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Pensamiento :: 02/02/2007

Las tripas de la Universidad

Dalmacio Quirós Meana
La Universidad no es ninguna torre de marfil ni ningún templo de sabiduría. Sus entrañas, aquello que la permite funcionar y seguir siendo una hipertrofiada maquinaria de producción de titulados, constituyen un fabuloso mecanismo de explotación de recursos humanos sin los cuales todo el edificio se vendría abajo en poco tiempo.

La mayoría de la gente ve la Universidad como un templo del saber donde una élite de especialistas sobradamente preparados velan desinteresadamente por la transmisión y la producción de unos conocimientos que sólo pueden reportar beneficios a la sociedad y a toda la humanidad. El prestigio del profesor universitario o el del investigador científico es equiparable al del juez o el médico. Muchos padres se sentirían más que satisfechos si sus hijos dirigieran su preparación a entrar en el mercado laboral por lo que ellos consideran como la puerta grande: aquella que tras algunos años de esfuerzo les permitiera ocupar una titularidad o incluso una cátedra en cualquier Universidad del Estado - puestos, ambos, que al prestigio social de la enseñanza superior suman el de la seguridad laboral del funcionariado -. A ello hay que añadir que, en unas tierras como las españolas, acostumbradas históricamente a pasar hambre y penalidades, las esperanzas de las clases sociales populares respecto al ascenso social de sus descendientes tienen en las plazas de profesorado universitario uno de los lugares posibles donde celebrar el cumplimiento de esas esperanzas a través de una profesión intelectual que, siendo tan respetada como la de los maestros de escuela, se libera de las penurias económicas a que éstos han estado tradicionalmente sometidos. (La realidad, sin embargo, es que dichas plazas las ocupan mayoritariamente miembros de clases medias y altas.)

Esa idea de la Universidad se encuentra aún muy arraigada en la mentalidad de la gente. No es raro, por ejemplo, que todavía se mire con cierta conmiseración a quien atraviesa el duro trance de las oposiciones para la enseñanza secundaria, como si la seguridad laboral del profesor de instituto no terminara de compensar el hecho de que, después de todo, no se halla demasiado lejos del maestro de escuela. Al profesor universitario, en cambio, se le coloca en otra esfera, por encima de todos aquellos que deberían ser considerados como colegas suyos en el sistema educativo. Se le supone, aparte de una gran respetabilidad y sabiduría, una posición económica desahogada, una trayectoria vital estable y una biografía ejemplar.

Lo que pocas personas saben es lo mal que se ajusta a la realidad esa imagen del "personal docente e investigador" -así se denomina oficialmente- de las universidades españolas. La Universidad es hoy, y cada vez más, un sistema de explotación de recursos humanos como cualquier otro, que se nutre, al igual que el resto de organizaciones que vertebran el mercado laboral, de la competitividad, de la carrera de obstáculos que protagonizan los aspirantes a ocupar los huecos que van dejando las jubilaciones o los que crean las nuevas necesidades docentes. La Universidad se aprovecha, como cualquier empresa, de la situación de precariedad absoluta en que se encuentra la sociedad actual en lo que a circunstancias laborales y profesionales se refiere. La carrera profesional en la Universidad no es que se parezca a una carrera de obstáculos: es que se asemeja, más bien, a esas gymkanas con las que los militares se entrenan arrastrándose por el barro, atravesando alambradas, saltando muros y superando toda clase de dificultades hasta llegar exhaustos a la meta, que equivale quizás a una cátedra, o al menos a una titularidad (las expectativas se van rebajando).

En nuestros días se accede a la Universidad como becario o como lo que antes se llamaba meritorio (el sinónimo actual es "precario": becario sin beca). Personas que ya han cumplido los 25 años, con un título y con un puñado de cursos especializados, subsisten ganando poco más del salario mínimo mientras investigan más de cuarenta horas semanales y sacan las castañas del fuego a profesores titulares, catedráticos y directores de departamento que, para colmo, actúan como si les estuvieran haciendo un favor al posibilitarles el acceso al templo de la sabiduría, a la torre de marfil de la ciencia. Utilizados como mano de obra barata, y a menudo como arietes en las luchas internas por el poder y en los politiqueos, viven con el palo y la zanahoria ante sus ojos, esperando que de las altas esferas caiga magnánimamente una plaza o al menos una beca con la que prolongar la huida hacia delante.

La ansiada plaza, que puede caer cuando el aspirante -probablemente ya con un título de doctor- ronda la treintena, tampoco arregla del todo las cosas. A veces ni siquiera se trata de un contrato a tiempo completo, con lo que el salario mensual puede que no alcance la cuantía mínima interprofesional que estipula la ley, aunque la jornada laboral siga superando el máximo permitido. Por eso quienes logran una plaza de tiempo completo han de sentirse satisfechos y agradecidos pese a que su salario sea de mileurista. Conviene saber que en las universidades españolas más de la mitad del personal docente e investigador tiene contratos que no garantizan ni su continuidad a largo plazo ni una situación económica no digamos acorde con su formación -a menudo completada en el extranjero- y con su responsabilidad, sino ni siquiera susceptible de ser incluída dentro de la de quienes rondan el sueldo medio, que es de alrededor de 1.500 euros mensuales. Las universidades están plagadas de doctores que ya no cumplirán los 30 años y que, realizando exactamente el mismo trabajo -cuando no mucho más- que sus compañeros funcionarios, desempeñando las mismas tareas y asumiendo las mismas responsabilidades, apenas superan los mil euros al mes (a veces ni llegan). Estas situaciones pueden prolongarse muchos años, durante los cuales no cesará la obsesión por "hacer curriculum", es decir, por acudir a todos los congresos y reuniones científicas posibles, publicar todos los artículos posibles, impartir todas las conferencias posibles, etc., etc.; en fin, por apuntarse a un bombardeo, como quien dice.

La Universidad no es ninguna torre de marfil ni ningún templo de sabiduría. Sus entrañas, aquello que la permite funcionar y seguir siendo una hipertrofiada maquinaria de producción de titulados, constituyen un fabuloso mecanismo de explotación de recursos humanos sin los cuales todo el edificio se vendría abajo en poco tiempo. Un inmenso sistema de prebendas, jerarquías -heredadas muchas de ellas de la época franquista-, favores, acosos morales consentidos, autoexplotación y precariedad: de eso se compone la cara oculta de la Universidad española, una cara que todo un corro de rectores, burócratas, altos cargos y científicos mediáticos esconde detrás de las hechuras del traje y la corbata. Las tripas de la Universidad, sin embargo, digieren vidas.

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