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16/02/2010 :: Pensamiento

Avatar y el discurso ambientalista

x Nicolás M. Rey
Este discurso emerge no como una posible salida ecologista al grave problema ambiental sino como un modo de garantizar el acceso a ciertos recursos naturales estratégicos

En algunas producciones recientes de la industria cinematográfica se puede observar un interés creciente por la problemática ambiental. El estreno de “Avatar” ha generado un aluvión de comentarios tanto positivos como negativos. Tras una supuesta “crítica” al desenfreno contaminante de nuestros días y una “preocupación” por el cuidado del medio ambiente, estas producciones evidencian un viraje en el discurso dominante sobre la problemática ambiental, el cual refleja el cambio del capitalismo tardío en pos del aseguramiento de los recursos naturales estratégicos.

La película Avatar del director James Cameron, recientemente estrenada, ha sido un éxito de taquilla. Numerosos críticos, tanto de izquierda como de derecha, han hecho una lectura sobre esta película como un manifiesto ambientalista o como un ejemplo de la lucha anticapitalista. Mismo el presidente reelecto de Bolivia Evo Morales, luego de haber visto la película, ha afirmado que es “una profunda muestra de la resistencia al capitalismo y la lucha por la defensa por la naturaleza”. Sin embargo, es necesario desplazar el foco de atención y dirigir la crítica no hacia los contenidos de la película sino hacia el porqué del interés por la temática ambiental en las producciones de la industria cinematográfica.

El discurso ambiental

El interés por la temática ambiental puede rastrearse en diferentes documentos e iniciativas del discurso dominante. Dicho discurso no sólo se plasma en programas oficiales o cumbres internacionales sobre el cambio climático y sus consecuencias, sino que puede verse también representado en grandes films comerciales, producidos por la industria cinematográfica. Por lo tanto, en este artículo no nos detendremos en el análisis cinematográfico de la película: tras la mediocre historia de amor entre el marine y la princesa nativa –que decide instruirlo en las costumbres locales-, se puede observar el interés demostrado por las grandes producciones cinematográficas por la temática ambiental. Por otra parte, no resulta de gran interés analizar la pobreza argumental que nos ofrece el guión -y a la cual nos tiene acostumbrada la industria del cine- sino analizar las condiciones de posibilidad de emergencia de este “discurso ambiental” en estas grandes producciones. Cabe destacar que tampoco nos interesaremos por las intenciones subjetivas ni las motivaciones particulares de los creadores de la película sino, por el contrario, nos detendremos en los efectos posibles de estas producciones.

Entonces, ¿por qué en los últimos años puede verse en el discurso dominante este creciente interés por la cuestión ambiental? La emergencia del discurso ambientalista debe enmarcarse en la crisis del capitalismo originada en la década del ’70, tras la palmaria evidencia del agotamiento de ciertos recursos naturales estratégicos. Por esta razón, se puede observar un cambio de estrategia en cuanto al acceso a dichos recursos, de modo tal de encontrar una salida dentro del mismo sistema capitalista. La proliferación de tratados internacionales sobre el cuidado del medio ambiente y la sanción de normas jurídicas favorables a dicho cambio estratégico evidencian el reconocimiento por parte de los países industrializados y los organismos multinacionales del agotamiento de sus propias fuentes energéticas, volviéndose paradójicamente los responsables de esa situación en los cuestionadores del modelo anterior.

El discurso ambientalista, entonces, emerge no como una posible salida ecologista del grave problema ambiental a nivel mundial sino como un modo de garantizar el acceso a ciertos recursos naturales estratégicos, evidenciando el agotamiento del mismo modelo capitalista.

