.C. ¿Y los ciudadanos? Pues la verdad es que son los últimos que cuentan, aunque sean sus votos los que lo decidan todo. Las democracias modernas, para decirlo en otros términos, son los sistemas políticos en los que los intereses privados o de grupo, a veces los más ruines, se entronizan en el poder del Estado. Por eso resulta tan difícil definir la democracia. No es, desde luego, un régimen ideal, la panacea para todos los problemas de la sociedad, como algunos idealistas enamorados del concepto se han permitido postular. Hasta Rousseau, de hecho, el gran teórico que logró fijar los horizontes en los que podemos hacer definiciones en torno a la democracia, tuvo que aceptar que, idealmente, resultaba tan perfecta que sólo una polis de dioses podía practicarla sin menoscabo de su pureza y que no era cosa hecha para los hombres comunes y corrientes. Las vicisitudes que han experimentado todas las democracias modernas dan, en exceso, para confirmar el juicio del ginebrino. Los hombres son hombres y no serafines ni querubines. Ese es el verdadero punto de partida. Como todo en política, en el tema de la democracia se mezclan siempre del modo más insano lo ideal puro e impoluto y lo pragmático sucio y deleznable. Hay que ponerse unas pinzas en la nariz para examinar los problemas reales de la política y de la democracia. Pero todo ello, podría decirse, se debe a que la democracia, como lo pudo apreciar Tocqueville, no la hacen los teóricos ni, mucho menos, los moralistas. La hacen los pueblos en la lucha constante por preservar o imponer a los demás sus intereses particulares. Así era, incluso, en la Antigüedad. Rousseau lo teorizó: la política es una continua lucha de intereses que se resuelve en los límites del pacto social. Eso quiere decir que no se trata de una guerra, sino de una permanente composición de posiciones particulares, a través de los canales que ofrece la política fundada en el pacto social que compromete a todos, sin excepción alguna. 2. Marx, cuando escribió La cuestión judía, obra que es una calca muy mejorada en ciertos puntos del Contrato social, fijó su atención en el concepto de los intereses, propuesto por el ginebrino, y fue, justo en ese punto, en el que fundó su concepción del Estado como el representante de intereses. Estos son de dos tipos, según el mismo Rousseau los expuso: particulares (que pueden también ser de todos y que no por eso dejan de ser particulares) y generales, que se ponen siempre por encima de los primeros y que difieren de ellos en el hecho de que no son, nunca, identificables con lo particular (por eso son generales). Fue una genialidad de Rousseau. Unificó en el concepto de un interés general, muy claro, por lo demás, lo que nunca se había podido conciliar y que eran los muy diversos y variopintos intereses particulares. Fue una genialidad de Marx el postular la definición de un Estado clasista fundada en la teoría russoniana de los intereses. El concluyó que un Estado moderno es un poder que hace suyos ciertos intereses particulares que postula como generales y, como tales, obligatorios y unificadores de todos los demás en un solo poder. Su definición, empero, era tajante, cortante: no hay verdaderos intereses generales, sólo intereses particulares que se imponen como generales a una sociedad que, de hecho, no puede tenerlos, y ése fue un error y una limitante en la concepción marxista del Estado moderno. Nunca tomó en cuenta el concepto fundador de la teoría de Rousseau que es el del consenso popular y que permitía concebir la unidad en la diversidad o, como dirían después los padres de la Constitución norteamericana, la transacción de intereses. Transaction fue, en efecto, un concepto clave en la doctrina constitucional de los Estados Unidos y muchos de sus más importantes documentos y actos llevan ese nombre. Era exactamente lo que hoy llamamos concertación. Para el marxismo pesaba demasiado la idea de la lucha de clases como lucha entre intereses irreconciliables y antagónicos y, como punto final, la toma del poder por el bando triunfador. La democracia no puede concebirse en esos términos. De ahí la vigencia del pensamiento russoniano. Pero ni el pensador ginebrino ni los fundadores del Estado norteamericano tuvieron mucho que ver con la realidad durante un buen tiempo. En los primeros ensayos democráticos (incluidos, por supuesto, el inglés y el estadunidense) no hubo, en efecto, ni verdadero consenso ni verdadera transacción de intereses. Los grandes historiadores norteamericanos, Morison y Comagger, hicieron notar en su monumental Historia de los Estados Unidos, que las asambleas democráticas de los colonos ingleses no eran, en realidad, auténticamente democráticas y que