Así, la lucha por los recursos naturales es el escenario actual en el que se desarrolla esta fase del capitalismo mundial. En todo el planeta emergen luchas y resistencias que evidencian el interés por el control de esos recursos naturales estratégicos, como pueden ser las fuentes de agua o los minerales. Tras la retórica del “cuidado del medio ambiente” subyace esta lucha por los recursos, los cuales son disputados por diferentes fracciones del capital para garantizar el acceso a esas fuentes. Sin embargo, a lo largo de todo el planeta, han proliferado resistencias a dichos proyectos extractivistas: pueblos y comunidades ya han manifestado su oposición y han planteado alternativas a esos proyectos, negándose a aceptar como única opción de desarrollo la destrucción de su entorno vital.

De este modo, pareciera ser un error tomar estas producciones como un “llamado de atención” sobre el daño ambiental por parte de la industria de Hollywood, el cual paradójicamente proviene de quienes son responsables de esta situación. La táctica desplegada por los organismos multinacionales y los países dominantes no es ingenua: consiste en la resemantización de la historia, es decir, en la apropiación de luchas y discursos de aquellos que cuestionan el modelo capitalista, generando grandes confusiones en quienes están dispuestos a presentar resistencias y alternativas al sistema actual.

El dilema de Avatar (¿o Hollywood se ha vuelto revolucionario?)

La película narra la historia de un ex marine inválido que acepta formar parte de una misión en un planeta extraño llamado Pandora. Su misión consiste en adentrarse en la comunidad nativa para ganar su confianza y convencerlos de la relocalización de la comunidad, ya que ésta se encuentra ubicada sobre un yacimiento de un mineral altamente valioso (unobtanium). La característica sobresaliente de la película, de la cual proviene su nombre, radica en que el ex marine controla física y mentalmente un avatar, es decir, un cuerpo nativo.
Los Na’vi, los nativos del planeta, son grandes humanoides que han desarrollado una capacidad de comunicación eléctrico-química con el entorno natural que los rodea. A través de un dispositivo orgánicamente desarrollado, pueden transmitir impulsos eléctricos a plantas, animales y lugares sagrados, formando así una vasta red con una gran capacidad de almacenamiento, la cual les permite cargar y descargar datos a la misma.

La Compañía, interesada en la extracción del mineral, ha establecido una colonia en el planeta con un doble fin: por un lado, ha iniciado un programa científico para conocer no sólo las costumbres locales sino también para extraer información sobre las características ambientales de la región; por otro lado, la Compañía financia las expediciones militares que garantizan la extracción del mineral, a pesar de las resistencias de los nativos. El problema –y aquí constituye el nudo central de la película- radica en que el mayor depósito del unobtanium se encuentra en el subsuelo donde la comunidad tiene sus viviendas; por esa razón, la Compañía destina al joven marine a que gane la confianza de los nativos para garantizar que los nativos se relocalicen.

Lo que ofrece la película es una semblanza muy vistosa del planeta Pandora, donde existen animales gigantescos, montañas flotantes e incluso flora de todos los colores posibles. Más allá de las capacidades creativas de los diseñadores y del excesivo efectismo digital plasmado en la pantalla, la película grafica un territorio no muy disímil del que puede observarse en la región más rica de todo el planeta Tierra, la Amazonía. La impactante biodiversidad que puede verse en la película puede ser analogada con la que ofrece la rica Amazonía.

Sin embargo, la creatividad de los diseñadores digitales parece agotarse a la hora de retratar a los nativos Na’vi: más allá de su impactante aspecto exterior azulado, los creadores de los nativos han recurrido a una imagen estereotipada de los pueblos indígenas americanos. Esta representación peca, por cierto, de una gran ingenuidad y ésta debe ser rastreada hasta los tiempos de la colonización. Si en tiempos de la colonización europea el indígena fue retratado como un salvaje, hoy día, en tiempos del ecologismo en boga, el indígena es elevado a la categoría de la pureza primigenia.