siempre estuvieron dominadas por intereses oligárquicos. La Inglaterra de Jorge III y aun la de la reina Victoria no eran muy diferentes en ese sentido. Podría decirse que se trató de la infancia de los regímenes democráticos realmente existentes. En todo caso, las miserias de la democracia comenzaron a saltar a la vista y nunca dejaron de perturbar al pensamiento democrático. El ideal siempre contrapuesto a la realidad. Pero el pensamiento político no hizo a la democracia. En el mejor de los casos, podría decirse que, simplemente, la anticipó. Las ideas del consenso popular y de la transacción de intereses fueron anticipadoras, pero no forjadoras. Tal vez eso sea lo más rescatable de las mismas. Desde entonces, sin embargo, pudo verse la eterna disidencia y, en ocasiones, la profunda contradicción que separa a lo ideal de lo real y la enorme limitación del pensamiento anticipador de la realidad. Casi siempre hay que hacer rectificaciones que la realidad impone día con día. Se pueden anticipar los ideales hacia los cuales debería conducirse a la realidad, pero no se puede adivinar lo que va a suceder. La vida democrática es siempre imperfecta, llena de lacras que a veces la vuelven imposible o de vicios que pueden llevarla a la perdición (bastaría no olvidar nunca que ella produjo la aberración histórica del nazismo). La realidad es todo el tiempo imperfecta, porque tiene la mala costumbre de nunca adaptarse a la perfección del pensamiento. Pero el pensamiento, por desgracia, no puede hacer a menos de la realidad (aunque puede argumentarse también lo contrario). Para empezar, no puede producir definiciones de la democracia surgidas de la nada y, hoy en día, menos que nunca, después de casi dos siglos de continuas prácticas democráticas imperfectas. Al concepto siempre le falta algo que la práctica cotidiana debe aportar y que el intelecto sólo descubre, pero que es incapaz de crear. Las grandes anticipaciones democráticas de fines del siglo XVIII han tenido que ser refundadas una y otra vez en la medida en que la vida política se desarrollaba. Del absolutismo de las ideas la realidad cotidiana pocas veces se compadece. Fue maravilloso que Rousseau anticipara el concepto de que el pueblo es la reunión de todos los ciudadanos iguales entre sí y todos sujetos a la idea del interés general, pero las mujeres, la mitad del género humano (y algo más, según las estadísticas), tardaron más de siglo y medio en ser reconocidas como ciudadanas. Es probable que al ginebrino ni siquiera le hubiera pasado por las mientes considerar que una mujer podía ser ciudadana. Con toda la admiración y el profundo interés que los Estados Unidos provocaban en Tocqueville, éste no dejó de lamentar que aquella sociedad igualitaria y libre como no había otra en el mundo, dejara de lado en la práctica democrática a los indigentes, a muchos pobres, a los desocupados y, sobre todo, a los millones de esclavos que poseía. No sólo la democracia, como régimen institucional real, debe irse construyendo en los hechos de la vida cotidiana; también debe hacerlo el pensamiento democrático. Y en ese proceso la democracia deja de ser cada vez más un ideal para convertirse en un verdadero concepto que, finalmente, en la esfera del intelecto, se hace cargo de la realidad a la que se debe, después de todo. No creo que teóricamente hayamos agregado mucho al concepto de la democracia, y no lo creo porque, en mi opinión, no hay concepto más simple y transparente como el de la democracia. La que se ha encargado de revolucionar las ideas ha sido la cambiante vida política de los pueblos modernos. No hemos agregado nuevos horizontes de pensamiento. Más bien hemos llenado de contenido real lo que los grandes pensadores clásicos nos anticiparon. Esa ha sido la función de la realidad. Visto el asunto desde la otra ribera, la de la vida real, acaso podamos apreciar en todo lo que vale el pensamiento teórico sobre la democracia y el concepto que de la misma nos vamos haciendo día con día. Antes dije que el pensamiento teórico forma parte de la realidad y estoy convencido de ello; pero podría decir lo mismo de otro modo: el pensamiento no sólo piensa sobre sí mismo, para perfeccionarse, sino que tiende siempre a introducirse en la realidad y a influir en ella, para dirigirla, para regimentarla (si se me permite la expresión). La vida democrática real no habría sido posible sin los ideales, que son el fruto del pensamiento democrático. Es un hecho, pero nunca hemos acabado de explicarlo. La vida es movimiento constante, pero sería un movimiento ciego y sin metas ciertas de no ser por el debate de las ideas. Es éste, justamente, el que puede establecer una mediación racional entre los hechos de la realidad política y las síntesis de valor y de conocimiento que resultan del análisis de la realidad. La jerga que surge del debate teórico se convierte casi de inmediato en la jerga del debate político y se acuñan infinidad de términos que trascienden casi automáticamente a la vida pública. No podría decirse que el pensamiento teórico le haga falta a la vida democrática para que ésta pueda desarrollarse, pero siempre la enriquecerá, con el simple hecho de que ayuda, justamente, a pensarla, a conocerla, a sintetizarla en categorías asequibles que ayudan también a entenderla, incluso a los menos ilustrados que, muchas veces, resultan ser los mismos políticos de profesión. Es, justamente, en esa combinación inextricable de realidad e idealidad que cobra sentido el cuestionamiento en torno de la democracia y las democracias. Los conceptos cambian en la medida en que cambia la realidad, pero es importante no olvidar nunca que los conceptos son siempre elementos reales de cambio per se. Del mismo modo en que la realidad obliga al pensamiento a reformular, una y otra vez, sus propias concepciones. Tal vez nunca fue afortunada la separación entre lo ideal y lo real. Tal vez fue una lucha inventada, inútil y absurda. 3. Es hora de preguntarnos qué es lo que el concepto de la democracia ha aportado a las democracias realmente existentes y, también, lo que éstas han dado a aquél. Yo diría que hay unas cuantas líneas teóricas fundamentales que forman el horizonte en el que podemos pensar la democracia y muchos contenidos, extraídos de la realidad, que le dan un cada vez más rico, amplio, omnicomprensivo, diversificado y pintoresco paisaje. El punto de partida no puede ser otro sino que la esencia de la democracia, como apuntaba Hans Kelsen en su insuperable ensayo “Esencia y valor de la democracia”, se cifra en el o los modos en que el pueblo (concepto político, jamás habrá que olvidarlo) participa en la edificación del poder político y del Estado. De ello derivan algunos pilares sin los cuales el edificio de la democracia moderna no es ni siquiera concebible. Por fortuna, todos ellos han dejado de ser teoría para convertirse, como decía Marx, en “prejuicios populares”, lo que no está nada mal. Pensemos, una vez más, en los fundamentos del pensamiento democrático moderno: la soberanía popular, que ha acabado por imponerse sobre reacciones idealistas o intereses privados; el Estado de derecho, que consagra la voluntad del pueblo de darse un poder político sujeto a normas y dedicado a velar por los intereses de todos sus súbditos: la libertad, garantizada por el Estado de derecho, para elegir, no sólo a quienes ejercen el poder, sino también entre opciones de mejoramiento; la igualdad, que Tocqueville encontró como la más notable característica de la democracia norteamericana, en contraste con las democracias europeas oligárquicas y excluyentes, que no hace excepciones y que acabó con los antiguos privilegios; el consenso popular entre todos, sin exclusiones, que asegura la unanimidad del pacto social y el dominio indefectible de la mayoría en la diversidad democrática. Se podrían enlistar otras de esas características, pero, para mis propósitos, con ésas me bastan. El mundo real de la democracia, como tituló MacPherson uno de sus densos y profundos ensayos, siempre ha preñado de los más diversos y, a veces, hasta contradictorios contenidos al pensamiento teórico de la democracia. Ni duda cabe. Y lo peor del caso es que casi siempre ha sido para mal y no para bien. La cruda y sucia realidad no tiene, muchas veces, nada que ver con el prístino y transparente mundo del pensamiento. Todo lo pervierte, todo lo corrompe, todo lo mancha, todo lo echa a perder. ¡Tan bonitas que se ven las cosas en la teoría! Pero en la realidad aprendemos que cada categoría teórica tiene sentidos y contenidos que ni siquiera nos imaginábamos. Una alianza política extraña o el malestar de una gran parte de los ciudadanos, como ha ocurrido recientemente en Italia, nos puede hacer añicos la idealidad del consenso popular, volvernos peligrosísimo el concepto de la libertad o mostrarnos que la igualdad, lejos de lo que creíamos, es algo que eventualmente llega a aborrecerse. ¿Cómo no llevar todo eso al terreno del debate y de la discusión teórica? Pero, haciéndolo así, entonces nos damos cuenta de que la democracia sólo existe en nuestro pensamiento o en nuestros buenos deseos como concepto o como ideal. No estoy diciendo que con ello salgamos perdiendo, que corramos el riesgo de quedarnos sólo con la teoría o sólo con los hechos reales o que entre éstos y aquella no pueda haber un punto de encuentro en el cual podamos construir la una y entender los otros. Todo