Para el imaginario occidental, la selva amazónica, por ejemplo, fue construida como un reservorio inexpugnable, salvaje, bárbaro y poblado de habitantes ignorantes y supersticiosos; en estos tiempos que corren, en los cuales la inmensa biodiversidad de la selva ha cobrado una relevancia de gran significación para el capitalismo mundial, la representación de la selva ha cambiado. Ya no habitan allí pueblos indígenas reducidores de cabezas sino que sus habitantes son seres místicos, prístinos, inocentes, puros, llenos de sabiduría espiritual y altamente interconectados con el entorno natural que los rodea. Claro que esta representación queda desarticulada cuando esos mismos pueblos indígenas no se dejan someter a las exigencias de las empresas transnacionales, como ha podido verse en la represión de los pueblos indígenas de Bagua (Perú) del año 2009. Por eso mismo, esta representación otra vez deformada de la selva y de sus habitantes no es una moda sino que responde al viraje que se puede observar en el discurso dominante sobre lo ambiental.

Amazonía del Perú: del infierno verde a su potencial geopolítico

Luego del recorrido río abajo desde los Andes hasta la desembocadura del Amazonas en el océano Atlántico por la expedición de Francisco de Orellana en 1541-1542, el Amazonas ha sufrido diversos momentos de gloria y de ocaso.

Primero, en el siglo XIX, fue el auge de la explotación industrial del caucho, auge que puede verse aún hoy en el viejo esplendor de ciudades caucheras como Iquitos y Manaos. El valle del Amazonas, la llamada selva baja, con más de 5 millones de km² repartidos entre Brasil, Perú, Colombia, Ecuador y Bolivia, se convirtió en el siglo XIX en la despensa cauchera del imperialismo inglés, gracias a los millones de árboles “shiringa” que cubrían el llano amazónico.

Así, el imperialismo inglés convirtió al Amazonas en un reservorio de materias primas, sin efectuar allí inversiones en infraestructura ni modificaciones en la estructura económico-social de las sociedades amazónicas, sentando las bases para una economía puramente de extracción. La fiebre del caucho sólo fortaleció a las burguesías locales, llegando al paroxismo de pavimentar las calles de la ciudad de Iquitos con adoquines importados de Portugal, mientras que gran parte de la población selvática sufría las peores desgracias y pagaba con su miseria la opulencia de las elites.

Luego de la fiebre del “oro negro” (caucho), la economía del Oriente peruano entró en una fase regresiva. La caída de los precios del caucho, producto del inicio de la Primera Guerra Mundial, repercutió negativamente en toda la región amazónica que, al no haber diversificado su producción, selló su destino con la crisis cauchera. Si bien en los años siguientes la industria de la madera creció considerablemente, la explotación forestal nunca pudo alcanzar el esplendor cauchero de las décadas anteriores.

En 1971, la empresa estatal peruana PETROPERU llevó a cabo con éxito algunas perforaciones en la búsqueda de petróleo, en los afluentes del río Tigre. Producto del embargo realizado por los países de Medio Oriente integrantes de la OPEP, los hallazgos petrolíferos en el río Marañón coincidieron con el alza fenomenal de los precios del crudo, generando cuantiosas ganancias por el carácter estratégico de dicho recurso. El departamento de Loreto, olvidado departamento del Oriente del Perú, gozó así de los beneficios de la favorable coyuntura internacional, iniciándose un nuevo período de crecimiento que recordaría en muchos aspectos a aquellos años de la fiebre cauchera y que trajo aparejado un proceso de cambios en la estructura económica de la región.

Hoy, siglo XXI, la biodiversidad infinita de la Amazonía encandila a los capitalistas del mundo entero. Sin embargo, la región amazónica no sólo es fundamental por su biodiversidad natural: los pueblos que habitan esas tierras tienen un profundo conocimiento del entorno que los rodea de vital importancia y portan en sus cuerpos un saber que es un elemento esencial para el desarrollo de nuevas tecnologías. El saber milenario de los pueblos amazónicos se vuelve, así, un elemento imprescindible para el conocimiento de las aplicaciones prácticas de esa biodiversidad; el saber indígena, como una sabrosa mercancía para el capital.

La Amazonía, en suma, no sólo se ha desangrado en cuanto a sus riquezas naturales sino también en cuanto a sus habitantes nativos, los cuales han sufrido en sus cuerpos el devenir macabro de los productos de importación.

Las estrategias de control territorial en América latina

En los últimos tiempos, el capitalismo ha sufrido crisis de diversa índole pero sin que ninguna de éstas haya constituido un factor fulminante del sistema capitalista. Más bien, estas crisis han suscitado cambios en el modo de apropiación de los recursos naturales estratégicos, evidenciando la adaptabilidad del sistema capitalista a sus propias crisis cíclicas. Una característica del capitalismo, según la economista mejicana Ana Esther Ceceña, es la reestructuración permanente de su propio funcionamiento, a través del diseño de un conjunto de estrategias integrales y multidimensionales que se despliegan a nivel planetario. Estas estrategias son plasmadas en diversos proyectos regionales de ordenamiento territorial –como el IIRSA, el Plan Puebla o el Plan Colombia-, los cuales tienen como objetivo la construcción de una infraestructura de comunicaciones, transporte y generación de energía que constituyan un sistema circulatorio que conecte las economías regionales con el mercado mundial.

En este sentido, la infraestructura que estos proyectos regionales proponen busca convertir a América latina en una pieza fundamental en el mercado internacional de bienes primarios, en desmedro de sus propios recursos naturales. No mucho parece haber cambiado en el decurso histórico de América latina, a lo largo de estos 500 años, como despensa de recursos estratégicos para la reproducción global del sistema capitalista.

Las estrategias de control territorial, siguiendo nuevamente a Ceceña, pueden llevarse a cabo a través de dos modalidades: por un lado, la estimulación del desarrollo sostenible de la región y, por el otro, la intervención militar. En Avatar, por ejemplo, estas dos modalidades de intervención se ven representadas y conviven en las dos fracciones “opuestas” en el seno mismo de la Compañía, la científica y la militar. Tras la retórica y las promesas de progreso para su comunidad, la Compañía decide iniciar una feroz represión para hacerse del preciado mineral.

No muy diferente del accionar del presidente del Perú, Alan García, ante el bloqueo de las carreteras por los pueblos indígenas awajún y wampis en junio del año 2009, en reclamo por la suspensión del TLC que entregaría los recursos naturales regionales a empresas multinacionales. Esgrimiendo su teoría del “perro hortelano que muerde la mano” -es decir, aquellos que no comen ni dejan comer-, el presidente García retrató a los indígenas como quienes no permiten el progreso del Perú, como quienes son instigados por gobiernos extranjeros, como los “antisistema” ociosos que no ponen en valor los recursos que dispone el país. La originalidad de los guionistas de Avatar puede ponerse en cuestionamiento al seguir detalladamente los sucesos de Bagua, o bien, de cualquier otro conflicto en defensa de la tierra a nivel mundial.

Conclusiones

Las escenas finales de Avatar muestran a los nativos victoriosos frente a la descarnada represión de los militares de la Compañía: ante la mirada firme de los na’vi, se pueden ver a los marines retornar desarmados y derrotados a su planeta de origen sin haber cumplido su tarea extractiva. Sin embargo, el marine arrepentido afirma que volverán pronto y en mayor cantidad, por lo cual la derrota final de los nativos no parece muy lejana.

¿Qué puede decirse entonces de Avatar? Más allá de su mediocridad a nivel cinematográfico, la crítica debe orientarse hacia la aparición de la cuestión ambiental en las grandes producciones de la industria de Hollywood y cómo repercuten esas representaciones en el presente. En este sentido, pareciera ser un error confundir estas producciones fílmicas con un “cambio positivo y ambiental” en el discurso dominante o una autocrítica al interior del propio sistema capitalista; es preciso, por el contrario, reconocer las condiciones de posibilidad de la emergencia del discurso ambientalista para de este modo profundizar las críticas y las alternativas políticas a los proyectos del capital extractivista.

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