lo contrario, como sucede siempre en todas las esferas del conocimiento humano y de la creación artística o cultural. Lo que estoy tratando de dar a entender es que la realidad nos impone su variedad infinita de formas y de circunstancias y de ella tenemos que partir para crear y recrear el conocimiento de la misma y comprenderla cada vez mejor. La teoría es necesaria e indispensable, pero la realidad es innegable y abrumadora. Política y espiritualmente tenemos necesidad de una teoría e incluso de un concepto de la democracia en el que, por aproximaciones, podamos irnos reconociendo todos, por lo menos en lo esencial. Eso es lo único que puede dar sentido a nuestro debate en torno de la democracia. Estoy pensando, por supuesto, en una obra colectiva, de todos, y no en la definición que un genio del pensamiento nos pueda proporcionar. Crecientemente nos hemos venido dando cuenta de que el trabajo individual o de grupo no tiene verdadera razón de ser en un mundo en el que es cada vez mayor la comunicación constante y el mismo sentido de comunidad intelectual que permea nuestro trabajo, si no se piensa, se trabaja y se debate en el mundo de la comunicación con todos. En ese entorno, las diferencias individuales son más asimilables y asequibles en lo teórico y en lo ideológico, inclusive, creo, para un Fukuyama. Pero, pensando en positivo, podríamos tal vez concluir en que, existiendo de cualquier forma aquella vieja disidencia entre lo real y lo ideal, lo empírico y lo teórico, la teoría y el concepto son, a fin de cuentas, una necesidad ineliminable de la misma realidad política, social, económica y cultural. Volviendo al punto, no podemos pensar la democracia sino como concepto cada vez más perfectible y omnicomprensivo de una realidad siempre cambiante y más y más complicada y difusa. Las diferentes experiencias democráticas se nos seguirán imponiendo como lo que, principalmente, hace la excepción a lo que llegamos a concluir o a sintetizar en el pensamiento. ¿Cómo no extraviarse ante hechos inéditos de la magnitud de la dispersión de la vieja Unión Soviética o el que ahora para algunos sea tan fácil acumular fortunas que desafían la imaginación, al grado de que hoy menos de mil de ellos poseen el 45% de la riqueza mundial? Creo que nunca antes tuvimos desafíos de esa entidad. Las sociedades contemporáneas necesitan del conocimiento científico para encarar sus colosales y abrumadoras necesidades. En el campo de la vida política, un concepto de la democracia cada vez más unificador de lo disperso, de lo singular y de la variedad infinita de la realidad puede ayudar a procesar teóricamente no sólo comportamientos políticos que consideramos tradicionales o normales, sino también rupturas, desfases, politización de actitudes que hasta no hace poco permanecían en la esfera de lo privado y nuevos intereses sociales y de grupos que surgen como hongos por todo el mundo y que marcan progresivamente el desenvolvimiento actual de la vida social. No sólo hay muchas experiencias democráticas en los países que las están viviendo, sino innumerables portadores sociales de reclamos -antes inconcebibles en la teoría política- de nuevas formas de la democracia que ponen todo el tiempo en dificultades casi insalvables los conceptos que con tanto esfuerzo se van construyendo. Hacer gobernable esa variedad difusa y centrífuga es el dolor de cabeza de todos los gobiernos; debería ser un tema central de nuestras indagaciones de lo real. ¿Cómo hacerlo a través de la acción política democrática y cómo pensarlo en términos en que lo gobernable sea siempre democrático? La democracia es una forma de gobierno (eso es archisabido); lo que no nos cuadra muy bien es cómo hacer de ella una forma de gobernabilidad. Para ello, su base debe ser el consenso popular. Pero, ¿cómo lograr un consenso en sociedades que tienden cada vez más a la desintegración individual, grupal o regional? Ese va a ser nuestro reto de ahora en adelante y cada vez será más abrumador. El centralismo político, aun democrático, está casi muerto y sólo falta que se le encuentre una buena sepultura. El localismo, el regionalismo y el grupismo tienden cada vez más a prevalecer. ¿Cómo vamos a integrar esa nueva realidad en nuestro concepto de democracia, en la democracia? Me temo que ésa será nuestra asignatura pendiente por lo que nos resta de vida. Pero no está mal. Ante debates teóricos insanos que nos aburrieron durante unos cuarenta años, si no es que más, es bueno que las nuevas realidades sociales nos zarandeen y nos obliguen a pensar mejor y de modo más creativo sobre lo que está pasando en nuestros días. Tomado de Revista Nexox
 

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